Un regalo de Dios… Aquel amanecer se presentó gris y encapotado; densos nubarrones cruzaban a ras del cielo y, en la lejanía, se escuchaban sordos truenos. Se avecinaba tormenta: la primera tormenta de esta primavera. El invierno finalmente había terminado, pero la primavera aún no se decidía a desplegar su verdadero esplendor. El frío persistía, ráfagas de viento levantaban el polvo y paseaban las hojas muertas de un lado a otro. Los primeros brotes de hierba emergían tímidamente entre la tierra endurecida; los árboles aún se resistían a mostrar los tesoros de sus yemas. La naturaleza entera suspiraba ansiando la llegada de la lluvia salvadora. Aquél año, el invierno fue poco generoso en nieve: frío, ventoso, sin apenas descanso para la tierra, que ahora esperaba la tormenta con impaciencia. La tormenta traería el ansiado riego, lavaría el polvo y la suciedad, lo devolvería todo a la vida. Solo entonces llegaría la verdadera primavera, generosa, rebosante de flores, como una mujer joven llena de amor y ternura. Entonces la tierra engendraría hierba verde y flores multicolores, hojas trémulas y frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían alegres, comenzarían a construir sus nidos entre la hojarasca nueva de los jardines en flor. La vida seguiría su curso. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Bea—. ¡Que se enfría el café! De la cocina llegaba el aroma a café y a huevos revueltos. Era hora de levantarse. Tras la pesada conversación de anoche, los sollozos de Bea, la noche en vela, las preocupaciones, no resultaba fácil. Pero la vida sigue. Bea también tenía el rostro demacrado, ojos enrojecidos, sombras oscuras bajo los párpados. Le ofreció la mejilla pálida para un beso y esbozó una sonrisa débil. —Buenos días, cariño. Parece que hoy tendremos tormenta. ¡Dios mío, qué ganas de lluvia! ¿Cuándo llegará la auténtica primavera? Escucha, me han venido a la cabeza estos versos: Espero la primavera como la salvación De la escarcha invernal, del desamparo. Espero la primavera como aclaración De todos mis enredos diarios. Siempre pienso, cuando llegue ella, Todo se aclarará al instante. Siempre pienso, será ella sola, La que le dé sentido a todo, De forma más honesta, Más sencilla, Más fiable, Más certera. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya, adelante! Santi la abrazó por los finos hombros, besó su cabecita inclinada y rubia, con perfume de campo y manzanilla. El corazón se le encogió de compasión. Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué tenemos que pasar por esto? Al menos nos quedaba la esperanza, durante todos estos años eso nos mantuvo a flote. Ayer, el prestigioso doctor, nuestra última esperanza, sentenció nuestra espera: —Lo siento muchísimo, pero no podrán ser padres. Santi, tu estancia en la central de Cofrentes no fue gratis. Por desgracia, la medicina poco puede hacer en este caso. Siento no poder ayudaros. Bea se secó las lágrimas con determinación y movió la melena. —He estado pensando mucho y lo tengo claro: debemos acoger a un niño de un orfanato. Hay tantos niños desdichados en casas de acogida; cogeremos un niño, le criaremos, será nuestro hijo, por fin. ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo esperando un hijo, tanto—. Las lágrimas volvieron a su rostro. Santi abrazó a Bea contra su pecho y tampoco pudo contenerse. —Por supuesto, mi vida. No llores, amor, no llores. En ese instante, un trueno estremeció la casa. Y comenzó a llover con fuerza: ¡por fin, el cielo respondía a sus plegarias! El tan esperado aguacero lo cubría todo; como si la noche descendiese de golpe. Entre relámpagos y truenos, Santi y Bea, abrazados, miraban por la ventana cómo las gotas mojaban los cristales y el aire se perfumaba de tierra mojada. Todo el dolor y la desesperanza parecían disolverse con esa primera lluvia primaveral. Solo querían que nunca parase de caer ese regalo del cielo, símbolo de vida, de renacimiento y esperanza. Al cabo de unos días, estaban a las puertas del orfanato, la cita concertada. Habían acudido a elegir un hijo, ese hijo soñado, tan largamente esperado: su niño, su pequeño Vasquito. Lo amaban ya sin haberlo visto, con todo el amor acumulado durante años de anhelo. Tenían el corazón en un puño, la respiración entrecortada. Santi tocó el timbre. Les abrieron; ya les esperaban. La entrevista con la directora se produjo días antes; ahora les enseñaban a los niños candidatos. En la primera sala, vieron a una niña en braguitas mojadas sobre una sábana húmeda. Camisita sucia, naricita llena de mocos resecos, enormes ojos azules tristes siguiendo a los adultos que pasaban de largo. Fue un puñal en el corazón. Qué realidad la de este sitio: orfanato, asilo de niños sin nadie. En la sala siguiente había bebés limpios en sus cunas, la enfermera los mostraba, informaba de la edad, explicaba procedencias. Les enseñaban a los pequeños con mimo, como si fueran piezas en un extraño mercado. Santi pensó: solo falta preguntar el precio al kilo. —Santi, volvamos a ver a aquella niña tan desdichada—susurró Bea. Él le apretó el hombro. —¿Podemos volver a ver a la pequeña de la primera sala, la de los ojos azules? —Pero vosotros queríais un niño. Esa niña no la teníamos preparada para mostraros… —Queremos verla. Llévenos, por favor, de nuevo. La enfermera titubeó, meditó qué decir, pero al final les llevó atrás. —Avisaré a doña Ana López. Esperad aquí—indicó unas sillas. Bea se apoyó en el hombro de Santi. —Santi, quiero a esa niña, me dio un vuelco al verla. —A mí también. Se parece a ti: los ojos, el pelo… Y tan desamparada. Vino la enfermera con la directora, Ana estaba preocupada. —No es una buena elección, esa niña no es lo que buscáis. —¿Por qué? Nos gusta, ¡es igualita que Bea! Mírela, es idéntica—. Santi entró con determinación en la sala. Ya la habían limpiado, cambiado, y la niña parecía distinta, con mejillas encendidas y curiosidad en los ojos. Al ver que se detenían junto a su cuna, sonrió, mostrando hoyuelos en las mejillas. Extendió los bracitos para levantarse… Fue entonces cuando Bea apretó fuerte la mano de Santi: la niña tenía los pies completamente deformados hacia atrás. Sin dudar, Santi la levantó en brazos; ella se pegó a su rostro mojada y se quedó quieta. Las lágrimas acudieron a los ojos de ambos. Ana se apartó discretamente a secarse las lágrimas. —Vamos a mi despacho. Enfermera, lleve a la pequeña Lucía—. Y se dirigieron al despacho. La niña había nacido en un pequeño pueblo de Galicia en una familia numerosa y humilde. Por lo visto, trataron de deshacerse del bebé recién nacida con malformaciones: los pies totalmente torcidos y deformes. El padre se negó a llevarla a casa y alegó que ni tenía recursos para operarla, ni pensaba criar una “lisiada”. Lucía acabó así en el orfanato. —Ahora decidid: requiere mucho esfuerzo, dinero y, sobre todo, paciencia y amor. Si lo pensáis bien, conozco un médico en Santiago que os puede orientar. Os doy un mes para decidir. No volváis antes de estar seguros: nuestros niños se acostumbran rápido y no quiero que sufran más. Pasó el mes. Bea y Santi lo tuvieron claro desde el primer día: Lucía sería su hija. El profesor confirmó que varias operaciones corregirían prácticamente todo. Santi calculó si podrían costearlo: bastaría con vender el coche y la casa en construcción. De momento vivirían en el piso pequeño; si Lucía estaba sana, todo lo demás llegaría. Y allí estaban de nuevo, nerviosos, con flores y regalos. Ana tenía los ojos empañados. ¡Una niña más tendría por fin familia! Lucía había crecido, sus ricitos dorados brillaban, mejillas sonrosadas, ya empezaba a balbucear. Santi la cogió en brazos y ella se aferró a su cuello. Les quedaba por delante el complicado proceso judicial de adopción; los padres biológicos perdieron todos los derechos tras la sentencia. Por fin pudieron llevar a Lucía a casa. Bea dejó el trabajo y se dedicó a su hija. La prepararon para la primera operación en la clínica en Santiago. Un mes después, Lucía ya comía sola con cuchara, imitaba al gato, a la cabra… De momento, sus piernas solo podían ocultarse bajo pantalones largos, y al andar se tambaleaba como un patito. Pero era vivaracha, sociable, precoz en el habla. A quien más quería era a Santi. Mi papi, así lo llamaba siempre, y Bea también. Y Santi, encantado, decía siempre que Lucía era su sol. Al año, más operaciones. Varios viajes a Santiago, días duros y noches en vela para Bea. Hasta que al fin, ¡triunfo!: piernas como las demás niñas. Ya podía correr y saltar. A los cinco años, Lucía empezó el colegio. Pronto la notaron con talento para el dibujo y la apuntaron a la Escuela de Arte. A los seis, sus cuadros llenaban las exposiciones infantiles; paisajes llenos de luz, historias de alegría, admiradas por todos. Brillaba el talento. A los siete años arrancó el colegio primaria: enseguida fue líder en la clase, simpática, extrovertida, excelente estudiante. Pintaba, bailaba, tenía amigos allá donde iba; donde estaba Lucía, había alegría. Los padres asistían a las reuniones escolares con orgullo: solo parabienes de todos. Nadie sospechaba lo que habían superado esa niña y esos padres, no de sangre, sí de corazón. Dios no dejó de protegerles: desde la llegada de Lucía, la suerte acompañó a Santi y Bea. Su pequeño negocio floreció; pudieron mudarse a Santiago, comprar una buena casa y llevar a su hija a un colegio de prestigio. Lucía, ya en sexto, seguía siendo la mejor. Asiste a la Escuela de Arte, es preciosa, rubia de ojos azules y trenza dorada. Cariñosa y alegre, es la niña de todos. Un regalo de Dios: así la llaman…

Regalo de Dios…

Aquel amanecer en Madrid fue gris y nublado; las nubes bajas arrastraban sus pesadas barrigas por el cielo y, a lo lejos, se oían los ecos sordos de truenos. Se acercaba una tormenta. Era la primera tormenta de la primavera.

El invierno había terminado, pero la primavera aún no se atrevía a reclamar su territorio. El frío seguía aferrado, los vientos soplaban con ímpetu, levantando del asfalto hojas secas del año anterior y llevándolas de un lado a otro. La hierba nueva peleaba tímida por abrirse paso entre la tierra endurecida. Los brotes de los árboles apenas se atrevían a mostrar sus promesas.

Todo en la naturaleza parecía suspenderse, esperando el agua. Aquel invierno había sido pobre en lluvias, helado y ventoso. La tierra, cansada, no había recuperado su fuerza, ni almacenado el agua necesaria bajo el manto blanco y ahora, impaciente, aguardaba la lluvia.

Esa tormenta traería el agua deseada, su generoso aguacero limpiaría el polvo y la suciedad, dándole a todo nueva vida. Solo entonces, pensaba yo, comenzaría la verdadera primavera: generosa, florida, vivaz como una mujer joven y llena de ternura.

Pronto los campos se cubrirían de verde, nacerían las flores de mil colores, las hojas vibrarían en los árboles, y los frutales ofrecerían sus dulces frutos. Las aves cantarían alegres, comenzando a construir sus nidos entre el follaje fresco de los jardines. La vida seguía.

¡Fernando, ven a desayunar! me llamó Carmen desde la cocina. Se va a enfriar el café.

El olor intenso a café y una tortilla recién hecha llegaba hasta el pasillo. Era hora de levantarse. Pero, después de la conversación dolorosa de anoche, de los sollozos de Carmen, de una noche sin dormir y de las ideas golpeando mi cabeza, no encontraba fuerzas.

Pero había que hacerlo: la vida continuaba.

Carmen tenía ojeras profundas, los ojos enrojecidos. Al acercarme, me ofreció su mejilla, pálida, para un beso, y sonrió con debilidad.

Buenos días, mi amor. Va a caer una tormenta, lo noto. Ay, qué ganas tengo de que llueva… ¿Cuándo llegará de verdad la primavera? Escucha estos versos, Fernando, me rondan la cabeza:

Espero la primavera como redención
De la helada soledad del invierno.
La espero como aclaración
De los nudos que arrastra mi vida.
Siempre espero que llegará,
Y todo, de repente, hará claro.
Siempre espero que sólo ella
Ordenará mi mundo,
Más sincero,
Más simple,
Más seguro,
Más fiel.
¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya!

La abracé apoyando mis labios en su cabello claro, con aquel olor a campo y manzanilla. Sentí una punzada profunda de compasión. Mi pobre niña, mi querida Carmen, ¿por qué nos castiga con tan dura prueba el destino? Solo la esperanza nos mantenía a flote todos estos años.

Pero ayer, el afamado doctor, en el que depositamos tantas ilusiones, nos arrancó hasta ese último consuelo.

Lo siento mucho, pero no podréis tener hijos. Fernando, tu tiempo como joven en Palomares no ha pasado sin consecuencias. Por desgracia, la medicina no puede hacer nada aquí. Os acompaño en el sentimiento, de verdad.

Carmen se secó las lágrimas con decisión y sacudió su melena.

Fernando, llevo mucho dándole vueltas. Debemos adoptar. Hay muchos niños solos en los centros de acogida. Elegiremos un niño, lo criaremos, será nuestro hijo. ¿Estás de acuerdo? Esperamos tanto tiempo… y las lágrimas volvieron a brotar como un río. Yo la abracé con fuerza, sabiendo que tampoco podría contener las mías.

Por supuesto que quiero. No llores, amor, no llores más.

En ese momento retumbó el trueno más poderoso que recuerdo, las paredes parecieron temblar bajo aquel estrépito solemne. Y se desató el aguacero. ¡Los cielos se abrieron por fin! ¡Dios había escuchado nuestras oraciones!

La lluvia caía a cántaros, el día se oscureció como si fuera de noche. Los rayos brillaban a cada minuto, los truenos no daban tregua, como si danzaran sobre nuestro tejado. Carmen y yo, abrazados frente a la ventana, sentíamos las salpicaduras frías por la rendija abierta y ese inconfundible olor a lluvia recién caída.

La nube oscura que nos había oprimido el alma durante meses se disolvía, lavada por ese primer chaparrón de primavera. Quería que el aguacero no terminara nunca; esa lluvia simbolizaba la vida, el renacer.

Unos días después, allí estábamos, ante la puerta del centro de menores junto a la Plaza de Castilla. Teníamos una cita. Fuimos a buscar a nuestro esperado hijo, ese niño tan deseado, nuestro pequeño Diego. Aún no le conocíamos y ya le queríamos con un amor acumulado durante años de espera.

Los nervios nos tensaban la respiración cuando llamé al timbre. Nos abrieron enseguida: ya nos esperaban.

La entrevista con la directora había sido días antes, y ahora solo quedaba conocer a los niños candidatos. En la primera sala, vi a una niña sentada en empapadores, con los pantalones mojados.

La camisa sucia, los mocos secos bajo la nariz, unos ojos azules tremendos nos miraban con tristeza al pasar. El abandono, la soledad, el desamparo se sentían en aquel cuerpecito. Se me encogió el alma. Así era un centro de menores: hogar provisional de niños perdidos.

En la siguiente habitación había bebés en cunas, limpios, bien vestidos, tendidos sobre sábanas blancas. Una enfermera nos los iba mostrando, informándonos de su edad y algo de sus orígenes. Los sacaba de la cuna, nos los enseñaba y, honestamente, era como en un mercado. Yo me sentía un comprador, solo faltaba preguntar el precio por kilo.

Fernando, volvamos a por la niña de los ojos azules me susurró Carmen. Le apreté el hombro.

Señorita, queremos volver a ver a la niña de la primera sala, la de los ojos grandes.

Pero ustedes pedían un hijo… Esa niña no se ajusta. No está preparada para esto.

De todos modos, queremos verla otra vez.

La enfermera titubeó, pero finalmente nos condujo de vuelta.

Esperad aquí, buscaré a doña Asunción dijo, señalando unas sillas.

Carmen apoyó su cara helada en mi hombro:

Por favor, Fernando, llevémonos a esa niña. Me ha sacudido el alma.

A mí también. Se parece tanto a ti los ojos, el pelo y está tan desvalida.

La directora y la enfermera regresaron. Asunción estaba visiblemente preocupada.

No habéis elegido bien. Esa niña tiene problemas.

¿Por qué? ¡Nos gusta! Incluso se parece a Carmen, ¡mire! repuse entrando en la sala.

A la niña la habían aseado algo, cambiado de ropa mojada y, aunque sus piernas seguían temblando, en el rostro asomaba ya algo de luz. Al vernos, sonrió y unos hoyuelos profundos aparecieron en sus mejillas.

Nos tendió los bracitos, intentando incorporarse… Carmen me apretó la mano con angustia: la pequeña tenía los pies torcidos hacia atrás. Sin pensar, la cogí en volandas; apoyó su naricilla húmeda en mi cuello y se quedó muy quieta.

Las lágrimas me nublaron la vista; Carmen, también llorando, escondió la cara en mi hombro. La directora se secó discretamente los ojos.

Venid a mi despacho. Teresa, quédate con la niña ordenó, saliendo con decisión. Caminamos de la mano tras ella.

La niña, Aurora, había nacido en un pueblito perdido de León, hija de padres mayores y con muchos más hijos. Al parecer, ni la querían ni lucharon por salvarla. Vino al mundo con graves problemas: las piernas retorcidas, los pies deformados.

Cuando se la mostraron al padre, este se negó en redondo. No tenía dinero para operarla y, decía, no podía criar un monstruo en casa, ya con demasiados hijos a su cargo.

Así acabó Aurora en el centro de menores.

Ahora les toca decidir a ustedes. Esta niña puede llegar a ser completamente normal, pero requiere un esfuerzo titánico, dinero, paciencia y, sobre todo, muchísimo amor. No se precipiten. Les facilito la dirección de un especialista que la ha visto; él les explicará todo con detalle. Les doy un mes para pensarlo. No vengan antes, ni hagan más visitas. Estos niños se encariñan muy rápido y si luego se arrepienten abrió los brazos, resignada.

Pasó el mes. Carmen y yo lo tuvimos claro desde el primer día: la niña sería nuestra. El catedrático de Salamanca fue rotundo: las intervenciones arreglarían sus piernas y ni siquiera quedarían cicatrices. Aurora correría y saltaría como todos. Calculé el coste de operaciones y viajes: debíamos vender el coche nuevo y el piso aún en obras. Viviríamos en el pequeño apartamento por ahora; con que Aurora fuese feliz y sana, nos bastaba. Esperamos los días de rigor con una impaciencia febril.

Y de nuevo, frente a la puerta. Mi corazón latía con fuerza al entrar en el despacho de doña Asunción. Llevaba un ramo de peonías rosadas; Carmen, una gran bolsa de regalos. A la directora se le humedecían los ojos. Era feliz: una niña más encontraba familia.

Nos condujo a las habitaciones. Aurora estaba ya más despierta, el cabello rubio rizado, los mofletes sonrosados, los primeros dientes asomando. Nos sonreía mientras balbuceaba palabras y repetía sonidos. La cogí en brazos y se apagó en mi cuello. También fue a los brazos de Carmen. Todos teníamos la emoción a flor de piel. Pasamos el día allí, aprendiendo de médicos y enfermeras cómo cuidarla; pero aún no nos la entregaban.

Faltaba la dura burocracia de la adopción. Por consejo de doña Asunción, la renuncia de los padres se formalizó por vía judicial. Al ser les retirados sus derechos, ya no podrían reclamarla.

Por fin trajimos a Aurora a casa. Carmen dejó el trabajo y se dedicó por completo a la niña. Comenzó la preparación de la operación en una clínica de Salamanca.

Pasamos un mes hospitalizados y, pronto, ya observaba cómo Aurora comía sola su papilla, cómo imitaba al gato, cómo jugaba imitando a una cabrita. Todavía dolía mirar sus piernas. Solo la sacábamos a la calle con pantalones largos.

La pequeña caminaba torpe, como un patito. Pero era muy viva, sociable, aprendió a hablar pronto, saludaba a todos, llamándolos por su nombre.

Y sobre todas las cosas, Aurora me adoraba. Mi papito, comenzó a llamarme, y también Carmen me llama así ya. Yo la adoro, ella es mi luz. Nuestra aurora.

A los dos años comenzamos otras operaciones. Volvimos varias veces a Salamanca. Cuánto aguantó la pobre; cuánta paciencia requirió de nosotros. Carmen pasó noches enteras sin dormir junto a su cama en el hospital. Al final, triunfo: piernas como las de cualquier niña.

Saltaba, corría. A los cinco años, Aurora fue al colegio infantil, donde descubrieron su talento para el dibujo. Nos animaron a fomentarlo, y así ingresó en la escuela de arte con tan solo seis años. Pronto sus dibujos destacaron en exposiciones infantiles. Sus paisajes brillantes y escenas vitales llamaban la atención, y nadie podía creer que tuviera esa edad: estaba claro que era una artista.

Con siete empezó la escuela. Pronto se convirtió en la jefa de clase. Brillante, alegre, extrovertida. Seguía pintando y además se apuntó a clases de baile. Siempre rodeada de amigos, llenando de risas y alegría cualquier lugar. Para nosotros no había mayor orgullo. Todo lo que los profesores decían de Aurora era bueno, y nadie podía imaginar cuánto le había costado su camino, ni a ella ni a nosotros, que la cuidamos y quisimos más que a nada.

Dios tampoco se olvidó de Carmen ni de mí. Desde que Aurora entró en nuestra vida, la fortuna no dejó de sonreírnos. Mi incipiente empresa fue creciendo poco a poco. Pronto pudimos cumplir el sueño de mudarnos a Salamanca, conseguir un buen piso y matricular a nuestra hija en un colegio prestigioso.

Hoy Aurora ya estudia sexto de primaria, sigue sacando sobresalientes y acude a la escuela de artes. Es una niña preciosa, de ojos azul cielo, melena rubia y trenza larga. Dulce y cariñosa. Querida por todos.

Un auténtico regalo de Dios: eso es Aurora para nosotros. Y al anotar este recuerdo, lo que tengo claro es que la felicidad nunca aparece como uno la planea. Dios a veces se disfraza de tormenta antes de darnos la primavera más hermosa.

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MagistrUm
Un regalo de Dios… Aquel amanecer se presentó gris y encapotado; densos nubarrones cruzaban a ras del cielo y, en la lejanía, se escuchaban sordos truenos. Se avecinaba tormenta: la primera tormenta de esta primavera. El invierno finalmente había terminado, pero la primavera aún no se decidía a desplegar su verdadero esplendor. El frío persistía, ráfagas de viento levantaban el polvo y paseaban las hojas muertas de un lado a otro. Los primeros brotes de hierba emergían tímidamente entre la tierra endurecida; los árboles aún se resistían a mostrar los tesoros de sus yemas. La naturaleza entera suspiraba ansiando la llegada de la lluvia salvadora. Aquél año, el invierno fue poco generoso en nieve: frío, ventoso, sin apenas descanso para la tierra, que ahora esperaba la tormenta con impaciencia. La tormenta traería el ansiado riego, lavaría el polvo y la suciedad, lo devolvería todo a la vida. Solo entonces llegaría la verdadera primavera, generosa, rebosante de flores, como una mujer joven llena de amor y ternura. Entonces la tierra engendraría hierba verde y flores multicolores, hojas trémulas y frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían alegres, comenzarían a construir sus nidos entre la hojarasca nueva de los jardines en flor. La vida seguiría su curso. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Bea—. ¡Que se enfría el café! De la cocina llegaba el aroma a café y a huevos revueltos. Era hora de levantarse. Tras la pesada conversación de anoche, los sollozos de Bea, la noche en vela, las preocupaciones, no resultaba fácil. Pero la vida sigue. Bea también tenía el rostro demacrado, ojos enrojecidos, sombras oscuras bajo los párpados. Le ofreció la mejilla pálida para un beso y esbozó una sonrisa débil. —Buenos días, cariño. Parece que hoy tendremos tormenta. ¡Dios mío, qué ganas de lluvia! ¿Cuándo llegará la auténtica primavera? Escucha, me han venido a la cabeza estos versos: Espero la primavera como la salvación De la escarcha invernal, del desamparo. Espero la primavera como aclaración De todos mis enredos diarios. Siempre pienso, cuando llegue ella, Todo se aclarará al instante. Siempre pienso, será ella sola, La que le dé sentido a todo, De forma más honesta, Más sencilla, Más fiable, Más certera. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya, adelante! Santi la abrazó por los finos hombros, besó su cabecita inclinada y rubia, con perfume de campo y manzanilla. El corazón se le encogió de compasión. Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué tenemos que pasar por esto? Al menos nos quedaba la esperanza, durante todos estos años eso nos mantuvo a flote. Ayer, el prestigioso doctor, nuestra última esperanza, sentenció nuestra espera: —Lo siento muchísimo, pero no podrán ser padres. Santi, tu estancia en la central de Cofrentes no fue gratis. Por desgracia, la medicina poco puede hacer en este caso. Siento no poder ayudaros. Bea se secó las lágrimas con determinación y movió la melena. —He estado pensando mucho y lo tengo claro: debemos acoger a un niño de un orfanato. Hay tantos niños desdichados en casas de acogida; cogeremos un niño, le criaremos, será nuestro hijo, por fin. ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo esperando un hijo, tanto—. Las lágrimas volvieron a su rostro. Santi abrazó a Bea contra su pecho y tampoco pudo contenerse. —Por supuesto, mi vida. No llores, amor, no llores. En ese instante, un trueno estremeció la casa. Y comenzó a llover con fuerza: ¡por fin, el cielo respondía a sus plegarias! El tan esperado aguacero lo cubría todo; como si la noche descendiese de golpe. Entre relámpagos y truenos, Santi y Bea, abrazados, miraban por la ventana cómo las gotas mojaban los cristales y el aire se perfumaba de tierra mojada. Todo el dolor y la desesperanza parecían disolverse con esa primera lluvia primaveral. Solo querían que nunca parase de caer ese regalo del cielo, símbolo de vida, de renacimiento y esperanza. Al cabo de unos días, estaban a las puertas del orfanato, la cita concertada. Habían acudido a elegir un hijo, ese hijo soñado, tan largamente esperado: su niño, su pequeño Vasquito. Lo amaban ya sin haberlo visto, con todo el amor acumulado durante años de anhelo. Tenían el corazón en un puño, la respiración entrecortada. Santi tocó el timbre. Les abrieron; ya les esperaban. La entrevista con la directora se produjo días antes; ahora les enseñaban a los niños candidatos. En la primera sala, vieron a una niña en braguitas mojadas sobre una sábana húmeda. Camisita sucia, naricita llena de mocos resecos, enormes ojos azules tristes siguiendo a los adultos que pasaban de largo. Fue un puñal en el corazón. Qué realidad la de este sitio: orfanato, asilo de niños sin nadie. En la sala siguiente había bebés limpios en sus cunas, la enfermera los mostraba, informaba de la edad, explicaba procedencias. Les enseñaban a los pequeños con mimo, como si fueran piezas en un extraño mercado. Santi pensó: solo falta preguntar el precio al kilo. —Santi, volvamos a ver a aquella niña tan desdichada—susurró Bea. Él le apretó el hombro. —¿Podemos volver a ver a la pequeña de la primera sala, la de los ojos azules? —Pero vosotros queríais un niño. Esa niña no la teníamos preparada para mostraros… —Queremos verla. Llévenos, por favor, de nuevo. La enfermera titubeó, meditó qué decir, pero al final les llevó atrás. —Avisaré a doña Ana López. Esperad aquí—indicó unas sillas. Bea se apoyó en el hombro de Santi. —Santi, quiero a esa niña, me dio un vuelco al verla. —A mí también. Se parece a ti: los ojos, el pelo… Y tan desamparada. Vino la enfermera con la directora, Ana estaba preocupada. —No es una buena elección, esa niña no es lo que buscáis. —¿Por qué? Nos gusta, ¡es igualita que Bea! Mírela, es idéntica—. Santi entró con determinación en la sala. Ya la habían limpiado, cambiado, y la niña parecía distinta, con mejillas encendidas y curiosidad en los ojos. Al ver que se detenían junto a su cuna, sonrió, mostrando hoyuelos en las mejillas. Extendió los bracitos para levantarse… Fue entonces cuando Bea apretó fuerte la mano de Santi: la niña tenía los pies completamente deformados hacia atrás. Sin dudar, Santi la levantó en brazos; ella se pegó a su rostro mojada y se quedó quieta. Las lágrimas acudieron a los ojos de ambos. Ana se apartó discretamente a secarse las lágrimas. —Vamos a mi despacho. Enfermera, lleve a la pequeña Lucía—. Y se dirigieron al despacho. La niña había nacido en un pequeño pueblo de Galicia en una familia numerosa y humilde. Por lo visto, trataron de deshacerse del bebé recién nacida con malformaciones: los pies totalmente torcidos y deformes. El padre se negó a llevarla a casa y alegó que ni tenía recursos para operarla, ni pensaba criar una “lisiada”. Lucía acabó así en el orfanato. —Ahora decidid: requiere mucho esfuerzo, dinero y, sobre todo, paciencia y amor. Si lo pensáis bien, conozco un médico en Santiago que os puede orientar. Os doy un mes para decidir. No volváis antes de estar seguros: nuestros niños se acostumbran rápido y no quiero que sufran más. Pasó el mes. Bea y Santi lo tuvieron claro desde el primer día: Lucía sería su hija. El profesor confirmó que varias operaciones corregirían prácticamente todo. Santi calculó si podrían costearlo: bastaría con vender el coche y la casa en construcción. De momento vivirían en el piso pequeño; si Lucía estaba sana, todo lo demás llegaría. Y allí estaban de nuevo, nerviosos, con flores y regalos. Ana tenía los ojos empañados. ¡Una niña más tendría por fin familia! Lucía había crecido, sus ricitos dorados brillaban, mejillas sonrosadas, ya empezaba a balbucear. Santi la cogió en brazos y ella se aferró a su cuello. Les quedaba por delante el complicado proceso judicial de adopción; los padres biológicos perdieron todos los derechos tras la sentencia. Por fin pudieron llevar a Lucía a casa. Bea dejó el trabajo y se dedicó a su hija. La prepararon para la primera operación en la clínica en Santiago. Un mes después, Lucía ya comía sola con cuchara, imitaba al gato, a la cabra… De momento, sus piernas solo podían ocultarse bajo pantalones largos, y al andar se tambaleaba como un patito. Pero era vivaracha, sociable, precoz en el habla. A quien más quería era a Santi. Mi papi, así lo llamaba siempre, y Bea también. Y Santi, encantado, decía siempre que Lucía era su sol. Al año, más operaciones. Varios viajes a Santiago, días duros y noches en vela para Bea. Hasta que al fin, ¡triunfo!: piernas como las demás niñas. Ya podía correr y saltar. A los cinco años, Lucía empezó el colegio. Pronto la notaron con talento para el dibujo y la apuntaron a la Escuela de Arte. A los seis, sus cuadros llenaban las exposiciones infantiles; paisajes llenos de luz, historias de alegría, admiradas por todos. Brillaba el talento. A los siete años arrancó el colegio primaria: enseguida fue líder en la clase, simpática, extrovertida, excelente estudiante. Pintaba, bailaba, tenía amigos allá donde iba; donde estaba Lucía, había alegría. Los padres asistían a las reuniones escolares con orgullo: solo parabienes de todos. Nadie sospechaba lo que habían superado esa niña y esos padres, no de sangre, sí de corazón. Dios no dejó de protegerles: desde la llegada de Lucía, la suerte acompañó a Santi y Bea. Su pequeño negocio floreció; pudieron mudarse a Santiago, comprar una buena casa y llevar a su hija a un colegio de prestigio. Lucía, ya en sexto, seguía siendo la mejor. Asiste a la Escuela de Arte, es preciosa, rubia de ojos azules y trenza dorada. Cariñosa y alegre, es la niña de todos. Un regalo de Dios: así la llaman…