Un regalo tardío El autobús dio un tirón y doña Ana se aferró con ambas manos a la barra, notando el plástico rugoso cediendo apenas bajo sus dedos. La bolsa de la compra golpeó sus rodillas, las manzanas rodaron sordamente en su interior. Permanecía junto a la puerta, contando cuántas paradas quedaban hasta la suya. En su oído crujía a bajo volumen un auricular; su nieta le había pedido que no lo apagase: “Abuela, por si acaso te llamo”. El móvil estaba en el bolsillo exterior del bolso, pesado como una piedra. Aun así, Ana comprobó que la cremallera estuviera cerrada. Ya se imaginaba entrando en el piso, dejando la bolsa sobre el taburete de la entrada, cambiándose de zapatos, colgando el abrigo, doblando cuidadosamente la bufanda en la estantería. Después colocaría la compra, pondría la sopa a cocer. Por la tarde pasaría su hijo a recoger los tuppers. Tenía turno, no le daba la vida para cocinar. El autobús frenó y se abrieron las puertas. Con prudencia, Ana bajó los escalones y salió hacia su portal. En el patio, unos niños jugaban al balón; una niña en patinete casi la rozó, pero viró justo a tiempo. Del portal salía olor a pienso de gato y a tabaco. En la entrada dejó la bolsa, se quitó los zapatos y, por costumbre, los arrimó con la punta hacia la pared. Colgó el abrigo del gancho y la bufanda en el estante. En la cocina fue colocando las cosas: la zanahoria con las demás verduras, el pollo a la nevera, el pan a la panera. Sacó la olla y la llenó con agua hasta cubrir el fondo con la palma. El teléfono vibró en la mesa. Se secó las manos en el trapo y lo acercó. —Sí, Santi —dijo, inclinándose hacia el aparato, como si así oyese mejor la voz del hijo. —Mamá, hola. ¿Cómo estás? —apresurado, de fondo se oía a alguien hacerle otra consulta. —Bien, estoy preparando la sopa. ¿Vas a venir? —Sí, en un par de horas paso. Oye, mamá, en el cole otra vez nos piden para el arreglo del aula. ¿Podrías…? —se quedó en silencio un instante—. Como la otra vez. Doña Ana ya buscaba la libreta gris donde lo apuntaba todo. —¿Cuánto hace falta? —Si pudieras, tres mil. Ya ves… todos ponemos, pero la cosa está complicada —suspiró—. Está duro ahora. —Ya lo sé —respondió—. Tranquilo, te lo doy luego. —Gracias, mamá. Eres un sol. Paso más tarde y te lo cojo. Y un poco de tu sopa. Al colgar, el agua de la olla ya empezaba a hervir. Metió el pollo, lo saló, una hoja de laurel. Se sentó y abrió la libreta. En la columna de “pensión”, la cifra perfectamente copiada. Debajo: luz, medicinas, “nietos”, “imprevistos”. Escribió “cole” y la cantidad, dudando un segundo con el bolígrafo en el aire. Quedaba menos de lo esperado, pero no era la ruina. “Bueno, ya apañaremos”, pensó y cerró la libreta. En la nevera colgaba un imán con un calendario pequeño. Debajo, publicidad: “Centro Cultural. Abonos de temporada. Clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados”. El imán se lo había traído la vecina Mari, junto con una empanada en su cumpleaños. Ana se sorprendía leyéndolo mientras esperaba a que hirviera el agua para el té. Hoy de nuevo fijó la vista en “abonos”. Recordó cuando, antes de casarse, iba con su amiga a la Filarmónica: entradas casi regaladas, pero con largas colas. Pasaban el frío, se reían, ella llevaba el pelo largo, vestido bueno, sus únicos zapatos de tacón. Ahora visualizó el auditorio; hacía años que no pisaba uno. Sus nietos la llevaban a funciones infantiles, pero eso era distinto: ruido, serpentinas, palmas. Aquí era otra cosa. Ni sabía qué conciertos había ya, ni quién iba. Le dio la vuelta al imán. Detrás, venía la web y un teléfono. El ordenador era territorio ajeno, pero teléfono… Volvió a dejar el imán, pero la idea se quedó. “Tonterías”, se reprendió. “Mejor apartar para la cazadora nueva de la niña. Crecen, todo es caro”. Bajó el fuego, regresó a la mesa y sacó el sobrecito de los ahorros “por si acaso”. Billetes apartados durante los últimos meses. No era mucho, pero, apretándose, podría llegar para una avería, para algún análisis. Los dedos pasaban los billetes una y otra vez mientras el eslogan del imán le daba vueltas en la cabeza. A la tarde vino Santi. Colgó la chaqueta de la silla, sacó los tuppers. —¡Uy, borscht! —se alegró—. Mamá, qué arte tienes. ¿Has comido? —Sí, sí, siéntate, sírvete. El dinero lo tengo preparado —sacó el sobre y contó tres mil euros. —Mamá, por lo menos apúntate cuánto queda —dijo al coger el dinero—. No sea que luego falte. —Apunto, no te preocupes. Todo en orden —sonrió. —Eres nuestra economista… Por cierto, ¿el sábado nos puedes echar una mano otra vez? Con Tania vamos a hacer la compra y nadie puede quedarse con los niños. —Claro —asintió—. No tengo ningún compromiso. Él contó del trabajo, del jefe, de nuevas normas. Al calzarse, se giró: —Mamá, ¿te compras alguna vez algo para ti? Que todo es para los peques y para nosotros. —No me falta de nada —respondió ella—. ¿Para qué quiero más? —Bueno, tú verás. Paso en la semana. En cuanto se cerró la puerta, volvió el silencio. Ana fregó y limpió la mesa. Miró de nuevo el imán. Recordó la pregunta de su hijo: “¿Tú algo para ti?”. Por la mañana, tumbada viendo el techo, pensó que el día era suyo: flores, suelo, periódicos viejos. Se ejercitó como le había enseñado el médico, puso el té. Mientras el agua se calentaba, cogió de nuevo el imán. “Centro Cultural. Abonos…” Cogió el teléfono y tecleó el número. Se le aceleraba el corazón. Tras dos tonos y una pausa, respondió una voz amable: —Taquilla, dígame. —Buenos días, llamo por lo de los abonos… —Claro, ¿para qué ciclo? —No sé… ¿Qué hay? Le enumeró: sinfónica, cámara, lied, programas infantiles. —Para jubilados hay descuento —añadió—. Pero el abono son cuatro conciertos. —¿Y por separado? —Sale más caro. El abono es mejor. Ana visualizaba sus cifras y el sobre. Preguntó el precio; sonó a demasiado. Podía permitírselo, pero su fondo “de emergencia” quedaría casi vacío. —Piénselo —dijo la mujer—. Se agotan rápido. —Gracias —colgó ella. El hervidor silbaba. Se sentó, anotó en la libreta: “Abono”. Al lado, la cantidad y “4 conciertos”. “¿A cuánto sale al mes?”. Calculó, no era tan grave. Tachó dulces, pospuso la peluquería. Pensó en sus nietos: el pequeño quería un nuevo Lego; la mayor, zapatillas de baile; su hijo suspiraba por la hipoteca… Y su deseo propio, que parecía un capricho indecoroso. Cerró la libreta sin decidir nada. Siguió con las tareas. Tras comer, el telefonillo sonó: era Mari con un tarro de pepinillos. —Toma, que no me caben —entró sin invitación—. ¿Y tú qué tal? —Aquí, pensando… —¿Pensando en qué? —sentada, sacando el ganchillo. —En lo del concierto —soltó Ana de golpe—. Venden abonos aquí cerca. Yo antes iba a la Filarmónica. Ahora me tienta, pero es caro… Mari subió las cejas. —¿Y qué preguntas? Si quieres, ve. ¿El dinero? —se encogió de hombros—. Llevas toda la vida ayudando a todos, repartiendo para los nietos, el hijo… ¿Y para ti? Siempre la misma rebeca, compras ropa para los demás. ¿No puedes gastar una vez en ti? —Es que luego dirán… —¿Y? ¡No tienes que pedir permiso! Si quieres, no les digas nada. O di que fuiste al médico. Aunque… ¿por qué esconderte? Ya eres mayor. La frase “ya eres mayor” le tocó algo adentro. Orgullo y vergüenza al tiempo. —Al médico voy igual, pero da miedo. Y si no llego, y si hay escaleras, y si el corazón… —¡Hay ascensor! No fuiste a saltar sino a escuchar. ¡Yo fui al teatro el mes pasado y sobrevivo! Me dolieron las piernas, pero lo disfruté. Charlaron un rato más sobre precios y medicinas. Cuando Mari se fue, Ana marcó la taquilla. Sin pensarlo mucho, dijo: —Quiero un abono para “Noches de Romance”. Le explicaron que tenía que ir en persona, con DNI. Apuntó la dirección y clavó el papel con el imán en la nevera. El corazón le latía deprisa, como después de correr. Esa noche llamó su nuera. —Ana, ¿seguro que puedes el sábado? —Sí —aseguró—. Iré. —Eres un ángel. Luego te llevamos algo, ¿té? ¿Toallas? —No hace falta. Gracias. Miró el papel. La taquilla cerraba a las seis. Tendría que salir con tiempo. Esa noche soñó con un auditorio, butacas blandas, luces, gente elegante. Ella sentada en el centro, mirando el programa, temiendo molestar. Amaneció con angustia en el pecho. “¿Para qué me metí en esto?”, pensó. Pero el papel seguía ahí. Desayunó, sacó el abrigo bueno, revisó los botones, eligió bufanda y zapatos cómodos. En el bolso: DNI, monedero, gafas, pastillas, agua. Se sentó en el taburete antes de salir, escuchándose. Nada raro. “Vamos, puedo”. Cerró la puerta. A la parada, despacio. El bus tardó poco. Dentro, un chico le cedió el asiento. Ella le dio las gracias mostrando su mejor sonrisa. El Centro Cultural era dos paradas más allá del centro. Un edificio con columnas, carteles de colores. Dentro, olor a madera y a dulces. En la taquilla, una señora amable. Le mostró los asientos en el plano, Ana apenas los distinguió, pero asintió. Al decirle el precio, la mano tembló al sacar los billetes. Quiso decir “mejor otro día”, pero la cola detrás la empujó a poner el dinero en el mostrador. —Aquí tiene su abono, —dijo la mujer— el primer concierto es en dos semanas. Venga con antelación. El abono era precioso: en la portada, una foto del escenario; dentro, los programas impresos. Ana lo guardó con cuidado, entre el DNI y su libreta de recetas. Al salir, tuvo que sentarse un momento en un banco, beber agua. Dos chicos ruidosos comentaban canciones modernas. Ana los oía como quien escucha otro idioma. “Bueno, ya está: comprado. Ahora no hay marcha atrás”. Pasaron dos semanas de rutina: los nietos malitos, ella de niñera, haciendo compotas, midiendo la fiebre; el hijo trayendo la compra. Varias veces estuvo a punto de contar lo del abono, pero se calló. El día del primer concierto amaneció nerviosa. Dejó la cena lista, avisó al hijo: —Hoy no estaré esta noche. Si hace falta, llámame antes. —¿A dónde vas? —desconcertado él. Dudó, no quería mentir ni decir la verdad. —Al Centro Cultural, a un concierto. Silencio. —¿A un concierto tú? Mamá, ¿te hace falta eso? Eso será de jóvenes, ruido… —No es una disco, Santi. Son romances. —¿Y quién te invitó? —Nadie. Lo he comprado yo. Larga pausa. —Mamá… Entiendo que es tu dinero, pero… sabes que no andamos sobrados. Podrías haberlo… ya sabes. —Ya lo sé —le cortó ella—. Pero es mi dinero. Le salió una voz más firme de lo habitual. —Bueno… —aceptó él— Hazlo. Pero no te quejes si luego falta algo. Abrígate. A tu edad… —A mi edad se puede ir a un auditorio a escuchar música. No estoy escalando el Everest. Suspiró, más resignado. —Bien. Avísame cuando llegues a casa. —Te llamo, sí. Colgó. Las manos le temblaban. Se sentía como si hubiera cometido un pequeño atrevimiento. Por la noche, se vistió con esmero: su vestido azul, medias buenas, los zapatos menos incómodos. El pelo más peinado que de costumbre. Fuera ya era de noche. Luces en las tiendas, la parada llena. Apretó el bolso contra sí: abono, DNI, pañuelo. En el autobús, lleno, alguien le pisó pero pidió perdón. Bajó en la parada indicada. En la puerta del Centro Cultural, gente de todas las edades: mayores en pareja, señoras solas, hasta algún joven informal. Se sintió menos sola. Entregó el abrigo en guardarropa. Tardó un momento en ubicarse. Siguió las flechas hasta la sala. Dentro, penumbra y lucecitas sobre los asientos. En la entrada, una acomodadora le revisó el abono: —Fila seis, asiento nueve, por aquí. Ana avanzó pidiendo perdón a quien debía levantarse. Al llegar a su sitio, sentó el bolso en las rodillas. El corazón le latía todavía fuerte, pero de ilusión. A su alrededor charlaban, hojeaban programas. Hizo lo mismo. No reconocía los nombres de las canciones, pero en la esquina leyó uno de un compositor que de joven escuchaba en la radio. Se fue apagando la luz. Salió la presentadora, dio la bienvenida. Ana la oyó de lejos: el caso era estar allí, no otra vez en la cocina de casa. Al empezar la música, se le erizó la piel. La voz de la solista era grave, un poco áspera. Palabras de amor, despedida, viajes le sonaban propias. Recordó otros auditorios, otra vida, otras compañías. Se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Solo escuchó, aferrando el bolso, dejando que la música le llenase la vida, olvidando cuentas y obligaciones. En el intermedio, con las piernas entumecidas, fue al vestíbulo a estirar. Conversaciones sobre el programa. Alguien tomaba té, otros comían dulces. Se compró una chocolatina, pese a que solía verse eso como gasto innecesario. —Qué rica —se sorprendió en voz alta. A su lado, una señora de su edad con traje claro: —Buen concierto, ¿a que sí? —Sí, hace mucho que no venía —contestó. —Yo también, los nietos, la huerta, siempre hay excusas. Pero pensé: si no ahora, ¿cuándo? Conversaron un rato, luego sonó el timbre y volvieron a la sala. La segunda parte voló. Ana ya no pensaba en el dinero ni en la cifra por entrada. Solo escuchaba. Al acabar, la ovación fue larga; ella aplaudió hasta el cansancio. Salió al fresco, notando agotamiento y a la vez un calorcito nuevo. No era entusiasmo, sino la sensación de haber hecho algo importante para ella, por pequeño que fuese. Al llegar a casa, llamó a Santi. —Ya estoy en casa. Todo bien. —¿Cómo ha ido? ¿No pasaste frío? —No, ha sido… bonito. —Bueno. Que tú estés contenta. Pero no te emociones, aún hay que ahorrar. —Ya lo sé. Pero el abono lo tengo. Aún quedan tres conciertos. —¿Tres? Bueno, ya que está, aprovéchalo. Esa tarde Ana anotó las fechas de los conciertos en el calendario, rodeándolas en rojo. La semana siguiente, cuando Santi pidió ayuda para otra colecta, Ana miró su libreta antes de responder: —Solo puedo la mitad. El resto lo necesito yo. —¿Para qué? —Para mí. Yo también lo necesito. Él se calló. Luego cedió: —Vale, mamá. Lo que tú digas. Aquella noche, sola, Ana sacó el álbum de fotos. En una, ella misma, joven, ante una Filarmónica de otra ciudad, programa en la mano y sonrisa tímida. Observó largo rato esa cara, intentando unirla a la del espejo. Cerró el álbum y lo guardó. En la nevera, junto al imán, pegó otro papel: “Próximo concierto: día 15”. Debajo: “Salir antes de casa”. Su vida no cambió. Seguía cocinando, lavando, yendo al centro de salud. El hijo seguía pidiendo ayuda, ella lo hacía cuando podía. Pero al fondo, entre las costuras del día, se abría una rendija: su propio tiempo, planes chiquitos que ya no pedían permiso. A veces, al pasar junto a la nevera, acariciaba el papel con la fecha. Por dentro sentía un orgullo rebelde: todavía estaba viva, aún tenía derecho a desear. Una tarde, hojeando el periódico, leyó un anuncio de clases de inglés para mayores en la biblioteca. Eran gratis, pero había que apuntarse pronto. Recortó la noticia y la metió cerca del abono. Luego se sirvió té, pensando si aquello no sería ir demasiado lejos. “Acabaré mis noches de romance —se convenció—. Después ya veré”. Guardó el papel, pero la idea de aprender algo nuevo ya no era tan remota. Esa noche, antes de acostarse, miró por la ventana: farolas encendidas, un joven con auriculares, un niño con el balón. Doña Ana se apoyó en el alféizar, sintiendo una paz tranquila. La vida seguía. Había quehaceres y recortes, pero entre ellos cabían cuatro noches en un auditorio y quizá, quién sabe, nuevas palabras extranjeras. Apagó la luz de la cocina, se fue despacio a la cama, el edredón bien estirado. Mañana todo volvería a empezar: compras, llamadas, cocina. Pero el círculo en el calendario ya estaba ahí. Y eso, aunque nadie más lo notase, cambiaba lo esencial.

El autobús dio un pequeño tirón y Emilia Sánchez se sujetó con las dos manos a la barra, notando bajo los dedos el plástico rugoso que cedía un poco con la presión. La bolsa de la compra le golpeó las rodillas, y dentro las manzanas rodaron con un sonido sordo. Estaba de pie junto a la puerta de salida, contando mentalmente las paradas que le quedaban hasta la suya.

Por un auricular, apenas un susurro de radio, aunque su nieta le había pedido que no apagara el móvil: «Abuela, por si acaso, te llamo». El móvil, pesadísimo, descansaba en el bolsillo exterior del bolso. Emilia se aseguraba de vez en cuando de que la cremallera estuviese bien cerrada.

Ya veía mentalmente el ritual de llegar a casa: dejaría la bolsa sobre la banqueta del recibidor, se descalzaría, colgaría el abrigo con cuidado y doblaría la bufanda. Luego ordenaría la compra, pondría la olla con el cocido. Por la tarde, su hijo pasaría a recoger tapers. Tiene turno, no le da la vida para cocinar.

El autobús frenó y las puertas se abrieron. Emilia bajó los peldaños despacio, agarrada al pasamanos, y salió a la calle. Frente al portal, chavales correteaban con una pelota; una niña en patinete estuvo a punto de tocarla, pero giró en el último segundo. Desde la entrada del edificio llegaba un olor inconfundible a pienso de gato y tabaco.

Al llegar al piso, dejó la bolsa en el suelo del recibidor, se quitó los zapatos y los arrimó con la punta a la pared. El abrigo al perchero y la bufanda doblada en la balda. En la cocina, distribuyó las cosas: las zanahorias con las otras verduras, el pollo a la nevera, el pan a la panera. Sacó la olla y la llenó de agua, midiendo con la palma de la mano el nivel.

El móvil vibró sobre la mesa. Emilia se secó las manos en el trapo y lo acercó.

¿Sí, Sergio? dijo ella, inclinándose hacia el móvil como si así oyera mejor a su hijo.

Hola, mamá. ¿Todo bien? Sergio hablaba deprisa, de fondo se oía a alguien preguntarle algo.

Bien. Estoy poniendo el cocido. ¿Te pasas?

Sí, en un par de horas me acerco. Mamá, lo del cole de la peque… Otra vez han pedido para el arreglo de la clase, ¿no podrías… como la otra vez?

Emilia ya buscaba la libreta gris donde anotaba los gastos, guardada entre papeles en un cajón.

¿Cuánto hace falta?

Si puedes, trescientos euros. Ya sabes, todos ponemos, pero… ahora está difícil la cosa.

Sí, lo entiendo dijo Emilia. Te lo doy luego.

Eres la mejor. Gracias, mamá. Paso más tarde y me llevo tu cocido.

Al colgar, la olla ya hervía. Emilia echó el pollo y la sal, dos hojas de laurel. Se sentó y abrió la libreta. En la línea de pensión estaba la cantidad, escrita con su letra pequeña y pulcra. Debajo, luz, medicinas, nietos, imprevistos.

Añadió colegio y la cifra. Detuvo la mano un segundo sobre el papel. El saldo no era mucho, no tanto como querría, pero tampoco era el fin del mundo. Tiraremos, pensó, y cerró la libreta.

En la nevera colgaba un imán con un calendario pequeño. Debajo, la publicidad: Casa de la Cultura. Abonos de temporada. Música clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados. El imán se lo regaló la vecina Marisa, un día que bajó un bizcocho por el cumpleaños de Emilia.

Últimamente se sorprendía leyéndolo mientras esperaba que hirviera el agua. Hoy, sus ojos volvieron a la palabra abonos. Recordó cómo de soltera iba con una amiga a la Filarmónica de la ciudad. Las entradas eran una miseria, más aún si hacías cola tiritando un par de horas. Llevaba entonces el pelo largo, haciéndose un moño, con su mejor vestido y los únicos zapatos de tacón.

Ahora se imaginó dentro de un auditorio. Llevaba muchísimos años sin ir. Con los nietos sólo iba a funciones infantiles: ruido, serpentinas y palmas. Aquello no tenía nada que ver. Ni sabía ya bien qué conciertos daban ni quién iba.

Cogió el imán, lo giró. Al dorso venía una web y un teléfono. A la web no le hacía caso, pero el número…

Volvió a colocar el imán, pero la idea ya había prendido.

Anda ya. Mejor guardar para la chaqueta de la niña, que crece cada temporada y todo cuesta.

Ajustó el fuego, volvió al comedor pero no abrió la libreta. En vez de eso, sacó de otro cajón su sobre para emergencias: billetes apartados estos meses. No era gran cosa, pero sería suficiente si surgía algo: la lavadora, una analítica…

Sus dedos contaron el dinero, las cifras de la libreta y el estribillo de la publicidad del imán dándole vueltas a la cabeza.

Por la tarde llegó Sergio. Se quitó la cazadora y la colgó en la silla, sacó los tapers.

¡Cocido madrileño! Eres la caña, mamá. ¿Tú has comido?

Sí, sí. Sirve, hijo. Te he dejado el dinero aparte sacó el sobre y contó trescientos euros con pulso firme.

Mamá, deberías apuntar cuánto te queda, no vaya a ser que te falte al final.

Lo apunto, tranquilo. Todo en orden.

Deberías haber sido economista bromeó Sergio. Oye, ¿el sábado podrías quedarte de nuevo con los peques? Que con Estela tenemos que ir al súper.

Claro, hijo. Qué otra cosa voy a hacer yo.

Él empezó a contar cosas del trabajo, del jefe, de nuevas normas. Al marcharse, ya en la entrada, preguntó:

¿Tú te compras algo para ti? Todo es para los nietos y nosotros…

No me falta de nada rió Emilia. ¿Para qué?

Él sonrió resignado:

Bueno, lo que tú digas. Nos vemos.

Al cerrarse la puerta, la casa quedó otra vez en silencio. Emilia fregó platos, limpió la mesa. Luego volvió a mirar el imán de la nevera. Retumbó la pregunta de Sergio: ¿Y tú, para ti qué?

A la mañana siguiente, se quedó un rato en la cama mirando el techo. Nietos en el cole, Sergio y su mujer en el trabajo. Nadie vendría hasta tarde. Día libre, aunque ya sabía que eso en realidad era ir regando plantas, pasando la mopa o reciclando papeles viejos.

Hizo unos estiramientos como le enseñó el médico brazos arriba, cuello, respira. Puso el agua para el té, echó hebras en la taza. Al esperar, no se pudo resistir y bajó el imán de la nevera.

Casa de la Cultura. Abonos…

Marcó el número con manos algo temblorosas. El corazón le latía deprisa cuando contestó una voz femenina:

Casa de la Cultura, taquilla, ¿dígame?

Buenos días notó la garganta seca. Llamo por los… abonos.

Sí, claro. ¿De qué ciclo está interesada?

Pues… no sé. ¿Cuáles hay?

La chica fue enumerando: sinfónica, cámara, noches de zarzuela, actividades infantiles.

Para jubilados hay descuento aclaró, pero el abono siguen siendo un dinero. Son cuatro conciertos.

¿Y sueltos?

Más caro. El abono compensa.

Emilia repitió mentalmente sus cuentas, pensó en el sobre de los “imprevistos”. Preguntó el precio. Se le hizo bola. Se podía, pero eso le dejaría el colchón muy justo.

Piénselo tranquilamente la chica fue amable. Los abonos vuelan.

Gracias colgó Emilia.

El agua ya hervía. Se sentó, trajo la libreta y en una hoja limpia puso: Abono y la cifra. Al lado: 4 conciertos.

¿Cuánto es al mes, si lo divido? No era para tanto en realidad. Podía ahorrar en caprichos, saltarse la peluquería e intentarlo con la tijera, como antaño.

Le vinieron a la cabeza la cara de los nietos. El pequeño llevaba pidiendo bloques de construcción, la mayor zapatillas nuevas para baile. Sergio y Estela ahogados con la hipoteca. Y de pronto, ese deseo suyo, que sabía a egoísmo, como si en vez de un concierto pensara en un pecado.

Cerró la libreta. Dejó lo de decidir. Se puso a fregar el suelo, poner ropa a secar y doblar lo del tendedero. Pero la idea del teatro se le quedó flotando.

Después de comer, sonó el portero. Era Marisa, la vecina, con un bote de pepinillos en salmuera.

Te los dejo, que no me caben. ¿Cómo vas?

Aquí estamos rió Emilia. Pensando en mis cosas…

Dudó un poco, daba corte.

¿Pensando en qué? Marisa ya se sentaba, sacando el ganchillo de la bolsa.

En ir a un concierto. Han puesto abonos en la Casa de la Cultura. Yo antes iba, cuando era joven… Pero ahora, mira, me da cosa. Es caro.

Marisa alzó las cejas.

¿Y qué? ¡Si te apetece, pues vas!

El dinero… suspiró Emilia.

Anda ya, el dinero. Si tú siempre ayudando. ¿Has dado dinero a Sergio? ¿Has comprado regalos a los peques? ¿Y para ti? Siempre con la misma chaqueta, el mismo bolso. Alguna vez tendrás derecho a escuchar música, ¿no?

Que no es la primera vez…

No, claro, la última vez cuando el helado valía veinte pesetas rió Marisa. Y nadie te tiene que dar permiso. Es tu dinero.

Dirán que es una tontería musitó Emilia. Que lo gaste mejor en los críos…

Pues no se lo cuentes se encogió de hombros Marisa. Di que vas al centro de salud. Pero vamos, no tienes por qué ocultarlo. Ya eres mayorcita.

Eso de eres mayorcita le pinchó el orgullo. Emilia sintió eso raro entre rebote y vergüenza.

Más ir al centro de salud no quiero rebatió Emilia. Es que me pongo nerviosa, vete a saber si llego, si hay escaleras, si…

Que no, mujer, si hay ascensor. Y apenas tendrás que andar nada. Que fui en noviembre al teatro y sobreviví, ¡y estoy peor que tú!

Charlaron un rato sobre el precio de las pastillas y rumores del barrio. Cuando Marisa se fue, Emilia marcó el número de la taquilla. No le dio tiempo a pensárselo dos veces:

Querría reservar abono para las Noches de Zarzuela.

Le dijeron que tenía que ir en persona con DNI, le copiaron la dirección y los horarios en un papel y lo puso en la nevera con el imán. El corazón le latía como si hubiera corrido.

Por la tarde la llamó Estela.

Emilia, ¿seguro que el sábado puedes quedarte? Es que vamos al centro comercial, hay rebajas de electrodomésticos.

Sin problema, hija. Yo me encargo.

Mil gracias. Te acercamos algo luego. ¿Quizá té? ¿Toallas?

No hace falta, cielo. No necesito nada más.

Tras colgar, volvió a mirar la nota del horario de la taquilla. Cerraban a las seis. Mejor ir pronto y sin prisas.

Esa noche soñó que estaba en un auditorio: butacas mullidas, luces suaves, gente bien vestida. Ella, en el centro, con el programa entre las manos, con miedo casi de moverse por no molestar.

Al despertar, sentía el estómago hecho un nudo. «¿Para qué me habré metido yo en esto?», pensó. Menuda complicación.

Pero la nota en la nevera no se borró. Después del desayuno, sacó el abrigo bueno del armario, lo sacudió comprobando los botones. Eligió la bufanda más abrigada y las botas cómodas. En el bolso guardó el DNI, la cartera, gafas, marcapasos y una botellita de agua.

Antes de salir, se sentó en la banqueta y respiró hondo. No le dolían las piernas, ni le temblaba el pulso. Vamos allá, murmuró y cerró la puerta.

La parada estaba cerca, pero fue contando pasos, sin prisa. El autobús llegó enseguida. Dentro, muy apretados, pero un chaval joven le cedió el asiento. Ella le dio las gracias y sentó junto a la ventanilla, el bolso en el regazo.

La Casa de la Cultura quedaba a dos paradas del centro. Era un edificio grandote, columnas y carteles de colores en la fachada. A la puerta, dos señoras gesticulaban hablando. Dentro olía a madera vieja, polvo y algo dulce de la cafetería.

La taquilla estaba a la derecha. Una señora amable le pidió el DNI y Emilia dijo el ciclo elegido.

Para jubilados hay descuento, sí. Le quedan unos asientos muy buenos en el centro.

Señaló la fila en el mapa, pero Emilia apenas lo entendió. Asintió sin más.

Al decirle el precio, le tembló la mano. Sacó los billetes, uno a uno. Notó el impulso de decir mejor vengo otro día pero, con cola detrás y sin mirarle siquiera, puso el dinero en la bandeja.

Aquí tiene su abono dijo la taquillera, dándole una tarjetita preciosa con las fechas. El primer concierto es en dos semanas. Venga con tiempo para sentarse con calma.

El abono era bonito, con una foto del escenario y títulos de las funciones. Emilia lo guardó en el bolso, entre el DNI y la libreta de recetas.

Al salir, notó flojera en las piernas. Se sentó en un banco, bebió un poco de agua. Unos chavales fumaban cerca, hablando alto de grupos de música que ella ni conocía, y se sorprendió a sí misma escuchando, como quien oye otro idioma.

Pues ya está, pensó. Lo he comprado. Ahora sí que no doy marcha atrás.

Pasaron dos semanas entre lo de siempre: los nietos malos, ella en casa haciendo caldos y tomando temperaturas, Sergio que venía a por los tuppers. Varias veces estuvo a punto de contarles lo del abono, pero justo cambiaba de tema a última hora.

El día del primer concierto madrugó nerviosa, como en los exámenes antiguos. Dejó todo listo para la cena. Avisó a Sergio:

Esta tarde no estoy en casa, si pasa algo, avisa pronto.

¿Y eso? se extrañó él.

No le apetecía mentir, pero le daba apuro contarlo.

Voy a la Casa de la Cultura. A un concierto.

Silencio.

¿Cómo? ¿Pero eso te hace falta? Ahí sólo hay críos, revuelo…

No es una discoteca, hijo. Es zarzuela.

¿Y quién te ha animado a ir?

Nadie. Me he comprado el abono yo sola.

Tuvo que apretar el móvil ante la espera.

Bueno… resopló él al final. Es tu dinero. No digas luego que te quedas sin, ¿eh? Ten cuidado, y abrígate. Que ya tienes una edad…

A mi edad se puede estar sentada oyendo música, no voy al Himalaya le cortó ella.

El resoplido fue más blando.

Bueno, vale. Pero llámame cuando vuelvas, ¿eh? Que no me quede intranquilo.

Te llamo, hijo.

Tardó en recuperarse del temblor. Era como haber hecho una pequeña travesura que no podía remediar. Pero tampoco tenía ganas de dar marcha atrás.

Por la tarde se arregló: su vestido azul marinero con cuello redondo, medias nuevas y sus zapatos bajos. El pelo, bien peinado y recogido.

Ya salía de noche; los escaparates brillaban, la parada llena de gente. Levaba el bolso pegado, con el abono, DNI, un pañuelo y sus pastillas.

En el bus, apreturas, algún pisotón y muchas disculpas. Iba contando las paradas. En la suya, bajó sin prisas, disculpándose al pasar.

En la Casa de la Cultura había gente de toda edad: parejas mayores, señoras, unos pocos chicos jóvenes. Emilia se sintió menos sola. Incluso no era la más mayor allí.

Dejó el abrigo en el guardarropa, recogió su ficha y avanzó siguiendo los letreros hacia el Auditorio.

Dentro, media penumbra y solo el resplandor de pequeñas lámparas en las filas. Una acomodadora comprobó su entrada.

Fila seis, asiento nueve. Por aquí, por favor.

Disculpándose pasó a su sitio, puso la bolsa en las piernas. El corazón aún retumbaba pero ya de emoción.

A su alrededor, murmullos, algún programa en mano. También abrió el suyo, reconociendo el nombre de un compositor que oía de joven en la radio.

Las luces bajaron despacio. Una mujer presentó el ciclo, pero Emilia apenas atendía: lo importante era estar ahí, lejos de la cocina, rodeada de desconocidos.

Y empezaron los primeros acordes. Un escalofrío le recorrió la espalda. La voz de la cantante le sonaba profunda, ligeramente ronca. Letras de amor, despedida, caminos lejanos… y todo eso le tocó algo hondo. Recordó en flashes otra ciudad, otra vida, al lado de alguien que ya no estaba.

No lloró, pero tenía los ojos brillosos. Sostenía bien el bolso, escuchando. Sintió como su cuerpo se relajaba, la respiración tranquila. La música llenaba el aire y, por primera vez en mucho, su vida no le parecía sólo una cuenta de gastos y favores.

En el descanso, le dolían las piernas, la espalda algo acartonada. Salió a estirarse. Gentío en el vestíbulo, vecinos comentando el programa, algún bizcocho, té en vaso de plástico. Se dio el lujo de una pequeña chocolatina, desliz culpable pero delicioso.

Qué bueno dijo en voz baja, probando.

Una señora de su edad, con traje claro, le sonrió:

Muy bonito, ¿verdad? Yo hacía años que no venía. Siempre los nietos, el huerto… Si no es ahora, ¿cuándo?

Charlaron un poco de la función y de la cantante. En seguida, el timbre los llevó de vuelta a la sala.

La segunda parte pasó volando. Emilia ya no pensaba en el dinero ni sus remordimientos. Solo estaba allí, escuchando. Al acabar, aplaudió hasta dolerle las manos.

Fuera, la noche olía fresca y ligera. Volvió a casa caminando no tan cansada y sí con un calorcito dentro, raro pero bueno. No era felicidad tremenda, ni una gran revelación, sólo la satisfacción sencilla de haberse concedido algo para sí misma, por pequeño que fuera.

Al entrar, llamó a Sergio.

Ya estoy en casa. Todo bien.

¿Qué tal? ¿No pasaste frío?

No… Me ha gustado mucho.

Sergio calló antes de decir:

Vale, lo importante es que estés contenta. Pero no te me desmadres, que aún queda el arreglo de la casa…

Tranqui. Pero el abono ya está comprado. Me quedan tres.

¿Tres? exclamó sorprendido. Bueno, ya que lo tienes, ve. Pero con cuidado, ¿eh?

Emilia guardó el abrigo, posó el bolso en su sitio. Se preparó un té, se sentó en la cocina. El abono, un poco arrugado, reposaba delante. Con bolígrafo fue pasando las fechas al calendario, rodeando cada una con un círculo.

La semana siguiente, cuando Sergio le volvió a pedir ayuda con otra recaudación, Emilia abrió su libreta y miró despacio:

Sólo te puedo dar la mitad. Lo otro lo necesito.

¿Para qué?

Ella lo miró: las ojeras de Sergio, su cara de cansancio.

Lo necesito para mí, hijo. A veces, también para mí.

Él iba a replicar pero desistió.

Vale, mamá. Lo que tú digas.

Aquella noche, ya sola, Emilia sacó el álbum antiguo de fotos. En una, se veía a sí misma joven, con el vestido claro, frente a la filarmónica de otra ciudad, programa en mano y sonrisa tímida.

Se quedó largo rato mirando ese rostro, buscando en él su reflejo de hoy. Volvió a guardar el álbum.

En la nevera, junto al imán, pegó otra nota: Próximo concierto: 15 de abril. Y debajo: Salir pronto.

Su vida no había cambiado de arriba abajo. Seguía haciendo cocido, poniendo lavadoras, yendo al centro médico y ayudando a los nietos. Sergio seguía pidiéndole favores, y ella cedía cuando podía. Pero en alguna parte dentro de sí sentía ahora que tenía tiempo propio, planes chiquititos sólo suyos, sin explicaciones.

Al pasar por la nevera, a veces tocaba el papelito de la fecha. Y cada vez notaba esa fuerza silenciosa y testaruda: que aún estaba viva, que podía querer cosas para sí misma.

Una noche, hojeando el periódico, vio anunciado un taller de inglés para mayores en la biblioteca. Era gratis, pero había que apuntarse.

Arrancó la página, la dobló y la dejó junto al abono. Luego se sirvió otra taza de té y pensó si no sería ya demasiado lanzada.

Primero a escuchar mis zarzuelas se dijo. Lo demás, ya veremos.

Guardó el papel en la libreta, aunque la idea de seguir aprendiendo ya no le parecía una locura. Aquella noche, antes de meterse en la cama, levantó la persiana. En la calle, bajo las farolas, pasaba un joven con unos cascos, otro niño daba toques a un balón.

Apoyada en el alféizar, Emilia respiró tranquila. La vida seguía, llena de rutinas y límites. Pero entre medio, al menos, había cuatro noches de concierto y quizás, incluso, nuevas palabras por descubrir.

Apagó la luz, fue al cuarto y se arropó hasta el cuello. Mañana sería otro día idéntico. Pero en el calendario, brillaba un círculo pequeño que, aunque nadie más lo viera, cambiaba algo importante dentro de ella.

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MagistrUm
Un regalo tardío El autobús dio un tirón y doña Ana se aferró con ambas manos a la barra, notando el plástico rugoso cediendo apenas bajo sus dedos. La bolsa de la compra golpeó sus rodillas, las manzanas rodaron sordamente en su interior. Permanecía junto a la puerta, contando cuántas paradas quedaban hasta la suya. En su oído crujía a bajo volumen un auricular; su nieta le había pedido que no lo apagase: “Abuela, por si acaso te llamo”. El móvil estaba en el bolsillo exterior del bolso, pesado como una piedra. Aun así, Ana comprobó que la cremallera estuviera cerrada. Ya se imaginaba entrando en el piso, dejando la bolsa sobre el taburete de la entrada, cambiándose de zapatos, colgando el abrigo, doblando cuidadosamente la bufanda en la estantería. Después colocaría la compra, pondría la sopa a cocer. Por la tarde pasaría su hijo a recoger los tuppers. Tenía turno, no le daba la vida para cocinar. El autobús frenó y se abrieron las puertas. Con prudencia, Ana bajó los escalones y salió hacia su portal. En el patio, unos niños jugaban al balón; una niña en patinete casi la rozó, pero viró justo a tiempo. Del portal salía olor a pienso de gato y a tabaco. En la entrada dejó la bolsa, se quitó los zapatos y, por costumbre, los arrimó con la punta hacia la pared. Colgó el abrigo del gancho y la bufanda en el estante. En la cocina fue colocando las cosas: la zanahoria con las demás verduras, el pollo a la nevera, el pan a la panera. Sacó la olla y la llenó con agua hasta cubrir el fondo con la palma. El teléfono vibró en la mesa. Se secó las manos en el trapo y lo acercó. —Sí, Santi —dijo, inclinándose hacia el aparato, como si así oyese mejor la voz del hijo. —Mamá, hola. ¿Cómo estás? —apresurado, de fondo se oía a alguien hacerle otra consulta. —Bien, estoy preparando la sopa. ¿Vas a venir? —Sí, en un par de horas paso. Oye, mamá, en el cole otra vez nos piden para el arreglo del aula. ¿Podrías…? —se quedó en silencio un instante—. Como la otra vez. Doña Ana ya buscaba la libreta gris donde lo apuntaba todo. —¿Cuánto hace falta? —Si pudieras, tres mil. Ya ves… todos ponemos, pero la cosa está complicada —suspiró—. Está duro ahora. —Ya lo sé —respondió—. Tranquilo, te lo doy luego. —Gracias, mamá. Eres un sol. Paso más tarde y te lo cojo. Y un poco de tu sopa. Al colgar, el agua de la olla ya empezaba a hervir. Metió el pollo, lo saló, una hoja de laurel. Se sentó y abrió la libreta. En la columna de “pensión”, la cifra perfectamente copiada. Debajo: luz, medicinas, “nietos”, “imprevistos”. Escribió “cole” y la cantidad, dudando un segundo con el bolígrafo en el aire. Quedaba menos de lo esperado, pero no era la ruina. “Bueno, ya apañaremos”, pensó y cerró la libreta. En la nevera colgaba un imán con un calendario pequeño. Debajo, publicidad: “Centro Cultural. Abonos de temporada. Clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados”. El imán se lo había traído la vecina Mari, junto con una empanada en su cumpleaños. Ana se sorprendía leyéndolo mientras esperaba a que hirviera el agua para el té. Hoy de nuevo fijó la vista en “abonos”. Recordó cuando, antes de casarse, iba con su amiga a la Filarmónica: entradas casi regaladas, pero con largas colas. Pasaban el frío, se reían, ella llevaba el pelo largo, vestido bueno, sus únicos zapatos de tacón. Ahora visualizó el auditorio; hacía años que no pisaba uno. Sus nietos la llevaban a funciones infantiles, pero eso era distinto: ruido, serpentinas, palmas. Aquí era otra cosa. Ni sabía qué conciertos había ya, ni quién iba. Le dio la vuelta al imán. Detrás, venía la web y un teléfono. El ordenador era territorio ajeno, pero teléfono… Volvió a dejar el imán, pero la idea se quedó. “Tonterías”, se reprendió. “Mejor apartar para la cazadora nueva de la niña. Crecen, todo es caro”. Bajó el fuego, regresó a la mesa y sacó el sobrecito de los ahorros “por si acaso”. Billetes apartados durante los últimos meses. No era mucho, pero, apretándose, podría llegar para una avería, para algún análisis. Los dedos pasaban los billetes una y otra vez mientras el eslogan del imán le daba vueltas en la cabeza. A la tarde vino Santi. Colgó la chaqueta de la silla, sacó los tuppers. —¡Uy, borscht! —se alegró—. Mamá, qué arte tienes. ¿Has comido? —Sí, sí, siéntate, sírvete. El dinero lo tengo preparado —sacó el sobre y contó tres mil euros. —Mamá, por lo menos apúntate cuánto queda —dijo al coger el dinero—. No sea que luego falte. —Apunto, no te preocupes. Todo en orden —sonrió. —Eres nuestra economista… Por cierto, ¿el sábado nos puedes echar una mano otra vez? Con Tania vamos a hacer la compra y nadie puede quedarse con los niños. —Claro —asintió—. No tengo ningún compromiso. Él contó del trabajo, del jefe, de nuevas normas. Al calzarse, se giró: —Mamá, ¿te compras alguna vez algo para ti? Que todo es para los peques y para nosotros. —No me falta de nada —respondió ella—. ¿Para qué quiero más? —Bueno, tú verás. Paso en la semana. En cuanto se cerró la puerta, volvió el silencio. Ana fregó y limpió la mesa. Miró de nuevo el imán. Recordó la pregunta de su hijo: “¿Tú algo para ti?”. Por la mañana, tumbada viendo el techo, pensó que el día era suyo: flores, suelo, periódicos viejos. Se ejercitó como le había enseñado el médico, puso el té. Mientras el agua se calentaba, cogió de nuevo el imán. “Centro Cultural. Abonos…” Cogió el teléfono y tecleó el número. Se le aceleraba el corazón. Tras dos tonos y una pausa, respondió una voz amable: —Taquilla, dígame. —Buenos días, llamo por lo de los abonos… —Claro, ¿para qué ciclo? —No sé… ¿Qué hay? Le enumeró: sinfónica, cámara, lied, programas infantiles. —Para jubilados hay descuento —añadió—. Pero el abono son cuatro conciertos. —¿Y por separado? —Sale más caro. El abono es mejor. Ana visualizaba sus cifras y el sobre. Preguntó el precio; sonó a demasiado. Podía permitírselo, pero su fondo “de emergencia” quedaría casi vacío. —Piénselo —dijo la mujer—. Se agotan rápido. —Gracias —colgó ella. El hervidor silbaba. Se sentó, anotó en la libreta: “Abono”. Al lado, la cantidad y “4 conciertos”. “¿A cuánto sale al mes?”. Calculó, no era tan grave. Tachó dulces, pospuso la peluquería. Pensó en sus nietos: el pequeño quería un nuevo Lego; la mayor, zapatillas de baile; su hijo suspiraba por la hipoteca… Y su deseo propio, que parecía un capricho indecoroso. Cerró la libreta sin decidir nada. Siguió con las tareas. Tras comer, el telefonillo sonó: era Mari con un tarro de pepinillos. —Toma, que no me caben —entró sin invitación—. ¿Y tú qué tal? —Aquí, pensando… —¿Pensando en qué? —sentada, sacando el ganchillo. —En lo del concierto —soltó Ana de golpe—. Venden abonos aquí cerca. Yo antes iba a la Filarmónica. Ahora me tienta, pero es caro… Mari subió las cejas. —¿Y qué preguntas? Si quieres, ve. ¿El dinero? —se encogió de hombros—. Llevas toda la vida ayudando a todos, repartiendo para los nietos, el hijo… ¿Y para ti? Siempre la misma rebeca, compras ropa para los demás. ¿No puedes gastar una vez en ti? —Es que luego dirán… —¿Y? ¡No tienes que pedir permiso! Si quieres, no les digas nada. O di que fuiste al médico. Aunque… ¿por qué esconderte? Ya eres mayor. La frase “ya eres mayor” le tocó algo adentro. Orgullo y vergüenza al tiempo. —Al médico voy igual, pero da miedo. Y si no llego, y si hay escaleras, y si el corazón… —¡Hay ascensor! No fuiste a saltar sino a escuchar. ¡Yo fui al teatro el mes pasado y sobrevivo! Me dolieron las piernas, pero lo disfruté. Charlaron un rato más sobre precios y medicinas. Cuando Mari se fue, Ana marcó la taquilla. Sin pensarlo mucho, dijo: —Quiero un abono para “Noches de Romance”. Le explicaron que tenía que ir en persona, con DNI. Apuntó la dirección y clavó el papel con el imán en la nevera. El corazón le latía deprisa, como después de correr. Esa noche llamó su nuera. —Ana, ¿seguro que puedes el sábado? —Sí —aseguró—. Iré. —Eres un ángel. Luego te llevamos algo, ¿té? ¿Toallas? —No hace falta. Gracias. Miró el papel. La taquilla cerraba a las seis. Tendría que salir con tiempo. Esa noche soñó con un auditorio, butacas blandas, luces, gente elegante. Ella sentada en el centro, mirando el programa, temiendo molestar. Amaneció con angustia en el pecho. “¿Para qué me metí en esto?”, pensó. Pero el papel seguía ahí. Desayunó, sacó el abrigo bueno, revisó los botones, eligió bufanda y zapatos cómodos. En el bolso: DNI, monedero, gafas, pastillas, agua. Se sentó en el taburete antes de salir, escuchándose. Nada raro. “Vamos, puedo”. Cerró la puerta. A la parada, despacio. El bus tardó poco. Dentro, un chico le cedió el asiento. Ella le dio las gracias mostrando su mejor sonrisa. El Centro Cultural era dos paradas más allá del centro. Un edificio con columnas, carteles de colores. Dentro, olor a madera y a dulces. En la taquilla, una señora amable. Le mostró los asientos en el plano, Ana apenas los distinguió, pero asintió. Al decirle el precio, la mano tembló al sacar los billetes. Quiso decir “mejor otro día”, pero la cola detrás la empujó a poner el dinero en el mostrador. —Aquí tiene su abono, —dijo la mujer— el primer concierto es en dos semanas. Venga con antelación. El abono era precioso: en la portada, una foto del escenario; dentro, los programas impresos. Ana lo guardó con cuidado, entre el DNI y su libreta de recetas. Al salir, tuvo que sentarse un momento en un banco, beber agua. Dos chicos ruidosos comentaban canciones modernas. Ana los oía como quien escucha otro idioma. “Bueno, ya está: comprado. Ahora no hay marcha atrás”. Pasaron dos semanas de rutina: los nietos malitos, ella de niñera, haciendo compotas, midiendo la fiebre; el hijo trayendo la compra. Varias veces estuvo a punto de contar lo del abono, pero se calló. El día del primer concierto amaneció nerviosa. Dejó la cena lista, avisó al hijo: —Hoy no estaré esta noche. Si hace falta, llámame antes. —¿A dónde vas? —desconcertado él. Dudó, no quería mentir ni decir la verdad. —Al Centro Cultural, a un concierto. Silencio. —¿A un concierto tú? Mamá, ¿te hace falta eso? Eso será de jóvenes, ruido… —No es una disco, Santi. Son romances. —¿Y quién te invitó? —Nadie. Lo he comprado yo. Larga pausa. —Mamá… Entiendo que es tu dinero, pero… sabes que no andamos sobrados. Podrías haberlo… ya sabes. —Ya lo sé —le cortó ella—. Pero es mi dinero. Le salió una voz más firme de lo habitual. —Bueno… —aceptó él— Hazlo. Pero no te quejes si luego falta algo. Abrígate. A tu edad… —A mi edad se puede ir a un auditorio a escuchar música. No estoy escalando el Everest. Suspiró, más resignado. —Bien. Avísame cuando llegues a casa. —Te llamo, sí. Colgó. Las manos le temblaban. Se sentía como si hubiera cometido un pequeño atrevimiento. Por la noche, se vistió con esmero: su vestido azul, medias buenas, los zapatos menos incómodos. El pelo más peinado que de costumbre. Fuera ya era de noche. Luces en las tiendas, la parada llena. Apretó el bolso contra sí: abono, DNI, pañuelo. En el autobús, lleno, alguien le pisó pero pidió perdón. Bajó en la parada indicada. En la puerta del Centro Cultural, gente de todas las edades: mayores en pareja, señoras solas, hasta algún joven informal. Se sintió menos sola. Entregó el abrigo en guardarropa. Tardó un momento en ubicarse. Siguió las flechas hasta la sala. Dentro, penumbra y lucecitas sobre los asientos. En la entrada, una acomodadora le revisó el abono: —Fila seis, asiento nueve, por aquí. Ana avanzó pidiendo perdón a quien debía levantarse. Al llegar a su sitio, sentó el bolso en las rodillas. El corazón le latía todavía fuerte, pero de ilusión. A su alrededor charlaban, hojeaban programas. Hizo lo mismo. No reconocía los nombres de las canciones, pero en la esquina leyó uno de un compositor que de joven escuchaba en la radio. Se fue apagando la luz. Salió la presentadora, dio la bienvenida. Ana la oyó de lejos: el caso era estar allí, no otra vez en la cocina de casa. Al empezar la música, se le erizó la piel. La voz de la solista era grave, un poco áspera. Palabras de amor, despedida, viajes le sonaban propias. Recordó otros auditorios, otra vida, otras compañías. Se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Solo escuchó, aferrando el bolso, dejando que la música le llenase la vida, olvidando cuentas y obligaciones. En el intermedio, con las piernas entumecidas, fue al vestíbulo a estirar. Conversaciones sobre el programa. Alguien tomaba té, otros comían dulces. Se compró una chocolatina, pese a que solía verse eso como gasto innecesario. —Qué rica —se sorprendió en voz alta. A su lado, una señora de su edad con traje claro: —Buen concierto, ¿a que sí? —Sí, hace mucho que no venía —contestó. —Yo también, los nietos, la huerta, siempre hay excusas. Pero pensé: si no ahora, ¿cuándo? Conversaron un rato, luego sonó el timbre y volvieron a la sala. La segunda parte voló. Ana ya no pensaba en el dinero ni en la cifra por entrada. Solo escuchaba. Al acabar, la ovación fue larga; ella aplaudió hasta el cansancio. Salió al fresco, notando agotamiento y a la vez un calorcito nuevo. No era entusiasmo, sino la sensación de haber hecho algo importante para ella, por pequeño que fuese. Al llegar a casa, llamó a Santi. —Ya estoy en casa. Todo bien. —¿Cómo ha ido? ¿No pasaste frío? —No, ha sido… bonito. —Bueno. Que tú estés contenta. Pero no te emociones, aún hay que ahorrar. —Ya lo sé. Pero el abono lo tengo. Aún quedan tres conciertos. —¿Tres? Bueno, ya que está, aprovéchalo. Esa tarde Ana anotó las fechas de los conciertos en el calendario, rodeándolas en rojo. La semana siguiente, cuando Santi pidió ayuda para otra colecta, Ana miró su libreta antes de responder: —Solo puedo la mitad. El resto lo necesito yo. —¿Para qué? —Para mí. Yo también lo necesito. Él se calló. Luego cedió: —Vale, mamá. Lo que tú digas. Aquella noche, sola, Ana sacó el álbum de fotos. En una, ella misma, joven, ante una Filarmónica de otra ciudad, programa en la mano y sonrisa tímida. Observó largo rato esa cara, intentando unirla a la del espejo. Cerró el álbum y lo guardó. En la nevera, junto al imán, pegó otro papel: “Próximo concierto: día 15”. Debajo: “Salir antes de casa”. Su vida no cambió. Seguía cocinando, lavando, yendo al centro de salud. El hijo seguía pidiendo ayuda, ella lo hacía cuando podía. Pero al fondo, entre las costuras del día, se abría una rendija: su propio tiempo, planes chiquitos que ya no pedían permiso. A veces, al pasar junto a la nevera, acariciaba el papel con la fecha. Por dentro sentía un orgullo rebelde: todavía estaba viva, aún tenía derecho a desear. Una tarde, hojeando el periódico, leyó un anuncio de clases de inglés para mayores en la biblioteca. Eran gratis, pero había que apuntarse pronto. Recortó la noticia y la metió cerca del abono. Luego se sirvió té, pensando si aquello no sería ir demasiado lejos. “Acabaré mis noches de romance —se convenció—. Después ya veré”. Guardó el papel, pero la idea de aprender algo nuevo ya no era tan remota. Esa noche, antes de acostarse, miró por la ventana: farolas encendidas, un joven con auriculares, un niño con el balón. Doña Ana se apoyó en el alféizar, sintiendo una paz tranquila. La vida seguía. Había quehaceres y recortes, pero entre ellos cabían cuatro noches en un auditorio y quizá, quién sabe, nuevas palabras extranjeras. Apagó la luz de la cocina, se fue despacio a la cama, el edredón bien estirado. Mañana todo volvería a empezar: compras, llamadas, cocina. Pero el círculo en el calendario ya estaba ahí. Y eso, aunque nadie más lo notase, cambiaba lo esencial.