Sin enterrar el pasado

Ponte el abrigo, fuera hace un frío que pela. Vas a pillar un catarro.

Isabel le tiende la boina de lana azul con borla la misma que Lucía eligió ilusionada en El Corte Inglés hace un mes.

¡Tú no eres mi madre! ¿Te enteras?

El grito de Lucía rompe el silencio del recibidor. Arroja la boina al suelo como si fuera algo venenoso, fulminándole con la mirada.

Lucía, solo
¡Y no lo serás nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca!

La puerta de entrada pega un portazo. Las baldosas tiemblan y el viento frío del portal se cuela por toda la casa.

Isabel se queda allí, clavada en el recibidor. La boina, estrujada y absurda, reposa a sus pies. Las lágrimas le escuecen bajo los párpados, furiosas. Aprieta los labios y mira al techo. No puede llorar. Ahora no.

Hace apenas seis meses, imaginaba una vida totalmente distinta. Cenas tranquilas en familia. Conversaciones largas después del café. Quizá alguna escapada juntos a la sierra de Madrid. Damián pintaba a su hija como una joya: lista, sensible, solo un poco cerrada desde la muerte de su madre. Solo necesita tiempo, insistía él. Ya verás cómo cambia.

Pero el tiempo pasa. Y Lucía sigue igual.

Desde el día que Isabel cruzó aquel umbral ya no como invitada, sino convertida en esposa, la niña levantó una muralla de hielo. Cada intento de acercarse chocaba contra un muro. Ofrece ayuda con los deberes Yo puedo sola. Propone un paseo No me apetece. Un cumplido sobre sus trenzas nuevas mirada fría y un silencio de plomo.

Tengo madre soltó Lucía al segundo día de convivencia, mientras desayunaban a toda prisa y Damián miraba el reloj constantemente.

Tuve y siempre tendré. Tú aquí no eres nadie.

A Damián se le atragantó el café. Murmuró algo conciliador y la sonrisa de Isabel se congeló en sus labios.

Desde entonces, la distancia va en aumento.

Con Damián, Lucía no se muestra así. Pero cuando están a solas, se vuelve implacable. Pasa de Isabel en el pasillo como si fuera invisible. Responde con monosílabos. Se levanta de la sala en cuanto Isabel entra.

Papá ya no es el mismo soltó Lucía durante la cena. Antes todo era distinto. Ahora

No terminó la frase. Damián palideció y a Isabel se le hizo un nudo en la garganta.

Damián va de un lado a otro como un animal acorralado. Por las noches entra en el dormitorio ese cuarto que sigue llamando el dormitorio y no el nuestro y le suplica paciencia.

Es una niña. Lo está pasando mal. Dale tiempo.

Luego va a la habitación de Lucía, le pide que lo intente. Que sea un poco más cariñosa.

Isabel lo está intentando. Haz tú también un esfuerzo.

Isabel escucha esas charlas a través de la pared. Reconoce el tono agotado de Damián, la rebeldía punzante de Lucía.

El hombre se consume. Se nota en la arruga que le cruza entre las cejas, mucho más profunda ahora. En ese gesto suyo de contener la respiración cuando Lucía e Isabel se cruzan. En el cansancio que no se le va ni con tres cafés del bar.

Pero elegir bando no puede. O no quiere.

Isabel recoge la boina, la sacude y la cuelga mecánicamente. Va al salón y una vez más se detiene en seco.

Fotografías. Decenas de marcos sobre estanterías, paredes, repisas. Una mujer rubia de sonrisa serena. La misma abrazando a Lucía de bebé. Otra con un Damián jovencísimo, feliz y despreocupado. Fotos de boda. De vacaciones en San Sebastián. De navidades y cumpleaños.

Elena. La primera esposa. La difunta.

Las cosas de Elena siguen en cada armario. Vestidos, jerséis, fulares doblados con esmero y bolitas de lavanda perfumando. Su neceser ocupa un estante en el baño. Sus zapatillas rosas están al lado de la entrada. Como esperando que vuelva de la panadería de la esquina.

Mamá cocinaba esto mucho mejor suelta Lucía a la hora de comer.
Mamá no hacía esas cosas.
A mamá no le habría gustado.

Comparación tras comparación, cada frase es un golpe bajo. Isabel asiente, sonríe, traga la rabia junto con la comida. Y por las noches permanece despierta, pensando: ¿cómo vencer a un fantasma? ¿Cómo competir con una imagen que se hace más perfecta con los años?

Damián sigue amando a Elena. Isabel lo sabe desde hace tiempo. Observa cómo mira sus fotos con un anhelo insondable. Cómo se encierra en sí mismo cuando Lucía menciona a su madre.

¿Y qué es entonces Isabel para él? ¿Un consuelo? ¿Una forma de llenar el vacío? ¿Alguien que estaba cerca cuando más solo se sentía?

Cuando Damián se duerme, Isabel mira el techo: ese techo ajeno que nunca siente suyo. Sabe con absoluta claridad que este matrimonio hace aguas por todas partes. Que Damián se casó sin cerrar las heridas del pasado. Que Lucía nunca la aceptará.

Y que tal vez, ella ha cometido el error más grave de su vida.

La certeza se le impone, entre las tres y las cuatro de la madrugada, escuchando la respiración de Damián. Él ya duerme siempre duerme al minuto, de espaldas y ajeno al mundo. Ella se queda a solas con el techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena sobre el aparador que Damián nunca retiró.

Así no se puede seguir.

La decisión llega, nítida y fría, como un rayo. Entiende que esta batalla está perdida. Que no se puede vencer a la memoria. Que jamás ocupará el sitio de quien ha sido canonizada en esa casa.

Se sienta en la cama. Damián ni se inmuta.

Tres días después, Isabel acude sola al registro civil. Sin abogado, sin previo aviso. Pide el formulario, rellena con letra pulcra, firma. La mujer tras el mostrador la mira con la compasión de quien ha visto demasiadas parejas rotas.

Isa

Damián encuentra los papeles por la tarde. Se queda helado en la cocina, con la solicitud de divorcio en una mano.

¿Qué significa esto?
Lo pone bien claro. Isabel sigue fregando platos. He pedido el divorcio.
¿Pero cómo? ¿Por qué? Si ni siquiera
¿Qué hay que discutir, Damián?

Apaga el grifo, se limpia las manos, y le mira a los ojos.

Estoy harta de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar cada día de tu hija que soy nadie.
Lucía solo es una niña, no lo entiende
Lucía lo entiende perfectamente. Y tú también, pero te da miedo reconocerlo.

Damián se acerca y le sujeta los hombros, suave, temblando.

Isa, hablemos. Podemos empezar de cero. Hablo con Lucía, guardo las fotos, lo arreglamos
Todavía la amas.

No es una pregunta. Isabel clava por fin los ojos en él y su respuesta aflora antes de que Damián logre abrir la boca.

Sigues amando a Elena. ¿Yo qué soy para ti? ¿Un parche? ¿Una compañera de piso? ¿La que te cocina la cena?
Eso no es justo
Dímelo entonces. Di que ya no la quieres. Que la has olvidado. Venga.

Silencio.

Damián suelta sus hombros, retrocede. Su cara envejece de golpe.

Isabel asiente. No esperaba otra cosa.

Lucía está en su cuarto. La puerta entreabierta no se sabe si por accidente o a posta. Cuando Isabel pasa, la niña levanta la mirada del móvil y esboza una sonrisa diminuta, maliciosa. Ha ganado.

Las horas siguientes son un rito mecánico. Armario. Perchas. Maleta. El vestido que Damián le regaló por su aniversario, hace apenas tres meses, que ahora parece de otra vida. El perfume que escogió con esmero en la perfumería de Gran Vía. El libro que empezaron juntos y nunca terminaron.

Isabel recoge cada prenda cuidadosamente. Sin pensar. Sin volver a mirar atrás. Solo guarda.

La tarde se le hace eterna. Se sienta en la cama junto a las maletas. Dos maletas: todo lo que queda de su intento de fundar una familia.
A las ocho Isabel se marcha.

Ha reservado un taxi con antelación, baja las maletas ella sola el ascensor funciona silenciosamente, ninguna puerta del edificio se abre. Deja las llaves sobre la mesa del recibidor.
El conductor ayuda con el equipaje y el coche arranca. Isabel no mira atrás.
La ciudad, bajo las farolas, es distante. Se apagan las luces en las ventanas. Los terrazas están vacíos y los pocos paseantes apuran hacia el metro. Atrás queda la casa, llena de recuerdos y fotos. Quedan Damián, con su amor inacabado, y Lucía, defendiendo el altar de su madre.

Isabel mira las luces a través del cristal y respira. Por primera vez en seis meses respira de verdad.
La soledad da miedo. Pero vivir a la sombra de un fantasma da aún más.
Empieza de cero: sin marido, sin familia, sin engaños.
Y sobre todo sin tener que vivir comparándose siempre con una mujer que ya no está, y que jamás podrá volver.

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MagistrUm
Sin enterrar el pasado