«¿POR QUÉ LO SALVASTE? ¡SI ES UN VEGETAL! ¡AHORA TE PASARÁS LA VIDA LIMPIANDOLE LOS PISOS, Y YO SOY JOVEN, NECESITO UN HOMBRE!» — GRITABA LA NOVIA EN REANIMACIÓN. LA DOCTORA LIDIA GUARDÓ SILENCIO. SABÍA QUE ESE PACIENTE NO ERA “UN VEGETAL”, SINO EL ÚNICO QUE LA ESCUCHABA.

¿¡Pero por qué le salvaste!? ¡Si está hecho un vegetal! ¡Ahora te vas a pasar la vida cambiando cuñas, y yo, vamos, que soy joven y necesito un hombre!
Gritaba la novia en la sala de reanimación. La doctora Lidia se mantuvo en silencio. Sabía perfectamente que aquel paciente no era un vegetal, sino el único que, en ese momento, la oía de verdad.

Lidia Santos tenía 38 años y era neurocirujana en Madrid. Vivía prácticamente en el quirófano. De vida personal, ni rastro. Su marido la había dejado hacía cinco años por una instructora de zumba con mucha marcha, y de despedida le soltó: Lidia, eres como un bisturí: fría y cortante. A tu lado se me hielan hasta las venas.
Pero Lidia no era fría. Era concentrada. Cuando tienes la cabeza de alguien entre manos, mejor dejar las emociones en la taquilla.

Aquella guardia fue movidita: llegó un chico tras un accidente de moto espantoso. Traumatismo craneoencefálico severo, coma. Probabilidades, una entre un millón.
Los compañeros negaban con la cabeza.
Lidia, ese no sale. Y si sale, será un inválido. Una planta.
Pues lo operamos igual sentenció ella.

Estuvo pegada al quirófano seis horas seguidas, recomponiendo huesos como si fueran un puzle de los difíciles, cosiendo vasos sanguíneos. Luchaba como si de su hermano se tratase. ¿Por qué? Ni ella lo sabía. Solo vio aquel rostro antes de que se hinchara: joven, terco, guapo. Y pensó: Hoy no toca.

Se llamaba Arturo. 29 años.
Sobrevivió, pero no despertaba. El coma dio paso a un estado vegetativo. Permanecía allí, enchufado a mil tubos, respirando con ayuda del ventilador.

Al cabo de unos días vino su prometida. Una rubia de labios recién inflados y uñas como garras.
En cuanto vio a Arturo, puso una cara como si acabara de tragarse una anchoa pasada.
Puff ¿Ese es?
Sí respondió Lidia, revisando monitores. El estado es grave pero estable. Es pronto para pronósticos.
¿¡Pronósticos!? la rubia chilló como si estuviera regateando en las rebajas. ¡Pero si está muerto! ¡En un mes nos casamos! ¡Tengo los billetes para Bali pagados! ¡Y ahora se me derriten aquí!

Por favor, un poquito de corazón susurró Lidia. Le está oyendo.
¿Oyendo? ¿Con esa papilla por cerebro? ¡Oiga, y no se puede ya sabe apagar eso? ¿Para qué torturan así al chaval? ¡Y encima a mí! ¡Yo para cuidar inválidos no firmé!

Lidia la invitó a marcharse sin contemplaciones.
Salga de aquí. Si vuelve la saco a rastras con seguridad.
La rubia hizo sonar sus tacones y desapareció para siempre.

Arturo se quedó solo. Sin familia: era huérfano de un centro de acogida.
Lidia empezó a quedarse después de su turno. Al principio solo comprobaba sus constantes. Después, le hablaba:
Hola, Arturo. Hoy en Madrid cae un chaparrón que ni en Vigo. Eso sí, el aire huele a limpio. Hoy salvé a una abuela con un aneurisma
Otras veces le leía novelas, le hablaba de su gato Bizcocho, de su ex, del hastío de llegar a casa y escuchar solo el frigorífico.

Resultaba curioso desahogarse con un hombre inmóvil, mirando al techo con ojos perdidos. Pero Lidia sentía que él estaba allí.
Le masajeaba las manos para evitar la rigidez, le ponía rock en los auriculares: había encontrado su lista de Spotify en la mochila del accidente.

Los compañeros se partían de risa.
Lidia se nos ha enamorado de un vegetal
Pero Lidia notaba que el monitor del corazón se aceleraba cuando ella pasaba.

Cuatro meses después, Lidia estaba en su mesilla, rellenando partes médicos.
¿Sabes, Arturo? Quieren que sea jefa de servicio. Me da miedo le confesó. Tanto papeleo Yo quiero seguir curando, no llenar papeles.

Entonces notó un roce. Débil, como una pluma.
Sus dedos la apretaban.

Lidia se quedó de piedra. Levantó la mirada.
Arturo la miraba. Conscientemente.
Intentó decir algo, pero la traqueotomía no lo permitía. Movió los labios:
G r a c i a s.

Un milagro, vamos. Médico y humano.
La rehabilitación fue un calvario. Arturo tuvo que reaprender a respirar, a tragar, a hablar, a mover los dedos.

Lidia estuvo allí, como fisioterapeuta, psicóloga y, sobre todo, amiga.

Cuando por fin pudo hablar, le dijo:
Recuerdo tu voz. Me leías a Delibes, y me hablabas de Bizcocho.
Lidia lloró. Por primera vez en años, la “dama de acero” lloraba.

Medio año después le dieron el alta. Aún en silla de ruedas, aunque los doctores mantenían la esperanza de que caminase un día.
¿Dónde iba a ir? Lidia lo llevó a su propia casa. No como paciente es que no podía dejarlo en un piso vacío, ¿no?

Vivían raro: ella, médico; él, pupilo. Pero entre ambos empezó a crecer algo más dulce.
Resultó que Arturo era programador. Incluso en la silla, volvió al trabajo online.
Te voy a comprar ese abrigo azul, Lidia, el que te gusta le decía.
Tonterías, ahorra para tu rehabilitación.

Un año después, Arturo se levantó. Con un bastón y dando algún tropezón, pero caminando al fin.

Y entonces apareció la exnovia.
Había visto una foto de Arturo en redes: de pie y más guapo que nunca.

Llamó a casa de Lidia.
¡Arturito, cariño! ¡Ay, cómo he sufrido por ti! ¡No me encontraba! Me asustaron, me dijeron que estabas muerto ¡Perdóname, fui tonta! ¡Sabes que te quiero!

Se le colgó del cuello, perfumada como si la hubiera rociado una perfumería entera.
Lidia observaba desde el pasillo, con los puños cerrados.

Arturo separó sus brazos, suave pero firme.
Cristina le dijo calmado. Oí todo. En la UCI. Cada palabra. Lo del vegetal, los billetes a Bali, lo de desconectarme.

Toni, fue el susto ¡el shock!
No. Fue tu verdadera cara. Lárgate.

Pero
Fuera.

Cristina se fue maldiciendo entre dientes.
Arturo se giró hacia Lidia.
¿Sabes por qué regresé? preguntó.
¿Por qué?
Porque me llamabas. En la oscuridad, seguía tu voz. Fuiste mi faro.

Se acercó (un poco cojo aún) y la abrazó.
Lidia, de fría nada. Eres la persona más cálida que existe.

Se casaron discretamente, sin grandes celebraciones.
Arturo se recuperó por completo. Ahora crían juntos a su hijo adoptivo: el mismo niño al que Lidia operó años atrás y que acabó solo por culpa de unos padres borrachos.

Lidia es ahora la jefa de su servicio. Pero sigue quedándose hasta tarde con los casos complicados. Sabe que, incluso cuando el cuerpo calla, el alma escucha. Y que, muchas veces, una buena palabra cura más que el bisturí más afilado.

Moraleja:
A veces juzgamos a las personas según diagnósticos o apariencias. Pero el cariño y la fe son el mejor suero de la resurrección.
La traición en tiempos difíciles nunca se olvida: muestra la verdadera cara de la gente.
Y el amor de verdad no se prueba en Bali, sino al lado de una cama de hospital, cuando hay que aguantar noches de insomnio y apretar la mano en mitad de la oscuridad.

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MagistrUm
«¿POR QUÉ LO SALVASTE? ¡SI ES UN VEGETAL! ¡AHORA TE PASARÁS LA VIDA LIMPIANDOLE LOS PISOS, Y YO SOY JOVEN, NECESITO UN HOMBRE!» — GRITABA LA NOVIA EN REANIMACIÓN. LA DOCTORA LIDIA GUARDÓ SILENCIO. SABÍA QUE ESE PACIENTE NO ERA “UN VEGETAL”, SINO EL ÚNICO QUE LA ESCUCHABA.