Mi exmujer…
Todo esto sucedió hace un par de años. Mi estancia por motivos de trabajo en Madrid estaba a punto de terminar, y ya tenía previsto volver a casa, a Valladolid.
Después de comprar el billete de autobús, pensé en matar el tiempo paseando por la ciudad, ya que aún me quedaban tres horas por delante. Fue entonces cuando, caminando por el Paseo del Prado, se me acercó una mujer que reconocí enseguida.
Era mi primera esposa, con la que me había divorciado hacía doce años. Lucía apenas había cambiado, salvo quizá el rostro, paliducho y algo más delgado. Imagino que aquel encuentro la dejó tan patidifusa como a mí.
Estuve locamente enamorado de ella, y precisamente por eso, nos separamos. La celaba hasta con su madre, y con cualquiera que la mirara meramente de reojo. Si tardaba cinco minutos más de la cuenta en volver, yo ya me ponía como un energúmeno, el corazón a mil y pensando en el drama más absoluto.
Al final, Lucía no aguantó ni un día más mis interrogatorios: de dónde vienes, con quién, por qué, qué has comido, etcétera. Un buen día llegué a casa con un cachorrito que había recogido por el barrio de Salamanca, para sorprenderla con un regalo adorable. Pero al entrar, la casa olía a vacío y, encima de la mesa, me encontré una nota.
En ella, Lucía me decía que me dejaba, aunque me quería con locura. Que mi desconfianza la había dejado hecha puré, y que había decidido poner tierra de por medio. Me pedía perdón y me suplicaba que, por favor, no la buscara…
Bueno, pues doce años después, yo, que andaba despistado por Madrid tras una reunión en el Ministerio, me topo con ella. Charlamos largo y tendido y, cuando me di cuenta, estaba a punto de llegar tarde al autobús que me llevaba a Valladolid. Por fin, me armé de valor para decirle:
Lo siento, Lucía, pero tengo que irme. Ya llego tarde a mi autobús.
Y entonces ella suelta:
Paco, hazme un favor, por lo bueno que hubo entre nosotros, no me lo niegues. Vamos a pasar por una oficina, sólo un momento. Para mí es importante; no puedo ir sola.
Por supuesto, acepté, aunque advertí: ¡Pero rapidito, que pierdo el bus! Entramos en un edificio enorme, y no hacíamos más que cruzar pasillos, escaleras y puertas. Subíamos y bajábamos como si estuviésemos en el Retiro buscando la salida. Yo calculo que estuvimos dando vueltas como quince minutos. Nos cruzábamos con todo tipo de gente: chavales, abuelos, señoras con moño A esas alturas ni me pregunté qué pintaba allí tanto crío o jubilado, yo sólo tenía ojos para Lucía.
De repente, ella entró en una puerta y, antes de cerrarla, me miró como despidiéndose, diciendo:
Qué cosa más extraña no fui capaz de vivir contigo ni de vivir sin ti.
Me quedé esperando en el pasillo, hecho un lío. Quise preguntarle qué quería decir con eso, pero no volvía. Entonces caí en la cuenta: tenía que irme, y rápido, si no, perdía el autobús. De repente, noté un escalofrío. El edificio estaba en absoluta ruina. Por las ventanas sólo había huecos negros. Las escaleras se habían esfumado; quedaban unas tablas que, no sé ni cómo, utilicé para bajar rezando a todos los santos.
Por supuesto, perdí el autobús a Valladolid por casi una hora. Tuve que comprar otro billete, pagando en euros extra y todo.
En la taquilla, la chica del mostrador me dijo que el autobús que había perdido se había volcado y se había despeñado en el río Duero. No se había salvado nadie.
Dos semanas después, fui a ver a mi antigua suegra después de averiguar su dirección por Internet, doña Teresa Llamas. Fue entonces cuando me confió que Lucía había fallecido once años atrás, justo un año después de nuestro divorcio. Yo me quedé sin palabras, sin saber si creerla o no. Pensé que tal vez me mentía, que me veía todavía como el loco de los celos, incapaz de soltar a su hija.
Aun así, humildemente le pedí que me enseñara la tumba de Lucía, y, sorprendentemente, aceptó. Un par de horas más tarde, me hallaba de pie frente al panteón de un cementerio de Valladolid. En la lápida sonreía la mujer que había amado toda mi vida; la misma que, de una forma inexplicable, acababa de salvarme de la muerteNunca había sentido tanto frío, ni siquiera en mi peor invierno. Miré el nombre de Lucía, grabado con letras de bronce, como si en cualquier momento pudiera abrir los ojos desde la lápida y reírse de una broma secreta. Me arrodillé y apoyé la mano sobre la piedra. Sentí entonces un calor extraño bajo mi palma, como una despedida tardía.
Doña Teresa se quedó unos pasos atrás, sola en su silencio. El sol se colaba entre las ramas y yo me sentí tan vivo y tan roto a la vez. Pensé en aquel paseo imposible por el edificio, en la última petición de Lucía, en el escalofrío al salir de allí. Me di cuenta, como un relámpago tardío, que aquella última charla era su manera de protegerme, de darme la oportunidad de vivir la vida que nunca supimos construir juntos.
Gracias, Lucía susurré, y no me importó que doña Teresa me oyera.
Esa tarde, al regresar a la estación para coger mi autobús, por primera vez en mucho tiempo dejé que el viento me llevara los remordimientos. Entendí que a veces, el verdadero amor no es quedarse, sino dejar ir. Desde entonces, cada vez que oigo el rumor de un autobús al arrancar, sonrío y pienso que tal vez, en algún lugar, ella también sonríe.







