Sin “tener que”: Cuando Antón llegó a casa, encontró tres platos con macarrones resecos sobre la mesa, una copa de yogur volcada y una libreta abierta. La mochila de Kostiá estaba tirada en el pasillo, Vera en el sofá absorta en el móvil. Cansado después de un largo día —la llamada de su madre, una reunión interminable en la oficina, el metro a reventar—, sintió que no podía hablar ni de los deberes, ni del orden, ni de la vajilla sucia. Solo quería sentarse con sus hijos, sin exigencias, sin “debes”, y poder decir la verdad: que también los adultos tienen miedo, también se sienten perdidos, y que lo que más les hace falta en ese momento es estar juntos, aunque sea en silencio, aunque no resuelvan nada. Compartir el miedo, hablar sin máscaras, y que, entre los deberes de matemáticas y la rutina, haya espacio para preguntar: ¿podemos hablar así más veces? Porque, a veces, lo esencial no es limpiar la mesa, sino saber que no estamos solos.

Sin tienes que

Hace ya muchos años, recuerdo que Fernando llegó a casa y, nada más abrir la puerta, vio sobre la mesa de la cocina tres platos con restos resecos de fideos, un vaso de yogur volcado y un cuaderno abierto de cuadros. La mochila de Mateo estaba abandonada en mitad del pasillo, y Clara se encontraba sentada en el sofá, con la mirada sumergida en su móvil.

Dejó su maletín junto a la entrada y se descalzó despacio. Quiso decir algo sobre los platos, pero la fatiga le cerró la garganta, así que simplemente se acercó a la mesa, tomó un plato y lo llevó hasta el fregadero.

Papá, ahora lo lavo dijo Clara, sin alzar la vista.

Ya

Abrió el grifo y dejó correr el agua sobre los restos pegados. Los fideos se hincharon y desaparecieron por el sumidero. Cerró el agua y se quedó un momento contemplando los platos mojados.

Clara, ¿dónde está Mateo?

En su cuarto, haciendo mates.

¿Y tú?

Yo ya lo he acabado todo.

Se secó las manos en el trapo y fue a la habitación de Mateo. El niño yacía en la alfombra, apoyando la cabeza en el puño. En la libreta solo había uno y medio ejercicios resueltos.

Hola saludó Fernando.

Hola.

¿Cómo vas?

Bien.

¿Los deberes?

Estoy en ello.

Fernando se sentó al borde de la cama. Mateo le miró de reojo y enseguida volvió a centrarse en el cuaderno.

¿Qué pasa, papá?

No sé admitió Fernando. Creo que estoy cansado.

De verdad no lo sabía. Esa mañana su madre había llamado, exigiendo ayuda para vaciar un armario; después, una reunión interminable que se alargó hasta las siete en la oficina; luego, el andén, apretado en el metro camino de Chamberí. Ahora, de repente, sentado en la alfombra de Mateo, comprendía que no quería hablar de platos, ni de deberes, ni de poner la casa en orden. No quería ser ese engranaje que, al llegar, se activa automáticamente.

Oye, ¿por qué no nos reunimos en la cocina? propuso. Todos juntos.

¿Para qué?

Para hablar.

Mateo frunció los labios.

¿Otra vez me vas a regañar por el último suspenso en Lengua?

No, sólo para hablar de verdad.

Pero papá, los deberes

Los haces luego. Cinco minutos.

Fernando salió y llamó a Clara. Ella suspiró, molesta, levantó los ojos.

¿En serio?

En serio.

Lanzó el móvil sobre el sofá y le siguió. Mateo salió de su cuarto y quedó tembloroso en la puerta de la cocina, indeciso.

Fernando apartó el cuaderno de la mesa y se sentó. Clara ocupó la silla de enfrente. Mateo se acomodó apenas, en el filo de la suya.

¿Qué ocurre? preguntó Clara.

Nadacontestó Fernando.

Entonces, ¿para qué esto?

Fernando les miró a ambos, a su hijo primero, luego a su hija. Los ojos de Mateo estaban llenos de inquietud, esperando malas noticias.

Solo quiero hablar, sinceramente. Sin tienes que hacer los deberes, ni tienes que lavar los platos, ni ninguno de esos deberías.

O sea, ¿no hay que lavar los platos? preguntó Mateo, precavido.

Los lavaremos después. Ahora hablo de otra cosa.

Clara cruzó los brazos.

Hoy estás raro, papá.

Raro, síaceptó. Tal vez porque me agota fingir que todo va bien.

Guardaron silencio. Él buscó las palabras, pero su cabeza estaba vacía.

No sé ni cómo decirlo empezó. Pero tengo la sensación de que todos fingimos algo. Yo llego a casa, vosotros hacéis como si todo estuviera bien y yo hago como que me lo creo. Charlamos de colegio, de la cena, pero en realidad no hablamos de nada importante.

Papá, nos estás rayando dijo Clara en voz baja. ¿Por qué?

No lo sé. Quizá porque yo mismo me siento superado, y me da miedo que vosotros también lo estéis, y ni siquiera sé por qué.

Mateo frunció el entrecejo.

Yo sí puedo con todo.

¿Seguro? Fernando le miró. ¿Por qué llevas las dos últimas semanas intentando dormir y no puedes antes de medianoche?

Mateo guardó silencio, mirando la mesa.

Te escucho dar vueltas y vueltas continuó Fernando. Y por las mañanas, tienes la cara de quien no ha pegado ojo.

Es que no me apetece dormir.

Mateo.

¿Qué?

Dime la verdad, de verdad.

Mateo se encogió y apartó la cara.

En clase va todo bien. Hago los deberes. ¿Qué más quieres?

Clara intervino:

Papá, ¿por qué le interrogas así?

No le interrogo. Quiero entender.

Pero si no quiere hablar, es su derecho.

Fernando la miró.

Vale. Entonces, cuéntame tú cómo estás.

Ella esbozó una mueca irónica.

¿Yo? Todo genial. Estudio, quedo con amigas, como debe ser.

Clara.

Ella calló y apartó la mirada.

¿Qué?

Este mes apenas sales de casa. Tus amigas te han invitado dos veces y dijiste que no.

¿Y qué? No tenía ganas.

¿Por qué?

Apretó los labios.

Porque estoy cansada de ellas, de sus charlas de chicos y tonterías. Ya está.

Vale dijo él. Sólo es que me pareces triste.

Ella sacudió la cabeza como espantando una mosca.

No estoy triste.

De acuerdo.

Se quedaron callados. Solo el zumbido de la nevera rompía el silencio.

Escuchad dijo él, despacio, no quiero sermonearos ni que me consoléís. Solo quiero decirlo claramente: tengo miedo. Cada día. Temo que no alcance el dinero, temo que la abuela enferme y no se atreva a contarlo, temo que me despidan en el trabajo. Temo que os pase algo y no me dé cuenta, ocupado como estoy en lo mío. Y estoy exhausto de aparentar que tengo todo bajo control.

Clara parpadeó, estudiando a su padre con extrañeza.

Pero papá, eres un adulto musitó. Se supone que tú puedes con todo.

Lo sé, pero no siempre lo consigo.

Mateo levantó la mirada.

¿Y si no puedes? ¿Qué pasa?

No lo sé confesó Fernando. Quizás tenga que pedir ayuda.

¿A quién?

A vosotros, por ejemplo.

Mateo frunció el ceño.

Pero somos niños.

Sois niños, sí. Pero también parte de esta familia. Y a veces yo solo necesito que digáis la verdad, no un todo bien de compromiso.

Clara paso la mano por el tablero, cazando migas invisibles.

¿Y para qué quieres saberlo?

Para no sentirme solo.

Ella le miró, y Fernando vio nacer un destello de comprensión en sus ojos.

A mí me da miedo ir al colegio dijo Mateo de pronto. Hay un chico que me llama tonto todos los días. Y todos se ríen.

Fernando notó una punzada en el pecho.

¿Cómo se llama ese chico?

No te lo diré. Si te metes, será peor.

No voy a hacer nada. Te lo prometo.

Mateo le miró, receloso.

¿En serio?

En serio. Pero quiero que sepas que no estás solo.

Mateo asintió con la cabeza gacha.

No estoy solo. Con Diego estoy bien. Nos sentamos juntos.

Bien.

Clara soltó un suspiro.

Yo no quiero ir a la universidad dijo de repente. Todos preguntan a dónde pienso ir, y yo no tengo ni idea. Siento que no sé nada de nada, y que no tengo sitio en ninguna parte.

Clara, tienes catorce años.

Y qué. Todos mis amigos ya lo tienen claro. Yo no.

No todos.

Todos los que conozco, sí.

Fernando meditó.

A tu edad yo quería ser geólogo. Luego cambié de idea. Luego, otra vez. Y ahora, trabajo en algo que nada tiene que ver.

¿Y qué tal?

Unos días bien. Otros, cuesta arriba. Así es la vida, no tiene por qué estar decidida antes de empezar.

Clara asintió, aunque insegura.

Todo el mundo dice que hay que decidirse ya.

Lo dicen, sí admitió. Pero esas son sus palabras, no las tuyas.

Ella le miró, esbozó casi una sonrisa.

Hoy eres distinto, papá.

Estoy cansado de ser siempre el de las respuestas correctas.

Mateo se rió por lo bajo.

¿Te puedo hacer una pregunta?

Claro.

¿De verdad tienes miedo?

De verdad.

¿Y qué haces cuando tienes miedo?

Fernando reflexionó.

Cada mañana me levanto y hago algo. Aunque no sepa si es lo correcto. Simplemente lo hago.

Mateo asintió.

Vale.

Se quedaron los tres en silencio. Fernando los contemplaba, sabiendo que no había resuelto nada, ni dado respuestas ni borrado preocupaciones. Pero algo había cambiado: les mostró que podía no ser solo un padre, sino una persona, y ellos respondieron de igual manera.

Bueno dijo Clara, levantándose. Ahora toca lavar los platos.

Te ayudo dijo Mateo.

Y yo también añadió Fernando.

Se pusieron en marcha. Clara abrió el grifo, Mateo acercó la esponja. Fernando tomó el paño y se dedicó a secar. Trabajaron en silencio, pero era otra clase de silencio, lleno y apacible.

Cuando el último plato quedó en el escurreplatos, Clara se secó las manos y miró a su padre.

Papá, ¿podremos hablar así alguna otra vez?

Cuando quieras respondió él.

Ella asintió y se retiró a su habitación. Mateo vaciló junto a la puerta.

Gracias por no meterte con ese chico dijo.

Pero si la cosa se pone fea, ¿me lo dirás?

Te lo diré.

Pues, venga, vamos a terminar esos ejercicios de mates.

Se fueron juntos a la habitación de Mateo, y sentados en la alfombra, abrieron el cuaderno. Fernando comprobó los problemas, y Mateo se acercó un poco más, haciéndolos juntos, con calma, como si nada. Pero Fernando sabía ahora que detrás de cada línea había un niño que también sentía miedo, y que él, además de corregir, podía estar allí, simplemente, como otro que también teme y, aún así, se levanta cada mañana.

Eso era poco, pero era un principio.

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MagistrUm
Sin “tener que”: Cuando Antón llegó a casa, encontró tres platos con macarrones resecos sobre la mesa, una copa de yogur volcada y una libreta abierta. La mochila de Kostiá estaba tirada en el pasillo, Vera en el sofá absorta en el móvil. Cansado después de un largo día —la llamada de su madre, una reunión interminable en la oficina, el metro a reventar—, sintió que no podía hablar ni de los deberes, ni del orden, ni de la vajilla sucia. Solo quería sentarse con sus hijos, sin exigencias, sin “debes”, y poder decir la verdad: que también los adultos tienen miedo, también se sienten perdidos, y que lo que más les hace falta en ese momento es estar juntos, aunque sea en silencio, aunque no resuelvan nada. Compartir el miedo, hablar sin máscaras, y que, entre los deberes de matemáticas y la rutina, haya espacio para preguntar: ¿podemos hablar así más veces? Porque, a veces, lo esencial no es limpiar la mesa, sino saber que no estamos solos.