Hoy quiero recordar algo que me conmovió profundamente. Una mañana, mi padre iba en coche al trabajo y paró en una gasolinera de Madrid para repostar. Allí estaba una chica embarazada, de apenas 19 años, pidiendo ayuda. Se llamaba Lucía Fernández. Mi padre, al principio, le dijo que no llevaba suelto y se dispuso a marcharse.
Pero algo le hizo cambiar de opinión. Dio media vuelta y le preguntó cómo había llegado a esa situación. Lucía le explicó, con voz temblorosa, que sus padres, los Rodríguez, la habían echado de casa al enterarse de que estaba embarazada sin estar casada. No tenía trabajo, ni dinero, ni a quién acudir. Mi padre, tras escucharla, sacó su tarjeta de visita y le dijo que lo llamara al día siguiente.
Al otro día, Lucía fue a su oficina en Barcelona. Tras una breve entrevista, mi padre le dio un puesto sencillo: atender llamadas y hacer recados. Pero con el tiempo, su esfuerzo y dedicación la llevaron a ascender. Hoy, años después, es subdirectora de la empresa, tiene su propia familia en Valencia y vive feliz.
A veces, un pequeño gesto puede cambiar una vida para siempre. Me pregunto qué habría sido de Lucía si mi padre no hubiera dado ese paso. La vida da vueltas, y hoy, ella es prueba de que nunca hay que perder la esperanza.







