El destino tiende su mano

La fortuna me tiende la mano

Celia crece en un hogar que, a primera vista, parece bien puesto: su padre, Antonio, y su madre, Dolores, llevan una vida tranquila en un pequeño pueblo de Castilla. Sin embargo, cuando está en sexto de primaria, Celia empieza a percibir que algo se ha roto en la familia. Los dos padres se hunden cada vez más en la bebida, primero Antonio y luego Dolores. Al acercarse el final de la secundaria, Celia comprende que ya no puede sacarlos del barro en el que se ahogan; se van hundiendo más y más.

A veces los padres se pelean a golpes y la niña termina atrapada en medio, recibiendo también los golpes.

¿Por qué me pasa esto? llora Celia escondiéndose detrás del armario, allí donde sus padres no la ven, pero donde descargan su rabia.

¡Ve a la tienda y compra una botella! le grita Antonio al caer la noche, mientras ella se niega a salir por la oscuridad, temiendo que él le dé una bofetada si no vuelve rápido.

Ve a pedirle dinero a Verónica, la vecina, y suplica que no nos deje sin nada le dice Dolores empujándola hacia la puerta.

Al crecer, Celia empieza a escaparse de casa cuando sus padres están ebrios. En décimo de secundaria ya no le teme a la noche; se ha habituado al temor. Se refugia en una casa abandonada al borde del pueblo, y al amanecer vuelve corriendo a casa, agarra sus cuadernos y se dirige al instituto.

Un día decide:

Cuando termine los estudios, conseguiré el título y huiré del pueblo, iré a la ciudad, tal vez entre a la universidad. Solo tengo que ahorrar centavo a centavo, euro a euro.

Empieza a guardar en secreto lo poco que consigue, aunque le resulte difícil. Cuando finalmente recibe el título, aunque con notas mediocres, toma su pasaporte, mete en la mochila lo que ha ahorrado y se marcha al municipio más cercano sin decir nada a sus padres. No tiene a quién contarle su partida. Sueña con formarse, crear una familia normal y vivir como los demás, no simplemente existir.

La ciudad la recibe sin mucha simpatía. Encuentra un colegio y entrega los documentos, pero le informan que hay muchísimos aspirantes y con sus notas es improbable que sea admitida; además, no tiene dinero para pagar la matrícula. Sus esperanzas se desvanecen, se sienta en un banco junto a la parada y contempla la vida que bulle a su alrededor.

Todos tienen un objetivo piensa, van y corren hacia sus asuntos, y yo no tengo a dónde ir. ¿Qué hago? El dinero me falta y volver al pueblo es imposible; ¿qué me espera allí? Quedarme aquí tampoco es opción.

Mientras la tarde se vuelve noche, se le acerca una mujer corpulenta, mayor, con una pequeña bolsa en la mano.

Nena, ¿por qué te quedas ahí sentada? Te he visto entrar y volver a la tienda, y ahora estás de nuevo aquí. ¿Te ha pasado algo? pregunta la mujer.

Estoy sin rumbo. Vine del pueblo para entrar al colegio, pero me han rechazado por las notas y no tengo plata para pagar. solloza Cel Celia.

¿No tienes a nadie aquí? continúa la mujer.

No. Y volver a casa no puedo, mis padres solo piensan en beber. Temo que, si regreso, acabaré como ellos

No llores dice la mujer, presentándose. Me llamo Doña Natividad, pero la gente me llama simplemente Natividad. Yo también quedé sin techo; mi propia hija me dejó sin nada y ahora vivo en una residencia de estudiantes porque trabajo de limpiadora. Ven conmigo; no vas a pasar la noche en la calle.

Celia, temblorosa, se levanta sin saber qué le espera.

No temas, niñale asegura Natividad. Yo también he quedado sola. Tengo una hija, Teresa, que trabajaba como conductora de tren. Conoció a un empresario que le pidió dinero para montar un negocio. Vendió la casa de la familia y quedó sin nada cuando el hombre desapareció. Yo conseguí trabajo en la estación y una cama en la residencia. Pero algo en ti me dice que no eres una víctima más.

Llegan a la residencia, a una pequeña habitación donde Natividad vive. Celia, agotada, come sin apetito. Natividad le dice:

Mañana te presentaré al director del café de la estación. Siempre buscan gente joven, con buena presencia. Te llamarán Anton, y quizás te ofrezcan una habitación en la residencia. Tal vez la suerte te sonría y encuentres a un buen chico.

Celia agradece a Natividad y se duerme rápidamente, sin haber conocido a ningún chico antes.

Al día siguiente Anton, el director del café, la recibe con una sonrisa. Es joven, agradable y le hace preguntas de cortesía. Celia, que nunca había salido con un chico, se queda embobada como un conejito ante la serpiente.

Anton le ofrece el puesto de camarera y le asigna una habitación en la residencia. De vez en cuando le deja pequeños detalles: un lápiz labial en el bolsillo, un tubo de rímel, un perfume barato. Celia se vuelve adicta a esa atención.

Una tarde, después del turno, Anton le dice:

Ven, sube al coche, te llevo a casa. Estás cansada.

Celia, sonrojada, se sube al coche y piensa que al fin ha encontrado una racha de buena suerte.

Empieza a acudir al café temprano cada día. Llegada una mañana de descanso, la detiene un joven de aspecto rústico en la entrada de la residencia.

Hola, ¿vives aquí? pregunta.

Sí, en el segundo piso responde Celia.

Yo también vivo aquí. Me llamo Máximo, soy conductor de camiones. Vine del campo para ganar dinero, pero volveré al pueblo; la vida de ciudad no es para mí. ¿Y tú? No te había visto antes.

Celia también vengo del campo, acabo de llegar dice, pensando que tal vez el campo le resultaría mejor, aunque aún sueña con la ciudad.

Con el tiempo, Máximo y Celia conversan cuando él vuelve de sus rutas, le cuenta de las ciudades y pueblos que ha visto, le ofrece dulces y té. Son amigos; Máximo percibe que Celia la ve solo como amiga, mientras ella está enamorada de Anton.

Anton, aunque casado y con dos hijos, le declara su amor a Celia, prometiéndole que no le faltará nada y que, en verano, la llevará al mar. Celia se sumerge en esa ilusión, sin percatarse de la trampa.

Poco después descubre que está embarazada. Con ilusión corre a contarle a Anton.

¡Anton! Vamos a tener un hijo

¿Qué dices? Te dije que tengo familia, dos niños. No quiero más problemas le responde, mirando a Celia con desprecio. Aquí tienes el dinero, tómalo y desaparece en tres días. Si alguien descubre que estuve contigo le lanza una bolsa de billetes y cierra la puerta.

Celia recuerda las palabras de Natividad: pocos llegan a la ciudad y logran ser felices. Triste, recoge sus cosas, deja la llave en el buzón y vuelve a la residencia. Natividad la recibe con una taza de té.

Vaya, niña, qué giro de la vida dice Natividad.

¿Por qué me ha hecho esto? Yo lo amaba solloza Celia.

Los hombres son así, no les importa nada. No llores, el niño no es culpa suya. La vida te pondrá pruebas, pero si aguantas, la fortuna te tenderá la mano. le consuela Natividad, y la tristeza de Celia se vuelve un poco más llevadera.

Esa noche, al abrir la puerta de su habitación, escucha una voz detrás:

¡Celia, hola! ¿Has vuelto? salta Máximo, emocionado.

Celia rompe a llorar; él se queda desconcertado, pero pronto entiende. Se sienta a su lado, le sirve té y le pregunta qué ha sucedido.

Cuéntame, veré cómo puedo ayudar dice Máximo.

Celia le narra su historia con Anton, el engaño, el embarazo. Máximo la escucha, la consuela y le promete comprarle comida. Regresa con bolsas llenas de provisiones y abre la nevera. Celia, viendo su amabilidad, recuerda las palabras de Natividad y siente que, tal vez, la mano de la fortuna vuelve a buscarla.

Con el tiempo, Celia y Máximo se establecen en el pueblo de Máximo. Construyen una casa, añaden una segunda planta y esperan la llegada de su hija, como había deseado Máximo. También tienen un hijo de tres años. Viven tranquilos y felices, sabiendo que, aunque el destino a veces sea cruel, siempre hay una oportunidad para una nueva vida.

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