Vivo con Antonio, el hombre que conocí en el sanatorio de Burgos. Apenas había empezado a contarle a alguien lo que sentía, recibí un mensaje de mi hija Lola: Mamá, he oído que te has mudado. ¿Es una broma?.
Me quedé helada. Hasta el día anterior habíamos estado charlando sobre la receta de una tarta de manzana, y ahora el tono de su texto era frío y acusador. Le contesté que todo estaba bien y que pronto podríamos hablar, pero Lola no volvió a responder. Entonces comprendí que para ella no era una noticia, sino un escándalo.
Yo, en cambio, estaba sentada en la mesa de la cocina del piso de Antonio, con el aroma del café recién hecho y el perfume de los pinos que se colaban por el balcón abierto. Él, a mi lado, sostenía mi mano con delicadeza. Nos habíamos conocido tres meses antes, pero lo que surgió entre nosotros no era un capricho pasajero.
Todo comenzó con una simple pregunta durante la cena en el sanatorio: ¿No le parece un poco salada esta sopa?. Lo miré, sonreí, y la conversación tomó impulso. Paseos juntos, tertulias hasta la madrugada, intercambio de números. Cuando regresé a casa pensé que sería sólo un episodio agradable, pero Antonio me llamó. Y volvió a llamar.
Empezamos a vernos. Primero en cafés de la Plaza Mayor, después me invitó a su parcela en la Sierra de Guadarrama. Allí descubrí lo que me había faltado durante siete años de viudez: calor, interés, atención. Mi vida había sido una sombra de los asuntos ajenos los niños, los nietos, las vecinas, los médicos, las farmacias pero no de mis propias emociones.
Un día me dijo: Tengo una habitación libre. Ven a quedarte unos días o quédate cuanto quieras. Sentí de nuevo aquel cosquilleo en el estómago de la juventud, la certeza de estar en el lugar correcto. Empaqué en silencio, sin hacer ruido, sin dar explicaciones a los niños. Era una decisión del corazón, mientras ellos la veían como un capricho. Cuando Lola dejó de contestar, intenté llamarla; colgó la llamada con frialdad.
Mi hijo, Pedro, preguntó helado: Mamá, ¿qué haces?. Añadió luego: La gente comenta. A tu edad no debería comportarse así. Traté de bromear: ¿A qué edad, hijo? ¡Tengo sesenta y seis!. No entendió el chiste. Para ellos lo único que importaba era que no estuviera donde debería estar: en casa, siempre disponible para una llamada, para cuidar al nieto, para enviar una transferencia.
Las reproches empezaron, luego la culpa: Siempre fuiste responsable y ahora actúas como una adolescente. No puedes marcharte así. ¿Qué dirán los demás?. Yo les dije que no vivía para los demás. Después de esa charla todo empeoró. Los nietos dejaron de llamarme; ni siquiera recibí invitación al cumpleaños de Sofía, la más pequeña. El corazón me dolía, pero no volví atrás.
En aquel pequeño hogar con jardín perfumado, con Antonio que cada mañana me servía café diciendo Buenos días, preciosa, me sentía yo misma, no una abuela ni una anciana, sino una mujer viva. Una noche, lo miré y le pregunté: ¿Crees que algún día los niños entenderán?. Él encogió los hombros. No lo sé. Pero sé que tú ya te has entendido, y eso es lo que importa. Lloré esa noche, no de tristeza, sino de gratitud.
No sé cómo seguirá esta historia. Tal vez vuelvan a mí, tal vez no. Pero sé que nadie jamás tiene derecho a decirme que es demasiado tarde para sentir. El amor no es solo cosa de jóvenes. Me siento joven ahora, y aunque no sea fácil ser feliz cuando los demás se oponen, sigue siendo felicidad auténtica, merecida.
Los niños tienen su vida, los nietos crecen. Quizá algún día me miren no como a quien ha hecho algo indebido, sino como a una mujer que se atrevió a ser ella misma. Y si me preguntan si me arrepiento, diré que lo único que lamento es haber esperado tanto. Nunca es demasiado tarde para volver a enamorarse.







