Recuerdo aquellos veranos de antaño, cuando mi suegra, Doña Mercedes, se ofreció generosamente a echarnos una mano con los niños durante la temporada estival. Ya estaba jubilada entonces y contaba con mucho tiempo libre, así que aceptamos agradecidos su propuesta.
Tanto mi esposo, Santiago, como yo trabajábamos, y con tres hijos pequeños a nuestro cargo no teníamos opción de tomarnos unas vacaciones al uso. Solíamos pedir días libres lo mejor que podíamos, turnándonos cuando alguno de los críos enfermaba o cuando surgía algún evento especial en el colegio. En ocasiones, si la fortuna nos sonreía y todo iba bien en casa, nos escapábamos un fin de semana al campo, pero más allá de eso, la tranquilidad era escasa.
Llevábamos ya tres años cargando con una hipoteca a veinte años sobre nuestra modesta casa en Alcalá de Henares. Después de pasar años mudándonos de piso en piso de alquiler, nos decidimos por comprar nuestro propio hogar, aunque las cuotas mensuales supusieran un desvelo constante. A pesar de trabajar durante todo el verano, las mensualidades del banco nos impedían siquiera soñar con vacaciones familiares. Y al cerrarse los colegios, tampoco había quien se quedase con los niños. Al menos, sabíamos que en casa estaban seguros y tranquilos durante los calurosos días del verano manchego.
Doña Mercedes, como decía, era amable en su ayuda, pero advertía siempre que su pensión no daba para mucho. Por eso, cada vez que llegábamos a su casa antes del verano, le llevábamos una buena compra del mercado y le entregábamos un sobre con euros para algo especial que les gustase a los niños: helados, dulces, paseos al parque Todo lo hacíamos así, en efectivo y de manera sencilla, pues salía muchísimo más barato que contratar a una cuidadora externa. Todos parecíamos conformes con aquel acuerdo.
No obstante, el hermano de Santiago, don Javier, también pensó que era buena idea dejar a sus tres pequeños con la abuela. La diferencia era que sus hijos eran más revoltosos y estaban aún en la edad de necesitar atención constante. Él, sin embargo, nunca traía víveres ni dejaba dinero alguno, y, para colmo, acabábamos alimentando también a sus hijos con lo que nosotros llevábamos.
No era raro sentirse así, cuántas veces le pedí a Santiago que hablara con su hermano pero él rehuía el enfrentamiento y prefería callar. Me preguntaba yo, ¿por qué tengo que esforzarme tanto para que otra persona pueda criar a sus hijos sin preocuparse? ¿Cómo podría abordar una conversación sincera con él, sin acabar en una disputa?
Así eran aquellos tiempos; situaciones que, vistas desde la distancia, son casi entrañables, pero que en su momento nos llenaban de dudas y cansancio, como suelen hacerlo los recuerdos de los veranos pasados bajo el sol castellano.







