El día en que a Natalia se le acabó la paciencia con su suegra: tres años de críticas, comparaciones y presiones hasta que, finalmente, explotó en su propio hogar madrileño

Lucía, ¿has dejado de pasar la aspiradora por completo o qué? Se me saltan las lágrimas de tanta pelusa, hija mía. Mira, que se puede plantar un campo entero en tu alfombra…

Lucía apretó los puños debajo de la mesa, observando por el rabillo del ojo cómo Doña Carmen recorría una vez más el piso con la mirada crítica de un técnico de Sanidad. Su suegra se detenía en cada rincón, inspeccionando estanterías, fruncía el ceño por un polvo fantasma en el alféizar y negaba con la cabeza al ver los juguetes desparramados por el salón. Tres años de visitas de esta señora habían convertido cada domingo en un suplicio digno de penitencia jacobea para Lucía.

Ayer lo dejé todo hecho, aspiré, pasé el plumero intentaba Lucía mantener la calma. Pero esta mañana los niños han jugado aquí.
Ay, hija, hay que limpiar no cuando te apetece, sino cuando toca. Vamos, yo a tu edad…

Doña Carmen se dejó caer en el sofá con pose de reina concediendo audiencia a sus súbditos. Sus dedos recorrieron maquinalmente el reposabrazos, buscando restos de polvo como quien busca trufas.

En mi época, el suelo relucía tanto que te podías retocar el carmín en el reflejo. Los niños siempre impolutos, ni una sola arruguita en el vestido. Y el orden, ¡ay el orden! El difunto de tu suegro podía aparecer de sorpresa y ni con lupa hallaba una mota. Así eran las cosas.

Lucía escuchaba en silencio, mordiéndose por dentro. Esa historia de los suelos brillantes ya se la sabía de memoria. Aunque para ser sincera, había perdido la cuenta: ¿cincuenta o sesenta veces la misma cantinela?

¿Y qué le has hecho hoy a los niños para comer?
Sopa de verduras.
¿La tienes en la nevera? Doña Carmen ya rumbo a la cocina. A ver, déjame echar un ojo.

Su suegra sacó la olla, la olió, probó con una cuchara y puso cara de estar catando lejía.

Te has pasado de sal, y encima le has echado más zanahoria que en la huerta de mi vecino. Los niños no son conejos, ¿eh? A mi Juanito de pequeño le hacía yo las sopas de otra manera. Él se las terminaba enteritas y hasta pedía más.

Lucía ni le respondió. Era como discutir con una tapa de alcantarilla.

¿Y de desayuno les das otra vez esos cereales de caja de supermercado? Ya te lo dije mil veces: solo cereales de los de verdad. Mira a Elena, la mujer de mi sobrino Alberto: cada noche pone la avena en remojo y por la mañana, ale, avena fresca. Sus hijos ni se resfrían.

El eterno ejemplo de Elena. Perfecta Elena con sus hijos de anuncio y sus cereales hidratados con agua bendita.

Carmen, los copos de avena también son naturales.
No me hagas reír… ¡Todo ese faStfúd vuestro! En mis tiempos ni sabíamos lo que era faStfúd. Todo casero y con amor, tres horas removiendo la olla.

Seguidamente, Doña Carmen inspeccionó la habitación infantil.

Por cierto, ¿a qué hora los acuéstais? Anoche llamé a las nueve y Clara aún andaba en pie.
Siempre van a la cama a las nueve y media.
¡Tardísimo! La rutina es sagrada para los niños. Juanito a las ocho ya estaba en la cama. Y nada de lloros ni protestas. Porque había disciplina, no estos mimos de ahora…

Lucía se mordió el labio. Tenía discurso preparado: que los tiempos cambian, que lo dicen hasta los psicólogos, que sus niños no son Juanito con pantalón corto en los setenta… Pero, ¿para qué?

Y esos talleres modernos… Doña Carmen escrutaba los dibujos colgados. Manualidades, pintura… ¡puras tonterías! A Juanito lo llevaba a natación y ajedrez, eso sí que desarrolla la mente. Lo de pintar es para casa. ¿Para qué gastar dinero?
A Clara le encanta dibujar. Es muy creativa.
¡Creativa! bufó Doña Carmen. Eso te lo dicen en la academia para sablearte. ¿Qué creatividad va a tener una cría de cuatro años?

Volvió a instalarse en el sofá, brazos cruzados.

Os habéis echado a perder, las madres de hoy: todo el día con el móvil y el internet. La casa manga por hombro, los niños malcriados, los maridos muertos de hambre. Fíjate en Elena, la mujer de Alberto: trabaja fuera, su casa impoluta, tres críos y todos bien atendidos. Tú, con dos, te ves desbordada.

Otra vez el ejemplo divino de Elena. Elena, con el halo de las sábanas almidonadas.

También trabajo, Carmen.
Ya, ya sé: sentadita frente al ordenador, pasando papeles. ¿Eso es trabajar? Yo a tu edad… cerró los ojos suspirando. Tres hijos, la huerta, la casa y aún me daba tiempo para querer mucho a mi suegra. Nunca le llevé la contraria ni una vez.

Lucía trató de explicar que su trabajo requería concentración, que llevaba proyectos importantes, que… Pero sus palabras rebotaban como pelotas de feria ante la sonrisa altiva de Doña Carmen. Su suegra negaba con la cabeza, generosa musa de la paciencia sufrida.

Cada visita se había convertido en un examen que Lucía sabía de antemano que iba a suspender. Todo lo hacía mal: las toallas mal puestas, el té muy caliente, las plantas mustias, las cortinas pidiendo gritos una lavadora. Tres años soportando este tsunami habían agotado los recursos zen de Lucía, pero ella callaba. Por Juan. Por paz en casa.

Aquel día, Doña Carmen, además, vino guerrera. Se fue derecha a la cocina, hizo un gesto de puro hastío al ver una sartén sin fregar en la pila.

Pedrito, el hijo de cuatro años de Lucía, estaba en pie de guerra con la sopa.

¡No quiero! ¡Está mala!
¿Ves? ¡Te lo dije! alegó Doña Carmen triunfal. No sabe cocinar la pobre, el niño ni prueba la sopa. Te voy a enseñar cómo se hace un buen caldo: primero pollo, pero que sea de corral, no del supermercado…

Entonces, algo se rompió. Silencioso, pero clarísimo, como la cuerda de un guitarrista harto.

Años de pullas, humillaciones, comparaciones con la suprema Elena, sugerencias de inutilidad, resoplidos, movimientos de cabeza… Todo saltó de golpe. Por fin.

Lucía se puso en pie despacio. Miró a su suegra con una mirada fresca: fría y firme.

Carmen. ¿Ha venido usted a la casa de su marido, o es usted la invitada aquí?

La suegra se quedó clavada con la cuchara al aire. Parecía que se le había olvidado respirar.

¿Qué…?
Digo, ¿cuando usted se casó, llevó a su marido a su piso o él a usted al suyo?
A-a la casa de mi marido, naturalmente… Carmen parpadeaba perpleja. Pero, ¿qué…?
Pues yo traje a Juan aquí. A este piso de tres habitaciones. Que compré yo. Con mi dinero. Ganado, por cierto, tecleando esos papeles en el ordenador, como usted dice.

El color de Doña Carmen palideció.

Así que aquí, decido yo la sopa, la hora de irse a la cama, y las extraescolares. Y otra curiosidad, Carmen: ¿Usted trabajaba? ¿O estuvo siempre a la sopa boba con su marido, llevando la casa?

A Carmen se le subió la sangre a la cara.

¡Pero bueno, cómo… cómo te atreves a faltar al respeto!
No falto, pregunto. Por si le interesa saber: mi sueldo son mil ochocientos euros. El doble de lo que cobra Juan. Así que la próxima vez que quiera darme lecciones, por favor recuerde esto.

El silencio en la cocina era tan espeso que se podía cortar con el cuchillo del pan. Hasta Pedrito dejó de jugar con la cuchara y miraba de su madre a su abuela con los ojos como dos huevos fritos.

En ese momento, se oyó la puerta de la entrada. Juan volvía de la oficina y se quedó parado, oliendo el ambiente como un perro sabueso.

¡Juanito! Carmen se lanzó hacia su hijo. ¡Ay, Juanito, lo que me ha dicho tu mujer! ¡Me ha humillado! ¡Ha insultado a su suegra!
Para. Juan levantó la mano. Espera. Lucía, ¿qué ha pasado?

Lucía habló bajito, gastada. Contó tres años de aguante. Las comparaciones constantes, la crítica, la sensación de incompetencia, las peleas por la educación de los niños.

Juan escuchaba en silencio, la cara cambiando del desconcierto al rubor, del rubor a la tristeza. Se frotó el puente de la nariz como quien intenta borrarse un mal pensamiento.

Juanito, no creerás a… a Carmen titubeó buscando palabras. Soy tu madre. Te cuidé, te lavé los pañales, apenas dormía
¿Mamá? Juan la miró, y esta vez Lucía notó que no había ni pizca de cariño en esos ojos. ¿Has estado tres años martilleando a Lucía?
¡¿Yo?! ¿Martilleando? ¡Solo le aconsejaba! Y ella
Aconsejando… Juan asintió lento. Sobre la sopa. Sobre las actividades. Sobre las cortinas, el polvo… Siempre, ¿no?

Carmen abrió la boca, pero Juan la paró en seco.

Me había fijado, ¿sabes? Notaba que Lucía volvía rara tras tus visitas. Pensaba que eran cansancio, cosas del trabajo Y ahora veo que aguantaba esto. Sin decirme nada. Por no pelearnos.

¡Juan!
Mamá suspiró él. Como sigas así, criticando a Lucía, no entras más por esa puerta.

Carmen se quedó como congelada. Sus dedos apretaban la mesa tan fuerte que parecían uvas pasas.

¿Lo dices en serio? ¿Por ella? ¿Por esta?…
Por mi mujer corrigió Juan. Madre de mis hijos. La mujer que compró este piso. Y que ha aguantado estoico durante tres años para no buscarme disgustos. Sí, mamá, lo digo muy en serio.

Durante unos segundos, Carmen miró a su hijo como si fuera un extraño. Luego, recogió el bolso, se dirigió a la puerta y, antes de salir, se girólos labios temblando de rabia y pena, pero la expresión de Juan cortó cualquier palabra. Solo agitó la mano, un gesto entre adiós y excomunión, y desapareció escaleras abajo.

En el silencio que quedó, se oía el tic-tac del reloj de la cocina y el trajín de Pedrito, ya indiferente a la sopa fría.

Juan abrazó a Lucía, la atrajo hacia él. Lucía apoyó la frente en su pecho y por primera vez en años se dio cuenta de la pesadez que llevaba en los hombros: como si durante tres años hubiera cargado un saco de patatas invisible.

¿Por qué has aguantado tanto? Juan le susurró en el pelo, acariciándole la espalda. Tres años, Lucía, tres años aguantando todo.
No quería que os peleárais. Es tu madre.
Mi tontita… la abrazó más fuerte, y Lucía sintió el roce seco de sus labios en la sien. Tú eres mi familia. Tú y los niños. Y mi madre, pues… tendrá que aceptarlo. O perderá a sus nietos.

Lucía miró a Juan. Le daban ganas de reír. Por primera vez en tres años respiraba sin que le oprimiera el aire. Por fin.

¡Mamá, mamá! saltó Pedrito. ¿Yaya se ha ido? ¿Ya no hay que comer sopa?

Juan y Lucía se miraron y estallaron en carcajadas. A la vez, con ganas, como hacía mucho que no lo hacían.

La sopa dijo Lucía, tendrás que acabarla hoy… pero mañana te hago del caldo que te gusta.

Rate article
MagistrUm
El día en que a Natalia se le acabó la paciencia con su suegra: tres años de críticas, comparaciones y presiones hasta que, finalmente, explotó en su propio hogar madrileño