No era destino
El tren llevaba ya dos días serpenteando por los paisajes de la península. Los pasajeros, envueltos en la rutina de los viajes largos, habían compartido más de una taza de café y, entre acertijos de crucigramas y pequeñas confidencias, las conversaciones «sobre la vida» no tardaron en brotar. Sabes, en los trenes españoles el síndrome del compañero de viaje se intensifica: relatos insólitos, de esos que sólo se cuentan con el traqueteo del vagón, empiezan a fluir como si todo formara parte de un sueño extraño.
Yo estaba sentada en uno de esos asientos laterales, no muy lejos de un compartimento donde tres abuelas discutían recetas de rosquillas y trucos para remendar medias de lana. Como flotando, el tren se deslizaba por un puente que ofrecía una vista casi irreal: el cielo despejado, un sol gentil, el Tormes brillante, surcado de pequeñas ondas. A lo lejos, en la cima de una colina cubierta de hierba suave, se alzaba una iglesia blanca rematada con torres doradas como yemas de huevo.
El bullicio se apagó. Una de las mujeres se persignó lentamente, como si el gesto flotase en el aire.
Ay, pues ahora os cuento una cosa que parece de otro mundo dijo de pronto la que estaba junto a la ventana. Creedlo o no, es como lo soñé.
Sucedió hace algunos años, en primavera. Vivo sola, no tengo hijos y a mi marido lo despedí de este mundo hace bastante. Nuestro pueblo, aunque pequeño, está esparcido a ambos lados de un río que parece no decidir a dónde ir. Para ir al ultramarinos y a Correos hay que cruzar el viejo puente de madera, ese que cruje si corres. Aquella mañana, temprano, me llamó mi hermano. Dijo que venía de Sevilla por motivos de trabajo y que iba a desviarse para visitarmehacía cinco años que no nos veíamos.
Yo, tan contenta, pensé en ir a comprar algo especial; harina, azúcar hacerle una empanada que echara para atrás el hambre de carretera. Me puse la bata vieja por encima del pijama, ni me la até, y salí de puntillas en las zapatillas de casa.
Al llegar a la orilla, pensé: «Bajar hasta el puente es rodear mucho. ¿Y si cruzo por donde está el hielo?». Aún hacía frío por la noche y, lejos, cerca del puente, algunos hombres pescaban en el hielo. Me dio confianzasi ellos aguantan, yo, que peso nada y corro más, seguro que paso.
Me deslicé despacio hacia el borde; puse un pie, luego el otro No sonaba a rotura. Todo iba bien, avanzaba ligera y el río, en ese sitio, hace curva y no se ve de lejos.
Y no os creáis, siguió la señora con la voz puesta en lejanía, que me di cuenta enseguida. Fue como si me asfixiara el hielo: un chillido corto, y de repente estaba sumergida. El aire se me salió, el abrigo arrastrándome hacia abajo. ¡Menos mal que no me lo abroché! Logré quitármelo bajo el agua y así, al menos, podía subir.
Afuera, intentaba agarrar el borde, pero se quebraba con un chasquido que podía ser sueño o pesadilla. Nada de gritos: la voz se me esfumó en el frío.
Vi a la vecina en la ribera, quieta, mirándome como si no entendiese. Levanté el brazo, agitándolo, deseando que llamara a los pescadores. Pero ella, como flotando, se alejó hacia atrás y desapareció entre las hierbas. «Ya está pensé, hasta aquí llegué. Qué faena: ahogarme justo hoy que venía mi hermano».
En ese instante, el hielo volvió a abrirse. Y entonces, como salido de un rincón onírico, vi a un hombre corriendo hacia mí. Antes no había nadie. ¿Cómo llegó, quién era? Se tumbó boca abajo, me lanzó una rama de un chopo del río y gritó:
¡Ven hacia aquí! ¡Vamos, que tú puedes!
No sé de dónde saqué fuerzas. Pero cuando el hielo crujió de nuevo bajo él, el hombre corrió con una soltura de sueños, arrancó una vara joven y me la volvió a acercar. Yo, manoteando, me aferré, aunque las manos resbalaban porque el frío helaba hasta la corteza.
Entonces él arrimó el tronco aún más, girándolo con destreza de pescador, y volvió a animarme:
¡Por el tronco, por el tronco!
Me enganché bien en la madera y, tirando de mí como si fuera un saco de patatas, me sacó del río. Me tumbé sobre el hielo, llorando lágrimas que ni sentía. El hombre se inclinó, con voz que parecía llegar desde algún lugar muy lejano.
¿Estás bien, hija? ¿Estás viva?
Asentí, sin poder hablar.
Pues dale gracias a Dios. Vuelve a casa, que todo irá bien. No te preocupes, no enfermarás.
Me sequé las lágrimas, me levanté y miré detrás de mí pero él ya no estaba. ¿Dónde pudo ir? El río se ve desde todas partes, y para llegar a la curva hay mucho trote, pero vi a los pescadores corriendo ahora sí hacia mí.
Uno de ellos me acompañó hasta casa. Me cambié de ropa, bebí un té bien calientecasi podía oler el azahar de la tazay pensé que tenía que salir, tienda o no tienda.
Crucé por el puente y, al llegar al ultramarinos, allí estaba la vecina, la de antes. Me miraba como si hubiera visto un fantasma, persignándose.
¿Pero no te has ahogado?
¿Y tú por qué no pediste ayuda? le pregunté, como flotando fuera de mí.
Pensé que si me acercaba nos íbamos las dos al fondo. No me daba tiempo a llegar a por los hombres. Si te ibas al otro barrio, era tu destino. Pero ya ves, sigues aquí. Todo acabó bien.
Mi hermano solo pudo quedarse un día, y ni le conté nada. Cuando se fue, recorrí la aldea preguntando por el hombre. Estaba claro que no era alguien del pueblo; su ropa era extrañacomo una capa larga, o quizá una chaqueta con capucha.
Aquí, todos se conocen, incluso los familiares lejanos. A ese hombre lo había visto yo antes, pero ¿dónde? Nadie más lo vio. Ni forasteros, ni visitas.
Me fui a la iglesia en el pueblo de al lado a poner una vela de agradecimiento. Y al entrar, me quedé de piedra: en una de las pinturas, el rostro de San Nicolás me miraba. Era élel mismo hombre que me había salvado.
Me arrodillé sin fuerzas. Después estuve mucho rato hablando con el cura, como si todo hubiera sucedido en otro mundo.
Así son los milagros. Y es cierto, desde entonces ni un estornudo me dio, ni una fiebre me rozó el alma terminó la mujer, encogiéndose de hombros mientras el tren seguía su marcha, como si su historia no perteneciera a la vigilia, sino a la materia de la que están hechos los sueños. ¿Quién sabe? Crean o no, así fue.







