Julia, la perra que esperaba fielmente: La emotiva historia de la mascota de la familia del 2ºB, que sobrevivió a la adversidad y nunca dejó de aguardar su reencuentro en el portal, en una pequeña ciudad de provincia española de los años 90

Martina se sentaba junto al portal de casa. En el barrio todos sabían que la familia del piso 2ºB se había marchado para una larga temporada, y la perra que rondaba el patio parecía empeñada en esperarles, pase lo que pase…

Todo comenzó a principios de los años noventa en una tranquila ciudad de provincia, no lejos de Segovia. Era una mañana fresca de junio, y justo al abrir la librería, se escuchó un chillido de frenos tan agudo que las dependientas salieron corriendo a la calle. Pero fuera sólo quedaba el silencio, ese silencio vacío de las primeras horas.

Al borde de la acera yacía una perra. Sollozaba con tono lastimero, intentando incorporarse, pero sus patas traseras no respondían.

La única que se atrevió a acercarse fue Claudia, la más valiente. Hablándole suave y tocando con delicadeza el lomo y la cabeza, trató de averiguar qué había pasado.

¿Qué ves, Claudia?
A la distancia miraban Carmen y la encargada, Doña Pilar. Temían descubrir algo horrible, aunque la perra no tenía heridas externas. Ver cómo arrastraba las patas era suficiente para entender la gravedad.

Chicas, llevémosla al almacén. A lo mejor se recupera. No podemos dejarla aquí sola.
Carmen miró a Doña Pilar, y tras pensarlo un segundo, accedió:

Vale, vamos a poner una manta… ¿La llevas tú?
Sí, tranquila dijo Claudia, mientras buscaba cómo cogerla mejor.

La perra era de tamaño mediano, mestiza, flaca y sucia, sin collar, claramente de la calle.

Paso todo el día tumbada en una esquina del almacén. Al caer la tarde, y aún aturdida, logró beber agua y comió lo que le ofrecieron, sin moverse de su sitio.

Al día siguiente Claudia convenció a su padre para que viniera a buscarla en la pausa del almuerzo y juntos la llevaron al veterinario.

En la ciudad sólo había una pequeña clínica, casi sin aparatos. El veterinario no pudo asegurar nada:

Quizá con tiempo y cuidado mejore… Es joven y fuerte. Con cariño puede vivir, pero lo de volver a andar… es complicado.

De regreso nadie hablaba. Claudia abrazaba a la perra mientras su padre miraba por el retrovisor, suspirando de vez en cuando. Durante la cena, él le dijo:

Martina, no te encariñes demasiado. No la acostumbres. En otoño nos vamos y no podremos llevárnosla.
Lo sé, papá respondió ella en voz baja.

La bautizaron como Martina. Se quedó a vivir en el almacén de la librería. Las primeras dos semanas apenas se movía, pero luego empezó a arrastrarse fuera, con las patas traseras torpes detrás.

¿Y esto cómo se arregla? Si la dejamos en la calle se perderá, y nadie la quiere llevar a casa… decían las dependientas. Menos mal que Doña Pilar nos deja tenerla aquí.

A Martina parecía no preocuparle su problema. Investigaba el patio a su ritmo, olisqueando todo, hacía sus cosas, y volvía a descansar.

Los fines de semana, las chicas se la llevaban por turnos. Sólo Claudia rehusaba: pronto partirían a las Islas Canarias por dos años, su padre tenía trabajo allí, y llevarse a Martina era imposible. Era mejor evitar el apego, sabían que haría todo más difícil.

Pero Claudia ya no podía engañarse: estaba unida a Martina desde el primer cruce de miradas en la carretera, y la perra la miraba con una lealtad y ternura especial.

Un día, sin embargo, Claudia no tuvo más remedio que quedarse con Martina un fin de semana. Las demás tenían planes y nadie podía llevársela.

Solo será esta vez, lo prometo le decía a su padre. Todas se han ido de excursión…
¡Nosotras también queríamos ir a la casa del campo! exclamó su madre desde la cocina.

Martina, como si lo entendiera, fue hacia mamá. Las patas arrastradas daban lástima, y aquel mirar hambriento terminaría en el corazón de cualquiera. En minutos, mamá ya le acariciaba:

Pobreta… ¿Tienes hambre? Claudia, ¿en la librería no le dais de comer? Bueno, nos la llevamos a la casa de campo. Seguro que le encantan los chorizos y la barbacoa que va a preparar papá…

Claudia miró a su padre con súplica, pero él sólo movió la cabeza resignado.

En el campo, Martina fue feliz: chorizos, comida rica, y la compañía de Ron, el perro del vecino, que la aceptó como vieja amiga. Al volver al piso, se acomodó junto a la cama de Claudia como si ese rincón fuese suyo de toda la vida.

El regreso matutino a la librería fue un choque inesperado. Martina se inquietó durante toda la jornada; al salir al patio, simplemente desapareció.

Las dependientas la buscaron y llamaron, pero al cierre Martina no volvió.

Claudia estaba desconsolada. Salió a buscarla a pie, llamándola sin descanso:

¡Martina! Martina, ¿dónde estás? ¡Por favor, déjate ver…!

Y apareció: justo junto al portal de casa, agotada. Se notaba que el trayecto había sido duro, pero al ver a Claudia saltó de alegría, chillando, lamiéndole las manos, como si el simple hecho de verla fuese el mayor regalo.

No tenía sentido volverla a la librería; su casa ya la conocía. Y Claudia tampoco podría volver a encerrarla allí.

¿Y ahora qué? preguntó su padre, viendo a Martina tumbada, feliz.
Quiero ayudarla a recuperarse, papá. Y espero que me ayudes tú también.

Faltaba poco para las vacaciones de Claudia, y después pensaba dejar el trabajo. Decidió dedicar los últimos dos meses antes de la mudanza a cuidar de Martina.

Su padre les llevó varias veces a Madrid, en busca de una clínica seria. Los veterinarios no prometieron nada, pero aceptaron operar. Una esperanza.

Claudia y Martina se instalaron en la casa de campo. Cada día, Claudia dedicaba horas a medicamentos, masajes, ejercicios con las patas. Martina parecía aprender a andar de nuevo.

Al principio todo era inútil, pero sus padres, al visitarlas, veían pequeños avances: las patas ya no se arrastraban sin vida, aunque se desviaban.

En unas semanas, Martina ya perseguía a Ron por el jardín, caminando cómicamente; un mes después, sólo quedaba un ligero cojear.

Claudia se alegraba por su perra, pero el corazón se le encogía pensando en la despedida que se acercaba. Quedaba ya muy poco tiempo.

La vecina, dueña de Ron, propuso:

Déjamela. Entre los dos estarán mejor, y aquí conoce todo, no se sentirá sola…

El día de la partida, Claudia llevó a Martina a casa de la vecina, de visita con Ron. Por la tarde la familia partió en tren a Madrid, luego avión a Tenerife, y después La Palma.

Ya en las islas, después de instalarse, Claudia llamó a la vecina. Temía saber la verdad.

Aquella noche, Martina notó que algo iba mal, y excavó bajo la valla todo el tiempo. Por la mañana la vecina encontró sólo a Ron en el patio. Temiendo lo peor, fue corriendo al antiguo piso de Claudia.

La encontró allí, junto al portal. Martina la reconoció, pero gruñendo le dejó claro que se quedaba, no pensaba irse. Los vecinos se reunieron enseguida; todos sabían que la familia del 2ºB se había ido por tiempo. Ahora una perra esperaba, fiel, en la puerta.

Las semanas pasaron.

Claudia llamaba a Doña Mercedes, la vecina del piso 2ºC, que la mantenía al día:

Tu Martina sigue aquí, firme como una estatua. No deja que nadie se le acerque. He visto a la vecina del campo y hasta le ofrecí jamón, pero no hay manera…

Claudia intentó enviarle pesetas para comprarle pienso, pero Doña Mercedes no aceptó:

¡Pero hija! Aquí la cuida todo el barrio. ¿Dinero, para qué?

Llegó el invierno. Los vecinos le abrían la puerta para que Martina se calentase. Subía hasta el segundo piso y se tumbaba delante de la puerta cerrada, entendiendo perfectamente que sus dueños no estaban. Cuando le entraba calor, salía otra vez a la calle para continuar su vigilia.

Claudia hablaba también con las chicas de la librería. Iban de vez en cuando a verla, pero Martina las recibía con alegría y regalos, aunque nunca les seguía.

A Claudia se le partía el alma: deseaba dejarlo todo y volver, pero las circunstancias y el dinero la retenían en las Canarias. Los años noventa fueron tiempos duros; cada quien sobrevivía como podía.

No pudo regresar hasta junio. Al acercarse al portal, vio a Martina. La perra estaba alerta, pero su temblor mostraba que había reconocido a Claudia y temía ilusionarse demasiado.

Se fundieron en abrazos y lágrimas; era como vivir un milagro. El corazón latía tan fuerte que sentía que ambos, ella y Martina, podrían romper a saltos.

El verano voló. En agosto, sus padres volvieron: el padre tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre se marcharían de nuevo, por otros doce meses. Claudia quería llevarse a Martina. La madre le miraba al padre, que dudaba, suspirando, sin decir palabra. El viaje sería difícil, incluso para las personas, más aún para una perra que apenas conocía el transporte ni las grandes ciudades.

La tensión se sentía en casa. Martina lo captaba y apenas se alejaba de Claudia. Una mañana, de repente, el padre le dijo a su hija que preparara todo para la perra:

Vamos a hacerle los papeles. Sin vacunas no puede ir ni en tren ni en avión.

El veterinario local, por tres tarros de mermelada casera, le hizo el pasaporte a Martina y anotó las vacunas necesarias. No había tiempo para trámites oficiales.

Aquella tarde, el padre cosió a mano un bozal a Martina; entonces era muy difícil encontrar accesorios para perros. Martina, que nunca había llevado ninguna prenda, se dejó hacer como si entendiera perfectamente lo importante que era y no podía estar más orgullosa.

Ya está, viene con nosotros dijo el padre, rematando el trabajo. Pero, Martina, sé lista…

Y Martina lo fue. Jamás se arrepintieron de llevarla. Viajaron en tren, cruzaron terminales y estaciones. Martina incluso voló con ellos en aviones militares por todo el archipiélago canario y hasta en barcos a las islas menores. Un año después, volvieron finalmente a casa.

Martina vivió trece años a su lado, años llenos de cariño, viajes y alegría. Siempre fiel, siempre junto a Claudia, sin importar dónde la llevara la vida.

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MagistrUm
Julia, la perra que esperaba fielmente: La emotiva historia de la mascota de la familia del 2ºB, que sobrevivió a la adversidad y nunca dejó de aguardar su reencuentro en el portal, en una pequeña ciudad de provincia española de los años 90