El expreso nocturno Las puertas del trolebús se doblaron como un acordeón y el calor del interior se escapó en forma de vaho hacia la fresca noche madrileña. Un grupo de cinco fiesteros irrumpió en el vehículo, golpeando sus sucios zapatos contra todo lo que hallaban a su paso: escalones, barras y hasta las piernas de los pasajeros. Ninguno de los presentes, reunidos por la escasez del transporte nocturno, se atrevió a decir ni mu al alborotado grupo de jóvenes, que con fuego en la mirada discutían, a gritos y a carcajadas, las potenciales hazañas de sus partes íntimas, brindando entre chillidos y golpeando botellas al reír. Habían montado su propio chiringuito de botellón en la parte trasera, resonando vidrio tras vidrio cada vez que el alcohol les desbordaba, y el trolebús zumbó y partió suavemente del apeadero urbano con apenas otros diez pasajeros y la revisora. La revisora, una mujer de gafas más viejas que cualquiera de los jóvenes, se acercó a ellos con el manojo de billetes en la mano y repitió con cansancio: —Chavales, hay que pagar el billete. —Llevamos abono transportes —eructó uno. —¡Yo también! —gritaron los demás, incluido el benjamín, que no alzaba ni dieciocho y se esforzaba en echar pecho ante sus amigos. —A ver esos abonos, —dijo la revisora, imperturbable. —¡Enséñanos tú el tuyo primero! —se burló el más corpulento, mientras la cerveza derramada chorreaba por su chaqueta. —Soy la revisora —repitió con frialdad. —Y yo electricista, ¿y qué, no pago la luz? —O pagáis, o os bajáis, El trolebús se detuvo y los otros pasajeros descendieron. —Que te han dicho que llevamos abono, —graznó el chaval, inflando el pecho. —Vámonos a cocheras, Valer —ordenó la revisora al conductor. —Eso, Valer, a cocheras —repitieron los chicos, fingiéndose afligidos. El trolebús arrancó de nuevo, giró sorprendentemente en medio de la calle. Uno de los chavales se paró, intrigado: —¿Y este cacharro cómo ha dado la vuelta si va por cables? Nadie respondió. La velocidad aumentó, el trolebús adelantaba a los coches. Las luces se apagaban poco a poco. Solo alumbraban los faroles de la ciudad y algunos neones. La revisora siguió mirando al frente. No hubo más paradas. —¡Oiga! ¿A dónde nos lleva? —gritó uno. Nada. Sacaron los móviles, pero el teléfono estaba sin cobertura, reclamando Internet. Al torcer por un descampado, uno amenazó: —¿Sabe usted dónde trabajo? Si mañana no aparezco en la oficina se queda sin pensión. En ese momento se apagaron los faros delanteros. —Por favor, déjenos bajar, tengo que estudiar para la EVAU, —suplicó el más joven con voz aguda. El trolebús rugía en la oscuridad. Intentaron romper la puerta, dar con botellas en los cristales, buscar salidas. Al final florecieron los primeros billetes. —¡Tome, no hace falta cambio! ¡Llévenos de vuelta, por Dios! La revisora inmóvil. Palabras de perdón, súplicas y lágrimas llenaron el coche hasta que llegaron a un enorme lago. —¿Dónde estamos? —Aquí nos ahogan, —lloriqueó el chaval del bigotillo. —Serio, ¿tú sabes conducir esto? —preguntaron con voz temblorosa. Finalmente se abrió la puerta y la revisora salió. En la luz de la luna se recortó su figura con un objeto alargado en la mano. —Ya está… nos disparan y nos tiran al agua… —sollozaron. Se encendió la luz interior: la revisora volvió, entrando firmemente con un cubo y una fregona. —Cuando acabéis de limpiar las paredes, os doy bayetas para los asientos y el suelo, y después os llevo a casa. ¿Alguna objeción? Los chavales negaron al unísono. La noche fue larga. Dos iban a por agua, uno cambiaba las bayetas, otros dos vaciaban el cubo en un bidón de origen misterioso. Al alba, el trolebús resplandecía como nuevo. La revisora picó sus billetes y, ya sobrios y arrepentidos, los rebeldes volvieron a casa por las paradas habituales, mientras el trolebús regresaba a la ciudad a esperar un nuevo día y nuevos viajeros.

El Expreso Nocturno

Las puertas del trolebús se plegaron con un sonido de acordeón, y el calor del interior escapó al frescor de la noche como un vaho cálido. Un grupo de cinco juerguistas irrumpió dentro, golpeando con los zapatos embarrados todo a su paso: los escalones, las barras y hasta las piernas de los pocos pasajeros.

Ninguno de los solitarios reunidos por el único transporte nocturno de la ciudad se atrevió a reprender a aquel grupo de jóvenes exaltados, que discutían entre risas e improperios sobre supuestas gestas amorosas como si les fuese la vida en ello. Cada cual intentaba elevar la voz sobre el otro, entre carcajadas ruidosas y brindis con las botellas en la parte trasera del trolebús, ya improvisada como barra de bar. Allí armaban escándalo, golpeando los culos de las botellas cada vez que brotaba otro estallido de risa.

El mecanismo del trolebús crujió, las puertas silbaron y volvieron a encajarse en su sitio mientras el vehículo, balanceándose suavemente, zarpaba del embarcadero urbano. Apenas habría una decena de pasajeros, incluyendo a la cobradora, que se levantó mientras sujetaba con firmeza el cartapacio de billetes en la mano.

Jóvenes, hay que pagar el billete dijo, cansada, la mujer, cuyos gafas parecían tener más años que cualquiera de aquellos muchachos.

Tengo bono mensual eructó uno de ellos.

¡Yo también!

¡Y yo, señora!

El último, apenas un mozalbete con el vello precoz y movimientos torpes, chillaba aún más alto para aparentar seguridad delante de sus amigos.

Enseñadlos contestó la mujer con sequedad, inmunizada de falsas bravatas.

¡Que nos enseñe ella su carné primero! saltó el más corpulento, que escupió media cerveza al hablar.

Soy la cobradora afirmó sin alterar el tono.

¡Y yo electricista! ¿Eso significa que no pago la luz? ironizó el del abrigo empapado en cerveza, que iba dejando un rastro ácido en el ambiente.

O pagan o se bajan.

Como si esa frase hubiese sido una señal, el trolebús se detuvo y el resto de los pasajeros bajó en silencio.

Te hemos dicho que llevamos bono, ¿es que no entiendes? gruñó el chaval, hinchando el pecho como una luna menguante.

¡María, llévame a la cochera! gritó la mujer al conductor.

Eso, María, ¡a la cochera! repitieron los chicos entre risotadas, secándose lágrimas imaginarias.

Las puertas volvieron a cerrarse y el trolebús inició un giro inesperado. La risa duró apenas unos segundos, hasta que uno, más lúcido, murmuró:

¿Cómo es que ha dado la vuelta el trolebús en mitad de la calle, si va por cables? preguntó intrigado. Los demás se encogieron de hombros, restando importancia.

El trolebús, acelerando más y más, se deslizaba como un espectro. El interior se iba quedando en penumbra; las bombillas titilaban o se apagaban, y solo el parpadeo de los anuncios y las farolas exteriores alumbraba el salón de vez en cuando. La cobradora, callada, fija en su asiento, no apartaba la vista al frente. No habría más paradas.

¡Oye, jefe! ¿A dónde nos llevas? gritó al fin uno de los cinco.

Ninguna respuesta.

¡Oiga, pare, que queremos bajarnos! sus voces traicionaban ya un temblor incipiente, una resaca de lucidez.

La cobradora ni parpadeó.

Dejaron atrás las luces y el asfalto seco de la ciudad; rodaban ahora a toda velocidad por una carretera oscura, donde solo los puntitos de luz en la cabina del conductor guiaban la noche. Sacaron móviles sin cobertura, sin internet, sin nada.

Cuando se internaron por un camino flanqueado por campos, uno de los más burlones perdió los papeles.

¡¿Sabe usted dónde trabajo?! Si mañana no aparezco, ¡se queda sin pensión! exclamó, tratando de imponer su autoridad.

Entonces los faros delanteros se apagaron del todo.

Déjenos salir, por favor, que tengo que estudiar para la selectividad… imploró con voz aguda el chico más joven.

El trolebús avanzaba, cortando el silencio nocturno con el rumor de sus motores y el miedo helado de sus ocupantes, ya bien despejados de alcohol. Intentaron forzar puertas, romper cristales con las botellas, arañaron los plásticos, pero nada cedía.

Al fin aparecieron algunos billetes.

¡Aquí tiene, no hace falta cambio! Devuélvanos a la ciudad, por favor…

La cobradora, imperturbable; las súplicas, las lágrimas, hasta promesas de redención llenaban el vehículo, que proseguía hasta que llegaron a un gran lago, escondido entre cañizales y reflejos de luna.

¿Dónde estamos? susurraban unos a otros.

Nos van a tirar al lago… lloraba el chico con pelusa en el bigote.

¿Tú sabes conducir un trolebús, Joaquín? A lo mejor les damos el cambiazo… preguntó otro, pero Joaquín solo agitó la cabeza, derrotado.

De pronto, la puerta delantera se abrió y la cobradora descendió. Se recortó su figura contra la luna cuando regresó con algo largo en las manos.

Ya está… nos fusilan… y luego al agua… musitaban, sin fuerzas ni humor, limpiándose los ojos enrojecidos.

Se encendió de golpe la luz del trolebús. La cobradora entró, pisando fuerte, con una fregona y un cubo.

Cuando terminéis de limpiar las paredes, os daré trapos para los asientos y el suelo. Luego volveremos a casa. ¿Alguna objeción?

El grupo negó sin protestar.

La noche fue larguísima. Se organizaron sin decir palabra: dos iban por agua, uno cambiaba trapos, otros vaciaban cubos en una tinaja enorme donde ya chapoteaba el agua como si ese lago hubiese visto muchas noches de limpieza. Había algo ritual, casi antiguo, en la tarea.

Terminaron al amanecer. El trolebús brillaba como recién estrenado; los cristales resplandecían. Los jóvenes, más sobrios y callados que nunca, trabajaron unidos sin resistirse. La cobradora, entonces, les picó el billete y el trolebús les dejó, con la primera luz, en sus respectivas paradas, para después reemprender el trayecto de siempre, rumbo a la ciudad, esperando el nuevo día y a nuevos pasajeros.

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MagistrUm
El expreso nocturno Las puertas del trolebús se doblaron como un acordeón y el calor del interior se escapó en forma de vaho hacia la fresca noche madrileña. Un grupo de cinco fiesteros irrumpió en el vehículo, golpeando sus sucios zapatos contra todo lo que hallaban a su paso: escalones, barras y hasta las piernas de los pasajeros. Ninguno de los presentes, reunidos por la escasez del transporte nocturno, se atrevió a decir ni mu al alborotado grupo de jóvenes, que con fuego en la mirada discutían, a gritos y a carcajadas, las potenciales hazañas de sus partes íntimas, brindando entre chillidos y golpeando botellas al reír. Habían montado su propio chiringuito de botellón en la parte trasera, resonando vidrio tras vidrio cada vez que el alcohol les desbordaba, y el trolebús zumbó y partió suavemente del apeadero urbano con apenas otros diez pasajeros y la revisora. La revisora, una mujer de gafas más viejas que cualquiera de los jóvenes, se acercó a ellos con el manojo de billetes en la mano y repitió con cansancio: —Chavales, hay que pagar el billete. —Llevamos abono transportes —eructó uno. —¡Yo también! —gritaron los demás, incluido el benjamín, que no alzaba ni dieciocho y se esforzaba en echar pecho ante sus amigos. —A ver esos abonos, —dijo la revisora, imperturbable. —¡Enséñanos tú el tuyo primero! —se burló el más corpulento, mientras la cerveza derramada chorreaba por su chaqueta. —Soy la revisora —repitió con frialdad. —Y yo electricista, ¿y qué, no pago la luz? —O pagáis, o os bajáis, El trolebús se detuvo y los otros pasajeros descendieron. —Que te han dicho que llevamos abono, —graznó el chaval, inflando el pecho. —Vámonos a cocheras, Valer —ordenó la revisora al conductor. —Eso, Valer, a cocheras —repitieron los chicos, fingiéndose afligidos. El trolebús arrancó de nuevo, giró sorprendentemente en medio de la calle. Uno de los chavales se paró, intrigado: —¿Y este cacharro cómo ha dado la vuelta si va por cables? Nadie respondió. La velocidad aumentó, el trolebús adelantaba a los coches. Las luces se apagaban poco a poco. Solo alumbraban los faroles de la ciudad y algunos neones. La revisora siguió mirando al frente. No hubo más paradas. —¡Oiga! ¿A dónde nos lleva? —gritó uno. Nada. Sacaron los móviles, pero el teléfono estaba sin cobertura, reclamando Internet. Al torcer por un descampado, uno amenazó: —¿Sabe usted dónde trabajo? Si mañana no aparezco en la oficina se queda sin pensión. En ese momento se apagaron los faros delanteros. —Por favor, déjenos bajar, tengo que estudiar para la EVAU, —suplicó el más joven con voz aguda. El trolebús rugía en la oscuridad. Intentaron romper la puerta, dar con botellas en los cristales, buscar salidas. Al final florecieron los primeros billetes. —¡Tome, no hace falta cambio! ¡Llévenos de vuelta, por Dios! La revisora inmóvil. Palabras de perdón, súplicas y lágrimas llenaron el coche hasta que llegaron a un enorme lago. —¿Dónde estamos? —Aquí nos ahogan, —lloriqueó el chaval del bigotillo. —Serio, ¿tú sabes conducir esto? —preguntaron con voz temblorosa. Finalmente se abrió la puerta y la revisora salió. En la luz de la luna se recortó su figura con un objeto alargado en la mano. —Ya está… nos disparan y nos tiran al agua… —sollozaron. Se encendió la luz interior: la revisora volvió, entrando firmemente con un cubo y una fregona. —Cuando acabéis de limpiar las paredes, os doy bayetas para los asientos y el suelo, y después os llevo a casa. ¿Alguna objeción? Los chavales negaron al unísono. La noche fue larga. Dos iban a por agua, uno cambiaba las bayetas, otros dos vaciaban el cubo en un bidón de origen misterioso. Al alba, el trolebús resplandecía como nuevo. La revisora picó sus billetes y, ya sobrios y arrepentidos, los rebeldes volvieron a casa por las paradas habituales, mientras el trolebús regresaba a la ciudad a esperar un nuevo día y nuevos viajeros.