Doce años después —¡Se lo ruego, ayúdenme a encontrar a mi hijo!— Apenas podía contener el llanto la mujer—. ¡No necesito nada más en esta vida! Catalina se sentó en el sofá junto al presentador, retorciéndose las manos de manera teatral. Se había vestido lo más sencilla posible y pasó la noche entera en vela antes del programa, para parecer pálida y débil. Quería causar impresión de madre sufriente, quería que la gente se volcase a ayudarla. —Mi mayor deseo ahora es reconciliarme con mi hijo—, murmuró, como si cada palabra le costara un mundo—. ¡He hecho todo lo que se me ha ocurrido! Acudí a la Policía, con la esperanza de que me ayudaran… Pero ni siquiera quisieron aceptar la denuncia. Me dijeron que Arturo ya era mayor de edad y que se fue hace tiempo. “Si antes no le interesó el destino de su hijo, ¿para qué viene ahora…?” El presentador la escuchaba con atención, inclinando la cabeza con gesto reflexivo. En realidad, no se creía del todo las palabras de Catalina. El asunto le parecía mucho más banal de lo que ella pretendía. Se había peleado con su hijo, años sin querer saber de él, y ahora aparece… En fin, estaba de acuerdo con los policías. Pero las audiencias del programa… La gente adora estas historias, vaya si las adora… —Así que, ¿la pelea con su hijo fue la causa de que se perdiera el contacto?— preguntó en tono neutro, lanzando miradas al público. Unos lo miraban escépticos, otros realmente conmovidos por la “desgraciada” madre. Catalina asintió, mientras las lágrimas volvían a brillar en sus ojos. Respiró hondo, reuniendo fuerzas para seguir. —Sí, todo empezó hace doce años. Mi hijo se enamoró de verdad, sin reservas. Y decidió casarse. Yo comprendía sus sentimientos, pero esa chica… No me gustaba nada de nada. ¡Veía cómo iba a acabar aquello! Fumaba, bebía, desaparecía por las noches en lugares poco recomendables… Y lo peor fue que poco a poco iba arrastrando a mi Arturo. La mujer calló un momento, reviviendo aquellos días. El presentador no la apuró, dejándole el tiempo necesario para recobrarse. —Intenté hablar con él, advertirle, explicarle que ese no era el camino. Pero no quería escucharme. Para él, solo era una madre empeñada en no dejarle ser adulto e independiente. Una noche, la cosa llegó al límite. Dio un puñetazo en la mesa y gritó: ‘¡Me voy!’ Catalina sollozó, y el presentador le alcanzó un pañuelo sin demora. Ella lo aceptó y se secó las lágrimas, cuidando de no estropear el maquillaje. Guardó silencio apenas unos segundos, luego continuó: —Se fue. Recogió todas sus cosas mientras yo trabajaba. Desapareció, sin notas, sin explicación… Cambió su número de teléfono, cortó ties con los amigos, con la familia, con todos. ¡Y todo por esa chica! La voz le tembló, y cerró los ojos un instante para contener la emoción. —Perdón, me cuesta mucho controlarme—, susurró, apretando el pañuelo. Inclinó un poco la cabeza, de manera que el pelo le cayó hacia delante ocultándole parcialmente el rostro. Ese gesto, ensayado con antelación, buscaba aumentar el impacto: los espectadores debían sentir el desgarro de su pena. El guion indicaba que debía llorar en ese momento, poner al descubierto todo su dolor. Pero en realidad, Catalina no sentía ni una mínima parte de lo que fingía. Más bien esperaba, tensa: ¿lograría provocar la reacción deseada en la audiencia? El presentador lo notaba perfectamente, pero decidió seguirle el juego. —Comprendemos su dolor—, asintió, y con un gesto pidió agua a un asistente—. No tenga prisa, cuéntenos su historia cuando se sienta preparada. Se produjo una pausa exacta, dramática pero sin resultar excesiva. El presentador la sostuvo perfectamente, reforzando el interés pero sin romper el ritmo. —¿Sabe algo de su hijo actualmente?— preguntó al fin, mostrándose interesado. Catalina levantó la vista, manifestando una mezcla calculada de desesperación y esperanza. —Hace poco, una conocida se lo cruzó en Madrid—comenzó, la voz algo temblorosa—. Cruzaron unas palabras y resulta que, por la conversación, ¡Arturo incluso había cambiado de apellido! ¿Cómo voy a encontrarlo? Sola no puedo, por favor, ayúdenme… ¿Alguien le ha visto? Miró a cámara, mostrando una expresión de profundo dolor, como requería el momento. Su mirada, llena de pena, se clavó en el objetivo, tratando de llegar al corazón de los espectadores a través de la pantalla. —Hace poco estuve hospitalizada—añadió, y ahí sí afloró cierta preocupación real en la voz—; los años pesan… Quién sabe cuánto me queda. Mi sueño es volver a ver a mi hijo, abrazarlo, decirle que hace mucho lo he perdonado y que soy yo quien quiere pedirle perdón… En pantalla apareció la foto de un joven de unos veinte años. Cabello rubio, ojos grises, alto—un chico guapo, pero sin un rasgo particularmente distintivo. Había muchos Arturos así: podrías cruzártelo sin fijarte. Catalina contempló la imagen, preguntándose cómo habría cambiado en doce años: tal vez una barba, un nuevo peinado, la mirada más dura… ¿Quizá gafas? ¿Unos kilos de más? Pensar en todo eso sólo aumentaba la dificultad de encontrarlo. Las probabilidades de éxito parecían ínfimas, pero Catalina se negaba a aceptarlo. —Si alguien ha visto a este joven, por favor, contacte con nuestro programa—anunció el presentador, con voz neutral—. El teléfono aparece ahora en pantalla. Terminaron las grabaciones y Catalina, tras despedirse del equipo, se encaminó lentamente a la salida sin dejar el papel. Fuera, la esperaba su amiga—la que tanto insistió en que participara. Catalina esbozó una sutil pero evidente sonrisa de satisfacción. —¿Qué, lo he conseguido?—susurró, con una nota de vanidad—. ¿He dado pena al público? Tamara, que había analizado el patio de butacas todo el programa, lo tenía claro: muchas espectadoras estaban emocionadas, algunas furtivamente se secaban las lágrimas, otras cuchicheaban movidas por la indignación. Tamara sonrió apenas. —Casi lloran contigo—le devolvió, bajando la voz—. Seguro que pronto averiguas dónde vive tu querido hijo, y podrás exigirle que te compense por todo lo invertido. ¡Anda que apañado está él y a ti ni un euro! Catalina hizo un gesto de leve fastidio: no le gustaba la crudeza de su amiga, casi cínica. Pero en el fondo de sus palabras había una verdad que intentaba no ver. Hasta hace poco, apenas pensaba en Arturo. Sus recuerdos surgían ocasionalmente, sin ansiedad, sin nostalgia. Pero todo cambió el día que Tamara coincidió con un viejo conocido que vio a Arturo en Madrid. Aquel relató los cambios de vida del ausente. Un coche de lujo—no solo caro, de esos que se exhiben en ferias exclusivas. Un traje de diseñador, valorado en decenas de miles (y no precisamente en pesetas). Reloj hecho a mano, con grabado y mecanismo complicado—no una pieza que encuentres en la relojería del barrio. Y cuando Arturo salió de uno de los restaurantes más selectos de la capital, quedó claro: no solo ganaba dinero, ¡sabía gastarlo a lo grande! Horas en un local con cuentas nunca menores a cientos de euros… testimonio de una vida de éxito. Catalina no pretendía ocultar que el motivo real de su interés no era la vida de su hijo, sino… el dinero que él, ¡por fuerza, le debía dar! Al fin y al cabo, ¡era su madre! ¡Ella le dio la vida! ¡Y ahora le toca pagar! —No importa, seguro que lo encuentran—repitió más para sí que para Tamara—. Solo falta aguardar un poco… y estaré solucionada. ¿Por qué no? Catalina estaba convencida de que Arturo jamás se atrevería a rechazarla abiertamente. Al parecer, se movía en círculos importantes—and a esa gente los escándalos no les interesan ni en pintura. No, él tendría que actuar el papel de hijo ideal, ante la prensa, para sumar puntos… Después de semejante repercusión, ¡no le quedaría otra! Ingenua… Aún no se daba cuenta de que estaba cayendo en la trampa sofisticada urdida por su propio hijo… *************************** Doce años antes Arturo regresó a casa a las nueve de la noche. Había sido un día agotador—acababa de aprobar el examen más difícil de todo el ciclo académico. Todavía le giraban las fórmulas y conceptos en la cabeza, los ojos cansados de tanto estudiar, los músculos tensos. Lo que más deseaba era entrar en su habitación, dejarse caer en la cama y dormir un día entero. Pero sabía que ese lujo hoy no lo tendría. Al llegar a la puerta del piso, escuchaba las voces altas en el interior. Un hombre—tono áspero, insatisfecho, con irritación clara. Y una voz de mujer—baja, justificándose, intentando explicar. Otra vez ese hombre en su casa… Arturo frunció el ceño. Parecía que buscara el momento oportuno para provocar una bronca cuando él llegaba. Metió la llave, giró el cerrojo, abrió la puerta. Intentó pasar rápidamente por el pasillo, rumbo a su cuarto. Pero de pronto casi tropezó con varias bolsas enormes a la entrada, justo al lado del umbral. Quedó petrificado mirando las maletas. ¿Qué era eso? ¿Por qué estaban allí? Las reconoció enseguida: eran las suyas, para los viajes. Le dio un vuelco al corazón. Algo no marchaba bien. —¿Qué es esto?—alzó la voz, forzando la calma—. ¿Mis cosas? ¿Quién las ha puesto aquí? ¿Qué está pasando? La voz le salió más fuerte de lo previsto: el cansancio y la tensión pasaron factura. Dejó la mochila en el suelo, cruzó los brazos y esperó una explicación. En la casa quedó un silencio—las voces tras la pared se apagaron. Al cabo de unos segundos, la madre de Arturo apareció en el pasillo. Al verlo, el rostro de Catalina adoptó una expresión de disgusto—frunció la nariz, bufó como si notara un mal olor, y se giró para marcharse. Arturo quedó paralizado, mirándola boquiabierto. No comprendía nada, pero intuía que aquello no era una discusión familiar cualquiera. Se quitó los zapatos y fue directo a la cocina, donde sonaban las voces apagadas. La puerta estaba entreabierta y Arturo pudo ver una imagen que apretó sus puños: aquel hombre—Anatolio— sentaba a la mesa con una desenvoltura absoluta. Una mano reposaba sobre el respaldo de una silla, la otra sostenía una taza de té. Miró de reojo a Arturo—frío, evaluador—, luego se giró a Catalina. Arturo avanzó, sintiéndose hervir de rabia. —¿Y éste qué hace aquí?—le preguntó a su madre. —¿Todavía no se lo has dicho?—intervino Anatolio con sorna, jugueteando con su móvil—. ¿A qué esperas? —¡No habléis de mí como si no estuviera!—su voz tembló de indignación—. ¡Tengo derecho a vivir en esta casa! ¡A diferencia de usted! ¿Quién es para traer aquí a su hijo? Quería decir mucho más, pero la madre lo interrumpió. Giró hacia él con la mirada carente de afecto, ni un atisbo de duda. Con tono seco, como quien dice lo más corriente del mundo, le anunció: —A partir de hoy no vivirás en este piso. Tu antigua habitación será ahora para el hijo de Anatolio. Arturo se quedó de piedra. Miró a su madre buscando una sombra de ternura, quizás la broma de mal gusto, pero Catalina mantuvo la espalda erguida, la expresión dura, los labios apretados. Anatolio asintió apenas, reafirmando la decisión, y volvió a su té. —¡Un momento! ¿Con qué derecho deciden dónde puedo vivir?—la voz de Arturo osciló, pero trató de hablar firme. Estaba destrozado. Entendía que su presencia podía obstaculizar la vida amorosa de su madre, pero—¿así, de golpe, sin avisos ni conversación, echarlo de casa? ¡Inconcebible! ¡Ruín! —Papá iba a dejarme el piso en herencia…—insistió buscando consuelo en esa idea. Catalina cruzó los brazos y arqueó el mentón. Su rostro se tornó, por un instante, grave, pero Arturo lo percibió fingido, de teatro. —Iba a hacerlo, pero falleció antes de tiempo—afirmó sin emoción—. No pudo cambiar el testamento y sigue vigente el antiguo, de antes que nacieras. Así que la única propietaria del piso soy yo y ¡solo yo decido quién vive aquí! Desde hoy te prohíbo vivir aquí. ¡Un chico sano y todavía aferrado a las faldas de mamá! ¿No te da vergüenza? Cada palabra era una bofetada. Arturo sentía una oleada de rebelión pero se contenía. Le estaba echando de su propio hogar, el lugar en el que había crecido. El ojo empezó a temblarle—tic nervioso de situaciones críticas. Mil sospechas cruzaron su mente, ¿y si el accidente del padre no fue accidental? ¿Y si alguien quiso arrebatarle el piso…? Miró a Anatolio, impasible, ajeno, sorbiendo té de la taza que fue de su padre. Eso hacía todo más doloroso. —¿Lo dices en serio?—volvió a la madre, buscando una gota de duda—. ¿De verdad puedes echar a tu hijo a la calle? Catalina se encogió de hombros, como si hablara de cambiar muebles. —Tus cosas ya están recogidas. Desde hoy aquí vivirá otro. Y no se te ocurra volver… a menos que yo lo autorice. —¿Y dónde se supone que voy a dormir?—preguntó Arturo, tragando rabia. Intentó mantener la voz tranquila, pero sus ojos delataban confusión y ofensa. Aun quería creer que era una crueldad pasajera, que su madre sólo quería asustarle. Pero Catalina lo miraba con frialdad, sin el menor titubeo. Quería gritar, abalanzarse sobre ese intruso que se atribuía controlar su vida. Pero sólo cerró los puños, respiró hondo y se aguantó. —No te preocupes—respondió Catalina, impasible—. Tienes amigos, alguno te acogerá. A partir de ahí, apáñatelas solo. Lo soltó con la misma indiferencia que si hablara de cambiar un libro de estante. Dentro de Arturo todo se retorcía de injusticia, pero no se permitió exhibirlo. —Y otra cosa—añadió Catalina, alzando el mentón—: he retirado el dinero del último año de universidad. Gánate tú las matrículas —yo lo necesito más, que pronto hay boda. Eso dolió aún más de lo esperado. Arturo se quedó sin palabras. Lo entendió todo de golpe: su madre estaba dispuesta a borrarlo por completo. No solo lo echaba de casa—le quitaba el apoyo económico, le bloqueaba las oportunidades de seguir estudiando. Pero él se negó a pedirle clemencia. Ni entonces ni nunca. Su decisión fue clara: solicitar una excedencia, buscar trabajo, ahorrar para pagarse la matrícula él mismo. Tenía sus manos, su cabeza, su voluntad. Con eso bastaba. Asintió lentamente, aceptando el desafío. La miró intentando captar un último resquicio de afecto, pero sólo halló determinación gélida. En ese instante comprendió: no habría marcha atrás. La confianza de antes estaba destruida. A esa madre no la perdonaría jamás. *************************** —¿La has visto?—preguntó Nico, ansioso, inclinándose sobre la mesa. Tenía en la mano el móvil con la pantalla hacia su amigo—. Mi amiga de tu tierra lo ha enviado. Dice que lo acaban de emitir. Arturo alzó la vista sobre la carpeta de documentos que revisaba. Soltó la carpeta sobre la mesa, sabiendo que no podría seguir trabajando. Sentía una emoción extraña: una mezcla de satisfacción amarga y cierta ironía ante la situación. —He visto—respondió, esbozando una sonrisa torva—. El marido de Tamara no ha podido evitar compartir nuestra conversación. Aunque era lo que quería. Así mi madre sabrá lo que ha perdido. Se recostó en la silla, pasándose la mano por el pelo corto. Imaginaba escenas del programa—su madre, con un gesto calculado de sufrimiento, contando la historia del “hijo desaparecido”. Hace doce años, fue capaz de echarlo de casa y dejarle sin matrícula. Ahora, por lo visto, intentaba jugar la carta del amor materno perdido. Sí, había conseguido su venganza—tranquila, calculada, mostrando todo lo que ella se perdió. Había salido adelante. Construyó una carrera, se forjó contactos, estabilizó su vida. Todo sin su apoyo, sin su “bendición”. Ahora su madre sabía de su fortuna. Se habria dado cuenta de que podría contar con su ayuda, si no hubiera sido tan ruin. Si no hubiera preferido a un marido y a su hijo antes que a su propio hijo. Si no le hubiera quitado el dinero de la matrícula, si no lo hubiera echado, si no hubiera roto todos sus lazos. Pronto lo sabría: de él no habría ayuda. Ni un euro. Ni palabras de apoyo. Ni la más mínima oportunidad de reconciliación. Arturo tenía claro que el pasado quedó atrás. El futuro se lo labraba él—sin ella, sin su opinión, sin sus manipulaciones. La mujer que lo trajo al mundo jamás podría alcanzarlo. Ni física, ni emocionalmente. Y eso, quizá, era lo más importante…

Doce años después

Por favor, se lo ruego, ayúdenme a encontrar a mi hijo. La mujer estaba a punto de romper a llorar. ¡No quiero nada más en la vida!

Isabel se sentó en el sofá, junto al presentador, mientras se retorcía las manos con gesto teatral. La noche anterior no había pegado ojo y se había vestido con la mayor sencillez, buscando parecer pálida y agotada. Quería dar la imagen de una madre sufriente y que la gente corriera a ayudarla.

Ahora mi mayor sueño es recuperar la relación con mi hijo, susurró, como si cada palabra le costara un esfuerzo inmenso. He probado todo lo que se me ha ocurrido. Acudí a la policía con la esperanza de que me ayudaran Pero ni siquiera quisieron aceptar la denuncia. Según ellos, Daniel ya es mayor de edad y se fue hace mucho tiempo. Me dijeron: Si durante todos estos años no le ha importado el paradero de su hijo, ¿por qué viene ahora?

El presentador la escuchaba con atención, ladeando un poco la cabeza. En realidad, no terminaba de creerse la versión de Isabel. Tenía la sensación de que el asunto era más vulgar de lo que ella describía: después de todo, estuvo años sin querer saber nada de su hijo y, de pronto, ahora sale buscándolo Coincidía con la policía. Pero estos dramas elevaban la audiencia del programa, y a la gente le encantaban estas historias.

¿Así que la pelea entre ustedes acabó llevándoles a perder el contacto? preguntó con voz calmada, mirando al público. Unos asistentes observaban con escepticismo; otros, en cambio, se sentían genuinamente conmovidos por la desdichada madre.

Isabel asintió y de nuevo asomaron lágrimas a sus ojos. Aspiró hondo, tratando de animarse para continuar.

Sí Todo empezó hace doce años. Mi hijo se enamoró de verdad, perdidamente. Y se empeñó en casarse. Yo entendía sus sentimientos, pero esa chica ¡no la soportaba! Veía claro cómo iba a terminar aquello. Fumaba, bebía desaparecía por las noches en ambientes más que dudosos Y lo peor, poco a poco fue arrastrando a Daniel a lo mismo.

Isabel guardó unos segundos de silencio, como reviviendo aquellos tiempos. El presentador no la presionó; le concedió espacio para recomponerse.

Intenté hablarle, advertirle, hacerle razonar que no era el camino. Pero él no me quería escuchar. Me veía simplemente como una madre que se negaba a aceptar que su hijo ya era adulto. Hasta que, una noche, llegó al extremo. Golpeó la mesa y gritó: ¡Me voy de casa!

Isabel se ahogó en un sollozo suave, y el presentador en seguida le ofreció un pañuelo. Ella lo aceptó con gratitud forzada, secándose sin estropear el maquillaje. Cuando pudo respirar, prosiguió:

Y se fue. Recogió todas sus cosas en mi ausencia, mientras yo estaba en el trabajo. Desapareció de la noche a la mañana, sin dejar nota, sin explicación Cambió de número, rompió el contacto con amigos, con la familia ¡Con todos! Por culpa de esa chica

La voz le temblaba y cerró los ojos un instante, como luchando por dominar la emoción.

Perdonen, me cuesta controlarme susurró, apretando el pañuelo entre los dedos.

Bajó la cabeza lentamente, un par de mechones de pelo cayendo hacia delante y cubriéndole parte del rostro. Todo estaba perfectamente ensayado: el público tenía que percibir toda la profundidad de su pesar. Ahora tocaba llorar abiertamente, dejar salir el dolor, demostrar la herida abierta. Pero la realidad era que Isabel no sentía ni la décima parte de lo que representaba. Internamente lo que había era pura expectación: ¿lograría conmover a la audiencia?

El presentador vio claro que ninguna lágrima iba a caer, pero decidió colaborar con el espectáculo.

Entendemos su dolor afirmó, y con un gesto suave indicó a una asistente que acercara un vaso de agua. No se precipite, cuéntenos cuando se sienta preparada.

Se creó una pausa dramática, sostenida con precisión: ni demasiado corta, ni tan larga como para romper el ritmo.

¿Sabe actualmente algo de su hijo? preguntó finalmente el presentador, inclinándose hacia ella para dejar ver su interés.

Isabel le miró con una mirada perfectamente calculada, mezcla de desesperación y esperanza.

Hace poco, una conocida lo vio en Madrid empezó, con un dejo de nerviosismo, o tal vez sólo interpretando bien la emoción. Apenas se cruzaron un par de palabras, pero se dio cuenta de que Daniel ¡hasta se había cambiado el apellido! ¿Cómo puedo encontrarle? Sola, no puedo Por favor, ayúdenme ¿Quizá alguien lo ha visto?

Se giró hacia la cámara y su rostro se quedó fijo en una expresión de extrema aflicción, buscando traspasar la pantalla y llegar al corazón de los espectadores.

Hace poco he estado en el hospital añadió, y esta vez la preocupación sí se coló con sinceridad en la voz. Me doy cuenta de que los años pasan ¿Quién sabe cuánto me queda? Sueño con ver a mi hijo, abrazarle, decirle que lo perdoné todo y pedirle también perdón

En la pantalla apareció poco a poco una foto de un joven, de unos veinte años. Pelo claro, ojos azul-grisáceos, alto Guapo, aunque sin ninguna característica marcada ni especialmente memorable. Uno de esos chicos que te cruzas por la calle sin reparar. Isabel se detuvo fijamente en la imagen. Doce años transforman a cualquiera: ¿barba?, ¿otra pose?, ¿más rugosidad en los rasgos, nuevas gafas, algunos kilos de más? Pensar en todos los cambios sólo incrementaba la sensación de que encontrarle sería casi imposible. Isabel apartó como pudo ese pensamiento.

Si alguien reconoce a este joven, por favor, contacten con el estudio pronunció el presentador con voz sosegada. El teléfono aparece abajo en sus pantallas.

Cuando acabaron las grabaciones, Isabel se despidió del equipo y salió caminando lentamente. Siguió representando el papel hasta el final: era la única forma de lograr su objetivo.

Fuera la esperaba su amiga de toda la vida, la que la había convencido de participar en el programa. Isabel giró hacia ella con una sonrisa contenida, pero no disimulada.

¿Qué tal? ¿Ha funcionado? preguntó en voz baja, orgullosa y satisfecha.

Rosa, durante el programa, no había dejado de vigilar la reacción del público. Sabía bien que todo había salido según sus planes. Varias mujeres del público se secaban disimuladamente las lágrimas, otras cuchicheaban asintiendo con la cabeza. Rosa esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Las del público estaban a punto de llorar susurró. Estoy segura de que pronto sabrás dónde vive tu niñito, y podrás exigirle su parte, todo lo que le has dado estos años. Menudo listillo, él tan bien montado, ¡y a su madre sin mandarle ni un euro!

Isabel frunció el ceño, molesta por el tono frío y demasiado directo de Rosa, aunque no podía negar que algo de razón tenía.

La verdad era que Isabel no se había acordado casi de Daniel en todos esos años. Los pensamientos sobre su hijo le venían, como mucho, de vez en cuando y sin pena especial. Todo cambió el día en que Rosa se cruzó casualmente con un conocido de Daniel en Madrid, que le contó al detalle la nueva vida del desaparecido.

Un cochazo no uno cualquiera, sino de esos que sólo se ven en ferias de automóviles; un traje de diseñador de miles de euros; un reloj a medida exclusivo; Daniel saliendo de uno de los restaurantes más caros del centro Estaba claro que, además de ganar bien, sabía gastar a lo grande. Un par de horas en un local donde una cena no baja de los doscientos euros, decían todo sobre su éxito.

A Isabel nunca le había importado realmente la vida de su hijo. Le interesaba el dinero. ¡Al fin y al cabo era su madre! ¡Le dio la vida! Por tanto, tenía derecho a exigirle lo que es suyo.

No te preocupes, lo encontrarán repitió más para sí misma. Y entonces ya no tendré que preocuparme de nada

¿Y por qué no? Estaba convencida de que Daniel no se atrevería a rechazarla. Con todo lo que parecía haberse movido en altas esferas, no le convenía ningún escándalo. ¡Tendría que fingir ante la prensa que era el perfecto hijo! Con ese revuelo mediático, ya no habría vuelta atrás

Ingenua Aún no sabía que se encaminaba hacia una trampa cuidadosamente tendida por el propio Daniel

***************************

Doce años atrás.

Daniel volvió a casa a las nueve de la noche. El día había sido agotador: acababa de aprobar el último examen de la carrera, el más difícil. Todavía tenía la cabeza llena de fórmulas, los ojos cansados y el cuerpo tenso. Lo único que deseaba era meterse en cama y dormir todo el día siguiente. Pero sabía perfectamente que esa noche no le dejarían disfrutar de ese lujo.

Antes incluso de abrir la puerta del piso, escuchó voces alteradas dentro. Una masculina, seca, áspera, cargada de irritación. Y otra femenina, su madre, justificándose. Otra vez ese tipo en la casa Daniel puso cara de disgusto. Era como si supiera con precisión cuándo iba a llegar para provocar una nueva escena.

Trató de cruzar el pasillo sin ser visto, pero al poner un pie en el recibidor tropezó con varios bultos justo al lado de la puerta.

Daniel se quedó congelado. ¿Qué hacían ahí? Reconoció sus propias maletas. El corazón se le encogió: aquello no podía ser bueno.

¿Perdón? ¿Qué hacen mis cosas aquí? ¿Qué está pasando? interpeló, la voz involuntariamente más alta de lo pretendido. Dejó la mochila y cruzó los brazos, esperando una respuesta.

El silencio se hizo al otro lado de la pared; instantes después, su madre apareció en el pasillo. Al verle, puso cara de fastidio, arrugó la nariz y se giró en dirección contraria. Daniel, perplejo, la siguió hasta la cocina.

La puerta estaba entreabierta y Daniel pudo ver enseguida la escena: un hombre sentado cómodamente a la mesa. Julián. El mismísimo cuyo tono había captado desde el pasillo. Apoyado en la silla, relajado, con una taza en la mano. Miró a Daniel como si fuera un extraño, para volver luego la vista a Isabel.

El ambiente resultaba irrespirable.

¿Y este qué hace aquí? preguntó a su madre, sin apartar la mirada.

¿Todavía no se lo has dicho? intervino Julián, jugueteando con el móvil. ¿A qué esperas?

¡No habléis de mí como si no estuviera presente! protestó Daniel. Tengo derecho a estar en esta casa. ¡Usted no! ¿Quién es y por qué trae a su hijo aquí?

Pero su madre le interrumpió, implacable, sin pestañear.

Desde hoy no puedes seguir viviendo aquí. La antigua habitación de tu padre la va a ocupar el hijo de Julián.

Daniel pasó de la sorpresa al estupor. Buscó en el rostro de su madre un ápice de cariño, una señal de que todo era un malentendido, pero solo encontró frialdad. Julián asintió levemente, como confirmando la decisión, y volvió a su té, ajeno a toda emoción.

¡¿Pero en qué derecho tú decides dónde puedo vivir?! logró mascullar Daniel, tratando de mantener la calma, aunque por dentro bullía.

Siempre había entendido que su presencia molestaba a su madre, que le dificultaba rehacer su vida sentimental. Pero verse expulsado así, sin previo aviso ni explicación, era inconcebible y cruel.

Papá quería dejarme este piso en herenciainsistió, como buscando aún un asidero.

Isabel cruzó los brazos, levantó algo la barbilla y, con una expresión tristemente ensayada, contestó:

Lo quería, pero murió antes de modificar el testamento. La herencia está hecha de antes de que nacieras. Recuérdalo: yo soy la única propietaria legal, y yo decido quién vive aquí. Desde hoy tienes prohibido poner un pie en este piso. ¡Ya es hora de que madures! ¿No te da vergüenza?

Cada palabra caía como una bofetada. Daniel sintió un impulso de rebelarse, pero intentó contenerse. Le estaban echando de su casa, de la que era y había sido siempre su hogar.

Un tic nervioso le agitó el ojo. Su mente saltó de pensamiento en pensamiento, incluso llegó a preguntarse si la muerte accidental de su padre fue realmente eso Pero apartó la sospecha.

Miró a Julián: seguía bebiendo tranquilamente, sin inmutarse. Solo avivó su sensación de injusticia.

¿Hablas en serio? insistió Daniel, buscando un resquicio de vacilación materna. ¿Eres capaz de echarme a la calle?

Isabel se encogió de hombros, como si se tratara de decidir el color de las cortinas.

Ya te recojo las cosas. Desde hoy vive otro aquí. Ni se te ocurra volver sin mi permiso.

¿Dónde crees que dormiré? susurró Daniel, luchando por no perder la compostura.

Le miró con una mezcla de incredulidad y desazón. Esperó que todo fuera una broma cruel y que al final se riera y dijera era solo para probar tu reacción. Pero Isabel le sostuvo la mirada, helada, indiferente.

Le daban ganas de saltar, de agarrar a ese hombre despreciable de la camisa y lanzarlo fuera, pero se contuvo. Solo apretó los puños, respiró hondo y permaneció quieto.

Ya te buscarás la vida contestó Isabel con indiferencia. Tienes amigos, ¿no? Que te acojan. Ya te las arreglarás solo.

Lo soltó como si no estuviera hablando del destino de su propio hijo, sino de tirar un trasto viejo. Daniel notó cómo le oprimía el pecho la injusticia, pero no dejó que se le escaparan las emociones.

Por cierto remató Isabel. He cogido el dinero de tu última matrícula universitaria. Ahora lo necesitas ganar tú; a mí me hace falta para la boda.

Aquello sí fue como una puñalada. Daniel se quedó sin habla. Todo encajaba: su madre pretendía borrarlo de su vida por completo. No solo lo echaba de casa: también le cortaba cualquier ayuda financiera en el momento más delicado.

Pero no iba a suplicarle. Nunca. Ya tenía un plan: pedir la excedencia, buscar trabajo, ahorrar y volver a la universidad por su cuenta. Tenía manos, cabeza y ganas de luchar.

Daniel asintió despacio: aceptaba el reto. Miró a su madre una última vez. Ya no quedaba sitio para el perdón entre ellos.

Jamás se lo perdonaría.

***************************

¿Has visto esto? inquirió Sergio, inclinándose sobre la mesa. Sostenía el móvil mostrándole la pantalla a Daniel. Te lo ha mandado una amiga de allí. Dicen que ha salido en la tele hace unos minutos.

Daniel alzó la mirada de la carpeta de documentos que examinaba. Se le aflojaron los dedos y dejó los papeles sobre el escritorio. Notaba por dentro una mezcla de satisfacción amarga y alivio irónico ante toda la situación.

Sí, lo he visto. respondió con una sonrisa cínica. El marido de Rosa no ha perdido el tiempo contando nuestro encuentro. Era justo lo que buscaba. Que mi madre sepa lo que perdió.

Se recostó en la silla, pasando una mano por el pelo corto. Le vinieron a la cabeza algunos planos del programa, con su madre interpretando el drama del hijo desaparecido. Recordar el día en que ella, con total frialdad, lo expulsó de casa y le retiró todo… y ahora, ahí estaba, fingiendo desesperación maternal.

Sí, había conseguido vengarse. Quizá no con un escándalo sonado, ni lanzando acusaciones, pero sí mostrando, con distancia y silencio, todo lo que ella ya nunca tendría. Él había levantado su vida solo. Tenía estabilidad, carrera, contactos, y vivía en otro país, con ingresos sólidos y sus proyectos. Todo, sin que ella pudiera atribuirse el menor mérito.

Ahora su madre ya sabía de su éxito y de lo que pudo perder si se hubiera comportado con decencia y no le hubiera sustituido por el nuevo marido y su hijo. Si no le hubiese robado los ahorros, si no lo hubiese apartado de todo lo que les unía.

Pronto se enteraría de lo esencial: no recibiría de él ni un céntimo. Ni una palabra de apoyo. Jamás reconciliación. El pasado quedó muy atrás. Y el porvenir, solo le pertenecía a Daniel. Sin ella, sin sus opiniones, sin sus chantajes.

Esa mujer que le dio la vida ya nunca podría alcanzarle. Ni con dinero, ni con emoción. Y eso era, al final, lo más importanteMientras Sergio cerraba la tapa del portátil, Daniel alzó la mirada hacia la ventana. Afuera el atardecer teñía los tejados de Madrid con un resplandor dorado, y por un instante, le pareció escuchar de lejos la voz juvenil que había sido, llamando en silencio a su madre después de aquellas palabras de desamparo.

Pero ese eco se disipó pronto, como el humo de un cigarro en la terraza. Daniel sonrió levemente; no con felicidad, sino con la paz áspera de quien ya no espera reconocimiento ni disculpas. El ciclo estaba cerrado. Él había escapado del laberinto de la culpa, del anhelo infantil de amor materno. Ahora, miraba hacia adelante.

Sergio se levantó, estirándose: Podríamos celebrarlo, ¿no? Al final, lograste lo que nadie pensaba: sobrevivir, crecer, ganar y no volver la vista atrás, bromeó, palmeándole el hombro.

Daniel asintió, y al salir juntos al bullicio tibio de la noche, sintió que todas esas calles el asfalto, los coches, los adoquines iluminados, su nueva gente eran, por fin, su auténtico hogar. Caminó ligero, sin resentimiento ni nostalgia.

Y mientras Isabel, sentada sola ante la pantalla del televisor apagado, esperaba una llamada que nunca llegaría, Daniel entendió, sin amargura, que a veces la mayor justicia es no volver. Que algunos reencuentros solo existen para quien no comprende que lo que ha perdido fue, en realidad, lo único verdadero: el derecho a ser parte de la vida que decidió abandonar.

Sonrió de nuevo, más libre que nunca, y dejó que el ruido de la ciudad ahogara para siempre el último eco del pasado.

Rate article
MagistrUm
Doce años después —¡Se lo ruego, ayúdenme a encontrar a mi hijo!— Apenas podía contener el llanto la mujer—. ¡No necesito nada más en esta vida! Catalina se sentó en el sofá junto al presentador, retorciéndose las manos de manera teatral. Se había vestido lo más sencilla posible y pasó la noche entera en vela antes del programa, para parecer pálida y débil. Quería causar impresión de madre sufriente, quería que la gente se volcase a ayudarla. —Mi mayor deseo ahora es reconciliarme con mi hijo—, murmuró, como si cada palabra le costara un mundo—. ¡He hecho todo lo que se me ha ocurrido! Acudí a la Policía, con la esperanza de que me ayudaran… Pero ni siquiera quisieron aceptar la denuncia. Me dijeron que Arturo ya era mayor de edad y que se fue hace tiempo. “Si antes no le interesó el destino de su hijo, ¿para qué viene ahora…?” El presentador la escuchaba con atención, inclinando la cabeza con gesto reflexivo. En realidad, no se creía del todo las palabras de Catalina. El asunto le parecía mucho más banal de lo que ella pretendía. Se había peleado con su hijo, años sin querer saber de él, y ahora aparece… En fin, estaba de acuerdo con los policías. Pero las audiencias del programa… La gente adora estas historias, vaya si las adora… —Así que, ¿la pelea con su hijo fue la causa de que se perdiera el contacto?— preguntó en tono neutro, lanzando miradas al público. Unos lo miraban escépticos, otros realmente conmovidos por la “desgraciada” madre. Catalina asintió, mientras las lágrimas volvían a brillar en sus ojos. Respiró hondo, reuniendo fuerzas para seguir. —Sí, todo empezó hace doce años. Mi hijo se enamoró de verdad, sin reservas. Y decidió casarse. Yo comprendía sus sentimientos, pero esa chica… No me gustaba nada de nada. ¡Veía cómo iba a acabar aquello! Fumaba, bebía, desaparecía por las noches en lugares poco recomendables… Y lo peor fue que poco a poco iba arrastrando a mi Arturo. La mujer calló un momento, reviviendo aquellos días. El presentador no la apuró, dejándole el tiempo necesario para recobrarse. —Intenté hablar con él, advertirle, explicarle que ese no era el camino. Pero no quería escucharme. Para él, solo era una madre empeñada en no dejarle ser adulto e independiente. Una noche, la cosa llegó al límite. Dio un puñetazo en la mesa y gritó: ‘¡Me voy!’ Catalina sollozó, y el presentador le alcanzó un pañuelo sin demora. Ella lo aceptó y se secó las lágrimas, cuidando de no estropear el maquillaje. Guardó silencio apenas unos segundos, luego continuó: —Se fue. Recogió todas sus cosas mientras yo trabajaba. Desapareció, sin notas, sin explicación… Cambió su número de teléfono, cortó ties con los amigos, con la familia, con todos. ¡Y todo por esa chica! La voz le tembló, y cerró los ojos un instante para contener la emoción. —Perdón, me cuesta mucho controlarme—, susurró, apretando el pañuelo. Inclinó un poco la cabeza, de manera que el pelo le cayó hacia delante ocultándole parcialmente el rostro. Ese gesto, ensayado con antelación, buscaba aumentar el impacto: los espectadores debían sentir el desgarro de su pena. El guion indicaba que debía llorar en ese momento, poner al descubierto todo su dolor. Pero en realidad, Catalina no sentía ni una mínima parte de lo que fingía. Más bien esperaba, tensa: ¿lograría provocar la reacción deseada en la audiencia? El presentador lo notaba perfectamente, pero decidió seguirle el juego. —Comprendemos su dolor—, asintió, y con un gesto pidió agua a un asistente—. No tenga prisa, cuéntenos su historia cuando se sienta preparada. Se produjo una pausa exacta, dramática pero sin resultar excesiva. El presentador la sostuvo perfectamente, reforzando el interés pero sin romper el ritmo. —¿Sabe algo de su hijo actualmente?— preguntó al fin, mostrándose interesado. Catalina levantó la vista, manifestando una mezcla calculada de desesperación y esperanza. —Hace poco, una conocida se lo cruzó en Madrid—comenzó, la voz algo temblorosa—. Cruzaron unas palabras y resulta que, por la conversación, ¡Arturo incluso había cambiado de apellido! ¿Cómo voy a encontrarlo? Sola no puedo, por favor, ayúdenme… ¿Alguien le ha visto? Miró a cámara, mostrando una expresión de profundo dolor, como requería el momento. Su mirada, llena de pena, se clavó en el objetivo, tratando de llegar al corazón de los espectadores a través de la pantalla. —Hace poco estuve hospitalizada—añadió, y ahí sí afloró cierta preocupación real en la voz—; los años pesan… Quién sabe cuánto me queda. Mi sueño es volver a ver a mi hijo, abrazarlo, decirle que hace mucho lo he perdonado y que soy yo quien quiere pedirle perdón… En pantalla apareció la foto de un joven de unos veinte años. Cabello rubio, ojos grises, alto—un chico guapo, pero sin un rasgo particularmente distintivo. Había muchos Arturos así: podrías cruzártelo sin fijarte. Catalina contempló la imagen, preguntándose cómo habría cambiado en doce años: tal vez una barba, un nuevo peinado, la mirada más dura… ¿Quizá gafas? ¿Unos kilos de más? Pensar en todo eso sólo aumentaba la dificultad de encontrarlo. Las probabilidades de éxito parecían ínfimas, pero Catalina se negaba a aceptarlo. —Si alguien ha visto a este joven, por favor, contacte con nuestro programa—anunció el presentador, con voz neutral—. El teléfono aparece ahora en pantalla. Terminaron las grabaciones y Catalina, tras despedirse del equipo, se encaminó lentamente a la salida sin dejar el papel. Fuera, la esperaba su amiga—la que tanto insistió en que participara. Catalina esbozó una sutil pero evidente sonrisa de satisfacción. —¿Qué, lo he conseguido?—susurró, con una nota de vanidad—. ¿He dado pena al público? Tamara, que había analizado el patio de butacas todo el programa, lo tenía claro: muchas espectadoras estaban emocionadas, algunas furtivamente se secaban las lágrimas, otras cuchicheaban movidas por la indignación. Tamara sonrió apenas. —Casi lloran contigo—le devolvió, bajando la voz—. Seguro que pronto averiguas dónde vive tu querido hijo, y podrás exigirle que te compense por todo lo invertido. ¡Anda que apañado está él y a ti ni un euro! Catalina hizo un gesto de leve fastidio: no le gustaba la crudeza de su amiga, casi cínica. Pero en el fondo de sus palabras había una verdad que intentaba no ver. Hasta hace poco, apenas pensaba en Arturo. Sus recuerdos surgían ocasionalmente, sin ansiedad, sin nostalgia. Pero todo cambió el día que Tamara coincidió con un viejo conocido que vio a Arturo en Madrid. Aquel relató los cambios de vida del ausente. Un coche de lujo—no solo caro, de esos que se exhiben en ferias exclusivas. Un traje de diseñador, valorado en decenas de miles (y no precisamente en pesetas). Reloj hecho a mano, con grabado y mecanismo complicado—no una pieza que encuentres en la relojería del barrio. Y cuando Arturo salió de uno de los restaurantes más selectos de la capital, quedó claro: no solo ganaba dinero, ¡sabía gastarlo a lo grande! Horas en un local con cuentas nunca menores a cientos de euros… testimonio de una vida de éxito. Catalina no pretendía ocultar que el motivo real de su interés no era la vida de su hijo, sino… el dinero que él, ¡por fuerza, le debía dar! Al fin y al cabo, ¡era su madre! ¡Ella le dio la vida! ¡Y ahora le toca pagar! —No importa, seguro que lo encuentran—repitió más para sí que para Tamara—. Solo falta aguardar un poco… y estaré solucionada. ¿Por qué no? Catalina estaba convencida de que Arturo jamás se atrevería a rechazarla abiertamente. Al parecer, se movía en círculos importantes—and a esa gente los escándalos no les interesan ni en pintura. No, él tendría que actuar el papel de hijo ideal, ante la prensa, para sumar puntos… Después de semejante repercusión, ¡no le quedaría otra! Ingenua… Aún no se daba cuenta de que estaba cayendo en la trampa sofisticada urdida por su propio hijo… *************************** Doce años antes Arturo regresó a casa a las nueve de la noche. Había sido un día agotador—acababa de aprobar el examen más difícil de todo el ciclo académico. Todavía le giraban las fórmulas y conceptos en la cabeza, los ojos cansados de tanto estudiar, los músculos tensos. Lo que más deseaba era entrar en su habitación, dejarse caer en la cama y dormir un día entero. Pero sabía que ese lujo hoy no lo tendría. Al llegar a la puerta del piso, escuchaba las voces altas en el interior. Un hombre—tono áspero, insatisfecho, con irritación clara. Y una voz de mujer—baja, justificándose, intentando explicar. Otra vez ese hombre en su casa… Arturo frunció el ceño. Parecía que buscara el momento oportuno para provocar una bronca cuando él llegaba. Metió la llave, giró el cerrojo, abrió la puerta. Intentó pasar rápidamente por el pasillo, rumbo a su cuarto. Pero de pronto casi tropezó con varias bolsas enormes a la entrada, justo al lado del umbral. Quedó petrificado mirando las maletas. ¿Qué era eso? ¿Por qué estaban allí? Las reconoció enseguida: eran las suyas, para los viajes. Le dio un vuelco al corazón. Algo no marchaba bien. —¿Qué es esto?—alzó la voz, forzando la calma—. ¿Mis cosas? ¿Quién las ha puesto aquí? ¿Qué está pasando? La voz le salió más fuerte de lo previsto: el cansancio y la tensión pasaron factura. Dejó la mochila en el suelo, cruzó los brazos y esperó una explicación. En la casa quedó un silencio—las voces tras la pared se apagaron. Al cabo de unos segundos, la madre de Arturo apareció en el pasillo. Al verlo, el rostro de Catalina adoptó una expresión de disgusto—frunció la nariz, bufó como si notara un mal olor, y se giró para marcharse. Arturo quedó paralizado, mirándola boquiabierto. No comprendía nada, pero intuía que aquello no era una discusión familiar cualquiera. Se quitó los zapatos y fue directo a la cocina, donde sonaban las voces apagadas. La puerta estaba entreabierta y Arturo pudo ver una imagen que apretó sus puños: aquel hombre—Anatolio— sentaba a la mesa con una desenvoltura absoluta. Una mano reposaba sobre el respaldo de una silla, la otra sostenía una taza de té. Miró de reojo a Arturo—frío, evaluador—, luego se giró a Catalina. Arturo avanzó, sintiéndose hervir de rabia. —¿Y éste qué hace aquí?—le preguntó a su madre. —¿Todavía no se lo has dicho?—intervino Anatolio con sorna, jugueteando con su móvil—. ¿A qué esperas? —¡No habléis de mí como si no estuviera!—su voz tembló de indignación—. ¡Tengo derecho a vivir en esta casa! ¡A diferencia de usted! ¿Quién es para traer aquí a su hijo? Quería decir mucho más, pero la madre lo interrumpió. Giró hacia él con la mirada carente de afecto, ni un atisbo de duda. Con tono seco, como quien dice lo más corriente del mundo, le anunció: —A partir de hoy no vivirás en este piso. Tu antigua habitación será ahora para el hijo de Anatolio. Arturo se quedó de piedra. Miró a su madre buscando una sombra de ternura, quizás la broma de mal gusto, pero Catalina mantuvo la espalda erguida, la expresión dura, los labios apretados. Anatolio asintió apenas, reafirmando la decisión, y volvió a su té. —¡Un momento! ¿Con qué derecho deciden dónde puedo vivir?—la voz de Arturo osciló, pero trató de hablar firme. Estaba destrozado. Entendía que su presencia podía obstaculizar la vida amorosa de su madre, pero—¿así, de golpe, sin avisos ni conversación, echarlo de casa? ¡Inconcebible! ¡Ruín! —Papá iba a dejarme el piso en herencia…—insistió buscando consuelo en esa idea. Catalina cruzó los brazos y arqueó el mentón. Su rostro se tornó, por un instante, grave, pero Arturo lo percibió fingido, de teatro. —Iba a hacerlo, pero falleció antes de tiempo—afirmó sin emoción—. No pudo cambiar el testamento y sigue vigente el antiguo, de antes que nacieras. Así que la única propietaria del piso soy yo y ¡solo yo decido quién vive aquí! Desde hoy te prohíbo vivir aquí. ¡Un chico sano y todavía aferrado a las faldas de mamá! ¿No te da vergüenza? Cada palabra era una bofetada. Arturo sentía una oleada de rebelión pero se contenía. Le estaba echando de su propio hogar, el lugar en el que había crecido. El ojo empezó a temblarle—tic nervioso de situaciones críticas. Mil sospechas cruzaron su mente, ¿y si el accidente del padre no fue accidental? ¿Y si alguien quiso arrebatarle el piso…? Miró a Anatolio, impasible, ajeno, sorbiendo té de la taza que fue de su padre. Eso hacía todo más doloroso. —¿Lo dices en serio?—volvió a la madre, buscando una gota de duda—. ¿De verdad puedes echar a tu hijo a la calle? Catalina se encogió de hombros, como si hablara de cambiar muebles. —Tus cosas ya están recogidas. Desde hoy aquí vivirá otro. Y no se te ocurra volver… a menos que yo lo autorice. —¿Y dónde se supone que voy a dormir?—preguntó Arturo, tragando rabia. Intentó mantener la voz tranquila, pero sus ojos delataban confusión y ofensa. Aun quería creer que era una crueldad pasajera, que su madre sólo quería asustarle. Pero Catalina lo miraba con frialdad, sin el menor titubeo. Quería gritar, abalanzarse sobre ese intruso que se atribuía controlar su vida. Pero sólo cerró los puños, respiró hondo y se aguantó. —No te preocupes—respondió Catalina, impasible—. Tienes amigos, alguno te acogerá. A partir de ahí, apáñatelas solo. Lo soltó con la misma indiferencia que si hablara de cambiar un libro de estante. Dentro de Arturo todo se retorcía de injusticia, pero no se permitió exhibirlo. —Y otra cosa—añadió Catalina, alzando el mentón—: he retirado el dinero del último año de universidad. Gánate tú las matrículas —yo lo necesito más, que pronto hay boda. Eso dolió aún más de lo esperado. Arturo se quedó sin palabras. Lo entendió todo de golpe: su madre estaba dispuesta a borrarlo por completo. No solo lo echaba de casa—le quitaba el apoyo económico, le bloqueaba las oportunidades de seguir estudiando. Pero él se negó a pedirle clemencia. Ni entonces ni nunca. Su decisión fue clara: solicitar una excedencia, buscar trabajo, ahorrar para pagarse la matrícula él mismo. Tenía sus manos, su cabeza, su voluntad. Con eso bastaba. Asintió lentamente, aceptando el desafío. La miró intentando captar un último resquicio de afecto, pero sólo halló determinación gélida. En ese instante comprendió: no habría marcha atrás. La confianza de antes estaba destruida. A esa madre no la perdonaría jamás. *************************** —¿La has visto?—preguntó Nico, ansioso, inclinándose sobre la mesa. Tenía en la mano el móvil con la pantalla hacia su amigo—. Mi amiga de tu tierra lo ha enviado. Dice que lo acaban de emitir. Arturo alzó la vista sobre la carpeta de documentos que revisaba. Soltó la carpeta sobre la mesa, sabiendo que no podría seguir trabajando. Sentía una emoción extraña: una mezcla de satisfacción amarga y cierta ironía ante la situación. —He visto—respondió, esbozando una sonrisa torva—. El marido de Tamara no ha podido evitar compartir nuestra conversación. Aunque era lo que quería. Así mi madre sabrá lo que ha perdido. Se recostó en la silla, pasándose la mano por el pelo corto. Imaginaba escenas del programa—su madre, con un gesto calculado de sufrimiento, contando la historia del “hijo desaparecido”. Hace doce años, fue capaz de echarlo de casa y dejarle sin matrícula. Ahora, por lo visto, intentaba jugar la carta del amor materno perdido. Sí, había conseguido su venganza—tranquila, calculada, mostrando todo lo que ella se perdió. Había salido adelante. Construyó una carrera, se forjó contactos, estabilizó su vida. Todo sin su apoyo, sin su “bendición”. Ahora su madre sabía de su fortuna. Se habria dado cuenta de que podría contar con su ayuda, si no hubiera sido tan ruin. Si no hubiera preferido a un marido y a su hijo antes que a su propio hijo. Si no le hubiera quitado el dinero de la matrícula, si no lo hubiera echado, si no hubiera roto todos sus lazos. Pronto lo sabría: de él no habría ayuda. Ni un euro. Ni palabras de apoyo. Ni la más mínima oportunidad de reconciliación. Arturo tenía claro que el pasado quedó atrás. El futuro se lo labraba él—sin ella, sin su opinión, sin sus manipulaciones. La mujer que lo trajo al mundo jamás podría alcanzarlo. Ni física, ni emocionalmente. Y eso, quizá, era lo más importante…