Mi exmujer… Esto ocurrió hace dos años. Mi tiempo de trabajo lejos de casa estaba a punto de acabar y debía regresar a mi hogar en Ávila. Tras comprar el billete, decidí pasear por la ciudad, ya que aún me quedaban tres horas antes de partir. En la calle se me acercó una mujer a la que reconocí enseguida. Era mi primera esposa, con la que me había divorciado doce años atrás. Zina apenas había cambiado, quizá su rostro era más pálido. Al parecer, este encuentro la inquietó tanto como a mí. La amé profundamente, casi con dolor, y precisamente por eso nos separamos. Elegía sospechar de ella con todos, hasta con su propia madre. Si se retrasaba un poco, mi corazón latía con fuerza y sentía que moría. Al final, Zina se marchó al no soportar mis preguntas diarias: dónde estuvo, con quién, por qué. Un día llegué con un cachorrito, deseando alegrarla, pero la casa estaba vacía y en la mesa había una nota. En la nota me decía que se marchaba aunque me quería. Mis celos la habían destrozado y tomó la decisión de dejarme. Pedía perdón y suplicaba que no la buscara… Y, tras doce años, la encontré por azar en la ciudad donde estaba por trabajo. Hablamos mucho y recordé que podía perder mi autobús interurbano. Al fin me animé a decir: —Perdona, debo irme ya, que se me escapa el autocar. Entonces Zina pidió: —Santi, hazme un favor, por lo bueno que hubo entre nosotros. No me lo niegues. Acompáñame a una oficina, es importante; sola no puedo ir. Por supuesto acepté, aunque avisé: «Pero rápido». Entramos en un gran edificio, cruzamos alas, subimos y bajamos escaleras; yo juraría que no fue más de quince minutos. Veíamos pasar personas de todas las edades, desde niños a ancianos. Ni pensé entonces lo extraño que era ver a niños y mayores por esa oficina— sólo tenía ojos para Zina. En un momento ella entró en una habitación y cerró la puerta tras de sí. Antes de cerrarla, me miró como si se despidiera y dijo: —Es curioso, no pude estar ni contigo, ni sin ti. Esperé que saliera para preguntarle a qué se refería con esas palabras. Pero no volvía. Entonces me di cuenta de que debía marcharme y estaba perdiendo mi autocar. Cuando miré alrededor me asusté: el edificio estaba abandonado, las ventanas eran solo huecos, no quedaba ni rastro de escaleras, solo tablones por los que logré bajar con esfuerzo. Llegué a la estación con una hora de retraso y tuve que comprar otro billete. Al sacar el billete, me contaron que el autocar que perdí se había volcado en un río, no hubo sobrevivientes. Dos semanas después, estaba ante la puerta de la que fue mi suegra, cuyo paradero averigüé. Alentína Márquez me informó que Zina había muerto once años antes, un año tras nuestro divorcio. No la creí; pensé que me mentía para que no molestara más a su hija con mis celos. Al pedirle ver la tumba, mi exsuegra accedió. Dos horas después, estaba ante la lápida, viendo la sonrisa de la mujer a la que amé toda la vida y que de manera inexplicable, salvó la mía…

Mi exmujer…

Todo esto sucedió hace un par de años. Mi estancia por motivos de trabajo en Madrid estaba a punto de terminar, y ya tenía previsto volver a casa, a Valladolid.

Después de comprar el billete de autobús, pensé en matar el tiempo paseando por la ciudad, ya que aún me quedaban tres horas por delante. Fue entonces cuando, caminando por el Paseo del Prado, se me acercó una mujer que reconocí enseguida.

Era mi primera esposa, con la que me había divorciado hacía doce años. Lucía apenas había cambiado, salvo quizá el rostro, paliducho y algo más delgado. Imagino que aquel encuentro la dejó tan patidifusa como a mí.

Estuve locamente enamorado de ella, y precisamente por eso, nos separamos. La celaba hasta con su madre, y con cualquiera que la mirara meramente de reojo. Si tardaba cinco minutos más de la cuenta en volver, yo ya me ponía como un energúmeno, el corazón a mil y pensando en el drama más absoluto.

Al final, Lucía no aguantó ni un día más mis interrogatorios: de dónde vienes, con quién, por qué, qué has comido, etcétera. Un buen día llegué a casa con un cachorrito que había recogido por el barrio de Salamanca, para sorprenderla con un regalo adorable. Pero al entrar, la casa olía a vacío y, encima de la mesa, me encontré una nota.

En ella, Lucía me decía que me dejaba, aunque me quería con locura. Que mi desconfianza la había dejado hecha puré, y que había decidido poner tierra de por medio. Me pedía perdón y me suplicaba que, por favor, no la buscara…

Bueno, pues doce años después, yo, que andaba despistado por Madrid tras una reunión en el Ministerio, me topo con ella. Charlamos largo y tendido y, cuando me di cuenta, estaba a punto de llegar tarde al autobús que me llevaba a Valladolid. Por fin, me armé de valor para decirle:
Lo siento, Lucía, pero tengo que irme. Ya llego tarde a mi autobús.
Y entonces ella suelta:
Paco, hazme un favor, por lo bueno que hubo entre nosotros, no me lo niegues. Vamos a pasar por una oficina, sólo un momento. Para mí es importante; no puedo ir sola.

Por supuesto, acepté, aunque advertí: ¡Pero rapidito, que pierdo el bus! Entramos en un edificio enorme, y no hacíamos más que cruzar pasillos, escaleras y puertas. Subíamos y bajábamos como si estuviésemos en el Retiro buscando la salida. Yo calculo que estuvimos dando vueltas como quince minutos. Nos cruzábamos con todo tipo de gente: chavales, abuelos, señoras con moño A esas alturas ni me pregunté qué pintaba allí tanto crío o jubilado, yo sólo tenía ojos para Lucía.

De repente, ella entró en una puerta y, antes de cerrarla, me miró como despidiéndose, diciendo:
Qué cosa más extraña no fui capaz de vivir contigo ni de vivir sin ti.

Me quedé esperando en el pasillo, hecho un lío. Quise preguntarle qué quería decir con eso, pero no volvía. Entonces caí en la cuenta: tenía que irme, y rápido, si no, perdía el autobús. De repente, noté un escalofrío. El edificio estaba en absoluta ruina. Por las ventanas sólo había huecos negros. Las escaleras se habían esfumado; quedaban unas tablas que, no sé ni cómo, utilicé para bajar rezando a todos los santos.

Por supuesto, perdí el autobús a Valladolid por casi una hora. Tuve que comprar otro billete, pagando en euros extra y todo.

En la taquilla, la chica del mostrador me dijo que el autobús que había perdido se había volcado y se había despeñado en el río Duero. No se había salvado nadie.

Dos semanas después, fui a ver a mi antigua suegra después de averiguar su dirección por Internet, doña Teresa Llamas. Fue entonces cuando me confió que Lucía había fallecido once años atrás, justo un año después de nuestro divorcio. Yo me quedé sin palabras, sin saber si creerla o no. Pensé que tal vez me mentía, que me veía todavía como el loco de los celos, incapaz de soltar a su hija.

Aun así, humildemente le pedí que me enseñara la tumba de Lucía, y, sorprendentemente, aceptó. Un par de horas más tarde, me hallaba de pie frente al panteón de un cementerio de Valladolid. En la lápida sonreía la mujer que había amado toda mi vida; la misma que, de una forma inexplicable, acababa de salvarme de la muerteNunca había sentido tanto frío, ni siquiera en mi peor invierno. Miré el nombre de Lucía, grabado con letras de bronce, como si en cualquier momento pudiera abrir los ojos desde la lápida y reírse de una broma secreta. Me arrodillé y apoyé la mano sobre la piedra. Sentí entonces un calor extraño bajo mi palma, como una despedida tardía.

Doña Teresa se quedó unos pasos atrás, sola en su silencio. El sol se colaba entre las ramas y yo me sentí tan vivo y tan roto a la vez. Pensé en aquel paseo imposible por el edificio, en la última petición de Lucía, en el escalofrío al salir de allí. Me di cuenta, como un relámpago tardío, que aquella última charla era su manera de protegerme, de darme la oportunidad de vivir la vida que nunca supimos construir juntos.

Gracias, Lucía susurré, y no me importó que doña Teresa me oyera.

Esa tarde, al regresar a la estación para coger mi autobús, por primera vez en mucho tiempo dejé que el viento me llevara los remordimientos. Entendí que a veces, el verdadero amor no es quedarse, sino dejar ir. Desde entonces, cada vez que oigo el rumor de un autobús al arrancar, sonrío y pienso que tal vez, en algún lugar, ella también sonríe.

Rate article
MagistrUm
Mi exmujer… Esto ocurrió hace dos años. Mi tiempo de trabajo lejos de casa estaba a punto de acabar y debía regresar a mi hogar en Ávila. Tras comprar el billete, decidí pasear por la ciudad, ya que aún me quedaban tres horas antes de partir. En la calle se me acercó una mujer a la que reconocí enseguida. Era mi primera esposa, con la que me había divorciado doce años atrás. Zina apenas había cambiado, quizá su rostro era más pálido. Al parecer, este encuentro la inquietó tanto como a mí. La amé profundamente, casi con dolor, y precisamente por eso nos separamos. Elegía sospechar de ella con todos, hasta con su propia madre. Si se retrasaba un poco, mi corazón latía con fuerza y sentía que moría. Al final, Zina se marchó al no soportar mis preguntas diarias: dónde estuvo, con quién, por qué. Un día llegué con un cachorrito, deseando alegrarla, pero la casa estaba vacía y en la mesa había una nota. En la nota me decía que se marchaba aunque me quería. Mis celos la habían destrozado y tomó la decisión de dejarme. Pedía perdón y suplicaba que no la buscara… Y, tras doce años, la encontré por azar en la ciudad donde estaba por trabajo. Hablamos mucho y recordé que podía perder mi autobús interurbano. Al fin me animé a decir: —Perdona, debo irme ya, que se me escapa el autocar. Entonces Zina pidió: —Santi, hazme un favor, por lo bueno que hubo entre nosotros. No me lo niegues. Acompáñame a una oficina, es importante; sola no puedo ir. Por supuesto acepté, aunque avisé: «Pero rápido». Entramos en un gran edificio, cruzamos alas, subimos y bajamos escaleras; yo juraría que no fue más de quince minutos. Veíamos pasar personas de todas las edades, desde niños a ancianos. Ni pensé entonces lo extraño que era ver a niños y mayores por esa oficina— sólo tenía ojos para Zina. En un momento ella entró en una habitación y cerró la puerta tras de sí. Antes de cerrarla, me miró como si se despidiera y dijo: —Es curioso, no pude estar ni contigo, ni sin ti. Esperé que saliera para preguntarle a qué se refería con esas palabras. Pero no volvía. Entonces me di cuenta de que debía marcharme y estaba perdiendo mi autocar. Cuando miré alrededor me asusté: el edificio estaba abandonado, las ventanas eran solo huecos, no quedaba ni rastro de escaleras, solo tablones por los que logré bajar con esfuerzo. Llegué a la estación con una hora de retraso y tuve que comprar otro billete. Al sacar el billete, me contaron que el autocar que perdí se había volcado en un río, no hubo sobrevivientes. Dos semanas después, estaba ante la puerta de la que fue mi suegra, cuyo paradero averigüé. Alentína Márquez me informó que Zina había muerto once años antes, un año tras nuestro divorcio. No la creí; pensé que me mentía para que no molestara más a su hija con mis celos. Al pedirle ver la tumba, mi exsuegra accedió. Dos horas después, estaba ante la lápida, viendo la sonrisa de la mujer a la que amé toda la vida y que de manera inexplicable, salvó la mía…