Cómo fingí ser feliz durante nueve años, crié al hijo de otro y recé para que mi secreto nunca saliera a la luz. Salió el día en que mi hijo necesitó la sangre de su verdadero padre, y por primera vez vi cómo lloraba mi marido.

El sol de la tarde, dorado como miel fundida, se desparrama suavemente por las laderas que rodean un pequeño pueblo castellano. Las casas humildes resplandecen en tonos cálidos y tranquilos, y el aire está perfumado de hierba recién cortada y el eco lejano de alguna hoguera. Dentro de uno de estos hogares, donde la fragancia de pan reciente y mermelada de manzana impregnan cada rincón, una madre y su hijo mantienen una conversación cargada de inquietud.

Hijo mío, tesoro, ¿qué le ves a esa moza tan volátil? dice la mujer, exhausta, con una preocupación materna insondable. Te mira con aires de grandeza, como si fueras polvo de camino. Y tú, como un girasol, no haces más que buscar su sol, sin ver los demás. Mira a Lucía, la hija de los García, tan trabajadora y discreta. Pero tú, hijo, solo piensas en una.

El joven, fuerte y de manos curtidas por el trabajo, se asoma a la ventana, a través de la cual el crepúsculo ya comienza a envolverse en bruma. Se llama Víctor.

Mamá, déjalo estar. Lucía no me interesa, nunca. Desde que me senté con Margarita, juntos en primero de primaria, no he sido capaz de mirar a otra. Si ella no me quiere, me quedaré solo. No insistas, no voy a escuchar.

Margarita, ¿a dónde vas tan emperifollada, como si fueras al baile del rey? le reprende su madre desde la otra casa, con esa mezcla de cariño y reproche. ¿Otra vez a bailar? ¿Y hasta las tantas de la madrugada? Al menos podrías invitar a Víctor. Vale oro. Estudia, está levantando una casa para la familia, y no te quita el ojo de encima. Firme como una montaña.

Margarita, frente al espejo arreglándose una cinta en su melena oscura, resopla. Todos la llaman simplemente Marga.

Una montaña, sí. Pesado y aburrido como una roca. ¡La juventud solo se vive una vez, mamá! Hay que cantar, reír, descubrir ciudades. ¿Víctor? Casa, estudios, trabajo Vivirá y lo único que recordará serán esos maderos. No me hables más de él, que no me interesa.

Se escapa de casa como una mariposa nocturna hacia la fiesta.

El otoño llega con sigilo, tiñendo el pueblo en oro y carmesí. Víctor obtiene su título y pronto recibe la carta para cumplir el servicio militar. Margarita termina el colegio. Toda la calle se junta para despedir a Víctor, como dictan las tradiciones: comida, música, abrazos, brindis Margarita y su madre también están allí.

Entre el bullicio, Víctor se acerca a Margarita bajo la copa de un viejo manzano.

Marga balbucea, buscando palabras. ¿Puedo escribirte cartas? Todos los chicos lo hacen a sus novias. Yo no tengo a nadie. ¿Quieres ser mi chica por carta, aunque sea de lejos?

La mira con una esperanza tan indefensa que su corazón se tambalea. Pero solo por un instante.

Si quieres, escríbeme. Contestaré si me apetece. Si no, no te lo tomes a mal responde con sinceridad y una mirada directa.

Al principio, las cartas con sellos militares llegan con frecuencia, y Marga, por cortesía o aburrimiento, responde. Pero el colegio termina, y la infancia se va con él. Ella marcha a Madrid, donde las luces, el ruido y las promesas de una vida nueva la atraen como un imán. La universidad, el bullicio urbano, la libertad. La correspondencia con Víctor se convierte en una carga que abandona sin remordimientos.

Su madre suspira esperando verla regresar, esperando que recapacite y construya su vida junto al que la ama con firmeza.

De aquí me marcho exclama Marga mientras hace la maleta . Acabo la carrera y me casaré con un hombre de ciudad, un intelectual. No pienso volver a este pueblo.

Sin embargo, la vida académica en la Complutense resulta más dura de lo esperado. El primer examen de literatura es un desastre. El texto, torpe y pobre en expresión, recibe un suspenso humillante. La escuela rural no la había preparado. Sus sueños de triunfar tropiezan con una realidad que no conoce.

Pero Marga no es de lamentarse. La ciudad ofrece remedio: fiestas, encuentros, nuevas amistades. En una de ellas conoce a León, estudiante de derecho, mayor, seguro de sí mismo, con aroma de colonia cara y una independencia cautivadora. Vive solo en un piso de tres habitaciones, sus padres trabajan en el norte.

Marga se instala casi sin pensar en el piso de León. Para no ser una carga, trabaja en una cafetería, llevando bocadillos por oficinas. Se transforma en ama de casa: limpia a fondo, cocina cocido madrileño, presume ante sus amigos por lo bien que cocina, lleva pan y dulces calentitos. En su imaginación ya se dibujan escenas de futuro: ese sofá, esa casa, ellos dos, sus hijos Lo ama con locura.

Un año dura esa vida de novela. Hasta que, una noche, León, hojeando el periódico, revela sin emociones:

Marga, creo que lo nuestro ha terminado. No hay motivo para seguir. Mis padres vuelven pronto. Debes irte.

Ella no llora ni grita. Empaca sus pocas cosas y se muda con una amiga. Es ahí, en la soledad, donde le invade la pérdida. El malestar físico, achacado al estrés, persiste.

Una visita al médico pone fin a su fantasía urbana.

Estás embarazada. Ya es demasiado tarde para interrumpir el proceso sentencia la doctora, mirándola por encima de las gafas.

Marga sabe que no quiere deshacerse de ese hijo. Es el último lazo doloroso con León y su antigua vida. Entre tanto, le llega una carta: su madre dice que Víctor ha vuelto y pregunta por ella. Con la desesperación, Marga urde un plan tan arriesgado como inevitable.

Víctor la recibe en la puerta de su casa casi acabada. Parece no haber cambiado: fiable, callado, con el brillo siempre presente al verla. Ella llega como por casualidad, pero se muestra simpática, risueña y lo toca con delicadeza. No le cuesta ganarse de nuevo su cariño. Se queda en esa casa que él levantaba para su sueño. Dos semanas después se casan, en una boda sencilla, con música y alegría.

Algunos, sobre todo Lucía, que aún suspira por Víctor, no pueden evitar las miradas curiosas al ver la rápida redondez del vientre de Marga. La suegra, sabia y perspicaz, lo insinúa, pero él sonríe feliz:

Nuestro pequeño está creciendo deprisa.

Marga da a luz en el hospital de la ciudad. En el bolsillo, lleva una cantidad bien guardada alrededor de mil euros para asegurarse de que el médico certifique que el bebé es prematuro. El niño nace pequeño, de dos kilos setecientos; todo cuadra y ella siente un alivio como nunca.

Al niño le llaman Gabriel. Crece discreto, soñador, con ojos profundos y serenos. Víctor lo adora: lo pasea a hombros, le fabrica juguetes de madera, le enseña el canto de las aves. Hasta la suegra olvida sus sospechas y lo mima con tortas y cuentos.

Víctor trabaja sin parar: primero en una cooperativa, después se atreve a montar su propia finca. Llega a casa tarde, oliendo a tierra y paja, cansado pero pleno. La casa prospera; la vida mejora.

Marga lleva la casa y cría a Gabriel. Por las noches recuerda a León, su voz, su risa. A Víctor lo aprecia y respeta, pero en su corazón no hay amor. Juega el papel de esposa entregada, sabiendo que sola no podría con su hijo. Él sueña con una familia grande, pero ella, para no tener más hijos, toma tés amargos en secreto. Así vive tranquila, amparada en una mentira.

Sin embargo, los secretos, por más hondos, siempre se abren paso hacia la luz.

Gabriel cumple ocho años. En un día claro y ventoso, los chicos juegan a ladrones y policías cerca de una obra, donde hay una barra de hierro abandonada. Nadie ve cómo Gabriel cae y la barra lo hiere profundamente.

Gritos, carreras, una llamada al 112 El mundo de Marga se reduce a la espera angustiosa. Víctor llega primero, en su vieja furgoneta, con el enfermero del pueblo. Sin dudar, baja él mismo a la zanja y saca a su hijo en brazos. Marga, corriendo junto a ellos, ve por primera vez las lágrimas rodar silenciosas por el rostro curtido de su marido.

En el hospital, el niño entra directamente a quirófano. Ha perdido mucha sangre; necesitan una transfusión urgente. Analizan la sangre de los padres. Y el secreto, guardado años, explota como una tormenta.

¿Por qué no dijeron que el niño fue adoptado? pregunta el médico, severo. Tiene una sangre muy rara: cuarta negativa. No es compatible con la de ustedes. Si no encontramos donante en doce horas, lo perderemos. No hay en el banco de sangre; la probabilidad de encontrar donante es mínima.

Marga queda paralizada. Todo se desmorona. El miedo eclipsa vergüenza y temor de ser descubierta.

Soy su madre pero el padre es otro dice al fin en un sollozo incontenible.

Víctor mira al suelo, los hombros vencidos por un peso invisible.

Salen al pasillo frío y esterilizado. Marga, presa de la histeria, le ruega entre lágrimas que la perdone, que la eche si quiere, pero que salve a su hijo.

¡Marga! le dice Víctor, agarrándola por los hombros, con la desesperación brillando en sus ojos . ¡Recuerdas su nombre, dirección, algo! Nuestro hijo se muere. Mi hijo. Y ese hombre puede salvarlo. Haré lo que sea; daré todo lo que tengo.

Marga sabe dónde está León; recuerda todo. Víctor llama a un amigo de la mili, ahora policía. En pocas horas, León ahora abogado de éxito, llega al hospital sin querer que su actual familia lo sepa.

No queremos nada de ti le dice Víctor con calma y firmeza . Ni dinero ni reconocimientos. Solo tu sangre. Solo eso.

Gabriel se salva. Por milagro, por plegarias, por la sangre singular de un padre desconocido. Se recupera sin secuelas.

Y a Marga, en la vigilia junto a la cama de su hijo, contemplando cómo Víctor permanece horas sin moverse en el rígido banco del pasillo, se le resquebraja el hielo del corazón. Observa a ese hombre, su marido, que en el peor momento piensa solo en salvar al hijo, no en la venganza. Y ese muro que la apartaba de él se agrieta, luego se desvanece y deja paso a un sentimiento cálido y desbordante: amor verdadero, adulto, hecho de dolor y perdón.

Cuando todo pasa y Gabriel vuelve a correr por el patio, Víctor, una tarde sentado con ella en el porche, mirando el horizonte castellano, dice:

Lo sabía, casi desde el principio. Lo sospechaba. Pero siempre fue mi hijo. Y lo será. Pausa y añade, tan suave que se escapa al viento: Y a ti nunca te habría dejado. Nunca. Porque eres la única que vive en mi corazón desde niño. Nunca hubo otra.

Un año después nace su hija. Pequeña, rosada, con los ojos claros de su padre. La llaman Angelines. Víctor la lleva en brazos como si fuese de cristal, y su rostro serio se ilumina con una ternura que conmueve a Marga. Ella les mira y se reprocha los años perdidos, la desconfianza, todo lo que la mantuvo lejos de ese amor.

La vida se asienta finalmente. La finca de Víctor prospera. Marga, que ya nunca trabaja fuera, florece. Es una mujer joven, hermosa, el hogar huele siempre a bollos, limpieza y cariño. Su casa es un rincón pleno, en lo material y en lo espiritual.

Gabriel, ya adulto, estudia medicina en la Universidad de Salamanca. Se convierte en cirujano y se casa con una compañera encantadora. Sus padres los ayudan a conseguir piso.

Angelines, vivaz y curiosa, estudia periodismo en Madrid y sueña con contar historias como la de su familia.

Por las tardes, Víctor y Marga se sientan junto en el porche, contemplan cómo el sol se esconde en esos montes castellanos y se toman la mano. El silencio entre ellos no es vacío: está repleto de todo lo vivido, lo perdonado, lo hallado. Saben que lo suyo no fue un amor de fuego instantáneo, sino una luz lenta y segura, como la lámpara vieja, suficiente para iluminar el recorrido y cálida para protegerlos hasta el último atardecer. Sus puentes se construyeron no de sueños color de rosa, sino de madera robusta: experiencia, perdón, y la delicadeza cotidiana que, al final, termina siendo el amor eterno.

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MagistrUm
Cómo fingí ser feliz durante nueve años, crié al hijo de otro y recé para que mi secreto nunca saliera a la luz. Salió el día en que mi hijo necesitó la sangre de su verdadero padre, y por primera vez vi cómo lloraba mi marido.