No dejaré que se lleven a mi hija. Relato corto. El padrastro nunca les hacía daño. Al menos, nunca les echaba en cara el pan que comían, ni se enfadaba por los estudios: solo cuando Anabel volvía más tarde de lo previsto, podía gritarle. —¡Le prometí a tu madre que cuidaría de ti! —vociferaba ante las tímidas réplicas de Anabel, que ya tenía dieciocho años—. ¡Y yo sé mejor que tú lo que puedes hacer y lo que no! ¡Vaya, mayor de edad! ¿Te crees que por tener el título de secundaria puedes hacer lo que quieras? ¡Anda, búscate primero un trabajo decente y luego presume de adulta! Después, ya más calmado, cambiaba de tono. —Te va a dejar ese chico, ¿qué, crees que no veo al tipo que te recoge? Coche caro, cara bonita… ¿Para qué querría una chica sencilla como tú, Anabel? Llora luego, ya te lo decía yo. Anabel no le creía. Sí, Oleg era guapo y estudiaba tercero en la universidad, aunque de pago, pero a Anabel tampoco le hubiera importado estudiar así. No logró entrar por nota, el colegio no le gustó; ahora repartía folletos, periódicos, y sobre todo se preparaba para el examen del año siguiente. Así conoció a Oleg: le dio un folleto, y él aceptó uno, luego otro, otro más. Y le dijo: —Vamos a hacer una cosa: yo te cojo todos los folletos, y tú vienes al café con nosotros. No sabe qué le dio por acceder, pero aceptó. Ya curtida, guardó los folletos en la mochila y al volver de café los tiró discretamente en la basura. En el café, Oleg la presentó a sus amigos y la invitó a pizza y helado. Anabel y su hermana solo probaban esas delicias en cumpleaños—dinero, tenían poco, y el padrastro no les dejaba gastar la pensión, decía que eso era para emergencias. En realidad, el sueldo de él era decente, pero la mitad se la gastaba en el coche, que siempre estaba averiado, y el resto en apuestas. Anabel no se quejaba: al menos no las echaba de casa. El piso era suyo, el de su madre lo vendieron cuando ella se enfermó. Claro que le habría gustado comer chocolate, pizza, refrescos… pero si alguna vez le tocaba, todo se lo daba a su hermana. Hasta en el café, le pidió permiso a Oleg para llevar un trozo de pizza para su hermana. Él la miró sorprendido y después le compró una pizza entera y una enorme tableta de chocolate con nueces para llevar. El padrastro se equivocaba pensando que Oleg la haría daño. Era bueno. Y Anabel, junto a él, sentía aún más su propia fragilidad, así que se esforzó con los estudios, encontró trabajo de cajera en una tienda, y con el sueldo pudo comprarse un vaquero decente y cortarse el pelo en una peluquería de verdad, para que Oleg se sintiera orgulloso de ella. Cuando él la invitó a su casa de campo, Anabel entendió enseguida lo que iba a ocurrir, pero no se asustó—no era una niña. Además, se amaban. Al principio le preocupaba que el padrastro no la dejara ir, pero él llegó a casa aún más tarde de lo habitual, y a veces ni volvía. Sabía dónde dormía—con la enfermera del ambulatorio, tía Luba. Él le dedicaba sonrisas hacía tiempo. Luba no quería líos con hombres con hijas de otro matrimonio, pero también llevaba tiempo divorciada y al final cedió a esas torpes atenciones. Al final aquello le vino bien a Anabel, aunque Aliona, la hermana, lloró al saber que tendría que pasar la noche sola, pero Anabel le compró chocolate, patatas y refresco y se resignó. Que estaba embarazada, Anabel lo supo tarde. Siempre había tenido el ciclo irregular y nunca se preocupó por ello; nadie le había enseñado a estar pendiente. Fue su compañera, Verónica, quien le preguntó en broma: —Pero, ¿no estarás embarazada, que te veo más redonda y radiante? Se rieron, pero en la noche Anabel compró un test. Cuando vio las dos rayas, no lo creyó. ¡No, es imposible! Oleg no se alegró. Dijo que no era el momento y le dio dinero para ir al médico. Anabel lloró toda la noche, pero fue. Era demasiado tarde: dieciséis semanas. Lo que pasó, pasó en la casa de campo, y ella pensaba que en la primera vez no quedabas embarazada. Durante un tiempo lo ocultó al padrastro, pero la barriga creció. Tuvo que confesarlo. ¡Vaya si gritó! —¿Y el chico ese? ¿Piensa casarse contigo? Anabel bajó la cabeza. Hacía un mes que no veía a Oleg; cuando supo que no podía abortar, desapareció. —Ya me lo imaginaba, Anabel… No lo dijo en el momento, seguramente consultó con Luba. —Mira, ya que pasó, tienes que tenerlo. Pero tendrás que dejarlo en el hospital, no quiero otra boca que alimentar. Y hay otra cosa… me voy a casar, Anabel. Luba está embarazada también. Serán gemelos. Entiende que tres bebés en casa son demasiados. —¿Y ella va a vivir aquí? —se extrañó Anabel. —¿Dónde si no? Es mi esposa ya, ¿dónde va a ir, mujer? Parecía broma, pero no lo era. Lo repetía todos los días y prometía echar a Anabel y su hermana si traía al bebé. Sabía que no eran ideas suyas sino de Luba. Pero daba igual: no podía abandonar a la niña. —No te preocupes –dijo Luba–, los bebés así enseguida los adoptan; le querrán como suyo. Anabel lloraba, llamaba a Oleg, buscaba dónde vivir con su hermana y el bebé, pero no encontraba solución. Hasta que Verónica le señaló a una pareja: —Todavía de negro, ¡después de tantos años! Un dolor de por vida, hija… Haber tenido otro, o adoptado. Ella veía a aquella pareja a menudo —amables, de buen aspecto, algo tristes, pero no sabía qué les pasó. —Perdieron a su hija —explicó Verónica—, fue aquel accidente tan sonado, el del autobús escolar. Se fueron de excursión, el conductor se durmió. Murieron él y la niña, qué pena… Son buena gente, él médico, ella profesora. Yo vivía cerca, cuando estaba casada. Cuando fue lo de la niña, todos llevábamos angelitos, figuritas al funeral. La hija compró un angelito en la excursión y lo tenía en la mano. Costó rescatarlo. Y la gente empezó a llevarle más angelitos, aunque yo temía que fuera peor, pero no… parece que le ayuda. Anabel vio en una peli cómo una chica entregaba a su bebé para que lo adoptara una pareja sin hijos. Esta podría pero igual no quería. Pero no podía dejar de pensar en ellos. Ya estaba de ocho meses, y seguía trabajando, no quería perder el trabajo; la pareja pasó por su caja, y el hombre preguntó: —Muchacha, ¿no te toca ya la baja? Vas a dar a luz en la caja. No se quejaba, pero estaba agotada; la espalda le dolía, la acidez no la dejaba en paz, las piernas hinchadas. Nadie le preguntaba cómo estaba salvo la médica, pero eso era distinto. Ese gesto le conmovió, y se le nácearon los ojos de lágrimas, cosa habitual últimamente. Dos días después, estando de camino a casa con la compra, el hombre se ofreció a ayudarle. Anabel se sintió incómoda pero agradecida. Pensó que era buena persona. Al ver un angelito de oferta en una tienda, lo compró. Luego pidió a Verónica la dirección y fue hacia allá. Cuando llamó al timbre, sintió miedo. A lo mejor era un gesto fuera de lugar. Tantos años… Seguro que no recibían más angelitos. Le abrió la puerta la mujer. Pareció reconocerla enseguida. Anabel, nerviosa, le dio la figurita con la cabeza baja, esperando que le cerrara la puerta, o le gritara. Pero no fue así. Cogió el angelito, sonrió y le dijo: —Pasa. ¿Te apetece un té? Con el té, le contó la historia, que Anabel ya sabía, pero en boca de ella era más dura. —¿Por qué no tuvisteis más hijos? —susurró Anabel. —El parto fue difícil. Me tuvieron que quitar el útero. No pude volver a quedarme embarazada. Se sintió incómoda, ¿qué derecho tenía ella a preguntar? Quería preguntar por la adopción, pero no se atrevía. —Pensamos en adoptar —dijo la mujer, como si leyese su mente—. Hicimos el curso de padres adoptivos. Pero al final no pude. Le pedí a mi hija una señal. Pero nada pasó. En ese momento, se oyó el golpe de un vaso. La mujer se estremeció, Anabel miró hacia allá, pensando que no habría nadie más en casa. Fueron a la sala. Temía encontrarla como un mausoleo—oscura, llena de velas y fotos. No, sólo una foto, la sala luminosa, sin velas, sólo figuras de angelitos. Una estaba rota en el suelo. La mujer recogió los trozos y los miró largo rato. Finalmente, con voz extraña, murmuró: —Es la figurita. La de ella. Las mejillas de Anabel se enrojecieron. ¿No era eso una señal? La niña nació a término. Para entonces, Luba vivía ya con ellos y también tuvo gemelos prematuros. Los bebés seguían en el hospital, pero pronto los traerían—ya les compraron cunas blancas, con colchón de coco. Nadie pensaba comprar nada para la niña de Anabel; debía dejarla allí. Sólo Aliona, por las noches, le susurraba: —¿Y no podemos esconderla? Que no sepan que está, la niña… Yo te ayudo. Esas palabras hacían llorar a Anabel, pero delante de su hermana se aguantaba. La nota la pensó bien antes. Escribió que no podía quedarse al bebé, que estaba sana, que no se preocuparan. Y recordó la señal—el angelito roto. Metió en el sobre el dinero de la pensión—todo lo que había ahorrado. Debería bastar, era buena gente. El alta fue por la mañana pero no se atrevía a dejar el bebé de día. Pasó la tarde sentada en el centro comercial, aunque pesara la cabeza. Importaba la niña, que tuviera padres que le quisieran. Cuando cerraron el centro, esperó una hora fuera, por suerte hacía buen tiempo. Al caer la noche entró en el portal, rápido tras un vecino con perro. Llevaba a la niña en un portabebés que compró con su dinero y pidió a Verónica para el hospital. Ella no preguntó nada. Ya en el rellano, acomodó el portabebés para que no la tuviera la puerta, metió el sobre bajo la manta y iba a llamar al timbre y salir corriendo, cuando la puerta se abrió de golpe. Era el hombre, padre de la niña que murió. —¿Qué haces aquí parada? Anabel dio un brinco de susto. Entonces él vio el portabebés. —¿Eso qué es? Las lágrimas brotaron solas. Anabel le contó todo—lo de Oleg, que la dejó, el padrastro que las mantenía ya siete años y ahora se casaba y tenía gemelos, la tía Luba que decía que lo mejor era firmar los papeles de abandono en el hospital. Él la escuchó con calma y dijo: —Galina ya duerme. Mañana hablamos. Ven, te preparo una cama en el salón. Dormir rodeada de decenas de angelitos era raro. Pero Anabel se quedó dormida pronto, abrazando fuerte a su bebé. Despertó con sensación de vacío. No estaba la niña. Y entonces entendió que no podría separarse nunca de ella. ¡Quería salir corriendo, recogerla, jamás dejarla! Pero antes de moverse, entró Galina con la niña en brazos. —Toma —sonrió—. Dale de comer, la acuné para que descansaras, pero ya no aguanta más. Mientras daba de mamar, no podía mirar a Galina. ¿Qué habría dicho el marido? ¿Ya decidieron adoptar a su hija? ¿Cómo decirles que se arrepiente? —Tu hermana, ¿qué edad tiene? —preguntó de pronto Galina. —Doce —respondió, confundida. —¿Crees que estaría dispuesta a venirse con nosotros? La pregunta era tan inesperada que Anabel la miró boquiabierta. —¿Cómo? —no entendía. —Sasha me lo contó todo. Que no tenéis dónde vivir, que el padrastro os echa. Pensé que si tu hermana se quedaba allí, la harían la criada. Que mejor venga también aquí. —¿”También”? —tartamudeó Anabel. Galina señaló la figurita junto a la foto—pegada, pero reconocible. —Creo que fue una señal. Debemos ayudaros —dijo simplemente—. Hay sitio de sobra, veniros. Yo te ayudaré con la niña. Y olvídate de tonterías. No hay derecho a separar a una madre de su hija. Anabel sintió tanta alegría, y tanta vergüenza, que las mejillas le ardieron de nuevo. —Entonces, ¿aceptas? Asintió, escondiendo el rostro en la mantita de la niña, para que Galina no viera sus lágrimas…

A nadie te voy a dar. Relato.

El padrastro nunca les hizo daño. Al menos, nunca les faltó un pedazo de pan ni se enfadaba por los estudios; solo, cuando Covadonga volvía más tarde de lo permitido, podía gritarle.

¡Le prometí a tu madre que velaría por ti! rugía él, respondiendo a las tímidas protestas de Covadonga, que recordaba que ya era mayor de edad. ¡Sé mejor que tú lo que debes hacer! ¡Mayor de edad, dice! ¿Te crees que por tener el título de Bachillerato ya todo se puede? Búscate un trabajo de verdad y luego hazte la adulta.

Después, al calmarse, su tono se suavizaba.

Te va a dejar, ya lo verás. ¿No he visto qué clase de chico te trae a casa? Coche caro, cara guapa ¿Qué le va a importar una chica sencilla como tú, Covadonga? Te hará llorar, acuérdate de mis palabras.

Covadonga no creía al padrastro. Es cierto que Álvaro era guapo y estudiaba tercero de carrera en la privada, claro, pero a Covadonga tampoco le habría importado estudiar en una privada si pudiese pagarlo. No había pasado la prueba para la pública, en el ciclo le fue mal, y ahora repartía folletos y periódicos según salía, mientras se preparaba para los exámenes del próximo año. Así fue como conoció a Álvaro: al dar un folleto, él tomó uno, luego otro y finalmente otro más, y dijo:

Oye, chica, ¿por qué no me das todos los folletos y vienes con nosotros al café?

No sabe ni cómo aceptó. Ya tenía experiencia, así que no tiró los folletos en ese barrio, los metió en su mochila y de vuelta a casa los echó al contenedor.

Ya en la cafetería, Álvaro la presentó a sus amigos y la invitó a pizza y helado. Ella y su hermana solo comían algo así en los cumpleaños no tenían mucho dinero y el padrastro decía que su pequeña pensión debía guardarse para el día negro, por si algo me pasa.

En realidad, el padrastro ganaba bien, pero la mitad se la gastaba en su coche, que siempre estaba en el taller, y la otra mitad la perdía en el bar. Covadonga no se quejaba; por lo menos no las echaba de casa a ella y Aurora, la hermana, porque el piso era suyo, ya que tuvieron que vender el de su madre cuando enfermó. Por supuesto que Covadonga soñaba con chocolates, pizzas y cola, pero si le caía algo, se lo daba todo a Aurora. Incluso en la cafetería, preguntó si podía llevarse un trozo de pizza para su hermana. Álvaro se sorprendió y, en vez de un trozo, le compró una pizza entera y una tableta grande de chocolate con almendras para llevar.

El padrastro se equivoca. Álvaro nunca la maltrató. Era bueno. Covadonga, estando cerca de él, sentía con más fuerza lo pequeña e insuficiente que era, así que estudió con más empeño y se buscó trabajo de cajera en un supermercado. Allí sí pagaban bien, y pudo comprarse por fin unos vaqueros decentes y hacerse un corte de pelo en una peluquería de verdad, para que Álvaro estuviese orgulloso.

Cuando él la invitó al chalé, Covadonga comprendió lo que iba a pasar, pero no le tuvo miedo ya era mayor. Además, se querían. Temía el permiso del padrastro, aunque este empezó a volver tarde a casa, o ni siquiera aparecer alguna noche. Covadonga sabía dónde dormía: con la señora Pepa, la enfermera del ambulatorio. Pepa había resistido mucho tiempo las torpes atenciones de él, pero al final cedió pese a tener dos hijas de un primer matrimonio y ya divorciada.

Esto convenía a Covadonga, aunque Aurora lloró mucho al enterarse de que se quedaría sola por la noche, pero Covadonga le compró chocolate, patatas fritas y una Fanta. Así Aurora aceptó su suerte.

Descubrió que estaba embarazada demasiado tarde. Siempre tuvo el ciclo irregular, y no prestaba mucha atención nadie le enseñó. Fue la otra cajera, señora Teresa Méndez, la que en broma le preguntó:

¿Qué pasa, Covadonga, que te veo tan radiante y redondita? ¿No estarás embarazada?

Se rieron, pero esa tarde Covadonga compró una prueba. Y al ver las dos rayas, no lo quería creer ¡imposible!

Álvaro no se alegró. Dijo que no era buen momento y le extendió unos euros para el médico. Covadonga lloró toda la noche y luego, al acudir, le dijeron que ya era tarde: dieciséis semanas. Todo pasó en el chalé, justo como ella sospechaba. Y pensó que con la primera vez era imposible quedar embarazada.

Consiguió ocultarlo un tiempo, pero la barriga crecía sin parar. Al final, no tuvo más remedio que confesarlo.

¡Cómo gritó el padrastro!

¿Y el chaval, dónde está? ¿Se piensa casar contigo?

Covadonga bajó la vista. Hacía ya un mes que Álvaro desapareció al enterarse que el bebé se quedaría, y no volvió a verla.

Ya lo veía venir dijo el padrastro. Te lo advertí

Seguramente lo consultó con Pepa.

Si no hay solución, pues que nazca. Pero tendrás que dejarlo en el hospital, otro bocas aquí no cabe. De hecho Me voy a casar, Covadonga. Pepa también está esperando ¡Gemelos! Tres bebés en la casa es demasiado.

¿Vivirá aquí ella? preguntó Covadonga, incrédula.

Dónde, si no. Será mi esposa; aquí tiene que estar.

Ella pensó que era una broma, pero no, era en serio. Todos los días lo repetía y amenazaba con echarlas a ella y Aurora si llegaba con el bebé. Covadonga sentía que no eran palabras suyas, sino que Pepa se las metía en la cabeza. En cualquier caso, no podía dejar a su hija.

No te preocupes le dijo Pepa. Estos bebés enseguida los adoptan, les buscarán una buena familia.

Covadonga lloraba, llamaba a Álvaro, intentó idear dónde vivirían ella, Aurora y la niña, pero no encontró salida. Entonces, un día, mientras Teresa Méndez señalaba a una pareja en su caja, comentó:

¡Fíjate! Años han pasado, y siguen de luto. Han dedicado la vida entera al duelo ¿Por qué no tener otro hijo o adoptar?

Covadonga veía a esa pareja a menudo, juntos o por separado. Amables, elegantes, aunque algo tristes. No sabía lo que les había pasado.

Su hija murió recordó Teresa. – Aquella tragedia de los niños en el autobús, ¿te acuerdas? Excursión a otra ciudad, el conductor se quedó dormido Murió él y la niña, pobrecilla. Gente maravillosa: él es médico, ella profesora de inglés. Antes viví en el edificio de al lado, cuando estaba casada. Todos llevábamos angelitos a su casa. La niña había comprado una figurita de ángel en la excursión, la tenía en la mano Costó recuperarla. Uno le llevó un angelito y luego todos. Pensé que era peor con tanto recuerdo, pero parecía consolarla.

Covadonga había visto en una película cómo una joven entregaba su bebé a una pareja sin hijos. Por supuesto, estos podían tener hijos, y seguramente ni querrían uno, pero Covadonga no podía dejar de pensar en ellos. Ya estaba de ocho meses, seguía trabajando para no perder el puesto, y justo entonces la pareja pasó por su caja. El hombre le dijo:

Chiquilla, deberías cogerte la baja. ¡A ver si te pones de parto aquí mismo!

Covadonga no se quejaba, pero la espalda le dolía mucho, la acidez la torturaba y al final del día apenas podía caminar. Nadie se había interesado por ella, salvo la doctora en el ambulatorio, pero esto era diferente. Aquella preocupación la conmovió tanto que casi se le saltaron las lágrimas últimamente le ocurría a menudo.

Un par de días después, de regreso a casa con la compra del sueldo, el mismo hombre se ofreció a ayudarla. Covadonga se sintió cohibida, pero también agradecida. Pensó que era buena persona.

Vio el angelito en el escaparate del bazar; estaban de rebajas veraniegas y nadie compraba esas figuras. Impulsivamente, Covadonga lo compró, preguntó a Teresa la dirección y se fue.

Al llamar a la puerta dudó ¿sería inoportuno? ¿Después de tantos años aún les llevarían ángeles?

La abrió una mujer. Parecía reconocerla enseguida: levantó las cejas sorprendida. Covadonga, avergonzada, le entregó la figurita con la cabeza baja, esperando que le cerrase la puerta o le gritase.

Pero la mujer tomó el angelito, sonrió y le dijo:

Pasa. ¿Quieres una taza de té?

Durante el té le contó su historia, la misma que ya le había dicho Teresa, pero de su boca todo sonaba más duro y doloroso.

¿Por qué no tuvieron otro hijo? susurró Covadonga.

El parto fue muy complicado. Me tuvieron que quitar el útero. No puedo tener más hijos.

Covadonga se sintió incómoda; ¿qué derecho tenía a meterse en esa vida ajena? Aunque moría por preguntar sobre la adopción, no se atrevía.

Lo pensamos confesó la mujer, como si leyera sus pensamientos. Hicimos el curso, todo, pero al final no pude. Esperé una señal de mi hija, pero nada pasó, nada.

En ese momento, un golpe de cristal; parecía que un vaso se rompía en la sala. La mujer se sobresaltó, Covadonga miró nerviosa, pensando que estaban solas.

Las dos fueron al salón. Covadonga temió sombría oscuridad y velas frente a fotos, como un altar. Pero no, solo había una foto, todo era luminoso; lo único, decenas de angelitos de porcelana. Uno había caído y estaba hecho pedazos. La mujer recogió las piezas y las contempló un buen rato. Al final dijo con voz extraña:

Éste es ya sabes, el de ella.

Covadonga sintió arder sus mejillas. ¿No era eso una señal?

La niña nació puntual. Para entonces, Pepa vivía ya con el padrastro y tuvo gemelos prematuros. Los bebés seguirían en el hospital unos días, pero ya les habían comprado dos cunas blancas, monísimas, con colchón de coco. Para la niña de Covadonga nadie compró nada; tenía que dejarla en la maternidad. Solo Aurora, a escondidas, le preguntaba por las noches:

¿Y no podemos esconderla? Que no se enteren ellos, que es tu niña Yo te ayudaría.

Estas palabras hacían que Covadonga quisiera llorar, pero delante de Aurora se aguantaba.

Ya había preparado una nota. Escribió que no podía quedarse con la niña, que era sana, que podían estar tranquilos. Recordó la señal: el ángel roto. Dentro del sobre puso el dinero toda su pensión ahorrada. Eso debería bastar, eran buena gente.

El alta del hospital era por la mañana, pero dejarla en pleno día la aterraba. Pasó la jornada en el centro comercial, aunque el dolor de cabeza la volvía débil. Lo más importante: encontrarle una familia que la quisiera.

Cuando cerraron el centro, Covadonga esperó aún una hora en el banco, menos mal que hacía calor. Cuando la ciudad se cubrió de penumbra, se atrevió a entrar al portal, justo cuando un hombre salía con su perro.

Llevaba a la niña en un portabebés comprado con sus ahorros y pidió a Teresa que lo llevase al alta. Teresa no preguntó nada. Ahora, dejando el portabebés bien colocado para que la puerta no lo golpeara, Covadonga deslizó el sobre bajo la manta y estaba a punto de llamar al timbre y salir corriendo, cuando se abrió la puerta. En el umbral estaba el hombre, el padre de la niña que murió.

¿Qué haces aquí?

Covadonga saltó del susto.

El hombre vio el portabebés.

¿Qué es eso?

Las lágrimas brotaron sin remedio. Covadonga lo contó todo: Álvaro, que la dejó; el padrastro, que las había mantenido siete años y ahora, con Pepa y los gemelos, no quería más bocas; Pepa sugiriendo que firmara la renuncia en el hospital.

Él la escuchó con paciencia. Al terminar, dijo:

Gala ya duerme, no quiero molestarla. Mañana hablamos. Ven, te prepararé el sofá.

Dormir rodeada de angelitos fue raro, pero Covadonga se quedó dormida enseguida, abrazada fuerte a la niña.

Se despertó con el pecho vacío. No estaba su hija. En ese momento, comprendió que jamás podría separarse de ella. Quería correr a buscarla, recuperarla

Saltó del sofá, pero antes de dar un paso, Gala entró con la niña en brazos.

Toma le sonrió . Hay que alimentarla, la tenía en brazos para que descansaras, pero no durará mucho.

Mientras Covadonga daba el pecho, no se atrevía a mirar a Gala. ¿Qué le habría contado su marido? ¿Y si ya habían decidido adoptarla? ¿Cómo decir que lo había pensado mejor?

¿Cuántos años tiene tu hermana? preguntó Gala de pronto.

Doce respondió Covadonga, sorprendida.

¿Crees que querría venirse a vivir con nosotros?

La pregunta era tan inesperada que Covadonga alzó la mirada estupefacta.

¿Cómo? balbuceó.

Verás, Santi me lo contó todo. Que no tenéis dónde ir, que el padrastro te quería echar. Pensé: si tu hermana se queda allí, la harán criada. Mejor que venga aquí también.

¿Cómo que también? tartamudeó Covadonga.

Gala señaló la figurita en la foto estaba pegada, parecía extraña pero reconocible.

Creo que fue una señal. Debemos ayudarte dijo con sencillez. Ya lo hemos decidido: aquí hay espacio, venid a vivir con nosotros. Yo te ayudaré con la niña. Olvida esas tonterías: una madre y su hija no deben separarse.

Covadonga sintió alegría y vergüenza, y las mejillas se sonrojaron nuevamente.

Entonces, ¿quieres venirte?

Covadonga asintió, escondiendo el rostro en la manta de su hija, para que Gala no viera sus lágrimasCovadonga solo pudo asentir, aún sin palabras. La niña buscó con la mano el cabello de su madre, y Gala, con paso suave, abrió la ventana, dejando que entrara la brisa cálida y el murmullo de la ciudad. Había algo nuevo en el aire un futuro distinto, un hogar donde nunca más tendría que dar a nadie.

Esa tarde, cuando Aurora cruzó la puerta, con la mochila cargada y los ojos abiertos de esperanza contenida, Gala la abrazó como si ya la conociera. Santi preparó cacao caliente y puso un mantel en la mesa para cuatro, mientras Covadonga y Aurora se miraban, entendiendo que, quizás por primera vez, aquello era suyo.

Años después, una niña pelirroja colgó de la estantería el ángel, ya reparado, y Aurora reía contando historias a su sobrina. En la casa había fotos nuevas, voces y tardes de pizza y helado. Y ninguna promesa de separarlas nunca más.

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MagistrUm
No dejaré que se lleven a mi hija. Relato corto. El padrastro nunca les hacía daño. Al menos, nunca les echaba en cara el pan que comían, ni se enfadaba por los estudios: solo cuando Anabel volvía más tarde de lo previsto, podía gritarle. —¡Le prometí a tu madre que cuidaría de ti! —vociferaba ante las tímidas réplicas de Anabel, que ya tenía dieciocho años—. ¡Y yo sé mejor que tú lo que puedes hacer y lo que no! ¡Vaya, mayor de edad! ¿Te crees que por tener el título de secundaria puedes hacer lo que quieras? ¡Anda, búscate primero un trabajo decente y luego presume de adulta! Después, ya más calmado, cambiaba de tono. —Te va a dejar ese chico, ¿qué, crees que no veo al tipo que te recoge? Coche caro, cara bonita… ¿Para qué querría una chica sencilla como tú, Anabel? Llora luego, ya te lo decía yo. Anabel no le creía. Sí, Oleg era guapo y estudiaba tercero en la universidad, aunque de pago, pero a Anabel tampoco le hubiera importado estudiar así. No logró entrar por nota, el colegio no le gustó; ahora repartía folletos, periódicos, y sobre todo se preparaba para el examen del año siguiente. Así conoció a Oleg: le dio un folleto, y él aceptó uno, luego otro, otro más. Y le dijo: —Vamos a hacer una cosa: yo te cojo todos los folletos, y tú vienes al café con nosotros. No sabe qué le dio por acceder, pero aceptó. Ya curtida, guardó los folletos en la mochila y al volver de café los tiró discretamente en la basura. En el café, Oleg la presentó a sus amigos y la invitó a pizza y helado. Anabel y su hermana solo probaban esas delicias en cumpleaños—dinero, tenían poco, y el padrastro no les dejaba gastar la pensión, decía que eso era para emergencias. En realidad, el sueldo de él era decente, pero la mitad se la gastaba en el coche, que siempre estaba averiado, y el resto en apuestas. Anabel no se quejaba: al menos no las echaba de casa. El piso era suyo, el de su madre lo vendieron cuando ella se enfermó. Claro que le habría gustado comer chocolate, pizza, refrescos… pero si alguna vez le tocaba, todo se lo daba a su hermana. Hasta en el café, le pidió permiso a Oleg para llevar un trozo de pizza para su hermana. Él la miró sorprendido y después le compró una pizza entera y una enorme tableta de chocolate con nueces para llevar. El padrastro se equivocaba pensando que Oleg la haría daño. Era bueno. Y Anabel, junto a él, sentía aún más su propia fragilidad, así que se esforzó con los estudios, encontró trabajo de cajera en una tienda, y con el sueldo pudo comprarse un vaquero decente y cortarse el pelo en una peluquería de verdad, para que Oleg se sintiera orgulloso de ella. Cuando él la invitó a su casa de campo, Anabel entendió enseguida lo que iba a ocurrir, pero no se asustó—no era una niña. Además, se amaban. Al principio le preocupaba que el padrastro no la dejara ir, pero él llegó a casa aún más tarde de lo habitual, y a veces ni volvía. Sabía dónde dormía—con la enfermera del ambulatorio, tía Luba. Él le dedicaba sonrisas hacía tiempo. Luba no quería líos con hombres con hijas de otro matrimonio, pero también llevaba tiempo divorciada y al final cedió a esas torpes atenciones. Al final aquello le vino bien a Anabel, aunque Aliona, la hermana, lloró al saber que tendría que pasar la noche sola, pero Anabel le compró chocolate, patatas y refresco y se resignó. Que estaba embarazada, Anabel lo supo tarde. Siempre había tenido el ciclo irregular y nunca se preocupó por ello; nadie le había enseñado a estar pendiente. Fue su compañera, Verónica, quien le preguntó en broma: —Pero, ¿no estarás embarazada, que te veo más redonda y radiante? Se rieron, pero en la noche Anabel compró un test. Cuando vio las dos rayas, no lo creyó. ¡No, es imposible! Oleg no se alegró. Dijo que no era el momento y le dio dinero para ir al médico. Anabel lloró toda la noche, pero fue. Era demasiado tarde: dieciséis semanas. Lo que pasó, pasó en la casa de campo, y ella pensaba que en la primera vez no quedabas embarazada. Durante un tiempo lo ocultó al padrastro, pero la barriga creció. Tuvo que confesarlo. ¡Vaya si gritó! —¿Y el chico ese? ¿Piensa casarse contigo? Anabel bajó la cabeza. Hacía un mes que no veía a Oleg; cuando supo que no podía abortar, desapareció. —Ya me lo imaginaba, Anabel… No lo dijo en el momento, seguramente consultó con Luba. —Mira, ya que pasó, tienes que tenerlo. Pero tendrás que dejarlo en el hospital, no quiero otra boca que alimentar. Y hay otra cosa… me voy a casar, Anabel. Luba está embarazada también. Serán gemelos. Entiende que tres bebés en casa son demasiados. —¿Y ella va a vivir aquí? —se extrañó Anabel. —¿Dónde si no? Es mi esposa ya, ¿dónde va a ir, mujer? Parecía broma, pero no lo era. Lo repetía todos los días y prometía echar a Anabel y su hermana si traía al bebé. Sabía que no eran ideas suyas sino de Luba. Pero daba igual: no podía abandonar a la niña. —No te preocupes –dijo Luba–, los bebés así enseguida los adoptan; le querrán como suyo. Anabel lloraba, llamaba a Oleg, buscaba dónde vivir con su hermana y el bebé, pero no encontraba solución. Hasta que Verónica le señaló a una pareja: —Todavía de negro, ¡después de tantos años! Un dolor de por vida, hija… Haber tenido otro, o adoptado. Ella veía a aquella pareja a menudo —amables, de buen aspecto, algo tristes, pero no sabía qué les pasó. —Perdieron a su hija —explicó Verónica—, fue aquel accidente tan sonado, el del autobús escolar. Se fueron de excursión, el conductor se durmió. Murieron él y la niña, qué pena… Son buena gente, él médico, ella profesora. Yo vivía cerca, cuando estaba casada. Cuando fue lo de la niña, todos llevábamos angelitos, figuritas al funeral. La hija compró un angelito en la excursión y lo tenía en la mano. Costó rescatarlo. Y la gente empezó a llevarle más angelitos, aunque yo temía que fuera peor, pero no… parece que le ayuda. Anabel vio en una peli cómo una chica entregaba a su bebé para que lo adoptara una pareja sin hijos. Esta podría pero igual no quería. Pero no podía dejar de pensar en ellos. Ya estaba de ocho meses, y seguía trabajando, no quería perder el trabajo; la pareja pasó por su caja, y el hombre preguntó: —Muchacha, ¿no te toca ya la baja? Vas a dar a luz en la caja. No se quejaba, pero estaba agotada; la espalda le dolía, la acidez no la dejaba en paz, las piernas hinchadas. Nadie le preguntaba cómo estaba salvo la médica, pero eso era distinto. Ese gesto le conmovió, y se le nácearon los ojos de lágrimas, cosa habitual últimamente. Dos días después, estando de camino a casa con la compra, el hombre se ofreció a ayudarle. Anabel se sintió incómoda pero agradecida. Pensó que era buena persona. Al ver un angelito de oferta en una tienda, lo compró. Luego pidió a Verónica la dirección y fue hacia allá. Cuando llamó al timbre, sintió miedo. A lo mejor era un gesto fuera de lugar. Tantos años… Seguro que no recibían más angelitos. Le abrió la puerta la mujer. Pareció reconocerla enseguida. Anabel, nerviosa, le dio la figurita con la cabeza baja, esperando que le cerrara la puerta, o le gritara. Pero no fue así. Cogió el angelito, sonrió y le dijo: —Pasa. ¿Te apetece un té? Con el té, le contó la historia, que Anabel ya sabía, pero en boca de ella era más dura. —¿Por qué no tuvisteis más hijos? —susurró Anabel. —El parto fue difícil. Me tuvieron que quitar el útero. No pude volver a quedarme embarazada. Se sintió incómoda, ¿qué derecho tenía ella a preguntar? Quería preguntar por la adopción, pero no se atrevía. —Pensamos en adoptar —dijo la mujer, como si leyese su mente—. Hicimos el curso de padres adoptivos. Pero al final no pude. Le pedí a mi hija una señal. Pero nada pasó. En ese momento, se oyó el golpe de un vaso. La mujer se estremeció, Anabel miró hacia allá, pensando que no habría nadie más en casa. Fueron a la sala. Temía encontrarla como un mausoleo—oscura, llena de velas y fotos. No, sólo una foto, la sala luminosa, sin velas, sólo figuras de angelitos. Una estaba rota en el suelo. La mujer recogió los trozos y los miró largo rato. Finalmente, con voz extraña, murmuró: —Es la figurita. La de ella. Las mejillas de Anabel se enrojecieron. ¿No era eso una señal? La niña nació a término. Para entonces, Luba vivía ya con ellos y también tuvo gemelos prematuros. Los bebés seguían en el hospital, pero pronto los traerían—ya les compraron cunas blancas, con colchón de coco. Nadie pensaba comprar nada para la niña de Anabel; debía dejarla allí. Sólo Aliona, por las noches, le susurraba: —¿Y no podemos esconderla? Que no sepan que está, la niña… Yo te ayudo. Esas palabras hacían llorar a Anabel, pero delante de su hermana se aguantaba. La nota la pensó bien antes. Escribió que no podía quedarse al bebé, que estaba sana, que no se preocuparan. Y recordó la señal—el angelito roto. Metió en el sobre el dinero de la pensión—todo lo que había ahorrado. Debería bastar, era buena gente. El alta fue por la mañana pero no se atrevía a dejar el bebé de día. Pasó la tarde sentada en el centro comercial, aunque pesara la cabeza. Importaba la niña, que tuviera padres que le quisieran. Cuando cerraron el centro, esperó una hora fuera, por suerte hacía buen tiempo. Al caer la noche entró en el portal, rápido tras un vecino con perro. Llevaba a la niña en un portabebés que compró con su dinero y pidió a Verónica para el hospital. Ella no preguntó nada. Ya en el rellano, acomodó el portabebés para que no la tuviera la puerta, metió el sobre bajo la manta y iba a llamar al timbre y salir corriendo, cuando la puerta se abrió de golpe. Era el hombre, padre de la niña que murió. —¿Qué haces aquí parada? Anabel dio un brinco de susto. Entonces él vio el portabebés. —¿Eso qué es? Las lágrimas brotaron solas. Anabel le contó todo—lo de Oleg, que la dejó, el padrastro que las mantenía ya siete años y ahora se casaba y tenía gemelos, la tía Luba que decía que lo mejor era firmar los papeles de abandono en el hospital. Él la escuchó con calma y dijo: —Galina ya duerme. Mañana hablamos. Ven, te preparo una cama en el salón. Dormir rodeada de decenas de angelitos era raro. Pero Anabel se quedó dormida pronto, abrazando fuerte a su bebé. Despertó con sensación de vacío. No estaba la niña. Y entonces entendió que no podría separarse nunca de ella. ¡Quería salir corriendo, recogerla, jamás dejarla! Pero antes de moverse, entró Galina con la niña en brazos. —Toma —sonrió—. Dale de comer, la acuné para que descansaras, pero ya no aguanta más. Mientras daba de mamar, no podía mirar a Galina. ¿Qué habría dicho el marido? ¿Ya decidieron adoptar a su hija? ¿Cómo decirles que se arrepiente? —Tu hermana, ¿qué edad tiene? —preguntó de pronto Galina. —Doce —respondió, confundida. —¿Crees que estaría dispuesta a venirse con nosotros? La pregunta era tan inesperada que Anabel la miró boquiabierta. —¿Cómo? —no entendía. —Sasha me lo contó todo. Que no tenéis dónde vivir, que el padrastro os echa. Pensé que si tu hermana se quedaba allí, la harían la criada. Que mejor venga también aquí. —¿”También”? —tartamudeó Anabel. Galina señaló la figurita junto a la foto—pegada, pero reconocible. —Creo que fue una señal. Debemos ayudaros —dijo simplemente—. Hay sitio de sobra, veniros. Yo te ayudaré con la niña. Y olvídate de tonterías. No hay derecho a separar a una madre de su hija. Anabel sintió tanta alegría, y tanta vergüenza, que las mejillas le ardieron de nuevo. —Entonces, ¿aceptas? Asintió, escondiendo el rostro en la mantita de la niña, para que Galina no viera sus lágrimas…