Mira, te voy a contar la historia de una amiga, digamos que se llama Jimena. Pues Jimena salió del autobús con unas bolsas que pesaban lo suyo y encaminó hacia la casa de sus padres, ahí en un pueblo cerca de Salamanca. Apenas abrió la puerta, gritó: ¡Ya he llegado! y enseguida toda la familia fue a recibirla. ¡Jimena, hija! la abrazaron Sabíamos que venías, lo presentíamos.
Esa noche, con todos sentados alrededor de la mesa grande del comedor, alguien llamó a la puerta. Serán los vecinos, para felicitarnos por las fiestas, dijo su madre encogiéndose de hombros, y fue a abrir. Volvió acompañada pero no venía sola, traía unos visitantes que nadie esperaba. Jimena vio quiénes entraban y te juro que no podía creer lo que veía.
***
Unos días antes, Jimena estaba sentada en el autobús, mirando por la ventana con cierta nostalgia. Entre sus piernas llevaba la típica bolsa grande de cuadros que siempre usaba para los viajes y la abrazaba fuerte, como agarrándose a casa desde lejos. Había traído solo lo imprescindible, pero entre una cosa y otra, la bolsa acabó siendo bastante grande. Además, su abuela, como buena abuela salmantina, había metido arriba del todo una bolsa llena de empanadillas de jamón y queso calentitas; imagínate cómo olía el bus, imposible resistirse.
En un momento, Jimena abrió la cremallera de la bolsa y sacó dos empanadillas doradas. Mirando al chico que tenía al lado, le ofreció una:
¿Quieres? le preguntó, al chico que parecía haberse subido en algún pueblo antes que ella. Él le había cedido el sitio de la ventana sin pedir nada a cambio; eso le cayó genial.
¡Claro! dijo él, sonriente, relamiéndose.
Soy Jimena se presentó ella.
Yo Fernando. ¿Vas a Salamanca a estudiar?
Sí, aquí por la zona solo hay cursos de mecánicos agrarios o tractoristas, y no me veo conduciendo un tractor dijo entre risas.
Yo también voy a intentar entrar en la Universidad suspiró Fernando Aunque me gusta vivir en el pueblo, te lo digo pero hay que salir.
Tienes que ver, eran cuatro horas de trayecto. Para cuando llegaron a Salamanca, ya se habían hecho amigos, hasta habían intercambiado móviles. Nada más bajar del bus, cada uno tiró para su nueva residencia.
***
El tiempo de exámenes de acceso universitario pasó volando, entre apuntes y nervios. Al final, tanto Jimena como Fernando entraron en la carrera que querían y estaban que no cabían de alegría. Los agobios y las dudas quedaron atrás: ahora tenían todo por delante, planes, sueños el futuro.
Un día, Fernando llamó a Jimena:
¡Jimena, hola! ¿Nos tomamos algo por ahí en un bar para celebrarlo?
A ella le encantó la idea. Fernando le gustaba; era natural, sencillo, y con él todo era fácil. Tenía ese aire familiar, de esos chicos de pueblo en los que puedes confiar. Además, nada de presumir ni tonterías, ¿sabes?
Quedaron en el centro, en un bar que se llamaba El Hipopótamo, que era famoso por sus tartas. Se sentaron cerca de la ventana, viendo cómo los barcos turísticos cruzaban el Tormes mientras los guías se desgañitaban con el megáfono.
¿Tú sabes por qué este bar se llama El Hipopótamo? preguntó Jimena riéndose.
Fernando contestó bromeando:
Pues porque entre las tartas, los pinchos y los postres, el que venga demasiado se acaba convirtiendo en hipopótamo fijo.
¡Y tanto! rió Jimena, devorando un trozo de bizcocho.
Poco a poco, El Hipopótamo se convirtió en su sitio. Empezaron a decirse Nos vemos en nuestro bar y ese fue el escenario de su primer beso, que Jimena recordó toda la vida: tierno y apasionado.
El tiempo pasaba, seguían juntos, y Jimena sentía que no había nadie más cercano y especial que Fernando, aparte de sus padres, claro, pero esa es otra historia.
Un día, ya en tercero de carrera, Fernando le soltó:
Jimena, ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Y este verano ¡nos casamos!
¿Me estás pidiendo matrimonio así? le dijo ella, medio jugando.
Bueno, sí, algo así.
¿Y no te da miedo tenerme todo el día cerca, como en ese viejo drama que vimos en la tele? bromeó Jimena.
Acércate cuanto quieras se rió Fernando girándola por la calle delante de todos.
Jimena volvió feliz al piso compartido donde vivía con dos amigas. Se notaba, irradiaba alegría, y enseguida se lo notaron:
¡Hoy vienes especial! Se te ve la felicidad por las orejas, cuéntanos le dijo Carmen.
Ay chicas, creo que pronto me mudaré con Fernando canturreó Jimena.
¿Nos vas a invitar a la boda? preguntó Ana, emocionada.
En verano nos casamos, de momento solo vamos a probar a vivir juntos.
Jimena, no lo hagas ¡Queda mucho para verano! advirtió Carmen No adelantes acontecimientos, todavía estáis bien así.
Jimena se lo tomó a risa:
Carmen, pareces mi abuela. Ya todo el mundo vive así.
Pues yo no lo veo Mi madre es abogada y sé cómo acaban esas historias dijo Carmen, medio ofendida.
Vale, mujer, no te enfades, era una broma se disculpó Jimena.
***
Jimena pensaba que lo de los matrimonios de prueba era tontería, que el papel no es lo importante, que lo suyo con Fernando era único Aunque, después de hablar con sus amigas, le quedó la duda ahí en la cabeza y fue postergando la mudanza.
Fernando, al final, dejó de insistir, viendo que ella no estaba convencida.
Un día de diciembre, Jimena y las chicas fueron a pasear por el centro de Salamanca. Había nieve por todas partes, las luces navideñas iluminando cada fachada, y el frío les hizo buscar refugio justo enfrente de El Hipopótamo.
¡Entramos! A mí y a Fernando nos encanta este sitio propuso Jimena.
Mira, ahí está Fernando dijo Ana casi sin alegría, señalando por la ventana.
Jimena miró y lo vio ahí, en su mesa de siempre, con una joven, incluso más joven que ella. Se reían y parecían cómplices.
Jimena se calló y se dio la vuelta.
Me voy a casa musitó.
¡Nosotras nos vamos contigo! exclamaron Carmen y Ana.
En casa le decían que seguro no era nada, que no tenía que celarse, que sería una confusión Pero Jimena no podía dejar de pensar en la mirada tierna y dulce que Fernando tenía con aquella chica, ¡que estaban en su bar y en su mesa!
Esto es una traición, pensaba.
Dejó de responder a sus llamadas, y cuando él fue a buscarla, pedía a sus amigas que dijeran que no estaba.
Un día, Fernando la interceptó en la facultad y le preguntó directamente:
Jimena, ¿qué pasa? ¿Tienes a otro?
Ella se quedó a cuadros y reaccionó molesta:
¿Y cómo tienes la cara de preguntar? Qué morro Anda, déjame, que llego tarde al examen.
Se soltó y entró en clase. Fernando se fue sin entender nada.
***
Jimena, tras terminar rápido los exámenes, se fue para casa a pasar las fiestas. Pensaba que allí el dolor sería más llevadero.
Y sí, cuando llegó a la parada de su pueblo, se sintió mejor. El frío le daba en las mejillas, la nieve crujía bajo los pies, y el paisaje nevado brillaba bajo el sol, los tejados, los árboles Todo tenía ese aire mágico de Navidad que solo se ve en Castilla.
Vio la casa, con su abeto de siempre decorado como cuando era niña, y entró por la puerta:
¡Feliz Navidad!
¡Jimena, hija! la recibieron Sabíamos que vendrías.
Aquel día fue pura alegría. Si acaso, lo malo de invierno es que a las cinco ya anochece.
No importa, encendemos las luces del árbol dijo el padre.
Por la noche, todos sentados en la mesa, alguien tocó a la puerta. La madre, pensando que serían vecinos, fue a abrir y regresó acompañada ¡pero no sola!
Traía de la mano a Fernando vestido de San Nicolás y a una chica como su ayudante.
¿Fernando? preguntó Jimena, al reconocerlo, y vio que la chica era la que encontró con él en el bar. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Qué significa esto?
Fernando soltó una carcajada, la chica también.
Tus amigas me dijeron dónde encontrarte. Y, espera, quiero presentarte: ella es mi hermana pequeña, Lucía.
¿Hermana? dijo Jimena, sorprendida.
Claro, ¡míranos bien, nos parecemos! dijo Lucía riéndose.
A Jimena se le fue el disgusto de golpe. ¡Si es que tanto tiempo sufriendo, y había sido por no preguntar!
Fernando, ya con todo el mundo presente, sacó una cajita del bolsillo y dijo:
En presencia de mi familia y la tuya, te lo pido: ¿Quieres casarte conmigo?
¡Por supuesto que sí! Jimena se tiró a su cuello, emocionada. ¡Este es el mejor Año Nuevo de mi vida!
Y vendrán muchos mejores, pero prometo que las cosas se dicen de frente dijo Fernando.
¡De acuerdo! respondió ella con un suspiro y aquella vez, sí que todo encajó.







