Pianista alemán tachó el son jarocho de “ruido sin técnica”… hasta que una joven veracruzana hizo llorar en el Teatro Principal de Veracruz durante el Festival Internacional de Música Clásica

El Gran Teatro Real de Madrid resplandecía bajo la luz dorada de los faroles mientras la ciudad se preparaba para la inauguración del Festival Internacional de Música Clásica. Aquel evento, al que acudía la flor y nata de la música mundial, prometía una velada tan solemne como el monótono sermón de un cura en Semana Santa. Bruckner, Mozart, Beethoven: toda la parafernalia germánica estaba representada. Cuando don Klaus Friedrich Simmerman (sí, un nombre que podría figurar en cualquier novela de Thomas Mann), pianista alemán, acabó su interpretación del Concierto 21 de Mozart, el público se arrancó en aplausos tan estruendosos como la mascletà de Valencia.

Ataviado con un frac negro más planchado que la conciencia de un monje cartujo, don Klaus saludaba con esa arrogancia pulida que solo tienen quienes han paseado sus teclas por Viena, Berlín o el Carnegie Hall. En la última fila, medio escondida entre las sombras como buen personaje épico, estaba Inés Ruiz, una joven toledana de 25 años, vestida con un traje típico blanco de la Mancha, bordado con flores coloridas. Pero lo que llamaba la atención no era su porte, sino esa curiosa criatura que llevaba en brazos: una guitarra española pequeña, una “timple” canario, que parecía tan fuera de lugar como el chorizo en una boda vegana.

Nadie sospechaba que esa noche cambiaría para siempre la idea de lo que es, en realidad, la música. Inés había sido invitada por unos organizadores bienintencionados: hay que hacer un guiño a la música tradicional española, aunque, claro, como apéndice tras tres horas de composturas germánicas. Era política, no arte. Un brindis al sol para demostrar que España también tiene cultura musical (aunque solo nos den cinco minutos tras un maratón de rigor alemán).

Inés fue criada en Consuegra, tierra de molinos y de quijotes, donde el folclore no es solo música: es la respiración, el pulso y el consuelo de la gente. Su abuelo, don Patricio, había sido el rey indiscutible del timple en toda la comarca. De cría, aprendía a rasguear sentada en el regazo de ese hombre, cuyos dedos tan duros como el esparto, le enseñaban que esa guitarra se toca con el corazón. Cada rasgueo, Inés, cuenta una historia, decía el viejo Patricio con voz de trueno y nostalgia, una historia nuestra y de quienes vinieron antes.

Don Patricio falleció hacía seis meses. Antes de morir, le dejó el timple que ahora Inés abrazaba pegado al pecho, junto a la promesa de llevar nuestra música al mundo, hija, y que sepan que vale igual que la de ellos. Mientras Klaus se recreaba en su pasarela triunfal de saludos, Inés observaba, sintiendo que cada reverencia era como un pequeño pisotón a los anónimos músicos de pueblo.

Al bajar del escenario, don Klaus, que iba seguido por el director del festival (un madrileño sonriente y más diplomático que el embajador ante la ONU), lanzaba la pregunta con ese desdén tan prusiano: ¿Después de mi actuación toca música popular? ¿En serio?. Sí, maestro, se apresuró el director, solo un pequeño homenaje al Son Manchego, la música de la tierra. Klaus, con la mirada de quien juzga un vino barato, giró la cabeza hacia Inés. Son Manchego… He oído algo. Ruido folclórico, sin técnica real. Rasgueos simples, nada de armonía, sin estructura. Es entretenimiento, no música formal.

Inés sintió hervir la sangre manchega de sus venas. Apretó el timple heredado como quien agarra el escudo ante la batalla, mientras el director, el pobre hombre, intentaba sonreír sin saber a dónde mirar. Klaus prosiguió, con esa condescendencia de quien vigila la calidad de las croquetas en la boda de un primo: Estoy seguro de que será pintoresco. El folclore tiene su sitio; no podemos compararlo con la música clásica, que exige años de estudio y técnica refinada.

Inés, con la voz temblorosa de la indignación y no del miedo, replicó: Con todo respeto, maestro, el Son Manchego lleva más de tres siglos vibrando con raíces africanas, españolas e indígenas. Tiene estructura y complejidad… Klaus cortó con el gesto imperial: Querida, llevo 40 años estudiando múscia. Sé distinguir el entretenimiento popular de la música seria. Añadió, como quien da la bendición, que seguro al público local le gustará, y salió tan pancho. Inés contenía las lágrimas, mientras el director murmuraba: No le hagas caso, hija, estos europeos piensan que inventaron la música.

En el modesto camerino (mucho menos ostentoso que el reservado para Klaus, faltaría más), Inés se sentó en una silla medio rota, abrazando el timple. Las palabras de Klaus rebotaban en su mente como pelotas de frontón: ruido sin técnica. ¿Eso era lo que pensaba el hombre de la música que había sido la vida de su familia? Cerró los ojos: volvió a sus siete años, aquel portal de la casa de Consuegra, el abuelo, la reunión espontánea del pueblo, los versos improvisados entre bromas, verdades y lirismo, el zapateado sobre la madera.

El Son Manchego no es solo música, mi niña, es la forma que tenemos de hablar con los dioses, con la tierra, con los ancestros, recordaba de su abuelo. Cuando tocas el timple, tocas el alma de la Mancha. Inés abrió los ojos decidida: no iba a dejar que un pianista europeo, por muchos diplomas que tuviera, despreciara lo que ella amaba. Tocaron en la puerta. Era Carmen, una organizadora, manchega de pura cepa. “Inés, diez minutos. ¿Lista?”

Sí, lista, respondió Inés ajustándose el traje. He oído lo que ha dicho el alemán. Lo siento… No importa, cortó Inés. Voy a enseñarle lo que es música de verdad.

El maestro de ceremonias subió al escenario y, con voz engolada de presentador de Noche de Fiesta, anunció: Para cerrar esta gala, rendimos homenaje a nuestros orígenes musicales con la señorita Inés Ruiz interpretando Son Manchego tradicional. Los aplausos, más tibios que la sopa de hospital, marcaban que ella era solo el postre tras el banquete central. Subió al escenario, sintiendo a la multitud revisando el móvil o murmurando que esto acabara pronto. Don Klaus, en tercera fila, permanecía sentado por cortesía (como esperar los postres aunque odies la fruta).

Inés se acomodó en la silla del centro, el timple luciendo ridículo en el escenario claro y grandioso que minutos antes había acogido un piano de cola. Eso es todo¿solo una chica con una guitarrita?, pensaban algunos. Pero Inés pensaba en sus antepasados, en los esclavos africanos que trajeron el ritmo, en los españoles que aportaron la melodía, en los indígenas que pusieron el alma. Y empezó a rasguear.

Al principio, el sonido fue tímido, casi una disculpa. Nada del pulido Steinway, sino algo más crudo y esencial. Klaus fruncía el ceño: técnica sí, pero lo de siempre, simple y sin armonía, lo esperado. Pero tonterías, porque Inés comenzó a ser poseída por algo más. Cerró los ojos y sus manos se movieron con pasión y confianza. El Son Manchego emergió, rico en ritmo mestizo, y con la voz de Inés los versos brotaron fuertes: Por los campos de la Mancha he de pasar sin volver, si no vuelvo en esta vida, en la muerte he de volver.

El público empezó a perder el escepticismo inicial. La soprano vienesa levantó la vista del móvil, la francesa se inclinaba atenta. Era una voz real, cruda, sin filigranas pero llena de historia y alma. Inés improvisaba un verso: “Dice el alemán altivo que mi música es ruido, pero mi timple canta lo que su piano ha perdido”. La sellista francesa intentó no reír, pero la ironía manchega es contagiosa. Mi música no está escrita, está grabada en el alma de mis abuelos.

Klaus sintió cómo algo empezaba a moverle por dentro. Aquella joven improvisaba versos y música a la vez, algo que él no hacía desde los años mozos, perdido entre fugas y sonatas. ¿Cuándo fue la última vez que improvisó? Lucía aceleró el tempo y la emoción se mezcló con la melancolía y la alegría, en versos como Estas manos son morenas como la tierra que amo. No tienen diplomas, pero saben lo que toco. Carmen, la organizadora, lloraba en bastidores. El público entero estaba hechizado.

El Son Manchego tradicional se convirtió en una historia de toda una cultura. Inés cantó La Seguidilla, cambiando la letra sobre la marcha. Para entender mi música, hay que abrir el corazón, y dejar el ego aparcao. Klaus, en shock, recordaba a su abuela alemana tocando viejas polkas en el piano torcido de la casa familiar. ¿Cuándo cambió la emoción por el título, el alma por la técnica?

El sudor perlaba la frente de Inés, el público, mudo y expectante, presenciaba un clímax de intensidad. Inés tocaba ahora un son fúnebre, lágrimas en los ojos, canalizando el espíritu del abuelo. Klaus, resistente, descubrió que no podía evitar llorar por aquello que el folcloreojo, el folclorele revelaba. El teatro entero sucumbió: la soprano tenía las manos en el pecho, el violinista limpiaba los ojos, todos sorprendidos por una música imperfecta, sí, pero poderosísima por auténtica.

Inés cerró los ojos: ya no estaba en el Gran Teatro, sino en el portal de Consuegra, entre fandangos y olor a café y flores. La música se convirtió en puente entre mundos y generaciones. Mi abuelo nunca supo leer música, soltó de repente, pero sabía lo que muchos titulados no saben: que la música no vive en el papel, vive aquíse tocó el corazóny aquíla cabezay aquíel espacio entre las manos y el público.

El Siquisiri y el zapateado acompañaron el final. Inés se levantó zapateando, y con cada golpe invitaba a todos: Dame la mano, ven aquí, como recordando que antes de ser alemanes o españoles somos solo seres humanos buscando una canción compartida.

Las barreras de Klaus se derrumbaron. Sollozaba, rostro oculto entre las manos. Nadie pulsaba el móvil. Nadie hablaba. Silencio. Lloraban y aplaudían. Inés terminó con un rasgueo y un zapateo final, sudor y lágrimas brillando en la luz. El público tardó quince segundos en reaccionar, hasta que Klaus se levantó aplaudiendo de verdad, no por cortesía, sino por emoción.

Aplaudía como quien lanza vivas en una romería. Subió al escenario y, temblando, se arrodilló. La sala jadeó. Klaus Friedrich Simmerman, mito del piano, pidiendo perdón a la artista manchega. Perdón, he sido un necio, dijo entre sollozos en su español macarrónico. Usted me ha enseñado la verdad: la música está en el corazón, no en los diplomas. Usted tiene más música que yo en toda mi vida.

Inés, entre lágrimas, le respondió que no quería ser su maestra: En el Son Manchego, no hay maestros ni alumnos, solo compañeros de viaje, que comparten y aprenden juntos. Klaus sonrió. El director del festival propuso a tocar juntos. El público se volvió loco. Trajeron el piano. Klaus, por vez primera, estaba nervioso. No había partitura, solo emoción. Inés sugirió: ¿Conoce La Llorona?. La conozco, dijo Klaus. Sígame, no piense, sienta.

Inés tocó y cantó. Klaus acompañó, fugaz y lírico, el timple y el piano mezclándose en una fusión inesperada. Dos mundos reconciliados, lo clásico y lo popular, la técnica y la emoción en un mismo pulso. El público de pie aplaudía hasta acabarse las palmas.

Los días siguientes, la historia corrió como los chismes en barrio pequeño. Vídeos del momento viralizados, titulares en la prensa: “Maestro alemán aprende humildad en Madrid”. Klaus canceló sus giras y se quedó en la Mancha dos semanas, acudiendo cada tarde a Consuegra, aprendiendo con Inés y su gente. Aprendió fandango, zapateado, la improvisación, y sobre todo a escuchar. Don Patricio Junior, guardián de las tradiciones, le explicó: La música congelada muere, maestro. Hay que dejarla fluir”.

Klaus admitió que había estado 40 años perfeccionando la técnica y olvidando el alma. Inés, desde la cocina, le respondía: No sea tan duro, maestro. La técnica sirve para expresar el corazón, no para impresionar.

En la rueda de prensa en el Teatro Real, Klaus confesó: Vine creyendo enseñar a los españoles, pero he sido yo el aprendiz. He perpetuado la mentira de que la música europea es superior: si no tiene sonata, si no hay notación occidental, entonces no cuenta. Pero la perfección sin alma solo es ruido elegante.

Al preguntarle si la educación musical formal no vale, respondió: La educación formal es una herramienta, no un destino ni la única forma de aprender. Don Patricio nunca leyó una nota, pero era el verdadero maestro. Y anunció: Voy a tomarme un año sabático y aprender de las músicas populares de todo el mundo. Cuando regrese, será con una nueva idea de lo que es ser músico.

Y sí, en Madrid, bajo la luna castiza, se supo que aquel día la arrogancia europea y el alma de la Mancha se dieron la mano. Y, por fin, la música se hizo puente, río y abrazo entre todos.

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