El derecho a no ir con prisas El mensaje de la médica llegó cuando Nina estaba en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Se sobresaltó por la vibración del móvil, que descansaba junto al teclado. «Los análisis están listos, acércate hoy antes de las seis», rezaba el escueto texto. El reloj del ordenador marcaba las cuatro menos cuarto. De la oficina a la clínica había tres paradas en autobús, luego la espera, consulta, de vuelta… Encima, la llamada del hijo, que prometía «pasarse si le daba tiempo», y la jefa había insinuado por la mañana otro informe extra. Al lado del bolso, los papeles de su madre que Nina pensaba llevarle esa noche. — ¿Otra vez vas a salir tarde? — preguntó la compañera de silla, al ver que Nina miraba el reloj. — Qué remedio… — respondió sin pensar, aunque el sudor bajo el cuello de la blusa y un cansancio insistente en el pecho la delataban. El día laboral se arrastraba, espeso como masa sin hacer. Correos, llamadas, el chat del departamento eternamente encendido. A mitad de la jornada, la jefa asomó la cabeza por la puerta. — Nines, mira. Que este finde el proveedor ha pedido un resumen, y yo el sábado me voy fuera. ¿Te puedes encargar tú? Nada importante, es juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer desde casa. El «nada importante» quedó flotando en el aire como una orden. La compañera de la derecha se sumergió en la pantalla, como intentando volverse invisible. Nina abrió la boca para decir el habitual «claro», pero en ese momento el móvil vibró en su bolsillo: recordatorio de la app —«Por la tarde: paseo 30 minutos». Ella misma había puesto esos avisos, en verano, tras otro susto con la tensión, y casi siempre los descartaba sin mirar. Hoy no lo hizo. Miró la línea como si fuera algo vivo, que le pedía una respuesta. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina respiró hondo. Le retumbaba la cabeza, pero en el fondo algo se encendió, una certeza terca: si decía que sí, otra vez se vería trabajando hasta medianoche, luego le dolería la espalda, y el domingo: lavadoras, comida, médico de su madre. — No puedo, — respondió, sorprendiéndose de lo tranquila que le salió la voz. La jefa alzó las cejas. — ¿Cómo que no? Si tú siempre… — Mi madre, — Nina apeló a la excusa de siempre para llegar tarde, aunque nunca la había usado para negarse del todo. — Y además… El médico me ha dicho que evite las horas extra. Perdona. No especificó que el consejo médico no era reciente. Pero lo era, después de todo. Silencio. Por dentro se encogió, esperando el suspiro reprobador, las indirectas sobre el «equipo» y «la confianza». — Vale, — la jefa pareció querer insistir, pero lo dejó. — Ya buscaré a alguien más. Sigue. Al cerrar la puerta, Nina notó la espalda empapada. Le temblaban los dedos sobre el ratón. Una vocecilla, escurridiza, pensó: tendrías que haber aceptado, no te costaba tanto. Solo son tres o cuatro horas. Pero junto a la culpa se instalaba otra emoción, desconocida y por eso inquietante: alivio. Como si, por fin, dejase una mochila y se sentara. Por la tarde, en vez de meterse en el centro comercial y, «de paso», hacer un recado de la oficina, Nina salió de la clínica y no corrió a la parada. Se paró en la puerta, reguló la respiración y sintió el dolor en las piernas de tanta carrera. — Mamá, voy mañana a verte, — dijo por el móvil tras recoger los resultados. — ¿No pasas hoy? — preguntó la madre, con su habitual tono de reproche. — Estoy cansada, mamá. Es tarde, tengo que llegar a casa y cenar tranquila, que hace siglos que no lo hago. Te llevo las medicinas mañana. Se preparó para la bronca, pero en vez de eso oyó un suspiro. — Tú verás. Ya no eres una niña. «Ya no eres una niña», pensó Nina, sonriendo. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca casi pagada y, aún así, esa sensación de necesitar demostrar que es buena hija, buena madre, buena empleada. En casa, silencio. Su hijo escribió en el chat que no le daba tiempo, «lío en el trabajo». Nina puso el agua para el té, partió unos tomates. Su mano fue al aspirador por costumbre —los suelos lo pedían—, pero se sentó a la mesa, dejó que el té se templara y abrió un libro empezado en vacaciones. Siempre hay una vocecilla picando: tienes que tender la ropa, fregar ollas, mirar el informe, buscar clínica nueva para mamá. Pero estaba más baja. Entre tanto «tienes» se abrió una grieta donde cabía un pequeño «puede ser luego». Leyó despacio, releyendo párrafos. En un momento se dio cuenta de que miraba por la ventana, sin prisa. Afuera, los coches iban y venían, pocos paseantes con bolsas, perros caminando tranquilos. — Está bien, — musitó en voz alta, como si cerrara un trato consigo misma. — No pasa nada si el suelo no brilla. Y no le pareció un crimen. * * * Al día siguiente todo volvía a girar. Mamá llamó a las nueve, preocupada: — Nines, ¿seguro que llegas antes de comer? A las once quiero tomarme la tensión, que viene la enfermera. — Sí, mamá, tranquila, — contestó mientras se subía los vaqueros y guardaba el tensiómetro en el bolso. El hijo dejó un audio. — Mamá, tenemos movida con el piso, ¿podemos hablar luego? — tono serio, casi de negocios. — Sí, después de las siete me pillas en casa. Ahora voy a ver a la abuela. — ¿Otra vez? — contestó el hijo. — Otra vez, — dijo Nina, serena. En el autobús, gente discutiendo, bolsas sonando. Nina se durmió ligeramente abrazada al tensiómetro y despertó delante del portal de su madre. Su madre, de bata, con cara de disgusto: — Llegas tarde. Y así está todo patas arriba para cuando venga la doctora. Antes, Nina habría estallado: «Aquí corriendo por todas partes y tú protestas porque hay desorden». Luego, culpa y agotamiento. Hoy, paró en la entrada, apoyó el bolso, respiró. Se imaginó todo su argumento de siempre —palabras, reproches, excusas, lloros. Y cómo luego siempre salía a la calle a secarse los ojos y buscar una excusa para el humor. — Mamá, — dijo suave. — Sé que te pones nerviosa, pero primero preparamos la mesa y luego ya recojo la ropa. No me quedan fuerzas para todo a la vez. La madre frunció el ceño, quiso replicar, pero algo leyó en su cara. No protesta, no súplica, solo firmeza tranquila. — Bueno, — resopló. — Saca el aparato. Más tarde, la madre, retorciendo el cinturón de la bata, habló diferente, no como cuando protestaba viendo las noticias. — No te creas, no es por fastidiar. Es que me asusta estar sola. Nina, fregando tazas, notó un nudo suave y doloroso a la vez. — Lo sé, mamá. A veces a mí también me asusta. La madre bufó, pero algo se relajó en la habitación, como si el hilo invisible que las unía ahora tirara menos fuerte. * * * Al volver a casa, Nina pasó por la farmacia. Una vecina del bloque, la de la sillita de bebé y las bolsas a rebosar, estaba delante. — No sé cuáles son las vitaminas que necesita mi marido, — murmuró la vecina, nerviosa, con la libreta en la mano — El médico me escribió dos y aquí hay mil, encima en oferta, me lío. Nina, otros años, habría asentido y mirado el móvil —bastante tiene una—. Pero hoy reconocía esa angustia: su madre le pedía que le apuntase las pastillas porque se hacía un lío, y ella misma el invierno pasado estuvo igual en una farmacia. — Déjame ver, — ofreció Nina. Revisaron juntas la receta, preguntaron a la farmacéutica, encontraron la caja. — Gracias, chica, de verdad, — la mujer respiró. — Vosotras que tenéis a la madre delicada, por lo menos ya sabéis. Nina sonrió. — Bueno, no es que sepa mucho. Solo… ya he pasado por ahí. Salieron juntas de la farmacia y la vecina dudó: — Si alguna vez me atasco, ¿te puedo preguntar? No te preocupes, llamo de día, que por la noche sé que cada una tiene su lío. Antes, Nina habría dicho: «Sí, claro, cuando haga falta», y luego le daría rabia si llamaba tarde. Hoy, se escuchó antes de responder; no quería más tareas extra. — Sí, pero mejor por la tarde, ¿vale? Por la noche tengo mis cosas. Y, al decir «mis cosas», casi se sorprendió: afirmaba, en voz alta, que su tiempo también contaba. La vecina asintió, sin más. Aquello le alegró más que el agradecimiento. * * * Por la noche hizo una cena sencilla. No sacó todas las ollas como si alimentara a una tropa. Solo pasta, un poco de pollo, pepinos. La cocina algo desordenada, una camisa colgada en la silla, ropa por doblar en una esquina. Hace diez años no habría cenado hasta no dejarlo perfecto. Hoy simplemente apartó la cesta. El hijo llamó, tenso. — Mamá, es complicado. Nos ofrecen hipoteca pero piden mucha entrada. ¿Nos puedes ayudar? Sé que ya pusiste, pero… Nina cerró los ojos. Estas conversaciones siempre le dolían —asaltaban las ideas de «mala madre», «poco dinero», «mal ejemplo». Además, la espina de la vez que gastó todos los ahorros en el fallido negocio de su ex. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, apoyando los codos en la mesa. Él dijo la cifra. No era una fortuna, pero sí mucho. Podía sacarlo de sus pequeños ahorros —los de algún día ir al mar, cambiar la nevera, ponerle dientes a la madre—. Le cruzaron la mente todas las veces que se dejó a sí misma para el final. Grandes planes abandonados, sueños metidos en altillos. — Ya te lo devolveremos, — añadió el hijo, apresurado. — No lo pienso, — contestó. Y era verdad; ella sabía cómo acabaría. Dudó unos segundos. Repasó la infancia del hijo, la adolescencia difícil, los sacrificios. Y también sus propios «algún día» postergados. — Os ayudo, — decidió. — Pero solo la mitad. La otra mitad la tendréis que buscar. — Mamá… — esta vez, pudo oír la decepción. — Santi, — rara vez usaba su nombre así. — No soy un banco. También tengo que pensar en mí. Silencio. Ahora escuchaba su propio corazón, esperando el remordimiento, pero no llegó. Sí inquietud, algo de pudor. Pero, sorprendentemente, mucha calma. — Vale, —concedió el hijo. — Con eso ya avanzamos. Buscaré el resto. Hablaron de trabajo, de su hermana, de series. Al colgar, solo se oía el tic-tac del reloj. Sentada al lado de la cesta, Nina miró la colada y sintió algo extraño. Como si junto a ella se sentara su yo de treinta y cinco —estresada, siempre con culpa, convencida de no llegar nunca. — Bueno… — pensó, dirigiéndose a la joven Nina — vale que nos hemos equivocado, vale que se perdió mucho. Pero no hay que machacarse otros veinte años. No era gran sabiduría, solo un pequeño acuerdo en paz consigo misma. Dobló una camiseta, luego otra, y dejó el resto para mañana. Se permitió no dejarlo perfecto. * * * El sábado, sin recados ni trabajo, Nina despertó sin despertador. Por impulso se iba a levantar —«hay que ir a…», «hay que cocinar…», «hay que lavar…»—, pero se obligó a quedarse diez minutos más, escuchando los pasos en la calle. Después del té y un poco de orden, sacó una pequeña libreta del cajón —la que le regaló su hija en Nochevieja: — Mamá, para que por fin apuntes lo que quieres hacer solo para ti. Entonces Nina solo sonrió y la guardó. La libreta estaba vacía. ¿A qué iba a dedicarse, con su madre, el trabajo y los hijos? Hoy la abrió y, sin grandes planes —nada de inglés, ni cerámica, ni proyectos para Instagram—, escribió: «Quiero salir a pasear algunas tardes, solo por pasear». Y debajo: «Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio». No era nada llamativo: solo manejar el ordenador sin sentirse siempre un paso por detrás. Se había cansado de necesitar al hijo para cualquier trámite en internet. Guardó la libreta en el bolso. Bajó y, en vez del súper, entró en el patio que hacía años no pisaba. Sombra, bancos, dos mujeres de su edad hablando —salud, precios, hijos. Nina siguió su camino, a su ritmo. Por dentro, se sentía más ligera, como cuando dejas ir por fin lo que te sobraba. No sabía vivir «a la nueva». Seguiría cayendo, cediendo, enfadándose. Pero ahora, entre eso y ella misma, había un pequeño espacio donde preguntar: «¿Esto lo quiero yo?». De vuelta a casa, entró a la biblioteca de la esquina, donde nunca había estado. Olía a libros y tiempo. Tras el mostrador, una bibliotecaria de chaleco de punto. — ¿Te puedo ayudar? — Querría información de los cursos, — dijo Nina, de pronto tímida. — Para… adultos. Para manejar mejor el ordenador. La bibliotecaria sonrió. — Tenemos. Son por las tardes, dos días por semana. Justo estamos haciendo grupo. ¿Te apunto? — Apúntame, — dijo Nina. Escribiendo los datos, vio los «55 años» en el formulario. Ya no le parecían una condena. Más bien, un punto de referencia: ha llegado donde tiene derecho a no ir con prisas. En casa seguía la sartén sin fregar, la camisa colgada, los análisis de mamá, el correo de la jefa. Nina dejó el bolso, colgó la chaqueta, se paró un par de minutos ante la ventana. Por dentro, respiraba tranquila. Sabía que ahora iba a fregar, luego llamaría a mamá, luego respondería a la jefa. Pero entre esas cosas, seguro que reservaría una rendija para sí: una taza de té, una página de libro, un paseo pequeño. Y ese saber, ahora, le importaba más que todo lo demás.

El derecho a no tener prisa

El mensaje de la médica llegó mientras Carmen estaba sentada en su escritorio de la oficina, terminando de redactar un correo más. El teléfono vibró junto al teclado y el sobresalto la sacó de su concentración.

«Análisis listos. Pase hoy antes de las seis», decía escuetamente el texto.

En la pantalla del ordenador eran las cuatro menos cuarto. Desde la oficina hasta el ambulatorio había tres paradas en autobús, luego sacar número, esperar su turno, consulta, el camino de vuelta… Además, su hijo la había llamadopaso si me da tiempoy la jefa por la mañana ya había insinuado la posibilidad de encargarle un informe extra. En el bolso, a sus pies, tenía los papeles que pensaba llevarle a su madre esa misma tarde.

¿Otra vez te vas a ir por la tarde? preguntó Pilar, su compañera de mesa, al ver cómo Carmen miraba el reloj.

Tengo que hacerlo le salió sin pensar, aunque sentía cómo el sudor le humedecía la nuca bajo el cuello de la blusa y en el pecho le latía la fatiga.

La jornada avanzaba espesa, como masa pegajosa. Correos, llamadas, el chat interminable de la oficina. A mitad del día, la jefa asomó la cabeza por la puerta:

Carmen, mira. El proveedor nos ha pedido un cuadro-resumen para el lunes, pero yo este sábado me voy. ¿Te importaría hacerlo? Nada complicado, solo juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes terminar en casa.

Las palabras nada complicado quedaron suspendidas en el aire, con sabor a orden. La compañera del otro lado fingió sumergirse en la pantalla, como queriéndose hacer invisible. Carmen abrió la boca para responder su habitual por supuesto, pero en ese momento el móvil vibró suavemente: un recordatorio de la appPor la tarde: paseo de 30 minutos. Ella misma lo había programado hace meses, después de otro susto con la tensión, y casi siempre lo descartaba sin leer.

Esta vez no lo descartó. Miró la línea, sin tocarla, como si esperara que de verdad necesitara su contestación.

¿Carmen? repitió la jefa.

Inspiró despacio. Le zumbaban los pensamientos, pero en el fondo sintió con terquedad: si decía que sí, volvería a quedarse hasta la medianoche, luego el dolor lumbar, el domingo lavado, cocinar, la consulta de su madre.

No puedo dijo, y hasta a ella le sorprendió lo tranquilos que sonaron esos tres términos.

La jefa arqueó una ceja.

¿Cómo que no puedes? Si tú siempre…

Es que… mi madre se obligó Carmen a nombrar el motivo que siempre amparaba sus retrasos, aunque curiosamente nunca sus negativas y además… la médica me ha aconsejado que no haga tantas horas extra. Lo siento.

No explicó que la médica lo había dicho de pasada y hacía tiempo. Pero lo había dicho, al fin y al cabo.

Hubo un silencio tenso. Carmen esperaba el suspiro molesto, la alusión a equipo, a responsabilidad.

Vale la jefa pareció dispuesta a insistir, pero desistió con un gesto. Buscaré a otra persona. Sigue con lo tuyo.

Cuando la puerta se cerró, Carmen se dio cuenta de que tenía la espalda empapada y los dedos con los que agarraba el ratón temblaban. Una voz culpable, rápida y aguda, susurró que podría haber aceptado, ¿qué le costaba?, eran solo tres o cuatro horas en sábado.

Pero junto a la culpa, apareció un sentimiento nuevo y, por eso mismo, casi aterrador: alivio. Como si al fin se hubiera quitado el lastre de una mochila pesada y pudiera sentarse a respirar.

Aquella tarde, en vez de adentrarse en el centro comercial o aprovechar para traer datos para el informe, Carmen salió del ambulatorio y no fue corriendo a la parada. Se quedó de pie ante la puerta, respirando hondo, notando el cansancio real en sus piernas, tras todo el día de carreras.

Mamá, mañana voy a verte dijo en cuanto llamó, tras recoger los resultados de la analítica y hacer la cola de rigor.

¿Hoy no te pasas? el tono de su madre sonó como siempre, con ese deje de reproche apenas velado.

Estoy agotada, mamá. Además, es tarde, tengo que ir a casa y cenar en condiciones de una vez. Tus medicinas ya las tengo, no te preocupes; mañana por la mañana te las llevo.

Se preparó para la tormenta, pero del otro lado llegó un suspiro.

Tú sabrás. Ya no eres una cría.

No eres una cría, pensó Carmen, sonriendo para sí. Cincuenta y cinco años, dos hijos ya adultos, hipoteca casi terminada, y aun así sentía por dentro que tenía que demostrar a todo el mundo lo buena que era. Hija, madre, trabajadora.

En casa todo estaba en silencio. En el chat, su hijo avisó que no vendría: caos en el trabajo. Carmen puso la tetera, cortó un poco de tomate. Por inercia, le fue a la mano el aspiradorel suelo pedía limpieza desde hacía días. Pero en lugar de eso, sencillamente se sentó a la mesa, se sirvió el té y dejó que se enfriara un poco mientras ojeaba el libro empezado en las últimas vacaciones.

Todavía revoloteaba en su interior esa voz que decía: deberías colgar la ropa, fregar cazuelas, revisar el informe nuevo, buscarle a mamá un médico en la web. Pero el runrún esta vez era casi imperceptible. Entre los eternos tienes que… asomó una grieta suave por la que se filtró otra frase: pero también puede ser después.

Leyó sin prisa, volviendo a los párrafos si se los saltaba. De repente se sorprendió mirando a través de la ventana, sin ninguna urgencia. Afuera, las luces de los coches estiraban la noche, un par de paseantes arrastraban carritos y los perros de la zona caminaban tranquilos junto a sus dueños.

No pasa nada dijo en voz alta, como si lo razonara consigo misma. Tampoco es tan importante que el suelo reluzca.

Y aquel pensamiento no le pareció ningún crimen.

* * *

Al día siguiente, todo volvió a enredarse como si el ayer nunca hubiera existido. Su madre la llamó a las nueve, con el tono típico de preocupación:

Carmen, ¿vas a venir de verdad antes de comer? A las once tiene que venir la doctora para la tensión.

Sí, mamá, tranquila respondió mientras se ponía los vaqueros con una mano y con la otra guardaba el tensiómetro en el bolso.

Su hijo le envió un audio:

Hola, mamá. Escucha, tenemos que hablar luego de lo del piso. ¿Te puedes conectar esta tarde? Es importante.

Claro, después de las siete respondió Carmen enfundándose los zapatos. Ahora voy a ver a la abuela.

¿Otra vez? no evitó su hijo preguntar.

Otra vez respondió Carmen, serena.

En el autobús alguien discutía con el conductor, en el fondo sonaba el crujido de bolsas. Carmen echó una pequeña cabezada abrazando el tensiómetro y despertó justo frente al portal materno.

Su madre, en bata, la recibió en la puerta, con el gesto torcido habitual.

Llegas tarde. Si la doctora encuentra esto como está… Un desastre señaló la montaña de ropa en una silla del salón.

Tiempo atrás, Carmen habría saltado como un resorte, las palabras precipitadas: ¿Te parece poco que vaya corriendo de un lado a otro y encima esto?. Y luego la culpa y el agotamiento de siempre.

Ahora se paró en el umbral, dejó el bolso en el suelo y respiró hondo. Por primera vez visualizó el guion entero: palabras de siempre, reproches, callados enfados. Y como cada vez, tras la pequeña tormenta, juntar fuerza para sonreír a los nietos y fingir que todo estaba bien.

Mamá dijo con voz baja. Sé que te preocupas. Pero vamos primero a poner la mesa y luego me ocupo de la ropa. No tengo energía infinita.

Su madre frunció el ceño, respiró para soltar una protesta, pero debió de ver algo en el rostro de Carmen: no enfado, ni súplica, sino una firmeza tranquila.

Bueno, pon el aparato refunfuñó.

Cuando la doctora se fue, la madre, jugueteando con el cinturón de la bata, habló con un tono inusualmente blando:

No creas, hija, que es por fastidiarte. Me da miedo estar sola.

Carmen aclaraba unas tazas bajo el grifo. El agua estaba tibia, el detergente le picó en la piel. Aquella confesión le removió algo muy dentro, medio cálido, medio doloroso.

Lo sé, mamá. Yo también tengo miedo a veces.

Su madre resopló, como quitándole importancia, y se fue a mirar el telediario. Pero el ambiente se quedó más liviano, como si el hilo invisible entre ellas se hubiera aflojado, sin tensiones.

* * *

Por la tarde, de vuelta, Carmen pasó por la farmacia del barrio. En la fila estaba Lucía, vecina del portal, casi siempre con carrito y bolsas. Hoy sin carrito y con cara despistada.

Nunca termino de enterarme qué vitaminas son para mi marido susurró, apretando una libreta. El médico me apuntó dos nombres, aquí encima hay ofertas y me pierdo.

Otra vez habría sonreído y se habría puesto a mirar el móvil: problemas ajenos, tiempo justo. Pero hoy sintió esa inseguridad conocida, estar delante del mostrador y no entender nada. A su mamá le tuvo que apuntar las pautas de las pastillas porque siempre se confundía. Ella misma, el año pasado, estuvo igual, agobiada con los medicamentos.

A ver, déjame mirar le dijo.

Se apartaron del bullicio y, con las gafas puestas, Carmen desgranó las notas, preguntó a la farmacéutica, localizó la caja correcta.

Gracias, de verdad suspiró Lucía. Al menos tú entiendes algo, con lo de tu madre…

Carmen se rio.

No es que entienda mucho. Es que lo voy aprendiendo a fuerza de necesidad.

Al salir, Lucía titubeó:

¿Te importa si algún día te pregunto algo? Mi marido es un cabezota y no va a mirar nada él solo.

Antes le habría dicho: Por supuesto, cuando quieras, llama cuando sea, y luego se habría mordido las uñas si era tarde. Hoy se dio un segundo para pensarlo, notando una pequeña inquietud: cuidarse de no acumular responsabilidades extras.

Me puedes llamar dijo. Pero mejor por las mañanas, por favor. Por la tarde suelo tener mis cosas.

Al decir mis cosas sintió algo parecido a orgullo. Como si, por fin, aceptara que su tiempo también importaba.

Lucía lo entendió con naturalidad y eso la alivió incluso más que las gracias.

* * *

Aquella noche Carmen preparó una cena sencilla. Sin la puesta en escena de otros años, como si hubiera que alimentar a media familia: sólo para ella y, quizá, para el hijo si aparecía. Coció un poco de pasta, hizo pollo a la plancha, cortó unos pepinos. La cocina tenía cierto desorden doméstico; en la silla colgaba una camisa de su hijo, en un rincón una cesta de ropa por doblar. Antes no habría cenado hasta tenerlo todo perfecto.

Ahora simplemente apartó la cesta con el pie.

Cuando su hijo la llamó, la voz sonaba tensa.

Mamá, está complicado. Nos ofrecen hipoteca, pero la entrada es alta. ¿Tú podrías ayudarnos un poco más? Ya sé que nos prestaste, pero…

Carmen cerró los ojos. Estas conversaciones siempre le punzaban el centro: fui mala madre, no gané bastante, les di mal ejemplo. Y además la espinita clavada de aquel dinero invertido en el fracasado negocio del padre. Nunca terminaba de perdonárselo.

¿Cuánto necesitáis? preguntó apoyando los codos en la mesa.

Él le dijo la cifra. No era desorbitada, pero sí notable. Tendría que tirar de los ahorros que iba reuniendo a poquitos, para algún día: ir al Mediterráneo, cambiar el frigorífico, arreglarle la boca a su madre.

Entre esos números, revoloteaban recuerdos: las botas del niño que tuvo que pagar a plazos, las navidades sin padre, el niño acurrucado de miedo por las noches. Y sus propias ilusiones, pospuestas una y otra vez como un jersey olvidado en la balda más alta.

No te preocupes, ya devolveremos se apresuró el hijo.

No me preocupo contestó Carmen. Era verdad: sabía que el dinero casi nunca volvía. Siempre había sido así.

Guardó silencio unos segundos. En ese lapso le pasó la película: ni mudanza prometida, ni el diploma soñado, ni el valor de dejar antes a su exmarido… Y todos los proyectos propios, engavetados por años.

Os ayudo, pero sólo puedo la mitad. La otra mitad tendréis que buscarla vosotros.

Mamá… su hijo estaba algo decepcionado.

Sergio usó su nombre y tono que pocas veces salía. No soy un cajero automático. Y también tengo que pensar en mí.

La línea se quedó muda. Carmen escuchó su propio latido esperar la oleada de culpa, pero no llegó. Sentía cierta tensión, sí, incluso vergüenza. Pero, sobre todo, tranquilidad.

Vale, tienes razón. Algo haremos. Lo que des ya nos salvará.

Hablaron después de trabajo, de cómo estaba su hermana, de series. Cuando colgó, sólo se oía el reloj de cocina.

Se sentó junto a la cesta de ropa y sintió como si, a su lado, se sentara también su yo de treinta y tantos: despeinada, perpetuamente en deuda con el mundo. Bueno, pensó para adentro, hemos perdido muchas cosas, sí. Hemos cometido errores. Pero no hace falta seguir castigándose otros veinte años.

No era una gran revelación, sino una pequeña paz interior. Dobló una camiseta, luego otra, el resto decidió dejarlo para mañana. Y se permitió no hacerlo perfecto.

* * *

El sábado, sin encargos pendientes, Carmen se despertó sin alarma. Al principio, la costumbre la empujó a saltar de la cama: hay que comprar, hay que cocinar, hay que lavar. Pero se obligó a permanecer diez minutos más bajo las sábanas, escuchando el barrido de escobas en la acera.

Tras un té rápido y una recogida ligera de la casa, sacó del cajón una libreta pequeña. La había comprado su hija por Reyes:

Mamá, para que tengas por fin un tiempo sólo para ti. Haz una lista de cosas que quieras.

Por entonces Carmen simplemente sonrió y dejó la libreta vacía. ¿Qué cosas podría hacer para mí?, pensaba con escepticismo. Entre la madre, el trabajo y los hijos…

Ahora abrió una página en blanco. No surgieron grandes planes; ni viajes lejanos, ni carreras nuevas. Sólo sintió un deseo simple: no cargarse de tareas voluntarias.

Apuntó cuidadosamente: Quiero salir a pasear por las tardes, aunque no tenga ningún motivo. Y debajo: Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio.

No era inglés, ni cerámica, ni nada para colgar en las redes. Simplemente aprender a usar con soltura lo que ya utilizaba y dejar de depender siempre de su hijo para pedir cita por internet.

Guardó la libreta en el bolso y, en vez de ir al supermercado, giró hacia el jardín interior del edificio, donde hacía años que no paseaba. Allí, entre plátanos y bancos, un par de mujeres de su edad charlabanhablaban exactamente de lo suyo: precios, salud, hijos.

Carmen siguió un poco más, andando sin prisa y sin pausa, a su ritmo. Por primera vez en mucho tiempo, el corazón le pesaba menos, igual que un armario tras vaciar objetos viejos pero queridos.

Aún le faltaba camino. Seguramente caería en antiguas rutinas, explotar, ceder, arrepentirse. Pero ahora había un hueco entre su vida y el deber constante, un pequeño margen para preguntarse: ¿De verdad quiero esto?

De regreso, se animó a entrar a la biblioteca, esa que miraba de reojo desde hacía diez años. Dentro, olía a papel y polvo, tras el mostrador una bibliotecaria de chaleco de lana le sonrió.

¿Puedo ayudarla?

Buscaba información sobre un curso Carmen sintió cierto pudor. Para adultos, de informática básica.

La bibliotecaria asintió con entusiasmo.

Por supuesto. Martes y jueves por la tarde. Justo estamos preparando grupo. ¿Le apunto?

Por favor contestó Carmen.

Llenando el formulario, escribió 55 en la casilla de edad. Ese número ya no le parecía una condena, sino la prueba de haber llegado a un punto donde tenía derecho a no correr.

Al volver, la sartén seguía sin lavar y la camisa seguía en la silla. Encima de la mesa, los análisis de su madre y un correo sin abrir de la jefaNuevos proyectos este mes.

Colgó la chaqueta, apoyó el bolso, se asomó a la ventana y, simplemente, se permitió estar unos minutos sin hacer nada. Se respiraba calma adentro. Sabía que luego lavaría la vajilla, llamaría a su madre, contestaría el correo. Pero también sabía algo mejor: entre una cosa y otra se reservaría un ratitouna taza de té, una página de novela, un paseo breve bajo los tilos.

Y descubrir que ese pequeño espacio para sí misma valía más que todo lo demás fue lo que, por fin, le hizo sentirse en paz.

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MagistrUm
El derecho a no ir con prisas El mensaje de la médica llegó cuando Nina estaba en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Se sobresaltó por la vibración del móvil, que descansaba junto al teclado. «Los análisis están listos, acércate hoy antes de las seis», rezaba el escueto texto. El reloj del ordenador marcaba las cuatro menos cuarto. De la oficina a la clínica había tres paradas en autobús, luego la espera, consulta, de vuelta… Encima, la llamada del hijo, que prometía «pasarse si le daba tiempo», y la jefa había insinuado por la mañana otro informe extra. Al lado del bolso, los papeles de su madre que Nina pensaba llevarle esa noche. — ¿Otra vez vas a salir tarde? — preguntó la compañera de silla, al ver que Nina miraba el reloj. — Qué remedio… — respondió sin pensar, aunque el sudor bajo el cuello de la blusa y un cansancio insistente en el pecho la delataban. El día laboral se arrastraba, espeso como masa sin hacer. Correos, llamadas, el chat del departamento eternamente encendido. A mitad de la jornada, la jefa asomó la cabeza por la puerta. — Nines, mira. Que este finde el proveedor ha pedido un resumen, y yo el sábado me voy fuera. ¿Te puedes encargar tú? Nada importante, es juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer desde casa. El «nada importante» quedó flotando en el aire como una orden. La compañera de la derecha se sumergió en la pantalla, como intentando volverse invisible. Nina abrió la boca para decir el habitual «claro», pero en ese momento el móvil vibró en su bolsillo: recordatorio de la app —«Por la tarde: paseo 30 minutos». Ella misma había puesto esos avisos, en verano, tras otro susto con la tensión, y casi siempre los descartaba sin mirar. Hoy no lo hizo. Miró la línea como si fuera algo vivo, que le pedía una respuesta. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina respiró hondo. Le retumbaba la cabeza, pero en el fondo algo se encendió, una certeza terca: si decía que sí, otra vez se vería trabajando hasta medianoche, luego le dolería la espalda, y el domingo: lavadoras, comida, médico de su madre. — No puedo, — respondió, sorprendiéndose de lo tranquila que le salió la voz. La jefa alzó las cejas. — ¿Cómo que no? Si tú siempre… — Mi madre, — Nina apeló a la excusa de siempre para llegar tarde, aunque nunca la había usado para negarse del todo. — Y además… El médico me ha dicho que evite las horas extra. Perdona. No especificó que el consejo médico no era reciente. Pero lo era, después de todo. Silencio. Por dentro se encogió, esperando el suspiro reprobador, las indirectas sobre el «equipo» y «la confianza». — Vale, — la jefa pareció querer insistir, pero lo dejó. — Ya buscaré a alguien más. Sigue. Al cerrar la puerta, Nina notó la espalda empapada. Le temblaban los dedos sobre el ratón. Una vocecilla, escurridiza, pensó: tendrías que haber aceptado, no te costaba tanto. Solo son tres o cuatro horas. Pero junto a la culpa se instalaba otra emoción, desconocida y por eso inquietante: alivio. Como si, por fin, dejase una mochila y se sentara. Por la tarde, en vez de meterse en el centro comercial y, «de paso», hacer un recado de la oficina, Nina salió de la clínica y no corrió a la parada. Se paró en la puerta, reguló la respiración y sintió el dolor en las piernas de tanta carrera. — Mamá, voy mañana a verte, — dijo por el móvil tras recoger los resultados. — ¿No pasas hoy? — preguntó la madre, con su habitual tono de reproche. — Estoy cansada, mamá. Es tarde, tengo que llegar a casa y cenar tranquila, que hace siglos que no lo hago. Te llevo las medicinas mañana. Se preparó para la bronca, pero en vez de eso oyó un suspiro. — Tú verás. Ya no eres una niña. «Ya no eres una niña», pensó Nina, sonriendo. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca casi pagada y, aún así, esa sensación de necesitar demostrar que es buena hija, buena madre, buena empleada. En casa, silencio. Su hijo escribió en el chat que no le daba tiempo, «lío en el trabajo». Nina puso el agua para el té, partió unos tomates. Su mano fue al aspirador por costumbre —los suelos lo pedían—, pero se sentó a la mesa, dejó que el té se templara y abrió un libro empezado en vacaciones. Siempre hay una vocecilla picando: tienes que tender la ropa, fregar ollas, mirar el informe, buscar clínica nueva para mamá. Pero estaba más baja. Entre tanto «tienes» se abrió una grieta donde cabía un pequeño «puede ser luego». Leyó despacio, releyendo párrafos. En un momento se dio cuenta de que miraba por la ventana, sin prisa. Afuera, los coches iban y venían, pocos paseantes con bolsas, perros caminando tranquilos. — Está bien, — musitó en voz alta, como si cerrara un trato consigo misma. — No pasa nada si el suelo no brilla. Y no le pareció un crimen. * * * Al día siguiente todo volvía a girar. Mamá llamó a las nueve, preocupada: — Nines, ¿seguro que llegas antes de comer? A las once quiero tomarme la tensión, que viene la enfermera. — Sí, mamá, tranquila, — contestó mientras se subía los vaqueros y guardaba el tensiómetro en el bolso. El hijo dejó un audio. — Mamá, tenemos movida con el piso, ¿podemos hablar luego? — tono serio, casi de negocios. — Sí, después de las siete me pillas en casa. Ahora voy a ver a la abuela. — ¿Otra vez? — contestó el hijo. — Otra vez, — dijo Nina, serena. En el autobús, gente discutiendo, bolsas sonando. Nina se durmió ligeramente abrazada al tensiómetro y despertó delante del portal de su madre. Su madre, de bata, con cara de disgusto: — Llegas tarde. Y así está todo patas arriba para cuando venga la doctora. Antes, Nina habría estallado: «Aquí corriendo por todas partes y tú protestas porque hay desorden». Luego, culpa y agotamiento. Hoy, paró en la entrada, apoyó el bolso, respiró. Se imaginó todo su argumento de siempre —palabras, reproches, excusas, lloros. Y cómo luego siempre salía a la calle a secarse los ojos y buscar una excusa para el humor. — Mamá, — dijo suave. — Sé que te pones nerviosa, pero primero preparamos la mesa y luego ya recojo la ropa. No me quedan fuerzas para todo a la vez. La madre frunció el ceño, quiso replicar, pero algo leyó en su cara. No protesta, no súplica, solo firmeza tranquila. — Bueno, — resopló. — Saca el aparato. Más tarde, la madre, retorciendo el cinturón de la bata, habló diferente, no como cuando protestaba viendo las noticias. — No te creas, no es por fastidiar. Es que me asusta estar sola. Nina, fregando tazas, notó un nudo suave y doloroso a la vez. — Lo sé, mamá. A veces a mí también me asusta. La madre bufó, pero algo se relajó en la habitación, como si el hilo invisible que las unía ahora tirara menos fuerte. * * * Al volver a casa, Nina pasó por la farmacia. Una vecina del bloque, la de la sillita de bebé y las bolsas a rebosar, estaba delante. — No sé cuáles son las vitaminas que necesita mi marido, — murmuró la vecina, nerviosa, con la libreta en la mano — El médico me escribió dos y aquí hay mil, encima en oferta, me lío. Nina, otros años, habría asentido y mirado el móvil —bastante tiene una—. Pero hoy reconocía esa angustia: su madre le pedía que le apuntase las pastillas porque se hacía un lío, y ella misma el invierno pasado estuvo igual en una farmacia. — Déjame ver, — ofreció Nina. Revisaron juntas la receta, preguntaron a la farmacéutica, encontraron la caja. — Gracias, chica, de verdad, — la mujer respiró. — Vosotras que tenéis a la madre delicada, por lo menos ya sabéis. Nina sonrió. — Bueno, no es que sepa mucho. Solo… ya he pasado por ahí. Salieron juntas de la farmacia y la vecina dudó: — Si alguna vez me atasco, ¿te puedo preguntar? No te preocupes, llamo de día, que por la noche sé que cada una tiene su lío. Antes, Nina habría dicho: «Sí, claro, cuando haga falta», y luego le daría rabia si llamaba tarde. Hoy, se escuchó antes de responder; no quería más tareas extra. — Sí, pero mejor por la tarde, ¿vale? Por la noche tengo mis cosas. Y, al decir «mis cosas», casi se sorprendió: afirmaba, en voz alta, que su tiempo también contaba. La vecina asintió, sin más. Aquello le alegró más que el agradecimiento. * * * Por la noche hizo una cena sencilla. No sacó todas las ollas como si alimentara a una tropa. Solo pasta, un poco de pollo, pepinos. La cocina algo desordenada, una camisa colgada en la silla, ropa por doblar en una esquina. Hace diez años no habría cenado hasta no dejarlo perfecto. Hoy simplemente apartó la cesta. El hijo llamó, tenso. — Mamá, es complicado. Nos ofrecen hipoteca pero piden mucha entrada. ¿Nos puedes ayudar? Sé que ya pusiste, pero… Nina cerró los ojos. Estas conversaciones siempre le dolían —asaltaban las ideas de «mala madre», «poco dinero», «mal ejemplo». Además, la espina de la vez que gastó todos los ahorros en el fallido negocio de su ex. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, apoyando los codos en la mesa. Él dijo la cifra. No era una fortuna, pero sí mucho. Podía sacarlo de sus pequeños ahorros —los de algún día ir al mar, cambiar la nevera, ponerle dientes a la madre—. Le cruzaron la mente todas las veces que se dejó a sí misma para el final. Grandes planes abandonados, sueños metidos en altillos. — Ya te lo devolveremos, — añadió el hijo, apresurado. — No lo pienso, — contestó. Y era verdad; ella sabía cómo acabaría. Dudó unos segundos. Repasó la infancia del hijo, la adolescencia difícil, los sacrificios. Y también sus propios «algún día» postergados. — Os ayudo, — decidió. — Pero solo la mitad. La otra mitad la tendréis que buscar. — Mamá… — esta vez, pudo oír la decepción. — Santi, — rara vez usaba su nombre así. — No soy un banco. También tengo que pensar en mí. Silencio. Ahora escuchaba su propio corazón, esperando el remordimiento, pero no llegó. Sí inquietud, algo de pudor. Pero, sorprendentemente, mucha calma. — Vale, —concedió el hijo. — Con eso ya avanzamos. Buscaré el resto. Hablaron de trabajo, de su hermana, de series. Al colgar, solo se oía el tic-tac del reloj. Sentada al lado de la cesta, Nina miró la colada y sintió algo extraño. Como si junto a ella se sentara su yo de treinta y cinco —estresada, siempre con culpa, convencida de no llegar nunca. — Bueno… — pensó, dirigiéndose a la joven Nina — vale que nos hemos equivocado, vale que se perdió mucho. Pero no hay que machacarse otros veinte años. No era gran sabiduría, solo un pequeño acuerdo en paz consigo misma. Dobló una camiseta, luego otra, y dejó el resto para mañana. Se permitió no dejarlo perfecto. * * * El sábado, sin recados ni trabajo, Nina despertó sin despertador. Por impulso se iba a levantar —«hay que ir a…», «hay que cocinar…», «hay que lavar…»—, pero se obligó a quedarse diez minutos más, escuchando los pasos en la calle. Después del té y un poco de orden, sacó una pequeña libreta del cajón —la que le regaló su hija en Nochevieja: — Mamá, para que por fin apuntes lo que quieres hacer solo para ti. Entonces Nina solo sonrió y la guardó. La libreta estaba vacía. ¿A qué iba a dedicarse, con su madre, el trabajo y los hijos? Hoy la abrió y, sin grandes planes —nada de inglés, ni cerámica, ni proyectos para Instagram—, escribió: «Quiero salir a pasear algunas tardes, solo por pasear». Y debajo: «Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio». No era nada llamativo: solo manejar el ordenador sin sentirse siempre un paso por detrás. Se había cansado de necesitar al hijo para cualquier trámite en internet. Guardó la libreta en el bolso. Bajó y, en vez del súper, entró en el patio que hacía años no pisaba. Sombra, bancos, dos mujeres de su edad hablando —salud, precios, hijos. Nina siguió su camino, a su ritmo. Por dentro, se sentía más ligera, como cuando dejas ir por fin lo que te sobraba. No sabía vivir «a la nueva». Seguiría cayendo, cediendo, enfadándose. Pero ahora, entre eso y ella misma, había un pequeño espacio donde preguntar: «¿Esto lo quiero yo?». De vuelta a casa, entró a la biblioteca de la esquina, donde nunca había estado. Olía a libros y tiempo. Tras el mostrador, una bibliotecaria de chaleco de punto. — ¿Te puedo ayudar? — Querría información de los cursos, — dijo Nina, de pronto tímida. — Para… adultos. Para manejar mejor el ordenador. La bibliotecaria sonrió. — Tenemos. Son por las tardes, dos días por semana. Justo estamos haciendo grupo. ¿Te apunto? — Apúntame, — dijo Nina. Escribiendo los datos, vio los «55 años» en el formulario. Ya no le parecían una condena. Más bien, un punto de referencia: ha llegado donde tiene derecho a no ir con prisas. En casa seguía la sartén sin fregar, la camisa colgada, los análisis de mamá, el correo de la jefa. Nina dejó el bolso, colgó la chaqueta, se paró un par de minutos ante la ventana. Por dentro, respiraba tranquila. Sabía que ahora iba a fregar, luego llamaría a mamá, luego respondería a la jefa. Pero entre esas cosas, seguro que reservaría una rendija para sí: una taza de té, una página de libro, un paseo pequeño. Y ese saber, ahora, le importaba más que todo lo demás.