El crujido seco de la rama bajo su pie pasó desapercibido para Iván; de repente, el mundo entero se volcó y giró ante sus ojos en un caleidoscopio de colores y, en un instante, estalló en millones de estrellas brillantes que se reunieron todas en su brazo izquierdo, justo arriba del codo. —¡Ay! —Iván se sujetó el brazo mientras soltaba un grito de dolor. —¡Iván! —su amiga Sacha corrió hacia él, cayendo de rodillas frente al chico—. ¿Te duele mucho? —¡No, claro, me encanta! —gruñó él, haciendo una mueca de dolor. Sacha le tendió la mano y tocó con cuidado el hombro de Iván. —¡Quita! —saltó él con dureza, lanzándole una mirada fulminante—. ¡Que me duele, no me toques! Iván estaba doblemente molesto. Primero, porque parecía que se había roto el brazo y le esperaba un mes aguantando las bromas de los amigos por el yeso inevitable. Segundo, porque él mismo, voluntariamente, se había subido al árbol para impresionar a Sacha con su destreza y valentía. Y si la primera razón aún podía aceptarla, la segunda le corroía por dentro. No solo había hecho el ridículo, sino que ahora ella encima intentaba consolarle. Ni hablar. Se levantó y, sujetando el brazo colgante, marchó decidido hacia el centro de salud. —¡No te preocupes, Iván, de verdad! —Sacha iba a su lado, tratando en vano de animarle—. ¡Todo saldrá bien, Iván! —Déjame en paz —se paró y, fulminándola con la mirada, escupió al suelo—. ¿Qué va a salir bien? ¿No te enteras de que me he roto el brazo? ¡Vete a casa, pesadilla! Sin mirarla, echó a andar dejando a su amiga con los grandes ojos grises y verdes, susurrando una y otra vez: —Todo saldrá bien, Iván… Todo saldrá bien… *** —Don Iván Víctor, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, nos llevaremos una gran decepción. Por cierto, mañana anuncian hielo en las carreteras, así que tenga cuidado al volante. Ya sabe, nunca se está libre de un accidente… Que tenga un buen día. La voz se esfumó y el silencio reinó. Iván tiró el móvil y, hundiendo los dedos en el pelo, se recostó en la silla. —¿De dónde saco ahora el dinero? Ese pago estaba previsto para el mes que viene… Suspiró, cogió de nuevo el móvil y marcó un número. —Señora Olga, ¿podemos transferir hoy el pago del equipo a los socios del holding? —Pero… don Iván Víctor… —¿Se puede o no? —Sí, pero el calendario de pagos… —¡Que les den! Ya nos apañaremos. Transfiera el dinero al holding hoy. —De acuerdo, pero después habrá problemas con… Sin terminar de escucharla, colgó y golpeó con frustración el apoyabrazos. —Malditos sanguijuelas… Sintió de repente una caricia suave en el hombro que le sobresaltó. —Sacha, ¿no te había pedido que no me molestes cuando trabajo? Su esposa Alexandra le acarició el cabello, rozando con los labios su oído. —Vania, por favor, no te pongas nervioso, ¿vale? Todo saldrá bien. —¡Ya basta con tu “todo saldrá bien”! ¡Estoy harto, lo entiendes? Si mañana me matan, ¿también será todo perfecto? Saltó de la silla, apartó a Sacha tomándola de los brazos. —¿Qué hacías? ¿El cocido? Pues ve a la cocina, y déjame en paz. Ella suspiró y salió del despacho. Antes de marcharse, se giró una vez más y repitió las tres palabras. *** —¿Sabes? Ahora, tumbado aquí, repaso toda nuestra vida… El anciano abrió los ojos y miró a su envejecida esposa. Su rostro, antaño hermoso, estaba surcado de arrugas, los hombros caídos y el porte ya no era el mismo. Sin soltar su mano, ella le arregló el gotero con delicadeza y sonrió. —En cada lío, en cada vez al filo entre la vida y la muerte, incluso cuando todo era un desastre… Siempre aparecías y decías lo mismo. No tienes idea de cómo me sacaba de quicio tu frase. Hasta he querido estrangularte por tu ingenuidad y monotonía —intentó reír, pero una tos se lo impidió. Al recobrarse, continuó—: Me rompía brazos y piernas, mil veces recibí amenazas de muerte, lo perdí todo, caí en agujeros de los que pocos salen y tú, toda la vida con lo de siempre: “Todo saldrá bien”. Y lo peor es que nunca mentiste. ¿Cómo lo sabías? —No sabía nada, Vania —suspiró la anciana—. ¿Tú crees que te lo decía a ti? Eso era para animarme a mí misma. Te he amado como una loca toda la vida, eras mi vida entera. Cuando sufrías, se me desgarraba el alma. Lloré mares, pasé noches en vela… Siempre repitiéndome: “Aunque caigan piedras del cielo, mientras él viva, todo irá bien”. El anciano apretó su mano y cerró los ojos. —Así era… Y yo encima me enfadaba contigo. Perdóname, Sacha. No lo sabía, he vivido sin pensar en ti. ¡Menudo idiota! Ella se enjugó una lágrima y besó su frente. —Vania, no sufras… Se quedó mirándole un instante y, apoyando la cabeza sobre su pecho inmóvil, acarició su mano ya fría. —TODO FUE bien, Vania, TODO FUE bien…

El crujido de la rama seca bajo su pie, Iván ni siquiera lo percibió. Solo sintió que todo el universo se dio la vuelta y giró delante de sus ojos como un caleidoscopio de colores. En una fracción de segundo, aquel remolino estalló en millones de destellos que, de repente, se concentraron en su brazo izquierdo, justo encima del codo.

¡Ay…! Iván se aferró al brazo dolorido y al instante aulló de dolor.

¡Iván! su amiga Carmen saltó hacia él, dejándose caer de rodillas a su lado. ¿Te duele?

¡No, claro, me encanta! gruñó con el rostro crispado mientras se quejaba en voz baja.

Carmen alargó la mano y rozó con delicadeza el hombro de Iván.

¡No me toques! exclamó de repente con brusquedad, los ojos relampagueando. ¡Claro que duele! ¡Déjame!

La rabia de Iván se multiplicaba. Por un lado, parecía haberse roto el brazo, y tendría que pasar el mes siguiente con escayola soportando las bromas de los compañeros. Por otro, y esto era más amargo aún, él mismo se había subido voluntariamente a ese olmo, queriendo impresionar a Carmen con su destreza y valentía. La primera ofensa podía tragársela… pero la segunda le roía por dentro. Había hecho el ridículo, y encima Carmen lo trataba con lástima. Eso sí que no. Se levantó, sujetando su brazo fláccido, y caminó con decisión hacia el centro de salud.

Iván, no te preocupes, de verdad. Carmen le seguía a paso ligero, procurando calmarle. Todo saldrá bien, Iván, ya verás.

Déjame tranquilo paró de golpe y la miró con rabia, escupiendo en el suelo. ¿Qué va a estar bien? ¿No ves que tengo el brazo roto? ¿Eres tonta o qué? Vete a casa, que me hartas.

Sin mirar atrás, Iván siguió por la acera, dejando a Carmen plantada, con sus enormes ojos gris verdoso parpadeando y susurrando una y otra vez la misma frase:

Todo saldrá bien, Iván… todo saldrá bien…

***

Don Iván Velasco, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, nos sentiremos muy decepcionados. Ah, se me olvidaba: han dado aviso de heladas para mañana en la M-30, así que conduzca con precaución. Ya sabe, cualquier coche puede patinar y… Los accidentes son esas molestias inesperadas en la vida. Cuídese.

La voz en el teléfono se apagó. Iván arrojó el móvil al escritorio y, con los dedos aferrados al pelo, se desplomó contra el respaldo del sillón.

¿De dónde saco yo ese dinero? Esa transferencia estaba prevista para el mes que viene…

Soltando una bocanada de aire, volvió a agarrar el teléfono, marcó un número y esperó.

Doña Pilar Varela, ¿podemos hoy mismo transferir el pago a nuestros socios del grupo industrial?

Pero… Don Iván…

¿Se puede o no?

Sí, pero si lo hacemos, las otras facturas…

¡Pues que les den! Ya lo arreglaremos. Hoy mismo a la cuenta del grupo.

Muy bien, pero… Después tendremos problemas con…

Iván colgó bruscamente, golpeando el apoyabrazos con el puño.

Malditos vampiros…

Algo suave e inesperado tocó su hombro; dio un respingo en la silla.

Carmen, ¿no te he dicho que no te acerques cuando estoy trabajando? ¿A que sí?

Su esposa, Carmen, le besó el lóbulo de la oreja y le acarició el cabello.

Iván, no te pongas nervioso, ¿vale? Todo saldrá bien.

¡Que ya está bien con el dichoso todo saldrá bien! ¿Es que no entiendes? Mañana me la pueden jugar, ¿y entonces, qué? ¿También va a estar todo bien?

Se levantó, apartándola con las manos.

¿Qué hacías, un cocido? Pues hala, vuelve a la cocina y déjame en paz, que ya lo paso suficiente mal solo.

Ella suspiró y salió del despacho. En la puerta, se volvió y, con voz baja, murmuró aquellas tres palabras de siempre.

***

Sabes… Estoy aquí tumbado y repaso toda nuestra vida…

El anciano entreabrió los ojos, la mirada velada, fijos en su esposa de toda la vida. El rostro de Carmen, alguna vez luminoso, ahora estaba surcado de arrugas como telarañas, los hombros caídos y la espalda ligeramente encorvada. Sin soltarle la mano, le acomodó con ternura el gotero clavado en la muñeca y le sonrió en silencio.

Cuando la vida se ponía fea, cuando rozaba la muerte, cuando pasaba lo peor… siempre aparecías tú y decías lo mismo. ¡Y cómo me desesperaba! Quería estrangularte por tanta ingenuidad y monotonía el viejo intentó sonreír, pero se atragantó en una larga tos. Me rompía huesos, me amenazaban de muerte, lo perdía todo, tocaba fondo… y tú sempre con lo de Todo saldrá bien. Y nunca mentiste, eso es lo increíble. ¿Cómo sabías el futuro?

No creas, Iván suspiró Carmen. Pensabas que te hablaba a ti, pero era para mí misma. Yo a ti te he querido hasta el delirio, ni te imaginas. Eres mi vida entera. Cuando sufrías, el alma se me ponía del revés. He llorado mares y pasado noches en blanco… Y solo podía repetirme: Aunque caigan piedras del cielo, mientras siga vivo, todo saldrá bien.

El anciano cerró los ojos un momento, apretando su mano débilmente. Se notaba que cada palabra le costaba esfuerzo.

Así era… Y yo sólo te lo reprochaba. Perdóname, Carmencita. He vivido mi vida y ni pensé en ti como merecías… ¡Qué necio fui!

Ella se limpió rápido una lágrima de la mejilla surcada y se inclinó hacia él.

Iván, no te preocupes…

Se detuvo, le miró a los ojos, y apoyó suavemente la cabeza sobre el pecho ya inmóvil, acariciando la mano que iba enfriándose.

TODO FUE bien, Ivancito, TODO FUE bien…

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MagistrUm
El crujido seco de la rama bajo su pie pasó desapercibido para Iván; de repente, el mundo entero se volcó y giró ante sus ojos en un caleidoscopio de colores y, en un instante, estalló en millones de estrellas brillantes que se reunieron todas en su brazo izquierdo, justo arriba del codo. —¡Ay! —Iván se sujetó el brazo mientras soltaba un grito de dolor. —¡Iván! —su amiga Sacha corrió hacia él, cayendo de rodillas frente al chico—. ¿Te duele mucho? —¡No, claro, me encanta! —gruñó él, haciendo una mueca de dolor. Sacha le tendió la mano y tocó con cuidado el hombro de Iván. —¡Quita! —saltó él con dureza, lanzándole una mirada fulminante—. ¡Que me duele, no me toques! Iván estaba doblemente molesto. Primero, porque parecía que se había roto el brazo y le esperaba un mes aguantando las bromas de los amigos por el yeso inevitable. Segundo, porque él mismo, voluntariamente, se había subido al árbol para impresionar a Sacha con su destreza y valentía. Y si la primera razón aún podía aceptarla, la segunda le corroía por dentro. No solo había hecho el ridículo, sino que ahora ella encima intentaba consolarle. Ni hablar. Se levantó y, sujetando el brazo colgante, marchó decidido hacia el centro de salud. —¡No te preocupes, Iván, de verdad! —Sacha iba a su lado, tratando en vano de animarle—. ¡Todo saldrá bien, Iván! —Déjame en paz —se paró y, fulminándola con la mirada, escupió al suelo—. ¿Qué va a salir bien? ¿No te enteras de que me he roto el brazo? ¡Vete a casa, pesadilla! Sin mirarla, echó a andar dejando a su amiga con los grandes ojos grises y verdes, susurrando una y otra vez: —Todo saldrá bien, Iván… Todo saldrá bien… *** —Don Iván Víctor, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, nos llevaremos una gran decepción. Por cierto, mañana anuncian hielo en las carreteras, así que tenga cuidado al volante. Ya sabe, nunca se está libre de un accidente… Que tenga un buen día. La voz se esfumó y el silencio reinó. Iván tiró el móvil y, hundiendo los dedos en el pelo, se recostó en la silla. —¿De dónde saco ahora el dinero? Ese pago estaba previsto para el mes que viene… Suspiró, cogió de nuevo el móvil y marcó un número. —Señora Olga, ¿podemos transferir hoy el pago del equipo a los socios del holding? —Pero… don Iván Víctor… —¿Se puede o no? —Sí, pero el calendario de pagos… —¡Que les den! Ya nos apañaremos. Transfiera el dinero al holding hoy. —De acuerdo, pero después habrá problemas con… Sin terminar de escucharla, colgó y golpeó con frustración el apoyabrazos. —Malditos sanguijuelas… Sintió de repente una caricia suave en el hombro que le sobresaltó. —Sacha, ¿no te había pedido que no me molestes cuando trabajo? Su esposa Alexandra le acarició el cabello, rozando con los labios su oído. —Vania, por favor, no te pongas nervioso, ¿vale? Todo saldrá bien. —¡Ya basta con tu “todo saldrá bien”! ¡Estoy harto, lo entiendes? Si mañana me matan, ¿también será todo perfecto? Saltó de la silla, apartó a Sacha tomándola de los brazos. —¿Qué hacías? ¿El cocido? Pues ve a la cocina, y déjame en paz. Ella suspiró y salió del despacho. Antes de marcharse, se giró una vez más y repitió las tres palabras. *** —¿Sabes? Ahora, tumbado aquí, repaso toda nuestra vida… El anciano abrió los ojos y miró a su envejecida esposa. Su rostro, antaño hermoso, estaba surcado de arrugas, los hombros caídos y el porte ya no era el mismo. Sin soltar su mano, ella le arregló el gotero con delicadeza y sonrió. —En cada lío, en cada vez al filo entre la vida y la muerte, incluso cuando todo era un desastre… Siempre aparecías y decías lo mismo. No tienes idea de cómo me sacaba de quicio tu frase. Hasta he querido estrangularte por tu ingenuidad y monotonía —intentó reír, pero una tos se lo impidió. Al recobrarse, continuó—: Me rompía brazos y piernas, mil veces recibí amenazas de muerte, lo perdí todo, caí en agujeros de los que pocos salen y tú, toda la vida con lo de siempre: “Todo saldrá bien”. Y lo peor es que nunca mentiste. ¿Cómo lo sabías? —No sabía nada, Vania —suspiró la anciana—. ¿Tú crees que te lo decía a ti? Eso era para animarme a mí misma. Te he amado como una loca toda la vida, eras mi vida entera. Cuando sufrías, se me desgarraba el alma. Lloré mares, pasé noches en vela… Siempre repitiéndome: “Aunque caigan piedras del cielo, mientras él viva, todo irá bien”. El anciano apretó su mano y cerró los ojos. —Así era… Y yo encima me enfadaba contigo. Perdóname, Sacha. No lo sabía, he vivido sin pensar en ti. ¡Menudo idiota! Ella se enjugó una lágrima y besó su frente. —Vania, no sufras… Se quedó mirándole un instante y, apoyando la cabeza sobre su pecho inmóvil, acarició su mano ya fría. —TODO FUE bien, Vania, TODO FUE bien…