Diario de Tomás. Madrid, 16 de marzo
¿Cómo queréis llamar a vuestra niña? El médico, ya mayor y con esa sonrisa de oficio, miró a mi hija como si nada en el mundo pesara.
Todavía no lo hemos decidido respondió Beatriz, sentada junto a la cama, tratando de desviar la atención a otra cosa. Es una decisión importante, a Aurora le vendría bien pensarlo bien.
No quiero llamarla de ninguna manera soltó Aurora, mi hija, de repente. Ni siquiera pienso quedármela. Voy a firmar la renuncia.
¿Qué dices, niña? saltó Beatriz, fulminándola con la mirada, y dirigiéndose al doctor. No sabe lo que dice, por supuesto nos llevamos a la bebé.
Luego vuelvo, descansad dijo el médico ya sin ningún interés en presenciar aquella pelea doméstica.
Apenas cerró la puerta, Beatriz se echó encima de Aurora.
¿Cómo se te ocurre decir eso? ¿Sabes lo que pensarán los vecinos? Bastante fue tener que mudarnos a Alcalá de Henares para que nadie se enterase Esa niña tiene que quedarse en la familia.
¿Y de quién es la culpa? le respondió Aurora sin apartar la mirada. Si me hubieras escuchado entonces, no estaría aquí. Habría acabado mis estudios y tirado para adelante. Así que si la niña te interesa, te la quedas tú.
Mi hija se giró hacia la pared, dejando claro que la conversación estaba acabada. Beatriz intentó convencerla unos minutos más, pero entonces una enfermera apareció para pedirle que dejara descansar a la paciente.
La habitación quedó en silencio. Aurora lloriqueó en la almohada, rezando porque aquel infierno acabara cuanto antes.
Un golpe tímido en la puerta la obligó a secarse las lágrimas. Respiró hondo, tratando de recomponerse.
Adelante.
Esperaba alguna enfermera, quizá a mí mismo. Pero la mujer que entró era una desconocida.
¿Deseas algo? dijo Aurora, luchando por mantener serenidad.
He oído Bueno, los médicos comentaron fuera de mi habitación, sin querer farfulló la mujer.
Sí, pienso renunciar a la niña. Si a eso ha venido
Vi cómo te habló tu madre
¡No es mi madre! le interrumpió Aurora, dejando claro su enfado. Es mi madrastra. Mi madre trabaja fuera, estaba en Alemania hasta hace bien poco.
Perdona, no quería ofender continuó la mujer, visiblemente incómoda. Tengo tres hijos, fui criada en un orfanato y me da pavor pensar en esa bebé. No tiene culpa de nada.
Eso dicen: bebés tan pequeños los adoptan enseguida encogió los hombros Aurora. No he conseguido ni cogerla en brazos. Si Beatriz no se hubiese entrometido hace meses, ni estaría aquí.
Pero tienes más de quince años insistió la mujer.
¡Qué vergüenza! Aurora imitó la voz de su madrastra. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?
No lo comprendo
Le cuento todo, igual así deja de juzgarme dijo Aurora con un amago de sonrisa amarga.
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Mi último año de bachillerato fue el peor en mucho tiempo para Aurora. Primero, Pablo, el primer amor de su vida, se tuvo que ir a la mili. Luego, la dirección del instituto asignó a un nuevo alumno de Madrid, Julián, un niño de papá caído en desgracia y desterrado a la provincia. Su única diversión consistía en ligar con todas las chicas posibles. Su padre esperaba que en la recatada vida manchega aprendería la lección, pero nada de eso.
Julián llegaba a clase en Vespa, regalaba pulseras caras, invitaba a cenar en el centro, prometía el oro y el moro. Una tras otra caían en la trampa, con la ilusión de convertirse en sus novias oficiales.
Pero Aurora no. Aurora solo pensaba en Pablo. En apariencia, Julián pareció desistir y focalizarse en otra. Eso, al menos, creyó ella. Menuda ingenuidad.
En diciembre, cumpleaños de una amiga. El grupo sale a celebrarlo a un local de tapas. Julián también va, pero sus intereses son claros.
Aurora salió a la puerta para coger una llamada. Al volver, Julián estaba en su asiento. No le dio importancia hasta mucho después.
Despertó en la casa de Julián, confusa, con un fuerte dolor de cabeza. Él, sonriente:
Te hacías la dura dijo con el peor de los cinismos. Considera esto mi compensación. Tu Pablo, menudo pringado.
Aurora apenas logra llegar a casa. A duras penas toca el timbre.
¿Dónde te has metido? Beatriz se enfadó nada más verla. Llegas sin avisar, el móvil como si nada Y encima el espectáculo que das.
Llama a un médico y a la policía la cortó Aurora. Quiero denunciarle.
Beatriz pasó de la indignación a la alerta contenida.
¿Quién?
Julián Quién si no.
Tranquilízate, que lo van a tapar. Haré una llamada a su padre. Que pague una buena indemnización.
¿Qué dices? ¡Voy a la comisaría ya mismo!
No vas a ninguna parte le apretó el brazo y la arrastró al salón. Tú saldrás como la culpable, se reirá todo el barrio. Lo soluciono yo.
Aurora no tenía teléfono, lo había perdido o dejado en casa de la amiga, ni fuerza para plantarse. La madrastra cerró la puerta y Aurora cayó rendida.
Unos días después, viajó con la abuela materna a Guadalajara. No quería preocuparla, así que fingía normalidad.
Un mes más tarde, el mazazo. Estaba embarazada.
Beatriz bailó de alegría. Ese bebé sería el billete a una vida sin apuros: el abuelo materno pagaría lo que hiciera falta para lavar el honor de Julián. Pero nadie pensó en Aurora. Cuando intentó deshacerse del embarazo, Beatriz montó en cólera y la vigiló sin dejarla sola ni un minuto.
El abuelo pagó, aunque a regañadientes. Prometió seguir manteniendo a la nieta si todo se hacía en discreción.
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¿Ves ahora todo lo que tuve que pasar? Pablo me dejó, no me creyó. Las amigas desaparecieron, tuvimos que mudarnos. Ni siquiera acabé bachillerato.
Perdona, de verdad, no debí juzgarte musitó la mujer, apesadumbrada. Pero la bebé
En ese momento Beatriz irrumpió en la habitación junto a su marido:
¡Aurora, esto se terminó! Esta es decisión de familia. Los extraños, fuera.
La visitante se marchó sin decir palabra.
Arruinas todos mis planes. Si dejas a la niña, no cuentes conmigo. ¿A dónde vas a ir? Tu abuela murió, y su piso se lo quedó tu tío. Te quedarás en la calle.
No, se viene conmigo entró entonces, sin anunciarse, una mujer elegante. Aurora dio un respingo, los ojos chispeando.
¡Mamá!
Por supuesto que sí. No podía dejarte sola Almudena, su madre, la abrazó con fuerza. Si me hubieras contado antes, te habría llevado a Sevilla conmigo. Siempre creí que aquí podrías acabar el instituto tranquila.
Pensé que no te interesaba sollozó Aurora, temblando. Aún soy una cría en realidad.
Alguien dijo que no querías verme, me devolvieron hasta mis regalos, no me devolvías las llamadas Pensé que no me perdonabas. No pasa nada dijo Almudena, limpiándole las lágrimas. Nos iremos lejos y empezarás de cero.
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Aurora se marchó con Almudena. La niña fue a parar finalmente a manos del abuelo, que la reconoció oficialmente; Julián tuvo que hacerse cargo, aunque no quería.
Aurora, por fin, sintió la calma. Comprendió que, cuando todo falla, solo queda aferrarse al amor incondicional de quien sí está dispuesto a escucharte.
Hoy, al escribir esto, pienso que la familia verdadera se mide por la lealtad, no por la sangre.







