Aguanta un poco más —Mamá, esto es para el próximo semestre de Ana. María dejó el sobre sobre el hule gastado de la mesa de la cocina. Cien mil euros. Los había contado tres veces: en casa, en el autobús, al pie del portal. Siempre salía la cantidad justa. Elena apartó su labor de punto y miró a su hija por encima de las gafas. —María, hija, tienes un aspecto demacrado. ¿Quieres que te ponga un poquito de té? —No, mamá. Solo paso un minuto, que aún llego a tiempo a la segunda jornada. La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal —quizá la pomada para las articulaciones, quizá las gotas que María le compraba a su madre cada mes. Cuarenta euros el frasco; daba para tres semanas. Más las pastillas para la tensión, más las pruebas cada trimestre… —Anita estaba tan feliz cuando le dijeron que podía hacer prácticas en el banco —Elena tomó el sobre con tanto cuidado como si fuera de cristal fino—. Dice que ahí tiene futuro. María calló. —Dile que este es el último dinero para sus estudios. El último semestre. Cinco años llevaba María tirando del carro. Cada mes, un sobre para su madre y una transferencia para su hermana. Cada mes, calculadora en mano y restando sin parar: menos alquiler, menos medicinas, menos compra para mamá, menos estudios de Anita. ¿Qué quedaba? Una habitación en un piso compartido, un abrigo de hace seis inviernos y sueños olvidados de tener su propio piso. Hubo un tiempo en que María soñó con irse a Barcelona. Sin más, sólo un fin de semana. Ver la Sagrada Familia, pasear por las Ramblas. Incluso empezó a ahorrar, pero luego su madre tuvo el primer susto serio y todos los ahorros se fueron en médicos. —Deberías descansar, hija —le dijo Elena acariciándole el brazo—. Tienes mala cara. —Ya descansaré. Pronto. Pronto. Cuando Anita encuentre trabajo. Cuando la madre se estabilice. Cuando pueda por fin respirar y pensar en sí misma. Ese “pronto” llevaba cinco años repitiéndolo. El título de Economista lo recogió Ana en junio. Matrícula de honor, nada menos: María incluso pidió un día en el trabajo para ir a la graduación. La vio subir al escenario con un vestido nuevo —también regalo suyo, cómo no— y pensó: ya está, ahora todo cambia. Anita empezará a trabajar, ganará lo suyo y podrá por fin dejar de contar cada céntimo. Pasaron cuatro meses. —María, no lo entiendes —Ana estaba en el sofá, enroscada con calcetines peludos—. No he estado cinco años estudiando para acabar pringando por cuatro duros. —Mil quinientos euros no son cuatro duros. —Para ti no serán, quizás. María apretó los dientes. En su trabajo principal cobraba mil doscientos. Con el extra, llegaba a mil ochocientos. De ahí para sí, tenía suerte si quedaba seiscientos euros. —Ana, tienes veintidós años. Es hora de empezar, aunque sea lo que salga. —Ya lo haré. Pero no pienso aceptar cualquier chapuza por mil quinientos. Elena trajinaba en la cocina, haciendo ruido con los platos. Fingía no oír la discusión, como siempre. Se esfumaba y luego, justo antes de que María se fuera, le susurraba: “No te enfades con Anita, es joven, ya madurará”. No entiende. Veintidós años y no entiende. —No soy eterna, Ana… —Ay, deja el drama, anda. No te estoy pidiendo dinero. Solo busco algo decente. No pide, técnicamente. Pide la madre. “María, a Anita le vendría bien un curso de inglés.” “María, se le ha roto el móvil y necesita uno para mandar currículums.” “María, quería un abrigo nuevo antes de que llegue el frío.” María transfería, compraba, pagaba. Sin protestar. Así había sido siempre: ella llevaba el peso y las demás lo daban por hecho. —Me marcho —dijo, levantándose—. Esta tarde tengo otro turno. —¡Espera, que te pongo unas empanadillas para llevar! —gritó Elena desde la cocina. Eran de pisto. María cogió la bolsa y salió al portal húmedo, con olor a gatos. Diez minutos a pie hasta la parada. Después, una hora en bus. Ocho horas de pie, más otras cuatro al ordenador, si sacaba el extra. Y mientras, Anita en casa, repasando ofertas, esperando la oportunidad perfecta: sueldo de dos mil y teletrabajo desde el sofá. La primera bronca seria fue en noviembre. —¿De verdad haces algo? —María perdió la paciencia al ver a su hermana igual que la semana anterior—. ¿Has enviado algún currículum? —Tres. —¿En un mes, tres ofertas? Ana puso los ojos en blanco y se refugió en el móvil. —No entiendes cómo va el mercado de trabajo ahora. Hay muchísima competencia, hay que elegir bien. —¿Elegir qué? ¿Dónde pagan por estar en el sofá? Elena asomó por la cocina, nerviosa con el trapo. —Chicas, ¿un té? Hoy he hecho tarta… —No, mamá —María se frotó las sienes. Tercero día de jaqueca—. Explícame por qué tengo que trabajar en dos sitios y ella en ninguno. —María, Anita es joven, encontrará lo suyo… —¿Cuándo? ¿En un año? ¿En cinco? Yo a su edad ya trabajaba. Ana se revolvió. —¡Lo siento si no quiero ser como tú! ¡Una burra de carga que solo vive para trabajar! Silencio. María cogió el bolso y se fue. En el autobús miraba por la ventana oscura y pensó: burra de carga. Así la veía su familia. Elena la llamó al día siguiente, disculpándose. —Ana no lo quiso decir así, está nerviosa… Aguanta un poco más, seguro que encuentra algo pronto. Aguanta. Palabra favorita de mamá. Aguanta hasta que el padre mejore. Aguanta hasta que Ana crezca. Aguanta hasta que todo vaya mejor. María llevaba aguantando toda la vida. Las discusiones se hicieron habituales. Cada visita acababa igual: María intentaba razonar, Ana se revolvía, Elena mediando, suplicando paz. Después María se iba, Elena llamaba a disculparse y todo volvía a empezar. —Debes entenderlo, es tu hermana —decía la madre. —Y ella, que no soy un cajero automático. —María, hija… En enero, llamó Ana con inusitada euforia. —¡María, me caso! —¿Qué? ¿Con quién? —Se llama Diego. Llevamos tres semanas. Es… el hombre ideal, ¡de verdad! Tres semanas. María quiso advertirla, pero se calló. Quizá así se solucionaba todo; Diego la mantendría y quizá podría por fin respirar. La ingenua esperanza duró hasta la cena familiar. —¡Ya tengo todo pensado! —Ana radiante—. Restaurante para cien, música en directo, el vestido lo tengo fichado en Serrano… María dejó el tenedor. —¿Y cuánto cuesta todo eso? —Bueno… —Ana sonrió como si nada—. Unos veinte mil euros. O veinticinco. ¡Pero es solo una vez en la vida! —¿Y quién paga eso? —María, mujer… Diego no puede; su familia bastante hace con la hipoteca. Mamá está casi jubilada. Lo lógico es que tú pidas un préstamo. María miró a su hermana. Y a su madre. Elena apartó la mirada. —¿Vais en serio? —Es una boda, hija—argumentó la madre con esa voz empalagosa de siempre—. Un día tan especial… No se puede ser tacaño… —O sea, ¿debo pedir un préstamo de veinte mil euros para la boda de una persona que ni siquiera ha buscado trabajo? —¡Eres mi hermana! —Ana golpeó la mesa—. ¡Te toca! María se levantó. De repente, todo era silencio y claridad en su cabeza. —Cinco años pagando estudios, medicinas para mamá, comida, ropa, facturas. Dos trabajos. Sin piso, sin coche, sin vacaciones. Veintiocho años y hace más de un año que no me compro una prenda. —María, tranquilízate… —intervino Elena. —¡No! ¡Se acabó! He sido vuestro sostén durante años y aún pretendéis darme lecciones… ¡Se terminó! Desde hoy, vivo para mí. Salió, cogiendo la chaqueta a tiempo. Afuera hacía dos grados pero no sentía el frío. Dentro, una calidez desconocida: por fin se quitaba de encima el peso de toda una vida. El móvil no paraba de sonar. María bloqueó ambos números. … Pasaron seis meses. María se mudó a un pequeño estudio, que por fin se permitió. En verano fue a Barcelona: cuatro días, Sagrada Familia, Ramblas, noches luminosas. Se compró un vestido. Y otro. Y unos zapatos. Se enteró de la familia por casualidad —una amiga del colegio que trabajaba cerca de casa de la madre. —Oye, ¿es verdad que tu hermana canceló la boda? María se quedó con la taza de café en la mano. —¿Eh? —Dicen que el novio se largó. Que se enteró de que no había dinero y se fue. María sorbió el café. Amargo. Pero, por alguna razón, delicioso. —No sé. Ya no hablamos. Esa noche, sentada junto a la ventana de su nuevo piso, pensaba en lo que no sentía ni pizca de rencor. Solo una calma tranquila y la satisfacción de quien deja de ser, al fin, la burra de carga.

Mamá, esto es para el próximo semestre de Lucía.

María puso el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina. Mil euros. Los contó tres veces: en casa, en el autobús, y antes de entrar al portal. Siempre salía la cifra exacta, ni un céntimo más ni menos.

Elena dejó a un lado la labor de ganchillo y miró a su hija por encima de las gafas.

Marieta, tienes mala cara. ¿Te echo un té?
No, mamá, que solo vengo un minuto, tengo que llegar a tiempo a la segunda jornada.

La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal: tal vez a la crema para las articulaciones, o a esas gotas que María le compraba todos los meses. Cincuenta euros el frasco, apenas duraba tres semanas. Más las pastillas de la tensión, más los análisis cada tres meses.

Lucía se puso tan contenta cuando le confirmaron las prácticas en el banco, Elena cogió el sobre con un cuidado casi reverencial, como si fuera de cristal fino. Dice que tiene buenas perspectivas ahí.

María no contestó.

Dile que es la última vez que podemos ayudarle con los estudios.

El último semestre. Cinco años llevaba María tirando del carro. Cada mes, el sobre para su madre, la transferencia para su hermana. Cada mes, la calculadora en las manos y el eterno restar: menos luz, menos medicinas, menos comida para mamá, menos universidad de Lucía. ¿Qué quedaba? Una habitación alquilada en un piso compartido, un abrigo que ya tenía seis inviernos, y los sueños de un piso propio perdidos por ahí.

En tiempos, María quería irse un finde a Sevilla. Por hacer turismo, ver la Giralda, pasear por el río. Hasta empezó a guardar un poco cada mes. Pero entonces a su madre le dio el primer susto serio y se fundió todos los ahorros en médicos.

Tendrías que descansar un poco, hija, Elena le pasó la mano por el brazo. Tienes una cara

Ya descansaré. Pronto.

Pronto, cuando Lucía encuentre trabajo, cuando mamá esté estable, cuando se pueda respirar y pensar en una misma. Ese pronto llevaba diciéndolo cinco años.

Lucía se graduó en Economía en junio, con Matrícula de Honor, además. María se pidió el día para poder estar en la ceremonia, miraba a su hermana pequeña subir al escenario con su vestido nuevo regalo de ella y pensaba: ya está. Ahora todo cambia. Lucía va a empezar a trabajar, empezará a ganar dinero, y por fin podré dejar de contar cada euro.

Pasaron cuatro meses.

Mari, es que no te enteras, Lucía estaba sentada en el sofá, acurrucada en unos calcetines de felpa. No he estudiado cinco años para matarme por cuatro duros.

Quinientos euros no son cuatro duros, Lucía.

Para ti, igual no.

María apretó los dientes. En su trabajo fijo ganaba cuatrocientos veinte. Con los extras, si había suerte, otros doscientos. Seiscientos veinte euros, y si lograba quedarse con ciento cincuenta para ella, ya era milagro.

Lucía, tienes veintidós años. Ya va tocando trabajar, aunque sea en algo provisional.

Que sí, que ya me pondré. Pero no en una empresa mierdera ganando una miseria.

Elena rebuscaba en la cocina, haciendo ruido con los platos, fingiendo que no oía la conversación. Siempre hacía lo mismo cuando discutían: desaparecía, se refugiaba, y luego, cuando María se iba, le susurraba: No te disgustes con Lucía, es que todavía no ve las cosas.

No lo ve. Veintidós años, y no lo ve.

Que yo no soy eterna, Lucía.

Ya está, no dramatices. No te pido dinero. Solo estoy buscando algo decente.

No lo pide, técnicamente no. Es mamá la que lo hace. Marieta, Lucía quiere hacer un curso de inglés, le hace ilusión. Marieta, a Lucía se le ha roto el móvil y necesita enviar currículos. Marieta, Lucía quería un abrigo nuevo, que ya viene el frío.

María transfería, compraba, pagaba. En silencio. Porque siempre había sido así: ella tirando del carro y los demás asumiendo que era lo normal.

Me voy, se levantó. Esta tarde tengo que hacer otro extra.
¡Espera, que te pongo unas empanadillas para llevar! gritó la madre desde la cocina.

Las empanadillas eran de atún. María recogió la bolsa y salió al portal, frío, oliendo a humedad y a gato. Diez minutos andando rápido hasta la parada del bus. Una hora de trayecto. Ocho horas de pie. Cuatro más delante del ordenador si llegaba al extra.

Y Lucía, mientras, en casa, buceando en portales de empleo, esperando a que el destino le trajera un curro perfecto de mil quinientos euros, trabajando desde casa.

La primera bronca grande fue en noviembre.

¿Pero tú haces algo alguna vez? María explotó al ver a su hermana en la misma postura en el sofá de siempre. ¿Has mandado siquiera un cv?

Sí, tres.

¿En un mes tres? ¿Y te parece normal?

Lucía puso los ojos en blanco y se escondió tras el móvil.

Que tú no sabes cómo está el mercado ahora, tía. Hay que seleccionar bien.

¿Seleccionar, el qué? ¿Dónde te pagan por tumbarte en el sofá?

Elena asomó desde la cocina, con las manos nerviosas en el trapo.

Chicas, ¿un poquito de té? He hecho bizcocho…
Mamá, no, María se frotó las sienes. Le dolía la cabeza ya tres días seguidos. Solo quiero que me expliquéis por qué yo tengo que matarme en dos trabajos y ella en ninguno.
Marieta, Lucía aún es joven, encontrará su camino…
¿Cuándo, mamá? ¿En un año? ¿En cinco? Yo ya curaba a su edad.

Lucía dio un respingo.

Perdona por no querer ser como tú: una burra de carga solo sabe trabajar y currar…

Silencio. María recogió el bolso y se fue. En el bus, mirando la noche por la ventana, pensaba: burra de carga. Así es como la veían.

Elena llamó al día siguiente, pidiendo que no se enfadara.

Lucía no lo decía en serio, hija. Está pasando un mal momento. Solo aguanta un poco más, seguro que encuentra trabajo pronto.

Aguanta. Lo favorito de mamá: aguanta mientras tu padre se recupera, aguanta mientras Lucía crece, aguanta hasta que las cosas se arreglen. María siempre había aguantado.

Las peleas se hicieron rutina. Cada visita a su madre acababa igual: María intentando razonar con Lucía, Lucía saltando, Elena entre las dos mediando, suplicando paz. Luego María se iba, Elena llamaba disculpándose, y vuelta a empezar.

Tiene que entenderlo, es tu hermana, decía su madre.
Y ella tiene que entender que no soy un cajero, mamá.
Marieta…

En enero, Lucía llamó ella misma. Había una emoción rara en su voz.

¡Mari! ¡Que me caso!
¿Con quién?
Se llama Javier. Llevamos tres semanas saliendo. Es… es que es genial, Mari, es perfecto.

Tres semanas. Tres. María quería decirle que estaba loca, que primero hay que conocer a la persona calló. Igual era lo mejor. Se va con el marido, el marido la mantiene, y por fin respiro.

El sueño duró hasta la comida familiar.

¡Lo tengo todo pensado! Lucía brillaba. Restaurante para cien, música en directo, el vestido lo he visto en un atelier en la Gran Vía

María soltó el tenedor despacio.

¿Y todo eso cuánto cuesta?
Pues Lucía se encogió de hombros sonriendo. Cinco mil euros, seis mil, por ahí. ¡Es una boda, mamá! ¡Solo se casa una vez!
¿Y quién lo paga?
Mari, entiéndeme Los padres de Javi tienen hipoteca, mamá ya ves cómo va Tendrás que pedir un préstamo.

María miró a su hermana. Luego a su madre. Elena agachó la cabeza.

¿En serio?
Marieta, es la boda de tu hermana. Es algo único en la vida, no es momento de racanear
¿Tengo que endeudarme por seis mil euros para la boda de alguien que aún no ha trabajado ni un mes?
¡Eres mi hermana! Lucía dio un golpe en la mesa. ¡Es tu obligación!
¿Obligación?

María se levantó. Notó una extraña claridad en la cabeza.

Cinco años. He pagado tus estudios, los medicamentos de mamá, vuestra comida, lo que os ponéis, la luz. Trabajo en dos sitios. No tengo ni piso ni coche ni vacaciones. Tengo veintiocho años y el último vestido nuevo que me compré fue hace año y medio.

Mari, tranquilízate intentó Elena.
¡No! ¡Ya basta! Os he mantenido años, y aún venís a hablarme de mis obligaciones. He terminado. Desde hoy, me toca pensar en mí.

Cogió la chaqueta justo a tiempo para no quedarse encerrada. En la calle, a dos grados bajo cero, ni sintió el frío. Por dentro, por fin, algo cálido: era como quitarse un saco de piedras de encima.

El móvil sonaba sin parar. María canceló las llamadas y bloqueó ambos números.

Pasaron seis meses. María se mudó a un estudio pequeño, por fin podía permitírselo, y en verano fue a Sevilla: cuatro días, Giralda, la orilla del Guadalquivir, las noches blancas. Se compró un vestido. Y otro más. Hasta unos zapatos nuevos.

De la familia se enteró de casualidad, hablando con una amiga del barrio de su madre.

Oye, ¿es verdad que la boda de tu hermana se canceló?

María se quedó con la taza de café en la mano.

¿Cómo?
Que el chico la dejó. Dicen que al enterarse de que no había dinero, le dio la espantada.

María bebió un sorbo. Amargo, y sin embargo, le supo genial.

No sé nada. Hace meses que no hablamos.

Aquella noche, sentada junto a la ventana de su piso nuevo, pensó que no sentía ni pizca de rencor. Solo una paz suave y silenciosa, la de quien por fin ha dejado de ser la burra de carga.

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MagistrUm
Aguanta un poco más —Mamá, esto es para el próximo semestre de Ana. María dejó el sobre sobre el hule gastado de la mesa de la cocina. Cien mil euros. Los había contado tres veces: en casa, en el autobús, al pie del portal. Siempre salía la cantidad justa. Elena apartó su labor de punto y miró a su hija por encima de las gafas. —María, hija, tienes un aspecto demacrado. ¿Quieres que te ponga un poquito de té? —No, mamá. Solo paso un minuto, que aún llego a tiempo a la segunda jornada. La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal —quizá la pomada para las articulaciones, quizá las gotas que María le compraba a su madre cada mes. Cuarenta euros el frasco; daba para tres semanas. Más las pastillas para la tensión, más las pruebas cada trimestre… —Anita estaba tan feliz cuando le dijeron que podía hacer prácticas en el banco —Elena tomó el sobre con tanto cuidado como si fuera de cristal fino—. Dice que ahí tiene futuro. María calló. —Dile que este es el último dinero para sus estudios. El último semestre. Cinco años llevaba María tirando del carro. Cada mes, un sobre para su madre y una transferencia para su hermana. Cada mes, calculadora en mano y restando sin parar: menos alquiler, menos medicinas, menos compra para mamá, menos estudios de Anita. ¿Qué quedaba? Una habitación en un piso compartido, un abrigo de hace seis inviernos y sueños olvidados de tener su propio piso. Hubo un tiempo en que María soñó con irse a Barcelona. Sin más, sólo un fin de semana. Ver la Sagrada Familia, pasear por las Ramblas. Incluso empezó a ahorrar, pero luego su madre tuvo el primer susto serio y todos los ahorros se fueron en médicos. —Deberías descansar, hija —le dijo Elena acariciándole el brazo—. Tienes mala cara. —Ya descansaré. Pronto. Pronto. Cuando Anita encuentre trabajo. Cuando la madre se estabilice. Cuando pueda por fin respirar y pensar en sí misma. Ese “pronto” llevaba cinco años repitiéndolo. El título de Economista lo recogió Ana en junio. Matrícula de honor, nada menos: María incluso pidió un día en el trabajo para ir a la graduación. La vio subir al escenario con un vestido nuevo —también regalo suyo, cómo no— y pensó: ya está, ahora todo cambia. Anita empezará a trabajar, ganará lo suyo y podrá por fin dejar de contar cada céntimo. Pasaron cuatro meses. —María, no lo entiendes —Ana estaba en el sofá, enroscada con calcetines peludos—. No he estado cinco años estudiando para acabar pringando por cuatro duros. —Mil quinientos euros no son cuatro duros. —Para ti no serán, quizás. María apretó los dientes. En su trabajo principal cobraba mil doscientos. Con el extra, llegaba a mil ochocientos. De ahí para sí, tenía suerte si quedaba seiscientos euros. —Ana, tienes veintidós años. Es hora de empezar, aunque sea lo que salga. —Ya lo haré. Pero no pienso aceptar cualquier chapuza por mil quinientos. Elena trajinaba en la cocina, haciendo ruido con los platos. Fingía no oír la discusión, como siempre. Se esfumaba y luego, justo antes de que María se fuera, le susurraba: “No te enfades con Anita, es joven, ya madurará”. No entiende. Veintidós años y no entiende. —No soy eterna, Ana… —Ay, deja el drama, anda. No te estoy pidiendo dinero. Solo busco algo decente. No pide, técnicamente. Pide la madre. “María, a Anita le vendría bien un curso de inglés.” “María, se le ha roto el móvil y necesita uno para mandar currículums.” “María, quería un abrigo nuevo antes de que llegue el frío.” María transfería, compraba, pagaba. Sin protestar. Así había sido siempre: ella llevaba el peso y las demás lo daban por hecho. —Me marcho —dijo, levantándose—. Esta tarde tengo otro turno. —¡Espera, que te pongo unas empanadillas para llevar! —gritó Elena desde la cocina. Eran de pisto. María cogió la bolsa y salió al portal húmedo, con olor a gatos. Diez minutos a pie hasta la parada. Después, una hora en bus. Ocho horas de pie, más otras cuatro al ordenador, si sacaba el extra. Y mientras, Anita en casa, repasando ofertas, esperando la oportunidad perfecta: sueldo de dos mil y teletrabajo desde el sofá. La primera bronca seria fue en noviembre. —¿De verdad haces algo? —María perdió la paciencia al ver a su hermana igual que la semana anterior—. ¿Has enviado algún currículum? —Tres. —¿En un mes, tres ofertas? Ana puso los ojos en blanco y se refugió en el móvil. —No entiendes cómo va el mercado de trabajo ahora. Hay muchísima competencia, hay que elegir bien. —¿Elegir qué? ¿Dónde pagan por estar en el sofá? Elena asomó por la cocina, nerviosa con el trapo. —Chicas, ¿un té? Hoy he hecho tarta… —No, mamá —María se frotó las sienes. Tercero día de jaqueca—. Explícame por qué tengo que trabajar en dos sitios y ella en ninguno. —María, Anita es joven, encontrará lo suyo… —¿Cuándo? ¿En un año? ¿En cinco? Yo a su edad ya trabajaba. Ana se revolvió. —¡Lo siento si no quiero ser como tú! ¡Una burra de carga que solo vive para trabajar! Silencio. María cogió el bolso y se fue. En el autobús miraba por la ventana oscura y pensó: burra de carga. Así la veía su familia. Elena la llamó al día siguiente, disculpándose. —Ana no lo quiso decir así, está nerviosa… Aguanta un poco más, seguro que encuentra algo pronto. Aguanta. Palabra favorita de mamá. Aguanta hasta que el padre mejore. Aguanta hasta que Ana crezca. Aguanta hasta que todo vaya mejor. María llevaba aguantando toda la vida. Las discusiones se hicieron habituales. Cada visita acababa igual: María intentaba razonar, Ana se revolvía, Elena mediando, suplicando paz. Después María se iba, Elena llamaba a disculparse y todo volvía a empezar. —Debes entenderlo, es tu hermana —decía la madre. —Y ella, que no soy un cajero automático. —María, hija… En enero, llamó Ana con inusitada euforia. —¡María, me caso! —¿Qué? ¿Con quién? —Se llama Diego. Llevamos tres semanas. Es… el hombre ideal, ¡de verdad! Tres semanas. María quiso advertirla, pero se calló. Quizá así se solucionaba todo; Diego la mantendría y quizá podría por fin respirar. La ingenua esperanza duró hasta la cena familiar. —¡Ya tengo todo pensado! —Ana radiante—. Restaurante para cien, música en directo, el vestido lo tengo fichado en Serrano… María dejó el tenedor. —¿Y cuánto cuesta todo eso? —Bueno… —Ana sonrió como si nada—. Unos veinte mil euros. O veinticinco. ¡Pero es solo una vez en la vida! —¿Y quién paga eso? —María, mujer… Diego no puede; su familia bastante hace con la hipoteca. Mamá está casi jubilada. Lo lógico es que tú pidas un préstamo. María miró a su hermana. Y a su madre. Elena apartó la mirada. —¿Vais en serio? —Es una boda, hija—argumentó la madre con esa voz empalagosa de siempre—. Un día tan especial… No se puede ser tacaño… —O sea, ¿debo pedir un préstamo de veinte mil euros para la boda de una persona que ni siquiera ha buscado trabajo? —¡Eres mi hermana! —Ana golpeó la mesa—. ¡Te toca! María se levantó. De repente, todo era silencio y claridad en su cabeza. —Cinco años pagando estudios, medicinas para mamá, comida, ropa, facturas. Dos trabajos. Sin piso, sin coche, sin vacaciones. Veintiocho años y hace más de un año que no me compro una prenda. —María, tranquilízate… —intervino Elena. —¡No! ¡Se acabó! He sido vuestro sostén durante años y aún pretendéis darme lecciones… ¡Se terminó! Desde hoy, vivo para mí. Salió, cogiendo la chaqueta a tiempo. Afuera hacía dos grados pero no sentía el frío. Dentro, una calidez desconocida: por fin se quitaba de encima el peso de toda una vida. El móvil no paraba de sonar. María bloqueó ambos números. … Pasaron seis meses. María se mudó a un pequeño estudio, que por fin se permitió. En verano fue a Barcelona: cuatro días, Sagrada Familia, Ramblas, noches luminosas. Se compró un vestido. Y otro. Y unos zapatos. Se enteró de la familia por casualidad —una amiga del colegio que trabajaba cerca de casa de la madre. —Oye, ¿es verdad que tu hermana canceló la boda? María se quedó con la taza de café en la mano. —¿Eh? —Dicen que el novio se largó. Que se enteró de que no había dinero y se fue. María sorbió el café. Amargo. Pero, por alguna razón, delicioso. —No sé. Ya no hablamos. Esa noche, sentada junto a la ventana de su nuevo piso, pensaba en lo que no sentía ni pizca de rencor. Solo una calma tranquila y la satisfacción de quien deja de ser, al fin, la burra de carga.