Los amigos vinieron con las manos vacías a la mesa puesta y yo cerré la puerta del frigorífico.
Sergio, ¿de verdad crees que con tres kilos de lomo de cerdo va a bastar? La última vez arrasaron con todo, hasta rebañaron los platos con el pan. Y Lourdes encima pidió un táper “para la perra”, pero luego subió la foto de mi asado a su Instagram como si fuera su obra maestra.
Isabel retorcía nerviosa el borde del paño de cocina, repasando el campo de batalla en que se había convertido su cocina. Eran apenas las doce del mediodía y ya no sentía las piernas. Llevaba de pie desde las seis: primero al mercado, para elegir la carne más fresca, luego al supermercado por el mejor vino de Rioja, un buen brandy, y delicatessen varias; después, nunca acabar de cortar, hervir, asar…
Sergio, mi marido, estaba en el fregadero pelando patatas con ese aire melancólico de quien preferiría estar en cualquier otro lugar. El montón de mondas crecía, igual que su disgusto, aunque intentaba no mostrarlo.
Isa, ¿cuánto más quieres? suspiró, enjuagando otra patata. Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos Sale a medio kilo por cabeza. Van a explotar. Te has matado: hay jamón ibérico, salmón ahumado, ensaladas para un regimiento No es una boda, mujer. Solo es la fiesta de mudanza, aunque tarde.
No lo entiendes respondí, removiendo la salsa espesa en la sartén. Que son Paula y Adrián, y Marta con Tomás. Nuestros amigos de toda la vida. Hace siglos que no nos vemos, y vienen desde otro barrio, hasta aquí. Me da corte, ¿sabes? Si ven poca cosa, encima pensarán que ahora, con piso propio, nos hemos vuelto unos tacaños.
Yo soy así. El sentido de hospitalidad lo heredé de mi abuela, que le daba de comer a un batallón solo con unas patatas y un poco de chorizo. Para mí, una mesa pobre es una ofensa personal. Si hay invitados, tiene que ser banquete. Si hay celebración, que se note en el mantel. Me tiré una semana dándole vueltas al menú, buscando recetas, ahorrando de la nómina para comprar el brandy que adora Adrián y ese vino francés que solo pide Paula en Nochevieja.
Ya podrían traer algo ellos gruñó Sergio. La última vez, en el cumple de Tomás, nos presentamos allí con un buen regalo, dos botellas de vino y tú hasta hiciste el postre. ¿Y ellos? ¿Te acuerdas cuando fuimos sin avisar? Infusión de sobre y magdalenas pasadas del supermercado.
No seas rencoroso, Sergio le miré de reojo. Les pilló mal momento, estaban con la hipoteca y las reformas. Pero ahora parece que les va bien: Adrián tiene nuevo puesto, Marta ha subido a todas las redes su abrigo nuevo. Igual hoy sí traen algo, una tarta, fruta Yo no hice postre por eso, se lo insinué a Paula.
A las cinco la casa relucía, y el salón parecía el escaparate de una pastelería de Salamanca. En el centro, una lengua a la gelatina rodeada de ensaladera con ensaladilla (nada de mortadela, langostinos y ternera), una fuente de salmón, canapés, jamón serrano, lomo adobado casero… Y el lomo de cerdo al horno se terminaba de asar con patatas panaderas y setas. En la nevera, aguardaban una botella de vodka rusa, brandy de Jerez y tres botellas de vino.
Yo, rendida pero feliz, me puse mi vestido bueno, me retoqué el pelo y me senté a esperar el timbre.
Estoy nerviosa, Sergio le confesé mientras se abotonaba la camisa. Es la primera vez que vienen a nuestro nuevo piso. Quiero que salga todo perfecto.
A las cinco en punto sonó el timbre. Mis amigos, puntuales como siempre.
Me apresuré a abrir. Allí estaban, sonrientes y bulliciosos: Paula con abrigo de visón que debía costar medio mes de nuestras reformas, Adrián con chaqueta de cuero, Marta pintarrajeada y Tomás, que ya traía una copa de más.
¡Viva los nuevos propietarios! gritó Paula, entrando hecha un torbellino y cubriéndome en un halo de perfume dulzón. ¡Enseñadnos el palacio!
Mientras se quitaban los abrigos entre risas, yo no podía dejar de mirar sus manos. Vacías. Ni un paquete, ni una caja con pasteles, ni botella, ni aunque fuera una tableta de chocolate para el café.
¿Y… empecé a decir, pero me mordí la lengua. ¿Lo habrían dejado en el coche? ¿En el bolso?
¡Isa, qué delgada estás! Marta me dio un par de besos sin quitarse ni siquiera las botas y se plantó en el recibidor. ¡Menudo piso, oye! Bueno, es modesto pero limpio. ¿Paredes lisas? Uy, parecen de oficina. Yo hubiese puesto papel pintado.
Nos gusta el minimalismo rebatió Sergio, midiéndose.
Pasad al salón, está todo listo llamé yo.
Entraron en tromba. Al ver la mesa, a Adrián casi le brillan los ojos de codicia.
¡Ole, Isa! ¡Vaya festín! frotó las manos. Ya sabía yo que aquí comíamos bien. Venimos sin desayunar, dejando hueco para tu asado.
Todos sentados, fui a la cocina por la fuente de champiñones gratinados. Solo pensaba: “Igual quieren darnos las gracias en metálico, por eso vienen sin bolsa”.
Cuando volví, ya estaban hurgando en las ensaladas sin esperar el brindis.
¡Mmm, esta ensaladilla es de diez! murmuró Tomás con la boca llena. Venga, Sergio, sírvenos una copa, que se me seca la boca.
Sergio llenó los vasos, vodka para los hombres y vino para nosotras.
Por el nuevo hogar brindó Adrián. Que os vaya bien aquí y los vecinos sean civilizados. ¡Salud!
Se bebió el chupito de un trago y atacó el salmón ahumado.
Isa dijo mientras masticaba. ¿No tenías la botella de vodka más fría? Da igual… Mejor el brandy, para rematar.
Está fría, Adrián. Cinco grados le respondí, aguantando el primer golpe de indignación.
Bah debería estar helada. En fin. Tráeme el brandy, que ya tengo sed.
Primero comemos, ¿no? sonreí forzada.
Una cosa no quita la otra rió Tomás.
La cena cogió ritmo. La comida desaparecía a velocidad alarmante. Comían como si llevaran días a dieta, y aún así, criticaban.
El salpicón está seco dijo Paula, llenándose el plato por tercera vez. ¿Tan caro es el aceite?
Es casero, por eso no tiene tanta grasa me justifiqué.
Ay, déjate de experimentos salió Marta. Lo compras en bote y punto, así sale bueno siempre. Ah, ¿y el jamón? Está más tieso ¿Es de cebo? Tenía que ser ibérico de bellota.
Miré de reojo a Sergio, que apretaba el tenedor casi sudando.
Contadnos, ¿cómo os va? intentó cambiar de tema él. Paula, ¿estuviste en Dubái?
¡Sí! respondió ella exagerando el gesto. Un sueño, hotel cinco estrellas, langostas, cava Me compré un bolso de Louis Vuitton, auténtico, dos mil euros. Un capricho. Adrián protestó, pero oye, ¡solo se vive una vez!
Nosotras sí sabemos vivir saltó Marta. A nosotros no nos importa que la casa siga igual que cuando la heredamos, lo gastamos en restaurantes y escapadas. Vosotros hacéis reformas… Os aburrís.
Hablando de restaurantes interrumpió Tomás mientras se enjugaba los labios en la servilleta y la lanzaba sobre el mantel. Ayer cenamos en “El Botín”, la cuenta fueron ciento cincuenta pavos, pero estuvo de lujo. Nada que ver con cocinar en casa. Isa, ¿cuándo sale el asado? Las ensaladas son para empezar, aquí hace falta carne.
Recogí los platos vacíos, temblando por dentro. Acababan de presumir de bolsos de dos mil euros y cenas de lujo, y venían sin traer ni siquiera un triste aperitivo. Ni una flor, ni una caja de bombones para el café.
Me fui a la cocina. Me siguió Paula, “para ayudar”, aunque todos sabíamos que solo venía a cotillear.
Vaya, Isa. Es verdad que te lo has currado me susurró apoyada en la puerta. Pero se nota que os habéis quedado secos. El vino regularcillo. Ese solo lo llevamos nosotros cuando vamos al campo. Podías haberte estirado, mujer.
Es Burdeos, cuesta veinte euros la botella escupí, metiendo los platos en el lavavajillas.
¿En serio?… Pues te han timado. Sabe a vinagre. Oye, ¿te queda algo para llevarme a casa? Mañana seguro tengo resaca y me da pereza cocinar. Carne, ensaladilla, lo que sobre; total, os va a sobrar. Mejor nos lo das a nosotros.
Me quedé helado, plato en mano. La miré despacio.
¿Quieres que te prepare un táper con la comida?
Claro, hija, siempre lo hacemos… Así ahorramos. Ah, ¿y el postre? Me ha entrado antojo. Habrá tarta, ¿no?
Dijisteis que vosotros traíais el postre… le recordé.
¿Yo? ¿Cuándo, mujer? ¡Jamás! Estoy a dieta, no compro dulces. Pensé que tú harías tu “Milhojas”. Para algo eres la anfitriona. Venimos con las manos vacías porque confiábamos en ti. Si ya sois ricos, con piso nuevo…
Volví a poner el plato sobre la encimera. El sonido de la porcelana chocó como un tiro.
Entonces, pensáis que aquí sobra de todo…
Claro respondió como si nada. Pagando hipoteca y todo nuevo, ya se sabe. Nosotros vamos justos, ahorrando para el verano en Mallorca. Venga, trae la carne, que los chicos ya están con el brandy.
Miré a Paula. Me vinieron de golpe los recuerdos: le presté dinero y devolvió a plazos durante meses, nunca un “gracias”; Adrián pidió ayuda para una mudanza y ni la gasolina pagó; siempre venían a todas mis fiestas, comían y bebían como si no hubiera mañana, pero invitarnos a su casa… una vez cada cinco años y sacando croquetas del súper.
Fui al horno. Lo abrí: olía a gloria, aquel lomo dorado, jugoso, con las setas… Medio día de mi vida y la mitad de mi sueldo estaban ahí.
Miré el frigorífico: dentro, un enorme merengue de frutas que encargué pese al acuerdo, queriendo sorprenderlos por si acaso.
Cerré el horno. Apagué el gas. Cerré con fuerza la puerta del frigo.
No hay carne dije alto y claro.
¿Cómo? Paula se quedó de piedra. ¿Se ha quemado?
No. Simplemente, no va a salir.
Entré en el salón. Los hombres ya estaban brindando otra vez, discutiendo de fútbol. Sergio tenía cara de querer huir.
Distinguidos invitados declaré, la voz tensa como un laúd. El banquete termina aquí.
Todos callaron de golpe. Adrián, copa en mano, se quedó pasmado.
Isa, ¿qué dices? ¿Cómo que termina? ¡Si no hemos probado el asado! ¡Prometiste carne!
Lo prometí. Pero he cambiado de idea.
¿Y eso? protestó Marta. ¡Pues vaya! ¡Nos dejas a dieta! ¡Las ensaladillas son césped! ¡Queremos carne!
La carne se queda en el horno. Y ahí va a seguir. Así que, queridos amigos, os vais a ir vistiendo y marchando. O podéis cenar en El Botín, que seguro os reciben con los brazos abiertos.
¿¡Estás borracha!? saltó Tomás. ¡Sergio, dile algo! ¡Esto no tiene nombre! ¡Somos invitados!
Sergio se levantó despacio, miró a todos, a mí, y vio que me temblaban las manos de rabia y tristeza. Y comprendió.
Isa no está borracha sentenció Sergio. Está harta. Habéis entrado en nuestra casa con las manos vacías, habéis bebido mi brandy, criticado la comida de mi mujer, llamado vinagre a nuestro vino y a nuestro piso “oficina”. ¿Y aún pedís carne?
¡Era broma! chilló Paula. ¿Y el sentido del humor? Ni que fuese grave olvidar una tarta. ¡Lo importante es que traemos alegría!
¿Alegría a nuestra costa? repliqué. No, gracias. Toda la mañana cocinando, medio sueldo gastado; quería agradaros, y me devolvéis la peor cara de la amistad. Sois parásitos. Tacaños de lujo. Os gastáis mil euros en un bolso, pero os parece mucho una tableta de chocolate para la anfitriona.
¡Mira quién habla! explotó Adrián, tirando la silla. ¡Hala! ¡Evita tus sermones! ¡Vámonos!
Sí, por favor dijo Sergio abriendo la puerta de par en par. Y no olvidéis vuestros tuppers. Vacíos, claro.
Se fueron entre gritos e insultos. Paula chillando que ya no era mi amiga, que de esto iba a enterarse todo el mundo, que era una histérica y tacaña. Marta echando pestes por el estropicio de noche. Los hombres soltando juramentos.
Finalmente, la puerta se cerró con estrépito y la casa quedó en un silencio hondo. Yo me quedé de pie, mirando el campo de batalla: platos sucios, manchas de vino, servilletas arrugadas.
Sergio se acercó y me abrazó.
¿Cómo estás? me susurró.
Me tiemblan las manos admití. Sergio, ¿me he pasado? ¿Tendría que haber seguido como si nada?
No, Isa, todo lo contrario. Has empezado a respetarte. Estoy orgulloso. Te lo juro. Yo mismo los habría echado a los cinco minutos, si no hubieras empezado tú. Han cruzado todos los límites.
Respiré hondo y me pegué a él.
¿Y la carne? preguntó Sergio al ratito, sonriendo. ¿De verdad has hecho asado? Huele que alimenta
Solté una carcajada, por fin natural esa noche.
Claro que sí. Y tarta también. Grande, con frutas.
Nos sentamos en la mesa entre platos sucios, apartándolos. Saqué el lomo gratinado del horno, la tarta del frigo. Serví ese vino agrio que en realidad era un Burdeos espectacular.
Por nosotros dijo Sergio chocando las copas. Y por que en esta casa solo entren quienes traigan el corazón abierto, y no la cuchara lista.
Comimos como nunca, disfrutando del silencio y del uno al otro. Fue la mejor cena de nuestras vidas.
Al cabo de una hora, mi móvil vibró. Mensaje de Paula: “Vaya, eres una bruja. Estamos en el McDonalds comiendo hamburguesas por tu culpa. ¡Deberías disculparte!”
Leí, sonreí y le di a “Bloquear”. Hice lo mismo con los números de Marta, Adrián y Tomás.
Mi agenda quedó cuatro contactos más corta. Pero el aire de casa era mucho más limpio. Y el frigorífico, lleno de sobras deliciosas para Sergio y para mí durante días. Ni una migaja para quien no lo merece.
Esta historia me recuerda que la amistad es una calle de doble sentido, y que a veces un frigorífico cerrado es la mejor forma de mantener la dignidad.







