DISTINTAS PERSONAS
La mujer que le tocó a Ignacio era… rara. Muy guapa, eso sí: una auténtica rubia de bote con ojos negros, todo curvas, pechugona y con unas piernas que no parecían acabar nunca. Y en la cama, aquello era como San Fermín, pirotecnia incluida. Al principio, pasión y más pasión. Ni tiempo de pensar. Pero luego, el embarazo. Pues hala, boda como Dios manda en Madrid.
Nació un hijo, igual de rubio y de ojos negrísimos. Todo era normalísimo: pañales, papillas, los primeros pasos, los mamá y papá de rigor. Y Nuria, que así se llamaba, hacía lo que tocaba: arrullaba al crío como cualquier madre joven de Alcorcón.
El tema empezó cuando el chico llegó a la adolescencia. A Nuria le dio fuerte por la fotografía. No paraba de hacer fotos a todo lo que se movía, se apuntó a unos cursos de la Casa de Cultura y todo el día trotando con la cámara de aquí para allá.
¿Pero tú qué buscas, hija? preguntaba Ignacio. ¿No eres abogada? Pues a currar.
Abogada, no abogada, de eso, le corregía Nuria.
Bueno, pues abogada, lo que sea. Atiende más a la familia y déjate de andar por ahí sacando fotos, que parece que vives en otra dimensión.
A Ignacio le mosqueaba, sin saber bien por qué. Que conste que Nuria no descuidaba la casa: comida hecha, limpísimo todo, el chaval sacando notazas todo supervisado por ella, claro. Ignacio, después de trabajar de contable en una oficina gris de Chamberí, se tumbaba en el sofá frente al televisor, tal y como mandan los cánones patrios. Pero ahí estaba la mosca detrás de la oreja: su mujer se esfumaba, como si existiera en otra realidad paralela y él sobrase. Que sí, que estaba, pero era como si no. Jamás miraba la tele con él, nunca le pedía opinión de nada interesante. Le daba de cenar y volvía a sus cosas.
¿Pero tú eres mujer casada o esto qué es? se cabreaba Ignacio, al encontrarla una vez más enfrascada con el ordenador, editando fotos.
Nuria callaba. Se metía más aún en su mundo.
Encima, le dio por viajar a países exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara, sin mirar atrás. Ignacio alucinaba.
Mira, que nos invita Manolo y Maruja a la finca, han puesto piscina y dice Manolo que la barbacoa la hace él. Y es el momento de comprarnos una parcelita y poner un chalé.
Ella pasaba, pero sí que le proponía venirse a sus viajes. Una vez accedió. Un desastre: todo extraño, hablaban raro, la comida, más picante que el vendaval de Tarifa. Y a él los paisajes le daban igual, siempre fue muy práctico, cero místico.
Así que Nuria acabó viajando sola. No solo eso, sino que se largó del despacho.
¿Y la jubilación, qué, lista? se indignaba Ignacio. ¿Pero tú quién te crees que eres? ¿Annie Leibovitz? ¿Sabes el dineral que cuesta ser alguien en la fotografía?
Nuria no contestaba ni a la de tres. Solo una vez, casi en susurros, dijo:
Tengo mi primera exposición. Es solo mía.
Bah, ¡hoy en día todos exponen! bufó Ignacio. Ya ves tú, qué mérito.
Pero fue a la inauguración. No entendió ni jota. Caras de gente, ni bonitas ni nada. Manos llenas de arrugas, gaviotas volando. Todo rarísimo, como la propia Nuria.
Se rio de ella en la cena. Y al día siguiente, Nuria le regala un coche. Así porque sí, somos familia, úsalo tú. Ella ni carnet se sacó, pero para Ignacio, toma detallazo, comprado a base de los euros ganados con sus fotos, por encargo.
Entonces a Ignacio se le mezcló el remordimiento con el miedo. Un mal rollo tremendo: ¿y si esta mujer que pensaba que era su esposa era en verdad un alienígena? ¿De dónde sacaba el dinero? ¿Tendría un amante? Con lo que se gana con las fotos, imposible. Seguro que se lo daba un tío y encima, a saber lo que hacía.
Intentó enseñarle quién mandaba, lo típico: le levantó la mano, apenas una colleja. Nuria agarró un cuchillo, le soltó un tajo en la barriga (dos puntos de sutura, gracias al cielo). Luego, llorando, le pidió perdón. A partir de entonces, Ignacio no volvió a atreverse. Un susto y basta.
Los gatos. Si algo amaba Nuria en este mundo, eran los gatos. Los recogía, curaba, los metía en casa, buscaba adoptantes. Siempre había al menos dos, cariñosos, dulces, pero ¿cómo se puede querer más a un gato que a tu propio marido?
Un día se le murió uno en la consulta, en brazos. Nuria entró en crisis: lloró, se empapó de vino tinto y no levantó cabeza en días. Ignacio, hartito ya, le soltó de mala gana:
Venga, ahora hazle un funeral a las cucarachas también.
Se topó con una mirada tan fría, tan de otro planeta, que se calló y se fue a dar una vuelta. Que hiciese Nuria lo que le diera la gana.
Los amigos de Ignacio empatizaban con él, las amigas de ella también decían: Es que Nuria, menuda creída, ha perdido el norte. Así que Ignacio encontró consuelo en la vecina Carmen, amiga de la infancia de Nuria por si no era suficiente cliché. Carmen era mucho más simple y comprensible: dependienta en el Mercadona, cero dramas, lista para lo que hiciera falta, en la cama o de cháchara. Eso sí, le daba bastante a la Mahou, pero bueno, que no pensaba casarse con ella.
Esperaba que Nuria notara algo, montase un espectáculo, rompiese algún plato y todo aquello acabara con el ¿Y tú dónde te metes?. Perdón por aquí, perdón por allá y vuelta a la normalidad conyugal. Y Carmen, ya te llamaré.
Pero Nuria callaba. Solo le lanzaba unas miradas que encogían. Y en la cama, nada: empezó a dormir en otro cuarto.
El hijo se hizo mayor, terminó en la Universidad Complutense. Igual que la madre: rubio, ojazos negros, rarito él.
¿Y los nietos, para cuándo? le preguntaba Ignacio.
Denís, así llamaban al chico, se reía, rollo quiero hacer algo en la vida, apasionarme por algo, encontrar el amor verdadero y entonces, si acaso, tendrás nietos, papá. Un misterio, imposible de entender. Maldición genérica materna: Nuria y él, solo con mirarse, se entendían al vuelo. Ignacio se sentía de más. Cada vez que se cruzaba con el pozo sin fondo de esos ojos negros, se planteaba si no se habría equivocado de casa. Volvía una y otra vez a los brazos de Carmen.
Y entonces, Nuria se enteró. Algún vecino chivato; Ignacio tampoco disimulaba mucho. Un día llegó a casa y ella, sentada a la mesa, fumando, apenas en un susurro:
¡Lárgate! ¡Fuera de mi casa!
Con esos ojos, más negros aún, rodeados de ojeras. Dio miedo.
Se fue con Carmen. Esperaba que pronto Nuria lo llamase para volver. Una semana después, recibe un WhatsApp: Tenemos que hablar. Ignacio, tan contento, ducha, colonia Loewe y para allá va. Pero Nuria, nada más abrir la puerta:
Mañana vamos al juzgado a pedir el divorcio.
El resto, como en sueños: papeles, firmas, renuncia a su parte del piso que total, era de la familia de ella.
¿Y tú qué harás ahora, divorciada y sola? preguntó él, a la salida del Registro Civil, a punto de soltar el típico a ver quién te va a querer.
Nuria se rió, por primera vez en siglos de verdad, sincera y a carcajadas:
Me voy a Barcelona, me han ofrecido un proyecto interesante allí.
No vendas el piso, por si acaso vuelves algún día pidió Ignacio, casi sin saber por qué.
No voy a volver contestó ella, tranquila. Hace tiempo que quiero a otra persona. También es fotógrafo, de Barcelona; me hace sentir viva otra vez. Pero pensaba: estoy casada, da asco ser infiel, y tampoco había causa para divorciarnos. Simplemente somos distintos. Pero, ¿por eso se divorcia la gente?
No, por eso no aceptó Ignacio.
Pues nosotros sí respondió ella con media sonrisa. Al principio me cabreé mucho por lo de Carmen. Pero luego pensé, mira, todo para bien. Yo voy a ser feliz, y tú también. Cásate con Carmen y sed muy felices.
Y se marchó.
¡No me voy a casar! le gritó Ignacio a su espalda.
Pero Nuria ya no escuchaba.
Desde entonces, nada se supo de ella. Solo una vez al año, un WhatsApp escueto: Feliz cumpleaños. Salud y felicidad. Gracias por Denís.Algún tiempo después, una tarde cualquiera, Ignacio paseaba solo por el barrio. Paró frente al escaparate de una tienda de fotos que nunca había reparado antes. Grandes impresiones en blanco y negro colgaban en la vitrina: paisajes, manos de mujeres trenzando cabellos, niños jugando a la sombra de un árbol. En una esquina, una placa: Nuria León.
Sintió una punzada extraña, mezcla de nostalgia y orgullo, y pensó en todo lo vivido como se mira una vieja película: con cierta ternura y distancia, aceptando que lo que uno no entiende también pertenece a la vida.
En ese instante, sonó el móvil. Era un mensaje, esta vez no de Nuria, sino de Denís: ¿Cenamos esta noche, papá? Tengo algo que contarte.
Ignacio miró una última vez la foto de un chico con ojos negros y camiseta a rayas que reía a la cámara, y sonrió. Guardó el móvil en el bolsillo, pensó en el coche, en Carmen, en los gatos, en los años que se escurren y en la inmensa suerte o quien sabe si la condena de compartir la vida, aunque sea solo un rato, con personas tan distintas. Y así, con un paso más ligero, siguió caminando hacia su propia historia, que, de algún modo, todavía no había terminado.







