Personas diferentes A Igor le tocó una mujer peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de ojos negros, con curvas, con pecho, piernas larguísimas. Y en la cama, un auténtico volcán. Al principio fue solo pasión y no había tiempo ni de pensar. Luego vino el embarazo. Bueno, se casaron, como correspondía. Nació su hijo, igual de rubio y de ojos negros. Y todo era como en cualquier familia: pañales, primeros pasos, primeras palabras. Y Yana se comportaba normal, se desvivía por el crío, una madre joven más. La cosa cambió cuando el hijo entró en la adolescencia. A Yana de pronto le dio por la fotografía. No paraba de hacer fotos, se apuntó a cursos y siempre andaba con la cámara a cuestas. — ¿Pero qué te falta? — preguntaba él. — Trabaja de abogada, céntrate en eso. — De abogada, — corregía Yana. — Pues eso, de abogada. Dedica más tiempo a la familia y no estés siempre por ahí, por donde nadie sabe. Y él mismo no entendía lo que le molestaba. Si ella no descuidaba nunca la casa. Comida lista, todo limpio, los estudios del hijo eran suyos. Él volvía del trabajo, se tumbaba ante la tele, como es debido. Pero le irritaba, le parecía que su mujer desaparecía en algún mundo donde no había sitio para él. Estaba, pero como si no. Nunca veía la tele con él ni comentaba temas interesantes. Le daba de comer, y ya volvía a desaparecer. — ¿Eres mi mujer o qué? — se enfadaba Igor, sorprendiéndola de nuevo ante el ordenador. Yana callaba. Se encerraba en sí misma. Además, le gustaba irse de viaje a países exóticos. Se cogía vacaciones y se largaba con su mochila y la cámara. Igor no lo comprendía. — Vente con los amigos al pueblo. Han montado una barbacoa y tienen buen orujo. Y ya va siendo hora de tener nuestra propia casita en las afueras. Pero Yana se negaba y le invitaba a ir con ella en sus viajes. Probó una vez. No le gustó nada. Todo era raro, la gente hablaba idiomas extraños y la comida demasiado picante. Y a él nunca le habían interesado las bellezas de ningún sitio. Así que Yana empezó a viajar sola. Incluso dejó el trabajo. — ¿Y la pensión? — protestaba Igor. — ¿Qué te crees, que eres una gran fotógrafa? ¿Sabes cuánto dinero hace falta para triunfar? Yana no respondía. Sólo una vez, tímida, le contó: — Voy a tener mi primera exposición. Propia, mía. — Todo el mundo tiene exposiciones — gruñó Igor —. Menudo logro. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Gente cualquiera, ni siquiera guapos. Manos arrugadas, gaviotas sobre el agua. Todo muy raro, como Yana. Se rió de ella por eso. Pero después, Yana le regaló a Igor un coche. Mira, somos una familia, úsalo cuando quieras. Ella ni siquiera tenía carnet, el regalo era solo para él. Ganó el dinero con sus fotos trabajando por encargo. Entonces Igor sintió miedo. Se sintió fuera de lugar. ¿Qué clase de criatura rara vivía en su casa en vez de su esposa? ¿De dónde salía ese dinero? ¿Se lo daban otros hombres? Imposible que con esa tontería de las fotos ganara para un coche. ¿Acaso le era infiel? Si no lo era, seguro que lo sería en cualquier momento. Hasta intentó “enseñarle” una vez —una simple bofetada—. Y ella le lanzó un cuchillo de cocina, a ciegas, de lado. Dos puntos en el vientre. Por suerte no le apuñaló de verdad, la histérica. Después le pidió perdón. Pero él ya no volvió a levantarle la mano. Yana adoraba a los gatos. Siempre ayudaba a todos, los acogía, curaba, buscaba para ellos una familia. En casa siempre había dos. Tiernos, buenos, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer más a los gatos que al propio marido? Un día murió uno en sus brazos, no pudo salvarlo. Yana lo pasó fatal: lloró, bebió coñac, se echó la culpa. Días enteros así. Igor estaba harto y soltó: — ¡Pues ya sólo te falta hacerle un funeral a las cucarachas! Ella le miró con calma. Él calló y se fue. Que hiciera lo que quisiera. Los amigos le daban la razón a Igor, las amigas de Yana también. Todos decían que Yana estaba creída, que ya no tenía los pies en la tierra. Fue entonces cuando Igor se consoló con la vecina, que además era amiga de infancia de Yana. Irka era mucho más sencilla y comprensible. Trabajaba de dependienta, pasaba de arte, siempre estaba disponible para el sexo o para charlar. Eso sí, bebía demasiado, pero tampoco tenía pensado casarse con ella… Esperaba que Yana se diera cuenta, se enfadara, armara una escena de celos, rompiera platos. Entonces él le diría “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes?”, se perdonarían todo, la familia se arreglaría y podría dejar a Irka. Pero Yana no dijo nada. Solo le miraba mal. Y en la cama ya todo era un desastre. Ella se tensaba, apenas él la acariciaba. Se mudó a otra habitación. El hijo creció, se licenció en la universidad. Era igualito a su madre: ojos negros, rubio y rarísimo. — ¿Y los nietos, para cuándo? — preguntaba Igor. Denis sólo se reía: que quería hacer algo interesante en este mundo antes de todo eso, que quería conocer el amor verdadero. Entonces, que esperara, porque no llegaban pronto. Otro extraño, incomprensible. De la sangre materna, pensaba Igor. Entre Yana y su hijo siempre hubo perfecta armonía, se entendían sin palabras. Igor se sentía de sobra, hasta miedo le daban esos ojos negros, esa mirada imposible de descifrar. Así que volvía una y otra vez con Irka. Y Yana lo supo. Algún vecino se lo dijo; total, Igor nunca se escondía. Un día volvió a casa y ella estaba sentada a la mesa, fumando. Y tan tranquila dijo, en susurros: — ¡Vete de aquí! ¡Fuera de esta casa! Y aquellos ojos negros, terribles, con ojeras. Él se fue donde Irka. Esperaba que su mujer llamase para decirle que volviera. Una semana después, Yana le escribió un WhatsApp: que necesitaban hablar. Él se alegró mucho, se duchó, se perfumó. Pero Yana, en la puerta: — Mañana vamos a firmar los papeles del divorcio. Todo fue como en una pesadilla. Divorcio, papeles y hasta renunció a su parte del piso, que era herencia de sus suegros… — ¿Y ahora qué? ¿Vas a vivir como divorciada? — soltó él al salir del juzgado. Quiso añadir: “¿A quién le vas a importar?”, pero se contuvo. Yana sonrió. Por primera vez en muchos años le sonreía a él, de modo sincero, grande: — Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto serio allí. — Por lo menos no vendas el piso — pidió él, sin saber por qué. — ¿A dónde vas a volver? — No voy a volver — respondió Yana con calma, ya exmujer —. Mira, hace tiempo que estoy enamorada de otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Con él me siento fascinada. Pero pensaba, mira que estoy casada, qué asco ser infiel, y tampoco había motivo real para divorcio. Simplemente somos diferentes. ¿La gente se divorcia por eso? — No, no suele — confirmó Igor. — Pues ya ves, aquí sí — rió Yana. — Al principio me cabreó mucho lo de Irka, pero luego pensé, todo para mejor. Yo voy a ser feliz y tú también. Cásate con ella si quieres, que os vaya bien. Y se fue. — No me casaré — le dijo Igor de espaldas. Pero Yana ya no le escuchaba. Desde entonces no tuvo noticias suyas. Solo una vez al año, un mensaje breve por WhatsApp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y alegría. Gracias por el hijo”.

DISTINTAS PERSONAS

La mujer que le tocó a Ignacio era… rara. Muy guapa, eso sí: una auténtica rubia de bote con ojos negros, todo curvas, pechugona y con unas piernas que no parecían acabar nunca. Y en la cama, aquello era como San Fermín, pirotecnia incluida. Al principio, pasión y más pasión. Ni tiempo de pensar. Pero luego, el embarazo. Pues hala, boda como Dios manda en Madrid.

Nació un hijo, igual de rubio y de ojos negrísimos. Todo era normalísimo: pañales, papillas, los primeros pasos, los mamá y papá de rigor. Y Nuria, que así se llamaba, hacía lo que tocaba: arrullaba al crío como cualquier madre joven de Alcorcón.

El tema empezó cuando el chico llegó a la adolescencia. A Nuria le dio fuerte por la fotografía. No paraba de hacer fotos a todo lo que se movía, se apuntó a unos cursos de la Casa de Cultura y todo el día trotando con la cámara de aquí para allá.

¿Pero tú qué buscas, hija? preguntaba Ignacio. ¿No eres abogada? Pues a currar.

Abogada, no abogada, de eso, le corregía Nuria.

Bueno, pues abogada, lo que sea. Atiende más a la familia y déjate de andar por ahí sacando fotos, que parece que vives en otra dimensión.

A Ignacio le mosqueaba, sin saber bien por qué. Que conste que Nuria no descuidaba la casa: comida hecha, limpísimo todo, el chaval sacando notazas todo supervisado por ella, claro. Ignacio, después de trabajar de contable en una oficina gris de Chamberí, se tumbaba en el sofá frente al televisor, tal y como mandan los cánones patrios. Pero ahí estaba la mosca detrás de la oreja: su mujer se esfumaba, como si existiera en otra realidad paralela y él sobrase. Que sí, que estaba, pero era como si no. Jamás miraba la tele con él, nunca le pedía opinión de nada interesante. Le daba de cenar y volvía a sus cosas.

¿Pero tú eres mujer casada o esto qué es? se cabreaba Ignacio, al encontrarla una vez más enfrascada con el ordenador, editando fotos.

Nuria callaba. Se metía más aún en su mundo.

Encima, le dio por viajar a países exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara, sin mirar atrás. Ignacio alucinaba.

Mira, que nos invita Manolo y Maruja a la finca, han puesto piscina y dice Manolo que la barbacoa la hace él. Y es el momento de comprarnos una parcelita y poner un chalé.

Ella pasaba, pero sí que le proponía venirse a sus viajes. Una vez accedió. Un desastre: todo extraño, hablaban raro, la comida, más picante que el vendaval de Tarifa. Y a él los paisajes le daban igual, siempre fue muy práctico, cero místico.

Así que Nuria acabó viajando sola. No solo eso, sino que se largó del despacho.

¿Y la jubilación, qué, lista? se indignaba Ignacio. ¿Pero tú quién te crees que eres? ¿Annie Leibovitz? ¿Sabes el dineral que cuesta ser alguien en la fotografía?

Nuria no contestaba ni a la de tres. Solo una vez, casi en susurros, dijo:

Tengo mi primera exposición. Es solo mía.

Bah, ¡hoy en día todos exponen! bufó Ignacio. Ya ves tú, qué mérito.

Pero fue a la inauguración. No entendió ni jota. Caras de gente, ni bonitas ni nada. Manos llenas de arrugas, gaviotas volando. Todo rarísimo, como la propia Nuria.

Se rio de ella en la cena. Y al día siguiente, Nuria le regala un coche. Así porque sí, somos familia, úsalo tú. Ella ni carnet se sacó, pero para Ignacio, toma detallazo, comprado a base de los euros ganados con sus fotos, por encargo.

Entonces a Ignacio se le mezcló el remordimiento con el miedo. Un mal rollo tremendo: ¿y si esta mujer que pensaba que era su esposa era en verdad un alienígena? ¿De dónde sacaba el dinero? ¿Tendría un amante? Con lo que se gana con las fotos, imposible. Seguro que se lo daba un tío y encima, a saber lo que hacía.

Intentó enseñarle quién mandaba, lo típico: le levantó la mano, apenas una colleja. Nuria agarró un cuchillo, le soltó un tajo en la barriga (dos puntos de sutura, gracias al cielo). Luego, llorando, le pidió perdón. A partir de entonces, Ignacio no volvió a atreverse. Un susto y basta.

Los gatos. Si algo amaba Nuria en este mundo, eran los gatos. Los recogía, curaba, los metía en casa, buscaba adoptantes. Siempre había al menos dos, cariñosos, dulces, pero ¿cómo se puede querer más a un gato que a tu propio marido?

Un día se le murió uno en la consulta, en brazos. Nuria entró en crisis: lloró, se empapó de vino tinto y no levantó cabeza en días. Ignacio, hartito ya, le soltó de mala gana:

Venga, ahora hazle un funeral a las cucarachas también.

Se topó con una mirada tan fría, tan de otro planeta, que se calló y se fue a dar una vuelta. Que hiciese Nuria lo que le diera la gana.

Los amigos de Ignacio empatizaban con él, las amigas de ella también decían: Es que Nuria, menuda creída, ha perdido el norte. Así que Ignacio encontró consuelo en la vecina Carmen, amiga de la infancia de Nuria por si no era suficiente cliché. Carmen era mucho más simple y comprensible: dependienta en el Mercadona, cero dramas, lista para lo que hiciera falta, en la cama o de cháchara. Eso sí, le daba bastante a la Mahou, pero bueno, que no pensaba casarse con ella.

Esperaba que Nuria notara algo, montase un espectáculo, rompiese algún plato y todo aquello acabara con el ¿Y tú dónde te metes?. Perdón por aquí, perdón por allá y vuelta a la normalidad conyugal. Y Carmen, ya te llamaré.

Pero Nuria callaba. Solo le lanzaba unas miradas que encogían. Y en la cama, nada: empezó a dormir en otro cuarto.

El hijo se hizo mayor, terminó en la Universidad Complutense. Igual que la madre: rubio, ojazos negros, rarito él.

¿Y los nietos, para cuándo? le preguntaba Ignacio.

Denís, así llamaban al chico, se reía, rollo quiero hacer algo en la vida, apasionarme por algo, encontrar el amor verdadero y entonces, si acaso, tendrás nietos, papá. Un misterio, imposible de entender. Maldición genérica materna: Nuria y él, solo con mirarse, se entendían al vuelo. Ignacio se sentía de más. Cada vez que se cruzaba con el pozo sin fondo de esos ojos negros, se planteaba si no se habría equivocado de casa. Volvía una y otra vez a los brazos de Carmen.

Y entonces, Nuria se enteró. Algún vecino chivato; Ignacio tampoco disimulaba mucho. Un día llegó a casa y ella, sentada a la mesa, fumando, apenas en un susurro:

¡Lárgate! ¡Fuera de mi casa!

Con esos ojos, más negros aún, rodeados de ojeras. Dio miedo.

Se fue con Carmen. Esperaba que pronto Nuria lo llamase para volver. Una semana después, recibe un WhatsApp: Tenemos que hablar. Ignacio, tan contento, ducha, colonia Loewe y para allá va. Pero Nuria, nada más abrir la puerta:

Mañana vamos al juzgado a pedir el divorcio.

El resto, como en sueños: papeles, firmas, renuncia a su parte del piso que total, era de la familia de ella.

¿Y tú qué harás ahora, divorciada y sola? preguntó él, a la salida del Registro Civil, a punto de soltar el típico a ver quién te va a querer.

Nuria se rió, por primera vez en siglos de verdad, sincera y a carcajadas:

Me voy a Barcelona, me han ofrecido un proyecto interesante allí.

No vendas el piso, por si acaso vuelves algún día pidió Ignacio, casi sin saber por qué.

No voy a volver contestó ella, tranquila. Hace tiempo que quiero a otra persona. También es fotógrafo, de Barcelona; me hace sentir viva otra vez. Pero pensaba: estoy casada, da asco ser infiel, y tampoco había causa para divorciarnos. Simplemente somos distintos. Pero, ¿por eso se divorcia la gente?

No, por eso no aceptó Ignacio.

Pues nosotros sí respondió ella con media sonrisa. Al principio me cabreé mucho por lo de Carmen. Pero luego pensé, mira, todo para bien. Yo voy a ser feliz, y tú también. Cásate con Carmen y sed muy felices.

Y se marchó.

¡No me voy a casar! le gritó Ignacio a su espalda.

Pero Nuria ya no escuchaba.

Desde entonces, nada se supo de ella. Solo una vez al año, un WhatsApp escueto: Feliz cumpleaños. Salud y felicidad. Gracias por Denís.Algún tiempo después, una tarde cualquiera, Ignacio paseaba solo por el barrio. Paró frente al escaparate de una tienda de fotos que nunca había reparado antes. Grandes impresiones en blanco y negro colgaban en la vitrina: paisajes, manos de mujeres trenzando cabellos, niños jugando a la sombra de un árbol. En una esquina, una placa: Nuria León.

Sintió una punzada extraña, mezcla de nostalgia y orgullo, y pensó en todo lo vivido como se mira una vieja película: con cierta ternura y distancia, aceptando que lo que uno no entiende también pertenece a la vida.

En ese instante, sonó el móvil. Era un mensaje, esta vez no de Nuria, sino de Denís: ¿Cenamos esta noche, papá? Tengo algo que contarte.

Ignacio miró una última vez la foto de un chico con ojos negros y camiseta a rayas que reía a la cámara, y sonrió. Guardó el móvil en el bolsillo, pensó en el coche, en Carmen, en los gatos, en los años que se escurren y en la inmensa suerte o quien sabe si la condena de compartir la vida, aunque sea solo un rato, con personas tan distintas. Y así, con un paso más ligero, siguió caminando hacia su propia historia, que, de algún modo, todavía no había terminado.

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MagistrUm
Personas diferentes A Igor le tocó una mujer peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de ojos negros, con curvas, con pecho, piernas larguísimas. Y en la cama, un auténtico volcán. Al principio fue solo pasión y no había tiempo ni de pensar. Luego vino el embarazo. Bueno, se casaron, como correspondía. Nació su hijo, igual de rubio y de ojos negros. Y todo era como en cualquier familia: pañales, primeros pasos, primeras palabras. Y Yana se comportaba normal, se desvivía por el crío, una madre joven más. La cosa cambió cuando el hijo entró en la adolescencia. A Yana de pronto le dio por la fotografía. No paraba de hacer fotos, se apuntó a cursos y siempre andaba con la cámara a cuestas. — ¿Pero qué te falta? — preguntaba él. — Trabaja de abogada, céntrate en eso. — De abogada, — corregía Yana. — Pues eso, de abogada. Dedica más tiempo a la familia y no estés siempre por ahí, por donde nadie sabe. Y él mismo no entendía lo que le molestaba. Si ella no descuidaba nunca la casa. Comida lista, todo limpio, los estudios del hijo eran suyos. Él volvía del trabajo, se tumbaba ante la tele, como es debido. Pero le irritaba, le parecía que su mujer desaparecía en algún mundo donde no había sitio para él. Estaba, pero como si no. Nunca veía la tele con él ni comentaba temas interesantes. Le daba de comer, y ya volvía a desaparecer. — ¿Eres mi mujer o qué? — se enfadaba Igor, sorprendiéndola de nuevo ante el ordenador. Yana callaba. Se encerraba en sí misma. Además, le gustaba irse de viaje a países exóticos. Se cogía vacaciones y se largaba con su mochila y la cámara. Igor no lo comprendía. — Vente con los amigos al pueblo. Han montado una barbacoa y tienen buen orujo. Y ya va siendo hora de tener nuestra propia casita en las afueras. Pero Yana se negaba y le invitaba a ir con ella en sus viajes. Probó una vez. No le gustó nada. Todo era raro, la gente hablaba idiomas extraños y la comida demasiado picante. Y a él nunca le habían interesado las bellezas de ningún sitio. Así que Yana empezó a viajar sola. Incluso dejó el trabajo. — ¿Y la pensión? — protestaba Igor. — ¿Qué te crees, que eres una gran fotógrafa? ¿Sabes cuánto dinero hace falta para triunfar? Yana no respondía. Sólo una vez, tímida, le contó: — Voy a tener mi primera exposición. Propia, mía. — Todo el mundo tiene exposiciones — gruñó Igor —. Menudo logro. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Gente cualquiera, ni siquiera guapos. Manos arrugadas, gaviotas sobre el agua. Todo muy raro, como Yana. Se rió de ella por eso. Pero después, Yana le regaló a Igor un coche. Mira, somos una familia, úsalo cuando quieras. Ella ni siquiera tenía carnet, el regalo era solo para él. Ganó el dinero con sus fotos trabajando por encargo. Entonces Igor sintió miedo. Se sintió fuera de lugar. ¿Qué clase de criatura rara vivía en su casa en vez de su esposa? ¿De dónde salía ese dinero? ¿Se lo daban otros hombres? Imposible que con esa tontería de las fotos ganara para un coche. ¿Acaso le era infiel? Si no lo era, seguro que lo sería en cualquier momento. Hasta intentó “enseñarle” una vez —una simple bofetada—. Y ella le lanzó un cuchillo de cocina, a ciegas, de lado. Dos puntos en el vientre. Por suerte no le apuñaló de verdad, la histérica. Después le pidió perdón. Pero él ya no volvió a levantarle la mano. Yana adoraba a los gatos. Siempre ayudaba a todos, los acogía, curaba, buscaba para ellos una familia. En casa siempre había dos. Tiernos, buenos, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer más a los gatos que al propio marido? Un día murió uno en sus brazos, no pudo salvarlo. Yana lo pasó fatal: lloró, bebió coñac, se echó la culpa. Días enteros así. Igor estaba harto y soltó: — ¡Pues ya sólo te falta hacerle un funeral a las cucarachas! Ella le miró con calma. Él calló y se fue. Que hiciera lo que quisiera. Los amigos le daban la razón a Igor, las amigas de Yana también. Todos decían que Yana estaba creída, que ya no tenía los pies en la tierra. Fue entonces cuando Igor se consoló con la vecina, que además era amiga de infancia de Yana. Irka era mucho más sencilla y comprensible. Trabajaba de dependienta, pasaba de arte, siempre estaba disponible para el sexo o para charlar. Eso sí, bebía demasiado, pero tampoco tenía pensado casarse con ella… Esperaba que Yana se diera cuenta, se enfadara, armara una escena de celos, rompiera platos. Entonces él le diría “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes?”, se perdonarían todo, la familia se arreglaría y podría dejar a Irka. Pero Yana no dijo nada. Solo le miraba mal. Y en la cama ya todo era un desastre. Ella se tensaba, apenas él la acariciaba. Se mudó a otra habitación. El hijo creció, se licenció en la universidad. Era igualito a su madre: ojos negros, rubio y rarísimo. — ¿Y los nietos, para cuándo? — preguntaba Igor. Denis sólo se reía: que quería hacer algo interesante en este mundo antes de todo eso, que quería conocer el amor verdadero. Entonces, que esperara, porque no llegaban pronto. Otro extraño, incomprensible. De la sangre materna, pensaba Igor. Entre Yana y su hijo siempre hubo perfecta armonía, se entendían sin palabras. Igor se sentía de sobra, hasta miedo le daban esos ojos negros, esa mirada imposible de descifrar. Así que volvía una y otra vez con Irka. Y Yana lo supo. Algún vecino se lo dijo; total, Igor nunca se escondía. Un día volvió a casa y ella estaba sentada a la mesa, fumando. Y tan tranquila dijo, en susurros: — ¡Vete de aquí! ¡Fuera de esta casa! Y aquellos ojos negros, terribles, con ojeras. Él se fue donde Irka. Esperaba que su mujer llamase para decirle que volviera. Una semana después, Yana le escribió un WhatsApp: que necesitaban hablar. Él se alegró mucho, se duchó, se perfumó. Pero Yana, en la puerta: — Mañana vamos a firmar los papeles del divorcio. Todo fue como en una pesadilla. Divorcio, papeles y hasta renunció a su parte del piso, que era herencia de sus suegros… — ¿Y ahora qué? ¿Vas a vivir como divorciada? — soltó él al salir del juzgado. Quiso añadir: “¿A quién le vas a importar?”, pero se contuvo. Yana sonrió. Por primera vez en muchos años le sonreía a él, de modo sincero, grande: — Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto serio allí. — Por lo menos no vendas el piso — pidió él, sin saber por qué. — ¿A dónde vas a volver? — No voy a volver — respondió Yana con calma, ya exmujer —. Mira, hace tiempo que estoy enamorada de otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Con él me siento fascinada. Pero pensaba, mira que estoy casada, qué asco ser infiel, y tampoco había motivo real para divorcio. Simplemente somos diferentes. ¿La gente se divorcia por eso? — No, no suele — confirmó Igor. — Pues ya ves, aquí sí — rió Yana. — Al principio me cabreó mucho lo de Irka, pero luego pensé, todo para mejor. Yo voy a ser feliz y tú también. Cásate con ella si quieres, que os vaya bien. Y se fue. — No me casaré — le dijo Igor de espaldas. Pero Yana ya no le escuchaba. Desde entonces no tuvo noticias suyas. Solo una vez al año, un mensaje breve por WhatsApp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y alegría. Gracias por el hijo”.