—¿Y ahora se va a quedar a vivir con nosotros? —preguntó mirando a su esposa, mientras contemplaba a su hijo…

¿Y ahora va a vivir aquí con nosotros? preguntó él a su esposa, mirando a su hijo

María del Carmen Fernández llegó a casa percibiendo algo extraño, y se quedó boquiabierta al ver a su hijo. Diego llevaba ya dos años viviendo con su mujer, lejos de ellos, y apenas se veían un par de veces al mes, siempre los domingos. Pero ahora era martes, día laborable.

Regalos para la esposa
¿Ha pasado algo? soltó María del Carmen en vez de saludar.
¿Es que no te alegras de verme? intentó bromear Diego, pero, al toparse con la mirada severa de su madre, murmuró: He dejado a Lucía.

¿Cómo que la has dejado? lo interpeló ella, con tono seco.
No era mujer de bromas, nunca lo había sido. Tal vez su trabajo la había endurecido: toda la vida en el centro de menores de Alcalá.
Pues discutimos balbuceó Diego, haciendo gestos de que no quería entrar en detalles.
¿Y? Le clavó la mirada: ¿Vas a venir aquí a cada bronca con tu mujer?
Nos vamos a separar estalló Diego.

María del Carmen seguía mirándole, inquisitiva. Ese silencio era una exclamación muda pidiendo explicaciones. Finalmente, Diego suspiró:
Me exige que haga más tareas en casa Y yo llego molido del trabajo.

¿Y te has roto un brazo para ayudarla, o qué? no lo apoyó su madre.

Regalos para el hijo
Eso mismo me dijo ella. Pero yo le respondí que una mujer debe cuidar el hogar, que eso es cosa suya.
¿De dónde has sacado esa tontería? se le acabó la paciencia a la madre.

Ella volvía del trabajo, agotada, soñando con una ducha, cenar tranquila con su esposo Rafael, y ahora tenía al niño con arcaicos pensamientos. Toda la vida había trabajado y vivido junto a su marido; nunca oyó semejantes palabras de él. En casa siempre se repartieron las tareas; todos se arremangaban juntos. Y ahora, ¡resulta que Diego se creía el GRAN VARÓN de la casa!

¡Te estoy preguntando! le gritó de tal manera que si Diego fuese niña, seguro habría mojado los pantalones.
¿En serio te crees tan cazador de mamuts? Los dos trabajáis, los dos traéis euros a casa. Y, por tanto, las tareas van a medias. O, ¿le sugeriste a Lucía que dejara su trabajo para ser ama? No, ¿verdad? Entonces, ¿por qué te crees especial? ¿Alguna vez has visto a tu padre y a mí pelándonos por fregar los platos? Porque nos basta con tener dos dedos de frente para compartir todo.

Justo en ese momento llegó Rafael, el padre, cargando bolsas del mercado. Miró a Diego y preguntó, algo extrañado:
¿Ha pasado algo por aquí?

Siempre preguntan igual, pensó Diego. En voz alta, dijo:
Nos separamos, Lucía y yo.

Regalos para la madre
Menudo idiota sentenció Rafael, camino de la cocina.
Rafa, nuestro hijo es un zoquete susurró María del Carmen, y le explicó el motivo de la disputa.

¿Y va a quedarse a vivir aquí ahora? consultó Rafael a su esposa, mirando de reojo a Diego. Luego, se dirigió a su hijo:
¿Sabías que la palabra consorte viene de compañero de yunta? El que tira del mismo carro, vamos. Si descansa uno, el otro acaba exhausto. Así la carreta familiar se rompe o el burro revienta. Las cosas se tiran juntos, Diego.

Diego se quedó pensativo, aunque la rabia con Lucía no se le quitaba. Esperaba que sus padres lo defendieran, pero, en ese sueño extraño, parecían todos contra él. Padres hablando de él como si no estuviera presente, Rafael acomodando los tomates, María poniendo los pimientos en la despensa. De pronto, la cocina parecía distante, fría; él ya no se sentía bienvenido.

Vacaciones en familia
Diego contempló a sus padres, tan duros fuera pero tan dulces entre ellos. Un contraste surrealista que no lograba comprender.
¿Vas a seguir ahí plantado? ¡Vuelve con tu mujer y arregla las cosas! le espetó su padre, con voz firme. Olvida esa basura de quién debe hacer qué. Lo importante es cuidarse el uno al otro, ¡eso sí es deber! Venga, fuera de aquí, que tenemos que cenar.

A Diego lo invadió un estupor inesperado; no era la acogida que imaginaba. Pero, mientras salía, ya casi no estaba enfadado con Lucía y de algún modo comprendía su propia culpa. Entendió, en ese sueño, que lo que realmente quería era construir un hogar tan feliz como el de sus padres.

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MagistrUm
—¿Y ahora se va a quedar a vivir con nosotros? —preguntó mirando a su esposa, mientras contemplaba a su hijo…