El secreto en la familia de Tonya: la inesperada llegada de un hijo ilegítimo tras la muerte de su marido, una decisión difícil ante el abandono, y el poder del corazón para acoger a un niño pelirrojo huérfano en una aldea castellana

Que no es mi hijo, mujer. Es de mi vecina, Catalina. Tu marido pasaba mucho por allí, y mira, le dejó un recuerdo. Igual de pelirrojo y pecoso que su padre, ni falta hace análisis de sangre.
¿Y usted qué quiere de mí? Mi marido falleció hace poco, ni idea tengo de lo que hacía fuera de casa
Pues esa tal Catalina también se ha ido al otro barrio. Neumonía, ese fue el final. Y el chiquillo, huérfano.

Antonia arrancaba malas hierbas en el huerto cuando oyó que alguien la llamaba al patio. Se secó el sudor de la frente y salió hasta la verja. Allí esperaba una mujer desconocida.

¡Antonia, buenos días! Necesitamos hablar.

Buenos días. Pase, ya que está aquí

Antonia invitó a la mujer a entrar en casa y puso el agua a hervir para un té. Se preguntaba qué buscaría aquella forastera.

Me llamo Ninfa. No nos conocemos, aunque sé bien de quién eres, lo cuentan en el barrio No voy a darle vueltas: tu difunto marido dejó un hijo, Miguel. Tiene tres años.

Antonia observó a Ninfa con asombro. Era mayor para ser madre de un crío tan pequeño.

No es mío, ya le digo. Es hijo de mi vecina, Catalina. Tu marido iba por allí, y el resultado fue ese. Mismo pelo, igual de pecoso. No hace falta examen.

Pero ¿usted qué quiere de mí? Bastante tengo con que ya no está mi Juan, ¡no sé con quién se relacionaba!

Catalina tampoco tenía a nadie. Era de fuera, trabajaba en la tienda. Se ha muerto y el chiquillo va a parar a un orfanato

Yo tengo mis hijas, dos legítimas. ¿Pretende que me haga cargo del chiquillo de otra? ¡Qué descaro, venir a casa de la esposa a proponerle criar al hijo bastardo!

Pero, mira, es hermano de tus hijas, ¿no ves? No es tan ajeno. Además, el niño es bueno, cariñoso Ahora está en el hospital, preparan papeles para que se lo lleve el Estado.

A mí no me venga con sentimentalismos Yo ni sé cuántos hijos ha dejado mi marido, ¡¿y he de cuidar de todos?!

Solo te aviso. Tú decides.

Ninfa se marchó. Antonia vertió el té en una taza y se quedó absorta en sus pensamientos.

***

A Juan lo conoció justo al acabar los estudios. Salía a celebrarlo con sus amigas cuando un grupo de chicos se acercó a invitarles.

Juan destacaba por su pelo pelirrojo y un rosario de pecas diminutas.

Alegre, bromista, recitaba poemas y contaba chistes sin parar. Se ofreció a acompañar a Antonia a casa.

Formaron un hogar. Primero vivieron con la abuela de él, que al morir les dejó la vivienda. Nació Valentina, y dos años después, Leonor. Vivían con modestia, luchando por llegar a fin de mes.

Pero Juan empezó a beber. Antonia intentó disuadirle, en vano. Desaparecía a veces días. Perdió el trabajo, y ella tuvo que emplearse por partida doble.

Decidió divorciarse.

Pensaba mudarse con las niñas a Madrid, su tía llevaba años invitándola. Trabajo encontraría: no les faltaría de nada.

Entonces, Juan, borracho, fue atropellado. Murió al instante.

Le dolía, era un insensato, lloró Antonia ante el ataúd. Y las niñas también, pese a todo era su padre.

Y ahora esto, resulta que anduvo sembrando por ahí

Entró Valentina, la mayor: alta, esbelta y tan pelirroja como él.

Mamá, ¿qué hay para comer? Vamos al cine y estoy muerta de hambre. ¿Por qué esa cara?

Procesando las noticias. Me han venido a contar que tu padre dejó un hijo fuera, tres años tiene. La madre también ha muerto. Dicen que debería acogerlo yo

¡Vaya noticia! ¿Quién es la madre?

Una forastera, Catalina. No sé el apellido.

¿Y qué vas a hacer? ¿Dónde está el niño? ¿Sin familia?

En el hospital, le están preparando los papeles Pelirrojo igual que vosotras. Anda, toma patatas y unas salchichas.

Valentina devoró la comida. Luego bajó Leonor y se unió. Antonia las miraba y sonreía: las dos con aquel pelo rojizo heredado Qué fuerza tienen a veces los genes.

Al día siguiente, Valentina soltó:

Mamá, fuimos con Leonor al hospital A ver a nuestro hermano. Es muy gracioso, regordete, igualito que nosotras: un sol rojizo Lloraba llamando a su madre.

Le llevamos una manzana y una naranja. Allí solo, con las manitas en alto. Nos dejaron jugar un rato. Mamá, deberíamos acogerlo Al fin y al cabo es nuestro hermano.

Antonia se enfadó con su hija.

¡Pero qué ocurrencias! Que el padre anduvo de golfo, y ahora cargar yo con las consecuencias. Yo ya tengo suficientes problemas. Fácil es pedir ¡acoge!

Hay gente que acoge hijos ajenos, nosotros ni eso, ¡es nuestro sangre! Él no tiene culpa de nada. ¡Los hijos no pagan por los actos de sus padres!

¿Y con qué le doy de comer? Bastante hago ya, trabajo sin descanso, vendo verduras en el mercado, apenas llegamos a fin de mes, ¿y encima un niño más?

Tú el curso que viene tienes bachillerato, todo cuesta, y Leonor también crece

Pero si te das la tutela, hay ayudas Mamá, tú que eres mujer, ¿de verdad no te da pena ese niño? Lo de papá está mal, pero es nuestro hermano.

Antonia sentía rabia por su marido. Menudo encargo le dejaba…

Decidió ir a ver con sus propios ojos al crío. Al día siguiente fue al hospital.

Buenos días. ¿Me dice la enfermera dónde está el niño Miguel, el de tres años, que van a mandar al orfanato? preguntó.

¿Y usted quién es? respondió la enfermera.
Vengo a verle. Es hijo de mi marido, de otra mujer No sé cómo pasó

Mire y ya está. Sus hijas estuvieron ayer, el niño lloró mucho después…

Solo quiero verle un momento, no le cogeré en brazos

Vea rápido, por favor.

Antonia empujó la puerta y se quedó sin aliento. El pequeño Juanito. Igual que su padre: rizos cobrizos, ojos azules. Un niño precioso. Estaba en la camita, jugando a construir torres. Al verla, sonrió.

Tita ¿Dónde está mi mamá?

No está, Miguel

Quiero irme a casa

Y rompió a llorar con amargura. El corazón de Antonia se encogió. Se acercó y lo alzó en brazos.

Señora, ¡que luego llora y yo le aguanto los gritos! Devuélvalo ya gritó la enfermera.

Miguelito, tranquilo, pequeño

Antonia lo acariciaba y le secaba las lágrimas.

Llévame Tengo hambre, aquí nadie me quiere

Pronto, Miguel, te lo prometo. No llores, ¿vale?

Volvió a casa convencida de que debía llevarse al niño. Toda la ira desapareció al ver aquel chiquillo tan indefenso, tan parecido a sus hijas

***

Quince años después.

Miguel ya prepara sus maletas para marcharse a la universidad, rumbo a Salamanca. Qué rápido ha crecido

Llámame mucho, hijo, y ven siempre que quieras Qué difícil es todo últimamente

Estaré bien, mamá, no te preocupes. ¡No seré un problema! Dos añitos pasan volando, acabo el ciclo y al taller que me ha dicho Álvaro García que pagan bien, y yo arreglo coches como nadie. Vas a tener un mecánico en la familia.

Mi manitas le palpó cariñosamente los rizos pelirrojos.

***

A veces, la vida es como una vereda en un bosque: te lleva a sitios donde nunca pensaste estar.

Antonia creyó que el destino le imponía otra carga, otra espina de traición en su costado.

Y en el ramaje de la rabia se escondía, sin embargo, un brote tierno: aquel niño, inocente de todo, solo por haber nacido.

A veces el corazón ve lo que los ojos ignoran.

Vio en Miguel no un hijo ilegítimo, sino un alma perdida necesitando calor.

Ya no escuchó un grito de niño ajeno, sino un susurro: Mamá.

Y Antonia, contra toda lógica, miedo o cansancio, abrió los brazos.

El tiempo le mostró que la bondad no es un sacrificio, sino un regalo. Miguel no fue una boca extra, sino quien traía agua del pozo al huerto, mientras ella arrancaba hierbas.

Quien hacía reír a las hermanas en días difíciles. Y quien, de hombre hecho, repetía: Gracias, mamá, y esas palabras, para Antonia, lo eran todo.

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MagistrUm
El secreto en la familia de Tonya: la inesperada llegada de un hijo ilegítimo tras la muerte de su marido, una decisión difícil ante el abandono, y el poder del corazón para acoger a un niño pelirrojo huérfano en una aldea castellana