Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida empezaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueó tan bruscamente que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía. Después, corrió hacia su hija, luchando por no dejarse vencer por el temblor. Lera comenzó a ahogarse con espuma y la respiración se entrecortó, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca: los dedos le resbalaban, no le obedecían, pero al final lo consiguió. De repente, la niña se quedó inerte y perdió el conocimiento. Cinco o diez minutos — nadie podría haberlo dicho con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino en los latidos del corazón de Irene, que retumbaban en sus sienes. Vigilaba que la lengua no le cortara el aire, sujetaba la cabeza de Lera cuando las convulsiones zarandeaban su frágil cuerpo peor que una descarga eléctrica. Irene no veía nada más que un único objetivo: Lera tenía que volver a respirar. Lera tenía que regresar. Gritaba — a la cocina, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba al teléfono de emergencias 112 el nombre de su hija con tal desesperación que parecía que aquel grito fuera lo que la mantenía con vida. Al llamar a Max, Irene, llorando y sollozando, sólo fue capaz de musitar: — Lera… Lera casi se muere… Pero al otro lado de la línea, Max entendió otra cosa — una palabra breve y terrible: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo que sintió como si le clavaran un cuchillo al rojo vivo. Las piernas le fallaron y, en silencio, se dejó resbalar del sillón al suelo, como alguien a quien de pronto se le hubieran acabado las fuerzas, los pensamientos, el futuro… Intentaron levantarle, ayudarle a ponerse en pie, pero el cuerpo no respondía. Alguien le ofrecía gotas, otro agua, alguien le acariciaba la espalda — todos decían palabras de consuelo, pero las frases chocaban contra su desesperación como las olas contra un malecón. Max no conseguía controlarse. Los dedos le temblaban, el vaso le castañeteaba en los dientes y sólo salían de su garganta sonidos quebrados, como de una máquina rota: — M-m-muer… ta… L–Le-ra… m-muerta… Los labios blancos, la respiración entrecortada, las manos ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, le agarró por los brazos y prácticamente le arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de un portazo que hizo retumbar el interior del coche. — ¿Dónde? ¿Adónde vamos? — gritaba, intentando lograr que Max recobrara el sentido. Él permanecía sentado, ciego, con los ojos abiertos sin comprender. Pasaron unos segundos sin ni siquiera parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. — Al hospital infantil… municipal… — balbuceó al fin Max, cada palabra atravesada de dolor, de miedo, de una angustia que desgarraba la garganta. El hospital estaba lejos — demasiado lejos para alguien que acaba de oír la peor palabra de su vida. Don Víctor pisó a fondo, el todoterreno zigzagueaba de carril en carril y los semáforos se convertían en manchas absurdas. Rojo, verde — ¡qué más daba! Una vez, en un cruce, de pronto un Jeep negro apareció a su lado, como surgido de la nada. Estuvieron a centímetros del impacto. Don Víctor giró el volante y el coche derrapó de lado, los neumáticos chirriaron, saltaron chispas bajo el freno. El otro Jeep pasó rozando, dejó olor a goma quemada y la sensación de que la muerte acababa de pasar a su lado, rozándolos apenas. Max ni lo percibió. Las lágrimas le corrían sin freno. Encogido, apretaba el puño contra los labios para no romperse a llorar a gritos. Y, de pronto… un destello. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lera tiene tres años. Padece una angina tan fuerte que el termómetro muestra cifras que helarían la sangre a cualquiera. La ambulancia le pone una inyección y recomienda supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, está de pie en la cama, toda caliente y empapada en lágrimas. Irene lleva media hora convenciéndola. Lera solloza, se frota los ojos con los puños y, por fin, se rinde y dice triste: — Vale, ponlo… ¡pero no lo enciendas! Max casi se sentó en el suelo de la risa. Hacía un par de días habían ido a la iglesia, y la niña se acordaba de que allí se encienden las velas… Don Víctor sacó el coche a la avenida — larga, bajo las luces de la tarde, fría como una hoja de cuchillo. Y el recuerdo golpeó de nuevo, atizando otra imagen. Unas semanas después, Lera trepa hasta lo alto del gigantesco armario. La monita traviesa — ágil, desobediente. Se encarama casi hasta el techo y desde allí chilla orgullosa. El armario empieza a inclinarse, lento, amenazante. ¡Pum! El mueble cae y el estruendo sacude la casa. Irene grita, Max corre, pero ya es tarde. Lera sobrevivió. Moratones, llanto, susto y una chocolatina enorme con la que intentaron consolar sus lágrimas. Al ver el chocolate, Lera se animó — como si accionaran un interruptor invisible. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó: — ¿Puedo dos de golpe? El chocolate era su botón de felicidad de emergencia. Max pensó entonces que si hubiera chocolate en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna. Más tarde… Silencio en casa, la lámpara encendida suavemente. Irene dice: — Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lera, seria como nunca, pregunta: — ¿En el culo, o qué? Irene se tapó la cara con las manos y Lera les miraba con esa expresión: «A ver si os aclaráis, que no entiendo de qué os reís». Y ahora, en el coche, aquella frase absurda le atravesó el corazón. Porque en esas cosas tan de ella estaba lo esencial de la vida. Su vida. Don Víctor logró llevar a Max hasta el hospital. Pararon en seco, como si el coche temiera perder un solo segundo. — Lera está viva — fue lo primero que escuchó Max —, la han llevado enseguida a reanimación, y los médicos no han dicho nada en horas. Dejaron pasar a Irene. Max sólo podía esperar y rezar… ——— Era la una de la madrugada — esa hora en que el mundo entero parece estancado y solitario. Max levantó la cabeza y buscó con la mirada la ventana del segundo piso en la que su pequeña se debatía entre la vida y la muerte. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Estaba inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija a través del cristal, justo hacia él. Sin gestos, sin suspiros, sin intentar buscar el móvil. Él la saludó, como si pudiera espantar el miedo común con la mano. Llamó — ella no atendió. Sólo miraba, como una sombra, como un fantasma del amor temeroso de desaparecer si se mueve. Y entonces sonó el teléfono. Seco, corto. Sólo dijeron: — Pase. Y colgaron. El terror se volvió tan denso que el aire se hizo jarabe. Intentó levantarse y las piernas no le respondían. El cuerpo se negaba a moverse, como si la tierra quisiera sujetarle para no dejarle entrar y escuchar la peor de las noticias. Sabía que tenía que ir, pero el miedo lo paralizaba. En ese momento salió una enfermera. Joven, agotada, con zuecos blandos y gastados. Se acercó a él. Max la miraba y por dentro todo se derrumbó. Todo. Fin. Ya está, ahora lo dice. La enfermera llegó, se inclinó un poco y le habló claro, con esa voz que pronuncia sentencias, pero de las buenas: — Vivirá. Ya pasó la crisis… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, se sintió ajeno, sin fuerzas, como si la boca no fuera suya. Estaba sentado, intentando decir al menos un «gracias», un «Dios mío», o al menos soltar el aire. Pero sólo le tiritaban las comisuras de la boca, las manos, y por las mejillas le rodaban lágrimas calientes, vivas. ——— Después de aquella noche, para Max muchas cosas dejaron de importar. Ya no temía perder el trabajo. No temía parecer ridículo, absurdo, perdido. Sólo le sostenía de verdad el recuerdo de aquella noche. De cómo el mundo puede pararse en un solo segundo. De cuán fácil puede desaparecer un ser querido, por quien serías capaz de mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si el mundo de antes y el de después los separara una línea fina de miedo. Todos los demás temores se desvanecieron, como el ruido que no sirve de nada antes de la verdadera quietud.

Lo más importante

Fue una noche de hace muchos años cuando la fiebre de Leonor subió como un incendio. El termómetro marcó cuarenta y medio, y de inmediato llegaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueaba con tal violencia que Inés se quedó detenida solo un segundo, incapaz de creer lo que veía, y después se lanzó a su hija, temblando de pies a cabeza.

Leonor se ahogaba con espuma en la boca, su respiración era torpe, como si alguien la asfixiara desde dentro. Inés trató de abrirle la bocalos dedos torpes, resbalando una y otra vezpero por fin lo consiguió. De pronto, la niña se desmadejó sobre la cama y perdió el sentido. ¿Cinco minutos? ¿Diez? Ningún reloj hubiera podido medir ese tiempo, solo los latidos del corazón de Inés, retumbando en sus sienes.

No apartaba los ojos de la boca de Leonor, pendiente de que no se ahogara. Mantenía su cabeza firme, mientras los espasmos sacudían el cuerpo delicado con más furia que un relámpago.

Nada existía fuera de esa urgencia: Leonor tenía que volver a respirar. Tenía que regresar.

Gritabaal pasillo, a las paredes, a los dioses, al cielo azul de Madrid. Gritaba por teléfono, marcando de urgencia el 112, repitiendo el nombre de su hija como si con ese grito pudiera atarla a la vida.

Cuando llamó a Manuel, entre sollozos y temblores, solo pudo articular:

Leonor… Leonor casi se nos ha ido…

Pero al otro lado del auricular, Manuel solo escuchó una palabra aguda y aterradora: muerta.

Sintió un pinchazo brutal en el pecho, un hierro candente que le atravesaba el corazón. Las rodillas le fallaron y se dejó caer del sillón al suelo, en silencio, como si de repente le hubiesen arrancado todo: las fuerzas, los pensamientos, el futuro…

Intentaban levantarle, darle agua, unas gotas para el susto, una presencia tranquilizadora a su lado. Pero él no podía responder; las palabras de consuelo chocaban contra su desesperación como las olas contra la escollera de un puerto.

Era incapaz de recomponerse. Sus manos temblaban sin control, el vaso castañeaba contra los dientes. De su garganta solo salían fragmentos rotos de palabras:

Mu… muerta… Leo… Leonor… muerta…

Los labios sin color, el aire huido, las manos ajenas a su cuerpo.

El jefe, Don Victoriano, sin perder tiempo, le sujetó bajo los brazos y prácticamente le arrastró hasta su Seat todoterreno. Al cerrar la puerta, el eco retumbó por dentro como una campana.

¿A dónde? ¿A dónde te llevo?le gritaba, intentando hacerle reaccionar.

Manuel lo miró con ojos perdidos, como segado por la realidad, parpadeando asustado, suspendido entre el mundo y la pesadilla.

Hospital Infantil… de la ciudad…articuló finalmente, cada palabra saliendo entre el dolor y la angustia desgarradora.

El hospital quedaba lejos, demasiado lejos para quien acaba de oír la palabra más atroz del mundo.

Don Victoriano pisó a fondo. El coche cruzó la Gran Vía de un salto a otro, los semáforos difuminados en una carrera sin sentido, ya nada importaba: ni el rojo ni el verde.

A la altura de Atocha, casi chocan con un todoterreno negro que surgió de la nada. Solo unos centímetros separaron el desastre. Don Victoriano dio el volantazo, la rueda chirrió y una chispa voló bajo el pedal.

El otro coche escapó y dejó en el aire el olor a goma y aliento a muerte rozando la piel.

Manuel ni siquiera lo notó.

Las lágrimas le caían sin detenerse. Se mantuvo encorvado, apretando el puño contra la boca para no romper a llorar a gritos.

Entonces, como si la memoria encendiese de pronto un farol, llegó un recuerdo.

Leonor tenía tres años. Había pasado una amigdalitis tan fuerte, que el termómetro llegó a cifras de miedo. La ambulancia le puso una inyección y recomendó supositorios.

Leonor, en pijama de ositos, de pie sobre la cama, toda sudada y llorosa, se resistía desde hacía media hora. Inés la convencía con palabras dulces. Al final, Leonor, casi derrotada, musitó:

Vale, mamá… pero no la enciendas, ¿eh?

Manuel por poco no se cae de risa al oírlo. Unos días antes habían ido a la iglesia y Leonor se quedó con que, allí, las velas se encienden.

Don Victoriano llevó el coche a la Castellana, esa avenida que de noche, entre luces de farol y taxis, parece un filo helado.

Y la memoria, tan traicionera, soltó otro recuerdo.

Unas semanas después, Leonor se encaramó al gran armario del dormitorio. Como un mono travieso, trepó hasta rozar el techo, chillando de alegría. Y, de repente, el mueble empezó a inclinarse, pesado y peligroso. Inés gritó, Manuel corrió, pero ya era tarde: estruendo y caos.

La niña sobrevivió; con moratones, pánico y muchos llantos. Le dieron una tableta enorme de chocolate, la medicina de su felicidad.

Al ver el chocolate, Leonor cambió de inmediato: dejó de llorar, se limpió la nariz con la manga y preguntó:

¿Puedo tomar dos?

El chocolate era su botón de emergencia para la dicha.

Manuel pensó entonces que, si reparten chocolate en los hospitales, la humanidad habría inventado la eternidad.

Y después…

Silencio en casa, la luz cálida de una lámpara. Inés dice:

Mañana iremos a rezar. Pondremos una vela por la salud.

Y Leonor, seria como nunca:

¿En el culo?

Inés se tapó la cara, y Leonor les observaba con la inocencia de quien no entiende por qué se ríen los mayores.

Allí, en el coche, esa frase tan graciosa le golpeó el corazón.

Porque en esos gestos absurdos residía toda su vida.

La vida de ella.

Don Victoriano consiguió dejar a Manuel en el hospital. Aparcó de golpe, como si el coche se negara a perder un solo segundo.

Leonor está vivafue lo primero que escuchó Manuel. Se la han llevado directo a la UCI. Los médicos no han dicho nada más en horas.

Dejaron pasar a Inés. Manuel tuvo que esperar, rezar y rezar…

——-

Era la una de la madrugada, esa hora en la que el mundo parece desierto y solitario. Manuel alzó la vista intentando buscar la ventana del segundo piso, donde su niña luchaba por la vida.

En la ventana, como una figura en una película de miedo, apareció Inés. Inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la mirada perdida más allá del cristal, directa hacia él. Ni un gesto, ni el móvil, ni un suspiro.

Él la saludó, como si un movimiento pudiese espantar al miedo que compartían. Llamóella no contestó. Solo miraba, como un fantasma del amor, temerosa de desaparecer si osaba moverse.

Entonces, sonó el móvil. Breve, seco.

Solo una frase:

Pase.

Colgaron en seguida.

El horror le cubrió como una capa densa y pegajosa. Intentó levantarse, pero el cuerpo no reaccionaba. La tierra le sujetaba los pies, intentando que no escuchara la peor noticia.

Sabía que tenía que cruzar esa puerta, aunque el terror le inmovilizara.

En ese instante, una enfermera apareció por el pasillo. Joven, con el uniforme gastado y los zapatos de goma machacados, se acercó a él.

Manuel la miró, y todo dentro de él se vino abajo.

Esto era el final. Ahora ella lo diría.

La enfermera se agachó un poco y le habló bajito, tan nítido como la luz de la mañana:

Vivirá. Ya ha pasado lo más grave…

El mundo se tambaleó.

Los labios temblorosos, manos de trapo, ni siquiera logró articular un «gracias» o un «Dios mío», ni expulsar el aire. Solo pudo mover la boca, sacudido por sollozos y alivio, mientras las lágrimas le corrían vivas y calientes por la cara.

—–

Desde esa noche, muchas cosas dejaron de tener importancia para Manuel.

Ya no le importaba perder el trabajo, ni hacer el ridículo, ni parecer un hombre torpe y perdido.

Solo una verdad le sostenía: la memoria de aquella noche. El saber que la vida puede cortarse en un segundo, que aquel a quien amas puede desvanecerse con facilidad aterradora…

Todo lo demás perdió peso.

Como si el mundo de antes y de después quedaran separados por una línea invisible de miedo.

Todos los otros temores se disolvieron, perdidos como ruido innecesario antes de la verdadera calma.

Rate article
MagistrUm
Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida empezaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueó tan bruscamente que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía. Después, corrió hacia su hija, luchando por no dejarse vencer por el temblor. Lera comenzó a ahogarse con espuma y la respiración se entrecortó, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca: los dedos le resbalaban, no le obedecían, pero al final lo consiguió. De repente, la niña se quedó inerte y perdió el conocimiento. Cinco o diez minutos — nadie podría haberlo dicho con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino en los latidos del corazón de Irene, que retumbaban en sus sienes. Vigilaba que la lengua no le cortara el aire, sujetaba la cabeza de Lera cuando las convulsiones zarandeaban su frágil cuerpo peor que una descarga eléctrica. Irene no veía nada más que un único objetivo: Lera tenía que volver a respirar. Lera tenía que regresar. Gritaba — a la cocina, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba al teléfono de emergencias 112 el nombre de su hija con tal desesperación que parecía que aquel grito fuera lo que la mantenía con vida. Al llamar a Max, Irene, llorando y sollozando, sólo fue capaz de musitar: — Lera… Lera casi se muere… Pero al otro lado de la línea, Max entendió otra cosa — una palabra breve y terrible: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo que sintió como si le clavaran un cuchillo al rojo vivo. Las piernas le fallaron y, en silencio, se dejó resbalar del sillón al suelo, como alguien a quien de pronto se le hubieran acabado las fuerzas, los pensamientos, el futuro… Intentaron levantarle, ayudarle a ponerse en pie, pero el cuerpo no respondía. Alguien le ofrecía gotas, otro agua, alguien le acariciaba la espalda — todos decían palabras de consuelo, pero las frases chocaban contra su desesperación como las olas contra un malecón. Max no conseguía controlarse. Los dedos le temblaban, el vaso le castañeteaba en los dientes y sólo salían de su garganta sonidos quebrados, como de una máquina rota: — M-m-muer… ta… L–Le-ra… m-muerta… Los labios blancos, la respiración entrecortada, las manos ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, le agarró por los brazos y prácticamente le arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de un portazo que hizo retumbar el interior del coche. — ¿Dónde? ¿Adónde vamos? — gritaba, intentando lograr que Max recobrara el sentido. Él permanecía sentado, ciego, con los ojos abiertos sin comprender. Pasaron unos segundos sin ni siquiera parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. — Al hospital infantil… municipal… — balbuceó al fin Max, cada palabra atravesada de dolor, de miedo, de una angustia que desgarraba la garganta. El hospital estaba lejos — demasiado lejos para alguien que acaba de oír la peor palabra de su vida. Don Víctor pisó a fondo, el todoterreno zigzagueaba de carril en carril y los semáforos se convertían en manchas absurdas. Rojo, verde — ¡qué más daba! Una vez, en un cruce, de pronto un Jeep negro apareció a su lado, como surgido de la nada. Estuvieron a centímetros del impacto. Don Víctor giró el volante y el coche derrapó de lado, los neumáticos chirriaron, saltaron chispas bajo el freno. El otro Jeep pasó rozando, dejó olor a goma quemada y la sensación de que la muerte acababa de pasar a su lado, rozándolos apenas. Max ni lo percibió. Las lágrimas le corrían sin freno. Encogido, apretaba el puño contra los labios para no romperse a llorar a gritos. Y, de pronto… un destello. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lera tiene tres años. Padece una angina tan fuerte que el termómetro muestra cifras que helarían la sangre a cualquiera. La ambulancia le pone una inyección y recomienda supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, está de pie en la cama, toda caliente y empapada en lágrimas. Irene lleva media hora convenciéndola. Lera solloza, se frota los ojos con los puños y, por fin, se rinde y dice triste: — Vale, ponlo… ¡pero no lo enciendas! Max casi se sentó en el suelo de la risa. Hacía un par de días habían ido a la iglesia, y la niña se acordaba de que allí se encienden las velas… Don Víctor sacó el coche a la avenida — larga, bajo las luces de la tarde, fría como una hoja de cuchillo. Y el recuerdo golpeó de nuevo, atizando otra imagen. Unas semanas después, Lera trepa hasta lo alto del gigantesco armario. La monita traviesa — ágil, desobediente. Se encarama casi hasta el techo y desde allí chilla orgullosa. El armario empieza a inclinarse, lento, amenazante. ¡Pum! El mueble cae y el estruendo sacude la casa. Irene grita, Max corre, pero ya es tarde. Lera sobrevivió. Moratones, llanto, susto y una chocolatina enorme con la que intentaron consolar sus lágrimas. Al ver el chocolate, Lera se animó — como si accionaran un interruptor invisible. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó: — ¿Puedo dos de golpe? El chocolate era su botón de felicidad de emergencia. Max pensó entonces que si hubiera chocolate en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna. Más tarde… Silencio en casa, la lámpara encendida suavemente. Irene dice: — Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lera, seria como nunca, pregunta: — ¿En el culo, o qué? Irene se tapó la cara con las manos y Lera les miraba con esa expresión: «A ver si os aclaráis, que no entiendo de qué os reís». Y ahora, en el coche, aquella frase absurda le atravesó el corazón. Porque en esas cosas tan de ella estaba lo esencial de la vida. Su vida. Don Víctor logró llevar a Max hasta el hospital. Pararon en seco, como si el coche temiera perder un solo segundo. — Lera está viva — fue lo primero que escuchó Max —, la han llevado enseguida a reanimación, y los médicos no han dicho nada en horas. Dejaron pasar a Irene. Max sólo podía esperar y rezar… ——— Era la una de la madrugada — esa hora en que el mundo entero parece estancado y solitario. Max levantó la cabeza y buscó con la mirada la ventana del segundo piso en la que su pequeña se debatía entre la vida y la muerte. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Estaba inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija a través del cristal, justo hacia él. Sin gestos, sin suspiros, sin intentar buscar el móvil. Él la saludó, como si pudiera espantar el miedo común con la mano. Llamó — ella no atendió. Sólo miraba, como una sombra, como un fantasma del amor temeroso de desaparecer si se mueve. Y entonces sonó el teléfono. Seco, corto. Sólo dijeron: — Pase. Y colgaron. El terror se volvió tan denso que el aire se hizo jarabe. Intentó levantarse y las piernas no le respondían. El cuerpo se negaba a moverse, como si la tierra quisiera sujetarle para no dejarle entrar y escuchar la peor de las noticias. Sabía que tenía que ir, pero el miedo lo paralizaba. En ese momento salió una enfermera. Joven, agotada, con zuecos blandos y gastados. Se acercó a él. Max la miraba y por dentro todo se derrumbó. Todo. Fin. Ya está, ahora lo dice. La enfermera llegó, se inclinó un poco y le habló claro, con esa voz que pronuncia sentencias, pero de las buenas: — Vivirá. Ya pasó la crisis… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, se sintió ajeno, sin fuerzas, como si la boca no fuera suya. Estaba sentado, intentando decir al menos un «gracias», un «Dios mío», o al menos soltar el aire. Pero sólo le tiritaban las comisuras de la boca, las manos, y por las mejillas le rodaban lágrimas calientes, vivas. ——— Después de aquella noche, para Max muchas cosas dejaron de importar. Ya no temía perder el trabajo. No temía parecer ridículo, absurdo, perdido. Sólo le sostenía de verdad el recuerdo de aquella noche. De cómo el mundo puede pararse en un solo segundo. De cuán fácil puede desaparecer un ser querido, por quien serías capaz de mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si el mundo de antes y el de después los separara una línea fina de miedo. Todos los demás temores se desvanecieron, como el ruido que no sirve de nada antes de la verdadera quietud.