Diario de un día inesperado
Hoy, al fin, me encontraba al volante de mi coche nuevo, ese SEAT León rojo del que llevaba soñando dos años. He ahorrado cada céntimo que he podido, posponiendo caprichos, renunciando a salidas y a compras inútiles. Y ahora, aparcado en una calle tranquila de Madrid, por fin sentía cómo esas privaciones valían la pena. El salpicadero iluminaba suavemente el interior, y el volante de piel estaba frío, elegante; parecía esperarme, invitándome a iniciar un viaje lleno de posibilidades.
Puse la radio en Radio 3, y unas notas alegres llenaron el ambiente. No pude evitar tararear, golpeando el salpicadero al ritmo. Esa sensación de felicidad absoluta, esa mezcla entre satisfacción y poder, me llenó durante un segundo eterno.
Volvía a mi piso en Chamberí, donde me esperaban mis amigos para una pequeña celebración: habíamos quedado para brindar con unas cervezas y unas tapas, nada grande, solo para conmemorar mi logro. Mientras conducía, pensaba en todo ese camino: aquellas tardes vendiendo libros en El Retiro después del trabajo en la oficina, los pequeños sacrificios, el café sustituido por termo de casa, las camisas viejas resistiendo una temporada más Sin embargo, en ese instante todo eso se desvanecía. Solo quería disfrutar de la conducción y saborear esa extraña sensación de haber conquistado algo.
Callejeaba por una zona tranquila, con calles estrechas de viviendas bajas y farolillos que proyectaban sombras curiosas sobre las aceras. Algunos vecinos caminaban deprisa, bien abrigados por el frescor de la tarde. Bajé la velocidad acercándome a un paso de peatones.
Y, de repente, un niño apareció en mitad de mi carril. No supe de dónde salió. Sólo sentí un latigazo en el pecho, los reflejos se apoderaron de mí, pisando el freno a fondo. El coche chirrió, deslizándose unos metros con los neumáticos marcando el asfalto. El motor se apagó, y el coche se detuvo a escasos centímetros del chaval.
El corazón me martilleaba como si quisiera salirse, tenía la frente bañada en sudor frío, y sólo podía escuchar el pitido sordo de la adrenalina en mis oídos. Tardé unos segundos en centrarme. Había estado a punto de atropellarle
Me quedé sentado, paralizado, intentando recuperar el aliento mientras las manos me temblaban en el regazo. “Ha salido bien… no ha pasado nada”, repetía en mi cabeza. Pero pronto me invadió una rabia cálida, casi dolorosa, mezclada con miedo.
Abrí de golpe la puerta y bajé casi tambaleándome; avancé hacia el niño, que estaba cabizbajo a un par de metros, con los hombros hundidos. Sin pensar, le agarré por los hombros:
¿Pero qué haces, chico? le solté entre dientes, conteniendo la voz para que no me temblara. ¿Te quieres matar o qué?
Él no se apartó. Bajó la cabeza aún más y, con un hilo de voz, murmuró:
No quería Sólo que
¿Qué solo qué? aflojé la presión apenas noté cómo se encogía bajo mis manos. Aunque tú no pienses en ti, piensa en tu madre. ¿Sabes lo que sería para ella enterrarte? Un poco más y no lo podría contar.
En mi voz se colaba la angustia, ese miedo brutal que descubrí justo un instante antes de frenar. Miré sus mejillas húmedas y los ojos desbordados de lágrimas, llenos de desesperación. Y mi enfado empezó a diluirse, porque no estaba ante un chaval travieso, sino ante un niño asustado, desesperado.
Ayúdeme susurró. Mi hermano está mal, y nadie paraba, por eso tuve que lanzarme.
Me quedé helado. Toda la rabia desapareció, dejando solo perplejidad y una extraña sensación de vacío. El chiquillo se veía tan frágil, con la cara empapada y los labios temblorosos, que comprendí: sólo intentaba salvar a su hermano.
¿Está mal tu hermano? ¿Dónde está? pregunté, esforzándome porque no se notara mi preocupación. Miré buscando en sus ojos alguna traza de mentira, pero solo hallé miedo sincero.
Allí, en el parque señaló una zona con árboles junto a la acera. Paseábamos y de golpe se desplomó, le duele mucho
Sin pensar, cerré el coche, activé la alarma y eché a andar tras él. Mi nuevo coche podría esperar; había cosas más urgentes que unos miles de euros invertidos en chapa y motor. El niño corría delante lanzando miradas atrás para asegurarse de que lo seguía.
¿Y tus padres? le pregunté, forzando una calma en mi voz que no sentía. No es muy buena hora para estar solos por aquí.
Están en el trabajo respondió sin detenerse. Llegan muy tarde, tienen que ganar dinero.
Me encogí de hombros, viéndome reflejado en sus palabras. Sabía bien lo que significaba trabajar todos los días, hacer horas extra y juntar céntimos, pero dejar solos a dos hermanos pequeños me removía inquieto por dentro.
¿Siempre estáis solos? ¿Cómo te llamas? insistí.
Me llamo Rodrigo contestó con cierto orgullo, aunque aún con los ojos rojos. En realidad la abuela nos vigila, pero está mayor y apenas sale. Podemos ir solos, ya somos grandes.
Entramos en el parque, cruzando entre bancos gastados y columpios llenos de grafitis. Al fondo, bajo un plátano, vi a otro niño, más pequeño, tumbado sobre la hierba con las manos tensas sobre el abdomen y un rostro pálido.
Rodrigo corrió hacia él, gritándole:
¡Hugo! ¿Cómo estás?
Me arrodillé enseguida a su lado, sintiendo el frescor de la hierba mojada empapando mis pantalones. Me fijé en la carita descompuesta del niño, la piel lívida y el temblor que le recorría los labios.
¿Dónde te duele? pregunté suavemente, intentando que mi presencia transmitiera calma.
Aquí susurró, apenas articulando el sonido.
No soy médico, pero tuve claro que aquello era serio. El pequeño necesitaba ayuda, no sólo cariño. Ni se me pasó por la cabeza esperar una ambulancia; podrían tardar una eternidad.
Vamos al hospital dije decidido, levantando cuidadosamente a Hugo en brazos para no hacerle daño. El niño se quejó, pero no se resistió.
Rodrigo, ¿puedes llamar a tus padres? pedí mientras salíamos del parque.
No, el móvil se quedó en casa… pero en el hospital está mi tía. Ella puede avisarles.
Al menos algo era favorable. Llegamos al coche, acomodé a Hugo en el asiento trasero y le hasta el cinturón con cuidado. Rodrigo se sentó a su lado, cogiéndole la mano con decisión de hermano mayor.
Arranqué el coche, puse la calefacción y el motor ronroneó mientras avanzábamos por las avenidas iluminadas. Traté de centrarme en la circulación, pero a cada rato mi mirada escapaba al retrovisor para comprobar cómo estaban. Rodrigo murmuraba palabras de consuelo a Hugo, y por un momento el pequeño esbozó una tímida sonrisa.
Puse la música floja, algo instrumental y suave, para aliviar el ambiente.
¿Cómo vas, Hugo? pregunté, sin girar la cabeza.
Mejor alcanzó a responder.
Eso es, aguanta, ya casi estamos.
Hice una nota mental para felicitar a Rodrigo más tarde; sin su iniciativa, no sé qué habría pasado. Cuando llegamos a la Fundación Jiménez Díaz, aparqué y me giré hacia el chaval:
Has hecho lo mejor posible ayudando a tu hermano, Rodrigo. Pero prométeme que no volverás a lanzarte a la carretera. Hoy podría haberte matado, y Hugo habría estado aún peor.
Rodrigo asintió, comprendiendo de golpe la gravedad de su acción, con nuevas lágrimas resbalando por sus mejillas.
No lo haré más, lo prometo.
Sonreí, le di un apretón en el hombro y juntos entramos en Urgencias, donde una enfermera se hizo cargo de Hugo rápidamente.
Rodrigo se quedó sentado conmigo en el duro banco de la sala de espera, los nudillos blancos de apretar las manos y la vista perdida en el suelo. Yo caminaba inquieto por el pasillo, solo atento a la puerta tras la que atendían a Hugo.
Media hora después, apareció una mujer descompuesta, con el pelo revuelto y la mirada desbordante de preocupación.
¡Rodrigo!
El niño corrió hacia ella y se abrazaron con la desesperación de quienes han superado un susto enorme.
¡Mamá! A Hugo le duele mucho la barriga No sabíamos qué hacer Yo
Tranquilo, hijo, lo has hecho bien. ¿Dónde está tu hermano?
Me acerqué y la saludé, aclarando lo sucedido.
Encontré a Rodrigo cruzando la calle, paré y me contó lo que pasaba. Les traje enseguida.
Gracias, de verdad No sé cómo agradecerlo. Trabajamos hasta tarde, la abuela les cuida, pero hoy sollozó, intentando justificarse.
No se preocupe, la prioridad ahora es Hugo le respondí, procurando calmarla.
Se sentó abrazando a Rodrigo. Yo esperé allí, testigo de ese momento, para asegurarme de que todo marcharía bien. Ella me miró, los ojos enrojecidos pero agradecidos.
¿Ha ayudado usted a mis hijos?
Sí, sólo hice lo que debía.
Gracias, hoy en día casi nadie se mete en problemas ajenos…
No fue nada, cualquiera haría lo mismo dije, aunque dudaba que todo el mundo actuara igual.
En ese momento, salió el médico y la madre corrió hacia él. Vi cómo su rostro se iluminaba con alivio tras escuchar el diagnóstico. Me fui discretamente, saliendo al aire fresco de la noche madrileña, mientras las farolas titilaban sobre la avenida.
Caminé hasta mi coche, saqué el móvil y dudé si avisar a mis amigos. Al final, guardé el teléfono y levanté la vista hacia el cielo, negro y punteado de estrellas. Respiré hondo, sintiendo mi propio corazón volver al ritmo habitual, y pensé en el azar: en cómo pequeñas decisiones pueden cambiar el final de una tarde ordinaria.
Hoy, sin esperarlo, pude ayudar. De camino a casa, pensaba en el valor de prestar ayuda, en cómo uno puede ser la diferencia para alguien. Da igual lo que tengas: lo importante es no darte la vuelta ante el sufrimiento ajeno. Lo que hice esta noche vale más que cualquier fiesta o compra. Aprendí que cualquier gesto, por pequeño que sea, puede cambiar vidas. Y me quedo con eso: ser humano es estar ahí.







