Tres destinos rotos: una historia de errores, orgullo y segundas oportunidades en el corazón de Madrid

Diario de Lucía Ruiz
Sábado, 7 de octubre

Curioso lo que puede deparar una simple limpieza de sábado. Hoy me dispuse a repasar las viejas cajas del altillo mientras mamá, Carmen, preparaba la comida en la cocina. Entre álbumes y recuerdos de otra época, apareció uno de tapas desgastadas que nunca antes había visto. Mi curiosidad no pudo resistirse: me acomodé en el sillón junto a la ventana y empecé a pasar las páginas.

Las primeras fotos desprendían felicidad: mamá joven, sonriente con sus amigas en la Plaza Mayor, un picnic al aire libre, carcajadas entre margaritas en un prado segoviano. Y después, las imágenes cambiaban. Salía mamá junto a un hombre alto, moreno, elegante; parecían tan felices, siempre abrazados o tomados de la mano, mirándose con ese, no sé cariño inconfundible. En un bar de Madrid, paseando junto al Manzanares, riendo juntos. ¿Quién será ese hombre? ¿Por qué nunca lo había visto? ¿Por qué la mira así?

No pude evitarlo. Bajé a la cocina sosteniendo el álbum entre las manos. Mamá sacaba justo del horno una empanada gallega y el aire se había llenado de un olor dulce a vainilla.

Mamá dije, mostrándole el álbum, ¿quién es el hombre que sale contigo en estas fotos? No le conozco de nada

Vi cómo sus dedos temblaron un instante, apretando el paño de cocina, pero en seguida esbozó una sonrisa tranquila y dejó la fuente sobre la mesa.

Ah Ese es Jacobo contestó, fingiendo naturalidad, aunque noté cierta tensión en su voz. Estuvimos juntos hace muchos años, antes de que conociera a tu padre.

¿Y por qué nunca hablaste de él? En las fotos parecéis muy felices ¿Qué ocurrió? ¿Cómo terminasteis?

Mamá se limpió las manos en el delantal y reflexionó mirando al patio, donde los niños jugaban al balón. Aquella pregunta era incómoda, estaba claro; seguramente jamás quiso hablar de ello. Pero ya me conocía y sabía que no iba a cejar hasta obtener respuestas.

Fue una historia complicada, Lucía suspiró al girarse. Nos queríamos, pero no supimos estar juntos. Por mi culpa, sobre todo. Sí, la responsabilidad fue mía.

Me senté en silencio en la mesa, clavando los ojos en ella. Podía ver el dolor que le provocaban esas imágenes y, sin embargo, la necesidad de saber me podía. Me avergonzaba un poco ser tan insistente, pero necesitaba entenderlo.

Cuéntamelo todo. Por favor. Siempre vi que entre papá y tú hay una distancia… Jamás le has querido como a ese otro hombre. Y llevas años soportando ¿Por qué? ¿Por qué Jacobo no fue “el elegido”?

Vi como sus dedos temblaban al sujetar la taza de café. Bajó los ojos con pesar y, tras un largo suspiro, se lanzó:

Nunca sentí amor por tu padre, lo confieso. Más bien, lo contrario: llegué a odiarle, aunque eso suene muy duro.

Sentí un escalofrío. Lo imaginaba, pero escucharlo abiertamente dolía bastante. No supe qué decir y asentí mecánicamente.

Pero entonces Razón de más para no casarte con él. ¿Te obligaron los abuelos? inquirí, sintiéndome todavía más confusa.

Se le escapó una amarga sonrisa, apenas perceptible.

Al revés, hija dijo bajito, ellos nunca aprobaron ese matrimonio repentino. Mi madre, tu abuela Teresa, intentó frenarme por todos los medios Especialmente porque por entonces Jacobo me cortejaba, y era un buen partido, no creas.

Mamá jugó distraída con el borde de la taza, buscando las palabras adecuadas. Por alguna razón, hoy hablaba sin reservas. Quizá ver aquellas fotos removió algo en su interior.

Siempre he tenido un defecto, Lucía: detesto sentirme presionada. Si alguien intenta imponerme algo, hago justo lo contrario, aunque eso me dañe. Mis padres lo sabían y por eso nunca me forzaron, sólo me daban opciones. Pero Jacobo Jacobo no era capaz de entenderlo. O no quiso.

Se quedó callada, ensimismada en las primeras lluvias de otoño tras la ventana. Aquella discusión, aquella decisión impulsiva, seguía doliendo. Si hubiese dejado pasar un día, si hubiese pensado más las cosas Pero en ese momento sólo quería demostrar que nadie podía dirigir su vida. Y lo consiguió, pero al precio de su propia felicidad.

Con su decisión arrastró a tres almas a la ruina: ella misma, Jacobo y ese pobre hombre que terminaría siendo mi padre. Aquello estaba destinado al fracaso desde el principio, y mi madre lo intuía incluso entonces. Sin embargo, su obstinación pudo más

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Recuerda mamá Aquella cocina luminosa de la casa antigua de Salamanca. Carmen observaba a Jacobo, él se movía entre fogones con la gracia de un verdadero chef. Las verduras, las especias, el aceite de oliva; el aroma empezaba a inundar el ambiente como si se tratara de un restaurante familiar junto a la Plaza Mayor.

Por costumbre, a veces mi madre intentaba levantarse a ayudar; en su casa, la cocina siempre había sido cosa de mujeres. Pero Jacobo la detenía con ternura: “Tranquila, Carmen. Aquí mando yo. Solo relájate, disfruta conmigo”.

Ella le miraba, embelesada, viendo cómo convertía ingredientes humildes en algo que parecía salido de un sueño. La pasión de Jacobo en la cocina era contagiosa.

Mi familia siempre tuvo una casa de comidas reía Jacobo, viendo la sorpresa en la cara de mamá. ¿Cómo no iba a aprender, si mi madre era todo un referente en el barrio? De chaval ya me escapaba a la cocina. No me voy a echar flores pero me sobraba arte. Espera a probar: seguro que repites.

La comida, claro, fue deliciosa. Carmen se reclinó hacia atrás, sin poder evitar relamerse. Los sabores tan vivos, auténticos: cada ingrediente aportaba, aunque juntos se convertían en algo todavía más especial.

Esto es increíble, Jacobo le decía, emocionada. De verdad Nunca me han cocinado así. ¡Eres un mago!

Él respondió con esa sonrisa que le hacía parecer aún más joven. Disfrutaba tanto con sus manos manchadas de harina como viéndola a ella feliz y asombrada.

El truco es amar lo que se hace, y un poco de imaginación decía encogiéndose de hombros. Pero el mejor premio es tu sonrisa. Y, por cierto, tienes que venir a nuestro restaurante en la sierra. Allí sí que verás magia de verdad.

Mamá reía, tomando el café despacio y pensando que, tal vez, aquello podía ser el inicio de una vida juntos.

¿Vas a continuar el negocio familiar? ¿Tomarás el relevo de tu madre en la cocina? preguntaba mi madre, soñando despierta.

Jacobo se ponía serio y la miraba con ojos luminosos:

Tengo planes más grandes. Queremos abrir un segundo restaurante, cerca de Madrid. Ya hemos encontrado el local, está en plena zona de veraneo. Yo lo llevaré todo. Verás qué éxito.

Le explicaba con pasión su proyecto, y mamá se dejaba llevar por esa visión de soleados ventanales, risas de clientes y platos exquisitos. Pero entonces sentía una punzada de miedo.

¿Entonces tú te vas a ir? preguntó, nerviosa, sujetando el anillo de compromiso, aquel de oro amarillo que le regaló Jacobo durante la pedida en el Retiro. ¿Y yo? ¿Vas a dejarme aquí, sola?

Jacobo la miró, sorprendido, como si la pregunta le doliera: él lo hacía todo pensando en su felicidad. Y por eso le explicó, sin dudar:

¡No! ¡Quiero que vengas conmigo! Ya tenemos un piso listo, en una zona preciosa, llena de parques y vida. Allí podrías continuar la universidad, incluso es mejor que la de aquí. ¡Nuestra boda sería única!

Hablaba con tanta ilusión, tan convencido, que no concebía un “no” por respuesta. Pero mi madre escuchaba callada, retorciendo el mantel. Lo sabía: era una gran oportunidad. Un salto a la capital, empezar de cero, abrirle puertas a un futuro prometedor Pero algo dentro de ella no le permitía aceptar sin más.

¿Lo has decidido todo? ¿No importa lo que yo opine? ¿Piensas que me iré de aquí sólo porque me lo pidas? dijo, cada palabra cuidadosamente elegida. ¿Dejo mi familia, mis amigas, mi vida Porque lo dices tú?

Se volvió a mirar por la ventana y por su mente pasaban imágenes de despedidas en la estación de Atocha, conversaciones difíciles con sus padres, rupturas, renuncias.

Jacobo intentaba explicarse, pero mamá ya no escuchaba. Sólo sentía rebeldía y energía acumulada. Le dolía no el cambio, sino que hubieran elegido por ella. Sin pensarlo se levantó de golpe. La taza de café volcó y una mancha oscura tatuó el mantel blanco.

¡No quiero que decidan por mí! gritó, la rabia asomando en la voz. Elijo mi camino. No quiero que nadie lo trace por mí.

Él, desorientado, intentó calmarla. “Solo pensaba en nuestro futuro”, se excusaba. Pero ella ya no oía razonamientos. La hería pensar que, tal vez, la vida juntos empezara ya con imposiciones.

¡No quiero hablar más! dijo cortante.

Se quitó el anillo, el compromiso flamante de oro que tan ilusionada había aceptado, y lo lanzó contra la pared. Retumbó como una sentencia en aquel piso de Salamanca.

Aquella noche, en su rincón favorito, con la ciudad iluminada allá fuera, Carmen repasó la discusión y la rabia fue dejando paso a la tristeza. Sabía que había sido una tontería monumental. Sabía que Jacobo sólo deseaba lo mejor. ¿Por qué actué así?, se preguntaba. Pero, al recordar la escena, solo sentía de nuevo ese deseo de no ceder. “Si ya empieza decidiendo por mí, ¿qué sería después?”, pensaba. “¿Acaso mi vida siempre será de otro?”

Al fin, decidió cortar por lo sano. “Mejor el dolor ahora que años de vivir dominada”.

Al poco, apareció en su vida Antonio, un compañero de la Universidad Complutense, que siempre había mostrado interés, discreto, paciente. Le animaba a dejar atrás el pasado; cuando supo que Jacobo ya no existía en su vida, se esforzó más aún. Carmen, aún herida y dudosa, vio en él la oportunidad de empezar de cero.

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Y así acabé casándome con el primero que pasó me dijo mi madre, la mirada perdida en la mesa. Ni siquiera pensó mucho en cómo sería la vida juntos. Pronto llegaron las discusiones, los problemas serios. Yo no soportaba su testarudez y él no entendía mi forma de ser. Y después de siete años el divorcio.

Seguía escuchando en silencio. Por primera vez, veía con claridad la historia de mi madre y mi propia vida.

¿Por qué dices que tu error arruinó tres vidas? ¿Jacobo tampoco te olvidó?

No lo sé, hija Pero sé que sufrió. Que los dos sufrimos. Y Antonio también. Creía que el matrimonio solucionaría sus problemas, que serviría de revancha contra Jacobo, pero sólo encontró desencanto. Así fue: tres personas, cada una a su manera, perdiendo lo que podría haber sido la felicidad.

Se quedó callada, tranquila. Ya no había rencor ni amargura en su voz; sólo la serenidad de quien ha hecho las paces con su pasado.

Jacobo se marchó a Barcelona y montó una cadena de restaurantes muy respetada. Ahora es una persona fría, exigente De aquel joven alegre y sensible queda muy poco. Con su único hijo es distinto: todo ternura y paciencia, pero con las mujeres ni una relación le dura más de un año.

Pausa. Mirada al vacío.

Curiosamente, se casó dos veces. Ambas mujeres se parecían mucho a mí, según me contó una amiga común. Su mejor amigo cree que nunca me olvidó Pero yo no puedo entrometerme en su vida. Ya es demasiado tarde.

Asentí, conteniendo las ganas de decirle que, tal vez, aún no lo fuera. Mamá nunca dará el primer paso. Su orgullo, esa terquedad que arruinó lo suyo con Jacobo, le impide aceptar debilidades. Aunque esté arrepentida, nunca se lo confesará. Preferirá quedarse sola a parecer vulnerable.

Nos quedamos las dos en silencio unos segundos. Mamá se desperezó y me miró más animada.

No me arrepiento de nada, Lucía. Hubo dolor, sí. Pero he vivido mi vida. Y te tengo a ti, lo más grande.

Ya había anochecido. Encendimos la luz, la cocina parecía un refugio cálido. Me acerqué. La abracé sin decir nada. Ella dudó un momento y después me devolvió el abrazo, fuerte, cálido.

Y sentí que, por fin, el pasado quedaba donde debía. El futuro, mamá y yo lo reconstruiríamos juntas.

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