Tía, tienes que escuchar lo que me pasó. Mira, resulta que Miguel, mi marido, me cae a casa con uno de sus colegas, así de repente, y sin siquiera avisarme antes. Yo estaba en la cocina, terminando la cena para los dos, pensando en ver una peli juntitos, ya sabes, después de toda la semana matada en la gestoría y de repente oigo su voz desde el recibidor:
¡Pasa, hombre, siéntete como en tu casa! y detrás escucho cómo deja caer una maleta que sonaba como si llevase dentro un yunque. Lola ahora pone la mesa y estamos listos. Llegamos justo a tiempo.
Me quedé quieta con el cucharón en la mano te lo juro, Andrea, que no esperaba a nadie. El día precisamente tenía pinta de acabar en sofá y manta, y la única compañía que me apetecía era ese ansiado silencio después del curro. Dejo el cucharón, me limpio las manos y me acerco al pasillo.
No veas el percal: Miguel, con la sonrisa que sólo pone cuando ha hecho alguna, ayudando a quitarse la chaqueta a un tío gordo con cara hinchada y una nariz colorada. La bolsa de deporte del colega parecía que iba a explotar de lo apretada que estaba.
¡Loli! dice Miguel con esa cara de: Te va a encantar la sorpresa. ¿Te acuerdas de Dani? Estudiábamos juntos en la facultad, aquel que tocaba la guitarra como nadie.
A duras penas me sonaba Dani, uno que en clase no paraba de pedir cigarros y copiaba los apuntes. Ahora estaba irreconocible: más tripón, calvo y con esa mirada de saber a cuánto estaría el piso al mes.
Buenas, jefa masculla, tirando los zapatos por ahí. Bonito piso, muy amplio.
Buenas noches dije controlando mucho el tono y dedicándole a Miguel esa mirada de “me lo vas a explicar, pero que muy bien”.
Miguel se acerca y, casi susurrando, que el otro ya andaba en el baño lavándose las manos, suelta:
Loli, mira Dani está fatal. Su mujer le ha echado, la mala pécora. El piso es de la suegra, ni siquiera está empadronado. No tiene a dónde ir y va justo de dinero. ¿Puede quedarse aquí nada, una semanita? Hasta que encuentre piso o arregle las cosas con la parienta. No podía dejarle en la calle, anda, tú sabes cómo soy.
Le conozco demasiado, y ese tú sabes cómo soy siempre significa que ha metido a alguien en casa o se ha comprometido con algo sin consultarme. Miguel es muy bueno pero a veces demasiado blando, y especialmente con colegas de la universidad.
¿Una semana? ¿Pero dónde va a dormir? ¿En el salón? ¿Y nosotros qué, la sobremesa en la cocina?
Ay, Loli, ni que fuera tanto dice encogiéndose de hombros. Nos apañamos unos días y ya, es buen tío. Ni lo vas a notar.
Acto seguido aparece Dani usando mi toalla de cara, esa blanca preciosa que saqué solo para visitas, mientras se seca las manos.
¿Y para cenar qué hay? pregunta mirando a la cocina más feliz que nada. No he comido en todo el día, entre maleta y metro
La cena fue surrealista. Dani comió como si no hubiese mañana. El cocido desapareció, se ventiló las croquetas de dos en dos y, encima, todo comentario.
Oye, el cocido rico, pero le falta chorizo, ¿eh? Mi ex lo hacía mucho más potente, de esos que la cuchara se queda levantada. Este está muy aguado, rollo dieta, pero bueno.
Yo, mordiéndome la lengua. Miguel, todo el rato poniéndole comida y con sonrisa de qué apañada es Loli.
Venga, Dani, come, come. Loli cocina de maravilla.
¡No, si no digo lo contrario! Para ser de ciudad, se defiende. Nosotros, los currantes de toda la vida, comemos más fuerte ¿Tienes birra, Miguel? Que esto con agua no entra igual.
Luego el sofá, la tele a todo trapo con una de tiros, Dani soltando comentarios de barra de bar y Miguel yendo y viniendo con bandejas de té y sandwiches como si fuese la doncella. Yo, ni espacio en la sala, me metí a la habitación a leer, pero el jaleo de peli y risas llegaba hasta la última esquina.
Por la mañana, lo típico. Salgo a la cocina para hacerme un café y me encuentro la pila rebosando de cacharros sucios, la mesa hecha un asco, migas, manchas de salsa y una botella vacía. Dani dormía como un oso en el salón, con un hedor a pies y alcohol que, vamos, ni el metro un lunes por la mañana.
Miguel baja todo despeinado del baño.
Ay, Loli, perdona, anoche ya no nos dio tiempo a recoger Esta noche lo limpio todo, lo prometo.
¿Esta noche? Pero si no hay ni un plato limpio para desayunar
Ahora lavo un par para salir del apuro
Me bebí el café sin mirar al salón y me largué. Todo el día pensando que no quería volver a casa. Mi piso, mi refugio, ese que tanto cuidé, ya no era mi sitio.
Por la tarde, igual o peor. La cocina olía a fritanga y la vitro estaba para llorar. Dani, en camiseta vieja, fumando en la ventana. Sí, has oído bien: fumando, ¡cuando he dicho mil veces nada de humo en casa!
¡Mira quién llegó! me suelta, con ese aire campechano. Hemos hecho patatas fritas con tocino. No tenías, así que fuimos a por ello. Miguel me dio pasta, que mi tarjeta está bloqueada.
La encimera llena de grasa, el suelo de mondas de patata casi lloro.
No tengo hambre le digo. Y a Miguel, con la cara de ¡Ven aquí YA!, me lo llevo a la habitación.
Miguel, esto no puede seguir así. ¿Por qué fuma en la cocina? ¿Por qué todo está hecho un asco? Dijiste que ni lo iba a notar.
Loli, cielo, no montes un drama Ha pasado un mal trago y está un poco desatado. Yo luego recojo. Es que es muy natural, le da igual todo. Aguantamos una semana y ya, te lo prometo. Busca piso, de verdad.
¿Busca? Si no se mueve del sofá
Esta mañana hizo un par de llamadas, te lo juro. De verdad, no seas así, que los amigos están para esto.
Aguanté tres días más de infierno. Dani se adueñó del salón, comía el doble que nosotros, estaba todo el día en ropa interior, la ducha siempre ocupada y después hecha un lodazal.
Pero el remate fue el viernes. Llego antes del curro porque sólo quería darme un baño y meterme en la cama. Oigo risas y música desde la entrada. Además de los zapatos de siempre, había tacones de mujer y otros zapatos de tío.
Entro en el salón: humo para aburrir. Dani con un colega suyo desconocido y una tipa súper maquillada, de esas que no quieres de cuñada, y Miguel rojo como un tomate, en una esquinita. Usando mi mesa de madera maciza de apoyo de botellas, sin posavasos ni nada.
¡Anda! ¡La jefa ha vuelto! grita Dani. Miguel, sírvele una ronda. Lola, esta es Lauri y aquel es Fede. Unos amigos. Es viernes, hay que disfrutar, ¿no?
Veo la marca del vaso de agua en la mesa, la colilla que Lauri acaba de apagar en mi bombonera de cristal y a Miguel con cara de “me he metido en un lío gordo”.
No grité ni armé follón. Sentí un frío zen, un se acabó.
Buenas noches. No quiero molestaros.
Me fui a la habitación, cerré con pestillo y, con una tranquilidad pasmosa, empecé a hacer la maleta: bata, chanclas, bikinis, ropa cómoda, libros y mis cremas. Tenía dos semanas de vacaciones pendientes, que la jefa me insistía en coger para cerrar el año. Y encima, mis ahorros, porque a Miguel la cuenta común ni la toco.
Abrí el portátil y reservé online una semana en un balneario cerca de Segovia con pensión completa, spa, masajes el lujo. Lo pagué todo, la reserva lista desde la mañana siguiente.
Me dormí con tapones en los oídos para no oír la fiesta. Por la mañana, silencio absoluto. Supongo que se acostaron tardísimo.
Me duché, recogí la maleta y dejé una nota en la mesa de la cocina, entre restos de fiesta: “Me voy al balneario. Vuelvo en una semana. No hay comida en la nevera. La luz y el agua las pagas tú este mes.”
Llamé a un taxi y, amiga, cuando vi la ciudad desde la ventanilla, sentí que me quitaban un peso de encima gigante.
Los dos primeros días, pura gloria. Paseos por el jardín lleno de nieve, batidos y zumos en el bar healthy, piscina caliente y por fin, leer tranquila. Apagué el móvil salvo para verlo una vez al día.
Las llamadas de Miguel empezaron enseguida. Primero solo llamadas perdidas. Luego mensajes.
¿Dónde andas, Lola?
No tiene gracia, ¿cuándo vuelves?
Nos levantamos y no estabas.
¿Y la comida? Podías haber dejado algo hecho, ¿no?
Lo leí, me reí y me fui directa al tratamiento de chocolate, palabra.
El tercer día los mensajes cambiaron de tono:
“Lola, coge el móvil, ¿dónde están los calcetines limpios?”
“¿Cómo se pone la lavadora? La tuya es rara y no arranca.”
“Dani pregunta dónde guardas las toallas, que ha manchado la suya.”
“Se acabó el detergente y el papel higiénico. ¿Dónde hay más?”
Sólo respondí uno: “Las instrucciones de la lavadora están en internet. El detergente y el papel, en el súper. Pasta tenéis, que encontrasteis para birra.”
El día cuarto me llama justo cuando estoy con el té de hierbas. Decido cogerlo.
Loli, ¡por favor! me suelta histérico. ¿Cuándo vuelves? ¡Esto es un caos!
¿Qué pasa, Miguel? Estoy en tratamientos. Estoy de descanso.
Esto un desastre. Dani se ha traído ayer unos colegas a ver el partido, estuvieron bebiendo y gritando hasta las dos, la vecina de abajo ha llamado a la policía. He tenido que firmar un papel, nos han multado.
Bueno, ya dijiste que era un buen hombre y que había que ayudar al amigo. ¡Eso es ayudar! Espabila, cariño. Tú eres el jefe del piso.
Pero Loli, ¡que no hay nada para comer! Yo llego muerto del curro y Dani sólo pide y pide cena. Dice que no sirvo ni para anfitrión.
¿Yo qué culpa tengo? Para tu amigo soy una finolis de ciudad y mal cocinera. Que os arregle él, hacedos un par de huevos con chorizo.
No puedo, Loli No sé cómo echarle. Me da cosa, es mi amigo. Miguel ya medio llorando.
Es tu piso, tu decisión. Yo vuelvo el domingo. Si cuando vuelva no está como lo dejé antes de la llegada de tu colega y si sigue tu amigo allí, me voy al piso de mamá y pido el divorcio. Avisado estás, no es amenaza, es lo que hay.
Y me fui a hacerme un masaje facial. Te juro que sentí alivio. Antes me daba pavor poner límites o decir basta pero después de la experiencia Dani me di cuenta de que la paciencia, cuando se pasa, es tonta, no virtuosa.
El resto de la semana fue un sueño: dormí como una cría, me salieron colores en la cara y hasta se me quitó la arruga del ceño.
El domingo volví. El taxi me dejó en la puerta. Subí en el ascensor algo nerviosa, pero lista para cualquier cosa. Si Miguel no había reaccionado, no pasa nada.
Al abrir la puerta olor a lejía, limón y pollo asado. Todo parece relucir.
El pasillo, ordenado; ninguna bolsa gigante, ningún abrigo raro. Miguel asoma desde la cocina, con cara de haber pasado cinco batallas, pero limpio y repeinado.
Hola dice flojito.
Voy por el salón, todo limpio, alfombra aspirada, el sofá montado, la mesa ni rastro del desastre, ventanas abiertas y fresco en casa.
Abro la cocina: platos limpios, el horno con pollo al punto.
¿Dónde está Dani? pregunto quitándome el abrigo.
Miguel resopla, apoyado en la puerta.
Le eché el jueves. Después de hablar contigo.
¿De verdad? ¿Y eso? ¿No te daba cosa?
Mira, Loli Cuando el colega me gritó porque no fui por la cerveza que empieza el fútbol justo al llegar del trabajo, mientras fregaba su sartén Me harté. Le dije que hiciera la maleta y saliera de casa.
¿Y cómo reaccionó?
Montó el numerito: que soy un calzonazos, que no hay que dejar que una mujer mande, que le traiciono por una falda. Me pidió que le pagara el taxi por daños morales. Le dí cincuenta pavos y sus cosas, le quité las llaves. Dos días lavando el piso, llevé bombones a la vecina de abajo y pidiendo disculpas.
Se acerca, me coge las manos, las tiene deshechas de tanto frotar.
Loli, perdóname. He sido idiota. De verdad pensaba que no era para tanto Me acostumbré a que lo hagas todo tú, que la casa sea mágica. Estos días he estado al borde de la locura. No sé cómo lo aguantas, ¡y encima trabajas fuera!
Le miro a los ojos y sé que lo dice de verdad, que por fin entiende lo que valen la tranquilidad y el hogar.
Yo no aguanto, Miguel, cuido de nosotros. Pero de gorrones, no estaba en el contrato.
Lo he entendido. Aquí no duerme nadie más, palabra. Y a Dani no vuelve aquí. Me mandó unos mensajes de esos feísimos, le he bloqueado.
Siéntate, anda, que se va a quemar el pollo.
Cenamos en silencio, pero uno de esos silencios gustosos. Miguel cuidándome: él pone el mejor trozo, me sirve el té.
¿Y, qué tal el balneario? me pregunta tímido.
Increíble. Voy a ir cada seis meses, que una semana sabe a poco. Y a ver si aprendes a cocinar algo más allá del huevo frito, por si algún día me vuelvo a ir.
Voy a clases, te lo prometo dice muy serio.
Al día siguiente me llama una amiga y me cuenta que Dani volvió a casa de la suegra, montó un follón y ahora su exmujer le va a demandar por los préstamos que había pillado sin decir nada. También me entero de que le echaron del curro por estar siempre de copas, así que eso de mi mujer me echó era cuento para pillar sofá gratis y oído disponible.
Cuando se lo conté a Miguel, me hizo un abrazo de esos que lo dicen todo. Ningún tercero volvería a cruzar la puerta sin mi permiso.
Y yo, aprendí que gritar no sirve: basta con irte y dejar que cada uno vea lo que es la vida sin ti.
Eso nos cambió. Miguel no se hizo el amo de casa de golpe, pero dejó de dar por hecho lo que hago. Y lo más importante: aprendió a decir que no. Cuando, semanas después, llamó su primo para pedirle “una noche de paso”, Miguel le pasó el contacto de un hostal barato, muy educado, pero clarito.
Yo lo oía preparar la sopa desde la cocina y sonreí. Que sí, que el balneario lo cura todo Pero casa, cuando te cuidan y te respetan, no tiene precio.
Y así, amiga, sobreviví y hasta renové el amor por mi propio hogar.







