El sol de la tarde, dorado como miel fundida, se derrama sobre las colinas que rodean el pequeño pueblo castellanomanchego. Las casas, humildes y adornadas con geranios, se tiñen de tonos cálidos y tranquilos. El aire flota impregnado del aroma a hierba recién cortada y del humo lejano de las chimeneas. En una de esas viviendas donde huele a pan recién hecho y a mermelada de manzana, una conversación entre madre e hijo permanece suspendida en la cocina, como una pregunta sin resolver.
Hijo mío, mi ángel, ¿qué has encontrado en esa muchacha tan alocada? la voz de la mujer suena cansada, saturada de una preocupación materna sin fondo. Mira cómo te mira por encima del hombro, como si fueras polvo del camino. Y tú… tú parece que sólo tienes ojos para ella, como un girasol buscando el sol, sin fijarte en ninguna otra. Mira a Lucía, la hija de los Gutiérrez: trabajadora y discreta, siempre pendiente de ti. Pero tú sólo piensas en una.
El joven, fuerte y de manos acostumbradas al trabajo duro, gira el rostro hacia la ventana, donde la niebla del crepúsculo se enreda en los olivos. Se llama Álvaro.
Déjalo, mamá. No necesito a Lucía ni a nadie más. Desde que me senté con Inés en el pupitre aquel primer día de colegio, no he mirado a otra. Si no quiere casarse conmigo, me quedaré solo. No trates de convencerme; no pienso escucharte.
Inés, ¿adónde vas con ese vestido, como si fueras al baile de la corte? suena la voz maternal en otra casa, con una preocupación crítica. Otra vez de fiesta, y seguro que vuelves cuando cante el gallo. ¡Podrías invitar a Álvaro! Ese chico vale oro, estudia, está levantando una casa para vosotros, sólo te ve a ti. Es firme como una roca.
La muchacha termina de ajustarse la cinta de seda en su melena oscura y resopla. Inés es su nombre, castizo, de pura raíz castellana.
¿Una roca dices? Más bien es pesado y aburrido como un pedrusco, mamá. La juventud es una sola vez en la vida, ¡hay que reír, cantar, viajar! ¿Álvaro? Solo piensa en casa y trabajo. Cuando envejezca, lo único que recordará serán los muros de su casa. No vuelvas a hablarme de él, ¿vale? No lo quiero.
Y se escapa de casa, como una mariposa nocturna persiguiendo la luz de la plaza y el bullicio.
El otoño llega despacio, cubriendo el pueblo de oro viejo y rojo intenso. Álvaro termina su formación y pronto recibe la llamada del ejército. Inés acaba el bachillerato. En la fiesta de despedida de Álvaro ruidosa y generosa como toca en la tradición se reúne todo el barrio. Está también Inés, acompañada de su madre.
Entre abrazos y copas, Álvaro encuentra un momento y lleva a Inés bajo el viejo manzano del huerto.
Inés… titubea buscando las palabras. ¿Te puedo escribir desde la mili? Todos escriben a sus novias. Yo… no tengo a nadie. ¿Te gustaría ser mi novia en la distancia, aunque solo sea por carta?
La mira con tal desamparo y esperanza, que por un instante a ella se le acelera el pulso. Apenas dura ese instante.
Si quieres, escríbeme tú. Contestaré si me apetece. Si no, pues no te enfades responde encogiéndose de hombros, mirándole con candor y franqueza.
Al principio, las cartas, con su matasellos militar, llegan seguido. Inés, por cortesía o por aburrimiento, las responde. Pero termina el colegio y con él se va su infancia. Se traslada a Madrid, la ciudad, bulliciosa y llena de promesas de futuro. El colegio mayor y la facultad de Magisterio la atraen como el faro a los barcos. Álvaro se va quedando en el pasado y aquellas cartas de pueblo acaban por ser un lastre que ella suelta sin pena.
La madre de Inés suspira mirando por la ventana la calle solitaria. En el fondo sueña con que su hija recapacite, vuelva a quien la espera y construya su vida sobre cimientos sólidos, ajenos al vértigo de la capital.
¡De aquí me escapo! declara Inés, llenando la maleta. Voy a acabar la carrera, casarme con alguien de ciudad, culto y refinado. No volveré jamás.
Pero los muros de la facultad son más resistentes de lo que imaginaba. El primer examen de literatura resulta un desastre: el comentario, escrito en castellano torpe, vuelve con un suspenso humillante. Imposible que fuese de otro modo, si la profesora de lengua del pueblo, alemana de origen, apenas encadenaba frases. Los sueños de Inés chocan de lleno con la dura verdad.
Pero la ciudad cura deprisa las heridas del ego. En una fiesta universitaria conoce a Ernesto: estudiante de Derecho, mayor, confiado, usa colonia cara y desprende independencia. Vive solo, en un piso amplio del barrio de Salamanca, mientras sus padres trabajan fuera.
Inés, casi sin pensarlo, se instala con él. Para no ser una carga, se pone a servir en una cafetería y reparte empanadas en oficinas y talleres. Se transforma en perfecta anfitriona: ordena el piso, aprende a cocinar cocido, recibe elogios de los amigos de Ernesto y cada tarde lleva bollos recién horneados. En su mente ve claro: este sofá, esta casa, estos niños… Ama a Ernesto con locura, y quiere desaparecer en él.
Casi un año dura el ensayo de familia. Y una noche, hojeando el periódico, Ernesto, calmado, declara:
Inés, creo que lo nuestro se ha terminado. No tiene sentido alargarlo, mis padres vuelven pronto. Será mejor que busques otro sitio.
No grita, ni llora. Recoge sus pocas cosas en la maleta y se va con una amiga. Allí, en el silencio de una habitación ajena, se hunde la pérdida, y ese malestar que achacaba al estrés no desaparece.
La visita al médico lo confirma, tajante.
Estás embarazada, y ya es tarde y peligroso para interrumpir afirma la doctora mayor, tras los anteojos.
Inés nunca pensó en desprenderse del hijo. Era el último enlace a aquella vida que tanto deseó. Por entonces llega una carta de su madre: Álvaro ha vuelto del ejército y pregunta por ella. La idea de Inés, desesperada por salvarse, se gestó con frialdad: atrevida, casi cruel, pero única.
Álvaro la recibe en el umbral de la casa, ya casi terminada. No ha cambiado: sigue siendo seguro, callado, con la misma luz en los ojos al verla. Ella va por la tarde, muy casual. Se muestra alegre, simpática, ríe más de la cuenta, le roza la mano. No hizo falta esfuerzo: Álvaro lo da todo por una mirada de ella. Se queda en esa casa, su sueño. Dos semanas después, celebran una boda sencilla y festiva.
Algunas, sobre todo Lucía, aún suspirando en secreto por Álvaro, miran con recelo su barriga, que crece deprisa. La suegra mujer sensata y de vista larga intenta advertir a su hijo, pero él sonríe, feliz, y dice:
Va a ser un niño fornido, por eso tiene prisa por nacer.
Inés da a luz en el hospital de la ciudad. En el bolsillo guarda unos billetes de euro, preparados para el médico, para fingir un parto prematuro. La suerte parece sonreírle: el niño es pequeño, apenas dos kilos setecientos. Todo encaja. Alguien vigila desde arriba, piensa aliviada.
Al pequeño le ponen de nombre Mateo. Crece tranquilo, introspectivo, con ojos profundos como pozas. Álvaro lo adora, lo pasea sobre los hombros, fabrica juguetes de madera, le enseñan a distinguir el canto de los pájaros. Incluso la suegra, que había sospechado, se rinde ante la sonrisa del nieto y lo mima entre cuentos y dulces.
Álvaro trabaja sin descanso: primero en el campo con los padres, luego funda una pequeña granja propia. Vuelve tarde, huele a tierra, heno y fatiga, pero siempre sonriente. La vida mejora y la casa construida con sus manos se llena de abundancia.
Inés cuida la casa y cría al niño. Por las noches recuerda a Ernesto, su forma de hablar, sus risas. A Álvaro aprende a valorarlo, lo respeta, pero en el fondo no vive el amor; representa muy bien el papel de esposa cariñosa porque sabe que sola no podría criar a Mateo. Él sueña con más hijos, pero ella toma remedios amargos a escondidas, evitando embarazos, sintiéndose así más segura en ese mundo de mentira que ha creado.
Pero incluso el secreto más escondido acaba por salir a la luz, como hierba que rompe el asfalto.
Mateo tiene ocho años. Un día claro y ventoso, juega con amigos cerca del viejo silo. La tarde anterior, cavando allí, olvidaron un hierro puntiagudo. Nadie vio cómo Mateo resbaló y cayó; el metal penetró hondo.
Gritos, carreras, una llamada de urgencia… El mundo de Inés se reduce a la angustia. Álvaro llega primero con su vieja furgoneta y hasta trae al médico del pueblo. Sin dudarlo, baja al pozo y rescata a su hijo. Inés, corriendo a su lado, ve por primera vez lágrimas rodando silenciosas, pesadas, por las mejillas de su marido.
En el hospital, lo operan de urgencia. Hay mucha pérdida de sangre y necesitan transfusión inmediata. Sacan muestras a los padres. Y entonces, la mentira guardada tantos años explota como un trueno.
¿Por qué no avisaron de que el niño está adoptado? el médico pregunta con sequedad hiriente. Tiene grupo único, AB negativo, no pueden ayudarle. Si no hay donante en doce horas, lo perdemos. No hay en nuestro banco, y encontrar uno es prácticamente imposible.
Inés se queda paralizada. Todo se desmorona. El miedo por su hijo eclipsa el dolor y la vergüenza.
Yo soy su madre. Pero el padre… es otro hombre logra decir, desbordada por las lágrimas.
Álvaro observa el suelo, los hombros caídos bajo el peso invisible de la verdad.
Salen al pasillo, impregnado de olor a desinfectante. Inés se desploma de la rabia, no le importa ya si él la perdona o la expulsa. Sólo reza, con desesperación, a todos los santos; sólo que su hijo viva.
Inés, ¡dime! Álvaro la toma por los hombros, con ojos de puro desamparo, no ira. ¿Recuerdas su nombre? ¿Su dirección? Piensa. Nuestro hijo se nos va. ¡Hijo nuestro! Ese hombre puede salvarlo. Yo le rogaría de rodillas, le daría todo lo que tengo.
Ella recuerda. Álvaro contacta con un amigo que ahora trabaja como policía. En solo unas horas, Ernesto exitoso abogado, serio y ojeroso llega al hospital. Solo suplica que su familia actual no sepa.
No queremos nada de ti dice firme Álvaro, mirándole a los ojos. Ni dinero ni explicaciones. Sólo tu sangre. Eso y nada más.
Mateo se salva. Por milagro, por rezos, por la sangre excepcional de su verdadero padre. Sobrevive, se recupera, y no queda con secuelas.
Mientras Inés vela el sueño de su hijo, observando cómo Álvaro no se aparta de la fría banca del pasillo, algo se quiebra en su corazón. Mira al hombre que, en el peor momento, piensa al salvar el niño y no vengarse. Esa pared de hielo que la separaba da paso, se derrumba y deja espacio a un sentimiento nuevo, inmenso y cálido: el amor. Real, adulto, forjado en el dolor y el perdón.
Cuando todo queda atrás y Mateo vuelve a correr por el patio, Álvaro, una noche en el banco del porche, mirando las estrellas, le dice:
Yo lo sabía. Casi desde el primer día. Lo intuía. Pero siempre fue mi hijo. Lo es. Lo será guarda silencio, y después, muy bajo, como si el viento se lo llevase: Y a ti nunca te habría dejado marchar. Eres la única, la que llevo en el corazón desde la infancia. Nunca hubo otra.
Al año siguiente nace una niña. Pequeña, rosada, con los ojos limpios como los de su padre. La llaman Jimena. Álvaro la lleva en brazos como si fuera un tesoro frágil, y de tanto amor su rostro endurecido se ilumina de ternura, y a Inés casi le duele el corazón. Se lamenta por los años perdidos, por el miedo y la desconfianza, por haber rechazado la felicidad tanto tiempo.
La vida se estabiliza. La granja de Álvaro prospera. Inés, que nunca vuelve a trabajar fuera, florece. Es una mujer bonita, cuidada, joven, su casa huele siempre a bizcocho, a limpieza y calor de hogar. Se convierte en ese hogar pleno, no solo material sino del alma.
Mateo, de mayor, estudia Medicina, siguiendo el camino de quienes le salvaron. Se convierte en cirujano, se casa con una compañera y los padres le ayudan con el piso.
Jimena, curiosa y vital, estudia Periodismo, soñando con contar historias, incluso quizá la suya.
Por las tardes, Álvaro e Inés se sientan juntos en el porche, viendo cómo el sol se esconde tras los lomos de la tierra. Sus manos se encuentran, y el silencio entre ellos está lleno de todo lo vivido, perdonado y ganado. Saben que su amor no fue chispa fugaz, sino un faro constante, como la luz de una lámpara vieja y fiable. No deslumbra, pero alumbra todo el camino recorrido y da calor suficiente para vivir. A veces, los puentes más sólidos del destino no se construyen de rosados pétalos, sino de resistentes maderos de pruebas, de perdón y de esa bondad diaria, serena, que al final es la verdadera y eterna forma del amor.







