LA ABUELA, MI ÁNGEL GUARDIÁN
A Lucía no le quedaban recuerdos de sus padres. Su padre había abandonado a su madre estando embarazada, y de él no volvió a saber nada más. Su madre falleció de repente a causa de un cáncer fulminante cuando Lucía apenas tenía un año.
Quien la crio fue su abuela Rosario, la madre de su madre. El abuelo había fallecido cuando Rosario era joven, y ella dedicó su vida entera a cuidar de su hija y de su nieta. Desde los primeros días, entre Lucía y su abuela nació una conexión muy especial. Rosario intuía siempre lo que Lucía necesitaba, y entre ambas reinaba una complicidad y comprensión absoluta.
Todos adoraban a la abuela Rosario. Los vecinos, los profesores del colegio Cuando había reuniones escolares, Rosario siempre aparecía con una cesta de empanadillas, que no es adecuado estar con el estómago vacío, después de todo un día de trabajo, decía. Nunca criticaba a nadie ni se dejaba llevar por chismes. Muchas veces la buscaban por un buen consejo. Lucía se sentía la niña más afortunada por tener una abuela así.
Sin embargo, la vida personal de Lucía no terminaba de cuajar. Iba del colegio a la universidad, de allí al trabajo, siempre corriendo, siempre con algún pendiente. Tuvo algún novio, pero nada serio, nunca encontraba a la persona adecuada. A su abuela le preocupaba verla sola.
Ay, Lucía hija, con lo guapa y lista que eres, ¿pero cómo es que ningún chico bueno se te arrima? le preguntaba Rosario, medio en broma, medio en serio. Deberías pensar en formar una familia, que ya tienes treinta años.
Lucía solía quitarle hierro al asunto con una sonrisa, pero sabía que su abuela tenía razón.
La muerte de la abuela fue inesperada. Una noche se acostó y ya no despertó; el corazón dejó de latir en sueños. Lucía no se lo podía creer. Seguía yendo al trabajo, al supermercado pero funcionaba en modo automático. En casa solo la recibía su gata, Chispa. Se sentía terriblemente sola.
Un día, en el Cercanías de Madrid, Lucía leía una novela. Un hombre de unos cuarenta años, de aspecto agradable y vestido con pulcritud, se sentó enfrente. Le miraba fijamente, pero a Lucía no le pareció incómodo. Empezaron a hablar de libros, tema que a ella le apasionaba. Pensó que aquello parecía una escena de una película.
Cuando llegó su parada, el hombre que se llamaba Fernando la invitó a continuar la charla en una cafetería cercana. Lucía aceptó encantada.
A partir de ese día se inició entre ellos una historia intensa. Hablaban todos los días por teléfono y por mensajes, aunque se veían menos porque Fernando siempre decía estar muy ocupado. Lucía apenas sabía de su pasado; él esquivaba las preguntas sobre su familia, su historia, incluso su trabajo. Aún así, Lucía se sentía feliz por primera vez junto a un hombre.
Un sábado, Fernando la invitó a cenar a un restaurante, dejándole claro que esa noche sería especial. Lucía comprendió que iba a pedirle matrimonio. Por dentro, se sentía en la gloria. Al fin, pensó, podré tener una familia, hijos, un hogar. Lamentaba incluso que su abuela no estuviera allí para verlo.
Acostada esa noche, Lucía pensaba qué ponerse para la ocasión. Siempre compraba la ropa por internet, así que se puso a buscar vestidos en el móvil hasta quedarse dormida.
De repente, soñó que la abuela entraba en la habitación, con su vestido favorito, y se sentaba junto a ella, acariciándole el pelo. Lucía se asombró y se alegró a la vez.
Abuela, pero si tú ya no estás ¿cómo has venido?
Ay, Lucía, yo nunca me he ido, siempre estoy cerca de ti, te veo y te escucho, aunque tú no me veas. Pero vengo a avisarte: no sigas con ese hombre, no es bueno. Hazme caso, mi niña.
Dicho esto, Rosario desapareció.
Lucía despertó inquieta, como si de verdad hubiera estado allí la abuela. Trató de convencerse de que solo era un sueño, y retomó la búsqueda del vestido, pero la angustia no le abandonaba. ¿Por qué habría dicho Rosario que Fernando no era de fiar? ¿Cómo podía saberlo? Acabó rindiéndose y se durmió confusa.
El día señalado llegó, y Lucía, incapaz de decidirse por un vestido nuevo, fue con uno de los que ya tenía. No tenía buen ánimo, lo que Fernando notó de inmediato.
¿Te pasa algo, cariño?
No, nada, estoy bien.
Fernando fingió creerla, bromeó e intentó animarla. Al final de la cena, como en una película, se arrodilló y le ofreció una cajita con un anillo.
Lucía se mareó, el corazón le latía con fuerza, y de pronto vio a su abuela mirándola desde la ventana. Entendió que era una señal.
Lo siento, Fernando No puedo aceptar.
¿Por qué? ¿He hecho algo mal?
No es por ti. Solo siempre he confiado en el consejo de mi abuela.
Salió del restaurante corriendo. Fernando la alcanzó furioso, le gritó, la zarandeó:
¿Así que no quieres casarte conmigo? Pues quédate con tu gata, que nadie te aguanta, desgraciada.
Y la dejó tirada en medio de la calle.
Lucía no daba crédito. ¿Ese era su querido Fernando? ¿El hombre culto y afectuoso? Adiós a su sueño de marido, hijos y familia
Al día siguiente, fue al despacho de su compañero de colegio, Álvaro, que ahora trabajaba en la Brigada Judicial. Le pidió que investigara a Fernando, dándole una foto e información.
Un día después, Álvaro la llamó:
Lucía, tengo malas noticias. Fernando es un estafador. Se dedica a conquistar mujeres solas, se casa con ellas, logra que pongan el piso a su nombre, les hace pedir grandes préstamos para su negocio, y luego las echa de sus casas y pide el divorcio. Tiene antecedentes y varias condenas por lo mismo. Te has librado a tiempo.
Lucía no podía creerlo. ¿Cómo pudo la abuela saberlo? No había otra explicación que un milagro. Dio las gracias en voz alta por el aviso y por no dejarla nunca sola.
De camino a casa pasó por el mercado, compró pan, fruta y comida para Chispa, y caminó ya más ligera, sabiendo que, en el fondo, nunca estuvo sola: siempre la acompañaba su abuela.
Dicen que las almas de quienes nos quisieron nos cuidan desde el otro lado y nos protegen como ángeles guardianes. Ojalá sea cierto, y sepamos escuchar las señales que nos manda el corazón.







