El crujido de la rama seca bajo su pie, Iván ni siquiera lo percibió. Solo sintió que todo el universo se dio la vuelta y giró delante de sus ojos como un caleidoscopio de colores. En una fracción de segundo, aquel remolino estalló en millones de destellos que, de repente, se concentraron en su brazo izquierdo, justo encima del codo.
¡Ay…! Iván se aferró al brazo dolorido y al instante aulló de dolor.
¡Iván! su amiga Carmen saltó hacia él, dejándose caer de rodillas a su lado. ¿Te duele?
¡No, claro, me encanta! gruñó con el rostro crispado mientras se quejaba en voz baja.
Carmen alargó la mano y rozó con delicadeza el hombro de Iván.
¡No me toques! exclamó de repente con brusquedad, los ojos relampagueando. ¡Claro que duele! ¡Déjame!
La rabia de Iván se multiplicaba. Por un lado, parecía haberse roto el brazo, y tendría que pasar el mes siguiente con escayola soportando las bromas de los compañeros. Por otro, y esto era más amargo aún, él mismo se había subido voluntariamente a ese olmo, queriendo impresionar a Carmen con su destreza y valentía. La primera ofensa podía tragársela… pero la segunda le roía por dentro. Había hecho el ridículo, y encima Carmen lo trataba con lástima. Eso sí que no. Se levantó, sujetando su brazo fláccido, y caminó con decisión hacia el centro de salud.
Iván, no te preocupes, de verdad. Carmen le seguía a paso ligero, procurando calmarle. Todo saldrá bien, Iván, ya verás.
Déjame tranquilo paró de golpe y la miró con rabia, escupiendo en el suelo. ¿Qué va a estar bien? ¿No ves que tengo el brazo roto? ¿Eres tonta o qué? Vete a casa, que me hartas.
Sin mirar atrás, Iván siguió por la acera, dejando a Carmen plantada, con sus enormes ojos gris verdoso parpadeando y susurrando una y otra vez la misma frase:
Todo saldrá bien, Iván… todo saldrá bien…
***
Don Iván Velasco, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, nos sentiremos muy decepcionados. Ah, se me olvidaba: han dado aviso de heladas para mañana en la M-30, así que conduzca con precaución. Ya sabe, cualquier coche puede patinar y… Los accidentes son esas molestias inesperadas en la vida. Cuídese.
La voz en el teléfono se apagó. Iván arrojó el móvil al escritorio y, con los dedos aferrados al pelo, se desplomó contra el respaldo del sillón.
¿De dónde saco yo ese dinero? Esa transferencia estaba prevista para el mes que viene…
Soltando una bocanada de aire, volvió a agarrar el teléfono, marcó un número y esperó.
Doña Pilar Varela, ¿podemos hoy mismo transferir el pago a nuestros socios del grupo industrial?
Pero… Don Iván…
¿Se puede o no?
Sí, pero si lo hacemos, las otras facturas…
¡Pues que les den! Ya lo arreglaremos. Hoy mismo a la cuenta del grupo.
Muy bien, pero… Después tendremos problemas con…
Iván colgó bruscamente, golpeando el apoyabrazos con el puño.
Malditos vampiros…
Algo suave e inesperado tocó su hombro; dio un respingo en la silla.
Carmen, ¿no te he dicho que no te acerques cuando estoy trabajando? ¿A que sí?
Su esposa, Carmen, le besó el lóbulo de la oreja y le acarició el cabello.
Iván, no te pongas nervioso, ¿vale? Todo saldrá bien.
¡Que ya está bien con el dichoso todo saldrá bien! ¿Es que no entiendes? Mañana me la pueden jugar, ¿y entonces, qué? ¿También va a estar todo bien?
Se levantó, apartándola con las manos.
¿Qué hacías, un cocido? Pues hala, vuelve a la cocina y déjame en paz, que ya lo paso suficiente mal solo.
Ella suspiró y salió del despacho. En la puerta, se volvió y, con voz baja, murmuró aquellas tres palabras de siempre.
***
Sabes… Estoy aquí tumbado y repaso toda nuestra vida…
El anciano entreabrió los ojos, la mirada velada, fijos en su esposa de toda la vida. El rostro de Carmen, alguna vez luminoso, ahora estaba surcado de arrugas como telarañas, los hombros caídos y la espalda ligeramente encorvada. Sin soltarle la mano, le acomodó con ternura el gotero clavado en la muñeca y le sonrió en silencio.
Cuando la vida se ponía fea, cuando rozaba la muerte, cuando pasaba lo peor… siempre aparecías tú y decías lo mismo. ¡Y cómo me desesperaba! Quería estrangularte por tanta ingenuidad y monotonía el viejo intentó sonreír, pero se atragantó en una larga tos. Me rompía huesos, me amenazaban de muerte, lo perdía todo, tocaba fondo… y tú sempre con lo de Todo saldrá bien. Y nunca mentiste, eso es lo increíble. ¿Cómo sabías el futuro?
No creas, Iván suspiró Carmen. Pensabas que te hablaba a ti, pero era para mí misma. Yo a ti te he querido hasta el delirio, ni te imaginas. Eres mi vida entera. Cuando sufrías, el alma se me ponía del revés. He llorado mares y pasado noches en blanco… Y solo podía repetirme: Aunque caigan piedras del cielo, mientras siga vivo, todo saldrá bien.
El anciano cerró los ojos un momento, apretando su mano débilmente. Se notaba que cada palabra le costaba esfuerzo.
Así era… Y yo sólo te lo reprochaba. Perdóname, Carmencita. He vivido mi vida y ni pensé en ti como merecías… ¡Qué necio fui!
Ella se limpió rápido una lágrima de la mejilla surcada y se inclinó hacia él.
Iván, no te preocupes…
Se detuvo, le miró a los ojos, y apoyó suavemente la cabeza sobre el pecho ya inmóvil, acariciando la mano que iba enfriándose.
TODO FUE bien, Ivancito, TODO FUE bien…







