La nieta
Desde que nació, Lucía nunca fue deseada por su madre, Vanessa. La trataba como quien ignora el paragüero en el recibidor: ni frío ni calor. La pobre niña era invisible en su propia casa.
Las peleas eran el pan de cada día con el padre de Lucía. Cuando él se fue de vuelta con su legítima esposa, a Vanessa se le soltó una tuerca.
¿Así que se marcha, eh? ¡Nunca tuvo intención de dejar a su fregona! ¡Me ha arrancado los nervios de cuajo! ¡Mentía, y ahora me deja con su bastarda! ¡La tiro por la ventana o la dejo en la estación entre vagabundos! vociferaba al teléfono.
Lucía, con cinco años, solo podía taparse los oídos y llorar bajito. El rechazo materno lo absorbía como una esponja reseca.
Me da absolutamente igual lo que hagas con tu hija. Ni siquiera estoy seguro de que sea mía. ¡Adiós! respondió Román al otro lado, el padre, tan majete.
Vanessa, fuera de sí, lanzó cuatro prendas de la niña en una bolsa, los papeles tirados encima, y a Lucía en brazos, directa a un taxi.
¡Ya verán! A todos les voy a dar una lección se repetía Vanessa en bucle mientras daba una dirección al taxista como quien da órdenes en palacio.
Pensaba dejar a Lucía en casa de la madre de Román, Doña Carmen, que vivía a las afueras de Segovia.
El taxista, un señor acostumbrado a historias de la vida, no soportó el tono altivo de aquella mujer que contestaba con voces a la pequeña.
Mamá, me hago pis susurró Lucía encogida, temiendo una furia todavía peor.
La respuesta fue un rugido tan fuerte que el taxista se planteó seriamente soltarle un par de sopapos a Vanessa. Él tenía nieta y le daban escalofríos los gritos.
¡Aguanta! ¡En casa de tu abuela, tan fina ella, seguro hay baño de sobra!
Vanessa se giró y se puso a mirar el paisaje con el enfado de una drama queen con mal café.
Tómeselo con calma, señora, que igual me paro y la dejo a pie y a la niña la llevo a servicios sociales, ¿eh? se atrevió a decir el taxista.
¡¿Perdona?! ¡Ni se le ocurra! A ver si llamo a la policía y cuento que me hizo propuestas indecentes delante de mi hija, ¿a quién cree que le van a creer: a una madre llorando o a un taxista cualquiera? Es mi hija, la crío como me da la gana. ¡Así que cierre la boca y conduzca!
El taxista apretó los dientes. De locos no va uno a buscar lío, pero la niña era un alma en pena.
Al rato llegaron. Vanessa ordenó esperar y, al bajarse, oyó al taxista largarse derrapando.
¡Ya llegarás andando, víbora! gritó desde el coche.
Vanessa escupió con arte y arrastró a su hija de la mano, cruzando el pequeño jardín a diez por hora, dando portazo al llamar.
¡Ahí la tiene! Haga con ella lo que quiera. Su hijo dio el visto bueno. ¡Yo de esto paso! disparó Vanessa con voz de lija, y salió corriendo sobre sus tacones recordando al diablo con prisa.
Carmen, boquiabierta y con corazonadas, se quedó mirando la escena.
¡Mamá, no te vayas! lloró Lucía con lágrimas de novela turca, las manitas llenas de polvo y mocos.
Lucía salió corriendo hasta la puerta, pero Vanessa la zanjó.
¡Déjame en paz! ¡Vete con tu abuela! ¡Ahora vivirás con ella! le gritó, tratando de despegar los deditos aferrados a la falda de cuadros.
Los vecinos, expertos en telediarios barriales, ya asomaban los hocicos. Carmen, con la mano en el pecho, alcanzó a la nieta como pudo.
Venga, mi amor, ven conmigo. Mi tesorito le susurró Carmen, con las mejillas surcadas de llanto. Apenas había oído hablar de la niña.
Román jamás vio necesario confesar que tenía una hija fuera de su matrimonio.
No temas, que aquí nadie te hará daño. Mira, ¿quieres que te prepare unas tortitas? Tengo nata y todo decía Carmen mientras la llevaba dentro.
Antes de cerrar la verja, Carmen vio cómo Vanessa pillaba un coche y se esfumaba, dejando polvo y nada más.
Nunca más supieron de ella. Carmen, sin dudar, recibió a la nieta como un regalo de Dios. Para ella, Lucía era pura sangre de la familia, igualita a Román de chico. Ese mismo Román que apenas visitaba a su madre en el pueblo ni por Navidad.
Yo a ti te saco adelante, Lucía. Te cuidaré y te daré todo lo que pueda.
Y así fue. Lucía creció envuelta en cariño y tortitas. La acompañó el primer día de cole y el tiempo voló en un suspiro.
Ya en segundo de bachillerato, preparando la temida Selectividad, Lucía se había convertido en una joven guapísima, amable y lista de remate. Quería estudiar Medicina, pero de momento apuntaba a un ciclo sanitario.
Qué pena que mi padre no quiera ni mirarme suspiraba Lucía abrazada a Carmen en las tardes de terraza, despidiéndose del sol tras los pinares.
La abuela le acariciaba el pelo plateado, temblorosa pero siempre dulce. ¿Qué podía decir? Román se negaba de plano a implicarse con su hija. Solo tenía ojos para su hijo con la legítima, aquel Vadim repelente incapaz de compartir ni una galleta.
¡El desarrapado eres tú, Román! estalló Carmen un día que la paciencia se le fue a Cuenca. Solo vienes el día de mi pensión a pedir dinero. Tú y tu mujer tenéis trabajo y aquí exprimís a la vieja. ¡Fuera! Mejor nunca más, ¡que así descansamos todos!
¡Así que me hablas, madre! ¡Pues ni soñando aparezco por tu entierro! gritó Román, subiendo en el coche con Vadim de copiloto. Nunca volvió. En paz descansó Carmen con eso.
Que Dios lo juzgue, Lucía le dijo un día. Anda, vamos a tomar una infusión, que mañana tienes la entrega de notas.
El verano terminó entre labores del huerto y llegó el momento de irse a estudiar a Madrid.
Tendremos que pedir a Víctor, el vecino, que nos acerque a tu residencia con el equipaje dijo Carmen que andaba regular de salud, notando la edad pesar ya.
A la puerta de la residencia, Lucía no quería soltar a la abuela.
Tú solo céntrate en estudiar, que luego tendrás que valerte por ti sola. Yo ya estoy vieja No sé cuánto más aguantaré.
¡Por Dios, abuela! ¿Vieja tú? Una señora en su mejor momento.
Carmen se río, besó a Lucía y pidió al vecino Víctor que la llevara al notario: tenía que dejar todo bien atado para su tranquilidad.
Lucía volvía cada fin de semana, nerviosa por la salud de Carmen, empollando a destajo y soñando con ser doctora para regalarle años de vida a la abuela.
El tiempo pasó. Lucía fue yendo menos: se enamoró de Diego, compañero de clase, ambicioso y gracioso, con planes también para estudiar Medicina.
Carmen se alegró mucho por su nieta. Al acabar el ciclo, con matrícula de honor, Lucía y Diego se casaron en un bar sencillo. Por el lado de la novia, solo la abuela.
No eres solo mi abuela, eres mi madre y mi padre, todo en una dijo Lucía entre lágrimas. Me diste hogar, amor y cuidado. Siempre te estaré agradecida… ¡Te quiero tanto, abuela!
Lucía se arrodilló ante Carmen y la abrazó con fuerza. Los invitados estaban ya todos moqueando.
Anda, levántate, hija, que me vas a sacar los colores farfulló Carmen, radiante de orgullo.
¡Nada de vergüenza! soltó Diego alto y claro. Usted es la jefa de nuestra familia. ¡Bienvenida!
Los brindis por los novios y la salud de Doña Carmen se sucedieron hasta que la cafetera se quedó sin leche.
No mucho después, Carmen enfermó. Se quedó en la cama, como si ya se le hubiese agotado el reloj tras cumplir su misión.
Lucía y Diego le cuidaban yendo y viniendo de Madrid, combinando universidad y visitas.
Un día, Carmen le cogió la mano a Lucía con fuerza y le dijo:
En cuanto falte, van a venir los buitres, mi hijo y la pánfila de su mujer. No te dejes pisar, ¿eh? Hace años que puse todo tu nombre en la notaría. Legal y con papeles.
Abuela
Ni una palabra. Bastante has pasado sin padres de verdad, y yo he hecho lo que he podido. Pronto me iré tranquila sabiendo que tienes tu casa, tu techo. Véndela cuando quieras y cómprate un piso en Madrid con Diego.
Lucía se echó a llorar, nudo en la garganta.
Aun así, gracias a los cuidados, Carmen aguantó un año y medio antes de partir dulcemente mientras dormía.
Tal y como había vaticinado, Román apareció a los cuarenta días de la muerte, con familia y ganas de pelea.
A desalojar se ha dicho soltó Román nada más entrar. Mientras vivió mi madre, aguanté. Pero ahora fuera de aquí.
Lucía se quedó petrificada ante aquel desdén, a la esposa del padre, que nunca había visto, y a Vadim, que miraba la casa calculando con cuánto podría comprarse ese Seat León de segunda mano que tanto anhelaba.
En ese momento apareció Diego.
¿Y este quién es? ¿Ahora metes novios aquí? gritó el padre.
Diego, imperturbable, dejó la bolsa de la compra y miró a Román con media sonrisa.
Soy su marido. ¿Y usted? No recuerdo haber coincidido antes
Román enrojeció de rabia.
¡Fuera, los dos!
¿Y ese tono? Lucía es la dueña. ¿Le enseño la escritura? dijo Diego, disfrutando un poco del momento.
¿La qué? balbuceó Román.
¡Rápido al juzgado, esta es una bruja, ha engañado a tu madre! chillaba su mujer, casi pataleando.
¡Yo demostraré que no eres hija ni nieta de mi madre! agitaba los puños Román.
Prepara la maleta, desarrapada. Ya verás cómo te quitamos esto escupió Vadim.
Se marcharon dejando un vacío helador. Lucía se desplomó, hecha un mar de lágrimas.
¿Pero por qué? Ni recuerdos me dieron, y ahora me quieren quitar hasta la casa de abuela.
¿No viven bien? ¿No tienen sitio? ¡Santi, es lo único que me queda de Carmen!
Diego la levantó con decisión.
Mañana mismo lo pongo en venta. Si no, te martirizarán la vida. Recuerda: Carmen quiso siempre que vendieras y te vinieras a Madrid.
Solo que no pensaba que iba a ser tan pronto Aquí pasé mi infancia
El caserón se vendió rápido. Una familia con posibles que soñaba con vivir entre huertos y pinos no regatearon ni un euro.
La finca, repleta de árboles frutales, a dos pasos del bosque, con glorieta de madera y uvas, era una auténtica joya.
Lucía y Diego compraron un piso pequeñito y muy acogedor en Madrid, a tiro de piedra del Retiro. En poco tiempo, esperaban un bebé tan querido que ni qué decir tiene, iban a colmarle de besos.
Al irse a dormir, Lucía murmuraba cada noche: Gracias, abuela, por darme la vidaCuando nació su hija, Lucía la acunó en brazos mientras la tibia luz de la mañana llenaba el dormitorio de Madrid. Miró a la pequeña, de ojos inmensos y puños apretados, y sintió dentro de sí la certeza de algo cumplido.
Te llamarás Carmen susurró, profunda, como un voto secreto. Como la abuela que me salvó la vida.
Diego la observaba desde la puerta, discreto y feliz, consciente del hilo invisible que unía a las tres mujeres: amor, coraje y arranque. En aquel instante, Lucía entendió lo que era pertenecer de verdad: no importaban los padres ausentes, ni las hijas desheredadas, ni el amargo ruido del pasado. Solo el presente pesaba, y en ese presente, todas las carencias de su infancia se volvían promesas: de ternura, de hogar.
Al atardecer, mientras paseaban a la bebé dormida por el parque del Retiro, Lucía vio un grupo de niños jugando, la algarabía pura de la felicidad sencilla. Se le humedecieron los ojos, pero sonrió. Pensó en Carmen, la abuela, y supo que, de alguna manera, la estaba viendo.
La vida, comprendió, era como esas uvas del viejo jardín: a veces amargas, otras dulces, pero cuando llegaba la cosecha, todo valía la pena. Lucía, al fin, era el fruto de ese amor improbable y feroz que había levantado la casa sobre el dolor y la convirtió, por fin, en un verdadero hogar.
Y así, abrazada a su hija, Lucía supo que la herencia de su abuela vivía en cada gesto, cada caricia, cada sí que ofrecía al mundo.
Cerró los ojos, respiró hondo, y agradeció en silencio. Porque a veces la familia se siembra, se riega y, contra todo pronóstico, florece en la tierra más herida.
Y ahí, en el banco del parque, Lucía entendió: ser nieta fue solo el principio de su cuento. Ser madre sería, por fin, su final feliz.







