Ahora tendrás tu propio hijo, y a ella le toca volver al orfanato —¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero? —preguntó doña Luisa, con fastidio, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Ya sabe usted tan bien como yo que llevamos tres años intentando tener un hijo —suspiró con pesar Cristina. Cada visita empezaba siempre igual. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Sergio tenían problemas. —Eso mismo digo yo. Lleváis casados un montón de tiempo y, sin embargo, el niño no llega —se burló la mujer con desdén—. Seguro que tuviste una juventud… movidita. —Doña Luisa, ¿me está insinuando algo? —Cristina no aguantó más y cerró el portátil de golpe. Trabajar, desde luego, ya no podría. —¿Le he dado motivos acaso? Y, en general, ¡deje de hablarme en ese tono! —¿Y si no… qué? —La suegra fingió sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Sergio? ¿No temes que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de golpe. Por supuesto, Cristina no pensaba decirle nada a su marido. No porque él fuera a ponerse de parte de su madre, sino simplemente por no preocuparle. ************************************************** Desde el primer día, la relación entre Cristina y su suegra no iba bien. A doña Luisa no le gustaba nada de ella: la encontraba demasiado sencilla, le disgustaba su forma de vestir, de cocinar… La lista era interminable. Se opuso rotundamente al noviazgo y presionó a su hijo, aunque él supo hacerse valer. Se casaron. Durante un tiempo, la suegra pareció calmarse, y mudarse a un piso lejos de la familia ayudó. Pero pronto Luisa encontró otra cosa que criticar: la ausencia de hijos. Al principio Cristina intentó quitarle hierro, diciendo que todavía eran jóvenes, que quería centrarse en su carrera… Pero la suegra insistía en que debían tener hijos cuanto antes, y mejor más de uno. La joven se rindió ante la insistencia de la suegra. Pero entonces llegaron los problemas. Tres largos años de análisis y tratamientos sin resultado. Un médico sugirió que quizá el estrés influía. Luisa solo se rió y recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otro encontronazo con doña Luisa, Cristina trataba de distraerse mirando las redes sociales y vio fotos de niños. El corazón se le encogió: realmente quería ser madre, no por complacer a la suegra, sino por sí misma. De pronto, leyó un mensaje de una mujer que trabajaba en un centro de acogida. Pensó en la posibilidad de acoger a un niño sin familia. Se imaginó con un bebé sonriendo y al instante buscó información. La burocracia era enorme, con papeles, certificados médicos y demás, pero las ganas pesaban más que el miedo. Solo faltaba el sí de Sergio. A ella le inquietaba la reacción de su marido, pero, para su sorpresa, aceptó sin poner pegas, solo sugirió acoger a un bebé de la casa cuna. Decidido. Al poco tiempo, su familia creció con la llegada de Angelines, una preciosa niña de cinco meses. Tanto Sergio como Cristina se enamoraron de ella nada más verla. La única que se oponía era, por supuesto, doña Luisa, aunque nadie le preguntó. Sergio incluso amenazó con mudarse a otra ciudad si su madre seguía con sus escenas. Así que tuvo que fingir ante los demás que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines acabó primero de Primaria y tenía muchísimos amigos. Era una niña adorable, responsable y cariñosa. Cristina no podía estar más orgullosa de su hija. Aquel verano, toda la familia se fue de vacaciones a la costa: sol, olas, arena blanca… Felicidad absoluta, con la suegra bien lejos. Al final del viaje, Cristina no se encontraba bien, aunque no dijo nada para no preocupar a nadie. Pero, de vuelta a casa, fue al médico. Sergio, atento como siempre, lo notó. Insistió en regresar, prometiendo unas nuevas vacaciones en Navidad. Ella aceptó a regañadientes. Los resultados sorprendieron a ambos: ¡Cristina estaba embarazada! La noticia hizo especialmente feliz a Angelines, entusiasmada con la idea de ser hermana mayor. Luisa no se enteró hasta meses después, cuando la barriga de Cristina era evidente. Aprovechó un momento en casa a solas para aparecer sin avisar. —No te pregunto por qué no me lo dijiste antes —soltó nada más cruzar el umbral, estudiando la barriga—. Tengo otra pregunta. —¿Cuál? —a Cristina le entró mala espina. —¿Cuándo vais a devolver a Angelines al orfanato? —preguntó muy seria—. Ahora que vais a tener un hijo vuestro, la adoptada debe volver. Cristina se quedó helada. ¿Cómo se podía decir algo así de una niña que ya era parte de su familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó Luisa, mirándola con exigencia—. ¿Cuándo? —¡Váyase! —le espetó Cristina, a punto de saltar—. ¡Y no vuelva nunca más! Tras echar a la suegra, Cristina intentó serenarse. ¿Avisar a Sergio? Hoy tenía una reunión importante… Pero tendrían que hablarlo. ********************************************* Luisa se fue directamente a la oficina de su hijo. Sin atender a la secretaria, irrumpió en su despacho. —¡Tu mujer acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera! —Y hola a ti también —suspiró Sergio—. ¿Qué le has dicho para que mi paciente esposa reaccionara así? —Solo pregunté cuándo vais a devolver a esa niña al orfanato —Luisa se sentó indignada—. Por fin vais a tener un hijo propio. Ahora todo el tiempo y el dinero deben ser para él. —¿Pero cómo se te ocurre tal barbaridad? —Sergio apretó el bolígrafo con rabia hasta partirlo—. No vamos a devolver a Angelines. Es mi hija, te guste o no. —¿Y eso por qué? No es más que adoptada. Y ya mayorcita. Si se lo explicáis, lo entenderá. —Ni se te ocurra decirle nada —tiró el bolígrafo roto y golpeó el escritorio—. ¿Lo has entendido? —¿Y cómo piensas impedirlo? —se burló ella al marcharse—. Esa niña no tiene sitio en esta familia. Y haré todo lo posible para que así sea. Sergio miró la puerta cerrándose. La secretaria asomó indignada por haber dejado pasar a la visita, pero él no la oyó. Se quedó pensando. Debía tomar una decisión. Cogió el teléfono… **************************************** Cristina paseaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines jugando con su hermanito pequeño. Estaba siendo una hermana mayor ejemplar. En un banco cercano, dos señoras hablaban de sus nueras. Cristina no pudo evitar recordar a su suegra. Desde aquella visita, no habían vuelto a verla. Sergio, apenas una semana después, se llevó a toda la familia a vivir muy lejos del pueblo natal. Era la única forma de proteger a Angelines: su madre podría ir contando a todo el mundo que era adoptada. Ahora vivían tranquilos. Tenían una hija maravillosa, un hijo pequeño y pronto vendría un tercero. Sergio llamaba a veces a su padre. Así se enteró de que su madre seguía igual, solo que ahora había volcado toda su energía en su hija recién casada. Él sentía pena por su hermana, pero ella parecía más tolerante a tanta atención. Ellos tenían su propia vida, y Sergio la suya, feliz con su familia. No podía pedir más, y así deseaba que fueran felices los demás.

Ahora, tendrás tu propio hijo, y a ella le toca regresar al orfanato.

¿Cuándo va a ser que mi hijo vea por fin a su heredero? Francisca Valverde frunció el ceño, mirando con desdén a la nuera, sentada ante la mesa de madera oscura, de esas que crujen con cada movimiento.

Tú sabes tan bien como yo que llevamos ya tres años intentándolo suspiró Isidora, sintiendo el mismo peso helado en el pecho con el que comenzaba siempre esa conversación. Los médicos decían lo mismo: ni ella ni Martín tenían ningún impedimento.

Eso mismo, casados tanto tiempo y, sin embargo, sin descendencia bufó Francisca, dibujando una media sonrisa llena de ácido. Se nota que tu juventud fue de muchas fiestas, ¿no?

Francisca, ¿a qué viene esa insinuación? Isidora no aguantó más la hostilidad, cerró de golpe el portátil. ¿Te he dado motivos? Y, por favor, deja ya de hablarme así.

¿Y si no qué? fingió extrañeza la suegra. ¿Le vas a llorar a Martín? ¿No temes que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre.

La única respuesta fue el portazo agrio de Isidora al salir de la habitación. No, no pensaba contárselo a Martín. No es que temiera que se pusiera del lado de la madre, sino que no quería cargarle con el disgusto.

****************************************

La relación entre Isidora y su suegra nunca fluyó. A Francisca no le gustaba nada de ella: ni su cara tan corriente, ni su forma de vestir, ni sus guisos la lista era interminable. Francisca hizo lo imposible por truncar el noviazgo y manejó a su hijo a su antojo durante meses. Martín aguantó la presión y la boda finalmente se celebró. Francisca pareció calmarse, sobre todo porque los recién casados se mudaron a un piso en Salamanca, lejos de la familia.

Pero no pasaron ni seis meses cuando Francisca halló una nueva excusa: no había nietos. Isidora trató de bromearlo al principio: que eran jóvenes, que había que disfrutar, que quería progresar en su trabajo en el despacho de abogados. Francisca cortaba las bromas de raíz: había que tener hijos pronto, y mejor más de uno.

Isidora terminó cediendo, casi por agotamiento. Pero entonces todo se torció. Tras tres eternos años de pruebas, vitaminas y visitas al hospital, nada resultaba.

Un médico sugirió que podría ser emocional. Francisca soltó una risita y le recomendó cambiar de doctor.

****************************************

Después de otro encontronazo, Isidora se sumergió en las redes, desplazándose sin mirar. Le dolían las fotos de niños, tanto que parecía que el corazón se le contraía. No era por Francisca, no: de verdad quería un hijo.

De pronto, una publicación le llamó la atención; una mujer contaba su labor en una casa de acogida. Tantos niños solos, en Madrid y en todas partes ¿Sería capaz de querer a un hijo que no llevara su sangre? De repente, lo vio: una sonrisa desdentada y unas manitas alzadas hacia ella, como pidiéndole el alma misma.

Sin dudar, se lanzó a buscar información. Hacía falta una montaña de papeles, análisis, entrevistas y toda una coreografía de gestiones burocráticas, pero el deseo fue más fuerte que el miedo a los funcionarios.

Sólo le faltaba que Martín aceptara. Pero él, para su asombro, sonrió y lo dio por hecho; incluso propuso que eligiesen a uno aún pequeño, de los más de la casa de bebés de Aravaca. Y así quedó.

A los pocos meses, su familia de dos fue de pronto de tres. Desde el primer día, tanto Martín como Isidora se sintieron arrebatados por Celia, una bebita de cinco meses, grandes ojos y manitas inquietas. La única en desacuerdo era Francisca, pero su palabra no importaba ya. Martín incluso le advirtió con mudarse a Sevilla si no dejaba sus desplantes. Francisca tuvo que fingir, ante los demás, un amor de abuela que le quedaba grande.

Pasaron siete años. Celia terminó su primer curso de Primaria, coleccionó amigos y se reveló generosa y risueña. Isidora se deshacía de orgullo.

Ese verano, la familia viajó a la costa de Almería. Sol que acariciaba, olas cálidas, arena tan blanca que parecía sal, risas flotando bajo las sombrillas. La vista de Francisca era un recuerdo remoto, incapaz de perturbar la dicha.

Al final de las vacaciones, Isidora empezó a encontrarse mal. Lo ocultó: ¿para qué preocupar? De regreso a casa, lo primero que hizo fue acudir al médico.

Martín, por más que lo intentase, notó que algo iba mal y no cesó hasta convencerla de volver, prometiendo mar y playa para Navidad si fuera preciso. No tuvo más remedio que aceptar.

El diagnóstico cayó como un sueño. Al fin. Iban a tener un hijo. Nadie recibió la noticia con tanta alegría como Celia: ya se veía ejerciendo de hermana mayor.

Francisca no se enteró hasta meses después, cuando el embarazo era imposible de ocultar. Aprovechando un momento en el que solo Isidora estaba en casa, la abuela apareció en el umbral.

No voy a preguntar por qué no avisé antes, dijo nada más entrar, clavando los ojos en el vientre redondeado de Isidora. Pero tengo otra pregunta.

¿Cuál? una punzada de mal agüero traspasó a Isidora.

¿Cuándo vais a devolver a Celia a la casa de acogida? Ahora que vais a tener a vuestro hijo, esa chica debe volver de donde vino la voz de Francisca era seria como el tañido de una campana.

Isidora se quedó helada. ¿De verdad había oído eso? ¿Cómo hablar así de una niña?

¿Lo está diciendo en serio?

Naturalmente bufó Francisca, con exigencia homicida. ¿Entonces, para cuándo?

Lárguese susurró Isidora, súbitamente felina, luchando por no abalanzarse. Y no se acerque nunca más a esta casa.

Empujando a la mujer despistada fuera del piso, cerró la puerta y respiró hondo para no derrumbarse. ¿Llamar a Martín? Tenía una reunión crucial hoy Se lo contaría, claro, pero en otro momento.

********************************************

Francisca fue directa al despacho de su hijo en Gran Vía, ignorando a la secretaria.

Tu mujercita me ha echado como si fuera una intrusa de la calle.

Tú también tienes buenos días resopló Martín. ¿Qué has dicho para que mi esposa, que tiene más paciencia que un santo, acabara así?

Solo he preguntado cuándo devolveréis a esa cría. Por fin tendréis vuestro hijo, que requerirá toda vuestra atención y vuestros euros.

¿Pero cómo puedes pensar en algo así? Martín apretó tanto el bolígrafo que lo partió en dos. Celia es mi hija, ¿te guste o no te guste?

¿Por qué? Es una adoptada. Ya es mayor, seguro que lo entenderá si se lo explicas.

Ni se te ocurra decírselo tiró los trozos del boli al suelo y golpeó la mesa. ¿Me has entendido?

¿Y cómo vas a impedírmelo? contestó Francisca, muy digna ya marchándose. Esa niña no tiene cabida en nuestra familia. Y haré lo que sea para que desaparezca.

Martín miró durante mucho rato la puerta cerrada. La secretaria se asomó, azorada, pero él ni levantó la vista. Sabía lo que tenía que hacer.

Al cabo de un momento, descolgó el teléfono.

*******************************************

Un tiempo después, Isidora paseaba tranquilamente por el parque de El Retiro, vigilando cómo Celia jugueteaba junto a su hermano pequeño, de un año. La niña se tomaba su papel de hermana muy en serio y se notaba.

En uno de los bancos, un par de mujeres conversaban sobre sus nueras, y los recuerdos de Isidora inevitablemente se posaron de nuevo en Francisca.

No volvieron a encontrarse después de aquella visita. Martín, en apenas una semana, había trasladado a la familia al norte del país, a varios cientos de kilómetros de Madrid, sabiendo que era la única forma de preservar la felicidad de Celia. Ya imaginaba lo que su madre sería capaz de contar en el vecindario.

Ahora vivían en paz. Tenían a esa hija encantadora, un hijo pequeño y pronto llegaría el tercero.

Martín llamaba a su padre de vez en cuando y sabía que Francisca no se había calmado. Ahora volcaba su obsesión sobre la hija menor, recién casada. Martín lo lamentaba de veras por su hermana, aunque ella parecía tolerar mejor la atención.

Cada uno hace su vida pensó. Él ya sólo quería disfrutar la suya. Mirando a su familia, Isidora sintió que la dicha era real. Y deseó, sinceramente, que todos algún día encontrasen la suya.

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MagistrUm
Ahora tendrás tu propio hijo, y a ella le toca volver al orfanato —¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero? —preguntó doña Luisa, con fastidio, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Ya sabe usted tan bien como yo que llevamos tres años intentando tener un hijo —suspiró con pesar Cristina. Cada visita empezaba siempre igual. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Sergio tenían problemas. —Eso mismo digo yo. Lleváis casados un montón de tiempo y, sin embargo, el niño no llega —se burló la mujer con desdén—. Seguro que tuviste una juventud… movidita. —Doña Luisa, ¿me está insinuando algo? —Cristina no aguantó más y cerró el portátil de golpe. Trabajar, desde luego, ya no podría. —¿Le he dado motivos acaso? Y, en general, ¡deje de hablarme en ese tono! —¿Y si no… qué? —La suegra fingió sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Sergio? ¿No temes que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de golpe. Por supuesto, Cristina no pensaba decirle nada a su marido. No porque él fuera a ponerse de parte de su madre, sino simplemente por no preocuparle. ************************************************** Desde el primer día, la relación entre Cristina y su suegra no iba bien. A doña Luisa no le gustaba nada de ella: la encontraba demasiado sencilla, le disgustaba su forma de vestir, de cocinar… La lista era interminable. Se opuso rotundamente al noviazgo y presionó a su hijo, aunque él supo hacerse valer. Se casaron. Durante un tiempo, la suegra pareció calmarse, y mudarse a un piso lejos de la familia ayudó. Pero pronto Luisa encontró otra cosa que criticar: la ausencia de hijos. Al principio Cristina intentó quitarle hierro, diciendo que todavía eran jóvenes, que quería centrarse en su carrera… Pero la suegra insistía en que debían tener hijos cuanto antes, y mejor más de uno. La joven se rindió ante la insistencia de la suegra. Pero entonces llegaron los problemas. Tres largos años de análisis y tratamientos sin resultado. Un médico sugirió que quizá el estrés influía. Luisa solo se rió y recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otro encontronazo con doña Luisa, Cristina trataba de distraerse mirando las redes sociales y vio fotos de niños. El corazón se le encogió: realmente quería ser madre, no por complacer a la suegra, sino por sí misma. De pronto, leyó un mensaje de una mujer que trabajaba en un centro de acogida. Pensó en la posibilidad de acoger a un niño sin familia. Se imaginó con un bebé sonriendo y al instante buscó información. La burocracia era enorme, con papeles, certificados médicos y demás, pero las ganas pesaban más que el miedo. Solo faltaba el sí de Sergio. A ella le inquietaba la reacción de su marido, pero, para su sorpresa, aceptó sin poner pegas, solo sugirió acoger a un bebé de la casa cuna. Decidido. Al poco tiempo, su familia creció con la llegada de Angelines, una preciosa niña de cinco meses. Tanto Sergio como Cristina se enamoraron de ella nada más verla. La única que se oponía era, por supuesto, doña Luisa, aunque nadie le preguntó. Sergio incluso amenazó con mudarse a otra ciudad si su madre seguía con sus escenas. Así que tuvo que fingir ante los demás que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines acabó primero de Primaria y tenía muchísimos amigos. Era una niña adorable, responsable y cariñosa. Cristina no podía estar más orgullosa de su hija. Aquel verano, toda la familia se fue de vacaciones a la costa: sol, olas, arena blanca… Felicidad absoluta, con la suegra bien lejos. Al final del viaje, Cristina no se encontraba bien, aunque no dijo nada para no preocupar a nadie. Pero, de vuelta a casa, fue al médico. Sergio, atento como siempre, lo notó. Insistió en regresar, prometiendo unas nuevas vacaciones en Navidad. Ella aceptó a regañadientes. Los resultados sorprendieron a ambos: ¡Cristina estaba embarazada! La noticia hizo especialmente feliz a Angelines, entusiasmada con la idea de ser hermana mayor. Luisa no se enteró hasta meses después, cuando la barriga de Cristina era evidente. Aprovechó un momento en casa a solas para aparecer sin avisar. —No te pregunto por qué no me lo dijiste antes —soltó nada más cruzar el umbral, estudiando la barriga—. Tengo otra pregunta. —¿Cuál? —a Cristina le entró mala espina. —¿Cuándo vais a devolver a Angelines al orfanato? —preguntó muy seria—. Ahora que vais a tener un hijo vuestro, la adoptada debe volver. Cristina se quedó helada. ¿Cómo se podía decir algo así de una niña que ya era parte de su familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó Luisa, mirándola con exigencia—. ¿Cuándo? —¡Váyase! —le espetó Cristina, a punto de saltar—. ¡Y no vuelva nunca más! Tras echar a la suegra, Cristina intentó serenarse. ¿Avisar a Sergio? Hoy tenía una reunión importante… Pero tendrían que hablarlo. ********************************************* Luisa se fue directamente a la oficina de su hijo. Sin atender a la secretaria, irrumpió en su despacho. —¡Tu mujer acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera! —Y hola a ti también —suspiró Sergio—. ¿Qué le has dicho para que mi paciente esposa reaccionara así? —Solo pregunté cuándo vais a devolver a esa niña al orfanato —Luisa se sentó indignada—. Por fin vais a tener un hijo propio. Ahora todo el tiempo y el dinero deben ser para él. —¿Pero cómo se te ocurre tal barbaridad? —Sergio apretó el bolígrafo con rabia hasta partirlo—. No vamos a devolver a Angelines. Es mi hija, te guste o no. —¿Y eso por qué? No es más que adoptada. Y ya mayorcita. Si se lo explicáis, lo entenderá. —Ni se te ocurra decirle nada —tiró el bolígrafo roto y golpeó el escritorio—. ¿Lo has entendido? —¿Y cómo piensas impedirlo? —se burló ella al marcharse—. Esa niña no tiene sitio en esta familia. Y haré todo lo posible para que así sea. Sergio miró la puerta cerrándose. La secretaria asomó indignada por haber dejado pasar a la visita, pero él no la oyó. Se quedó pensando. Debía tomar una decisión. Cogió el teléfono… **************************************** Cristina paseaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines jugando con su hermanito pequeño. Estaba siendo una hermana mayor ejemplar. En un banco cercano, dos señoras hablaban de sus nueras. Cristina no pudo evitar recordar a su suegra. Desde aquella visita, no habían vuelto a verla. Sergio, apenas una semana después, se llevó a toda la familia a vivir muy lejos del pueblo natal. Era la única forma de proteger a Angelines: su madre podría ir contando a todo el mundo que era adoptada. Ahora vivían tranquilos. Tenían una hija maravillosa, un hijo pequeño y pronto vendría un tercero. Sergio llamaba a veces a su padre. Así se enteró de que su madre seguía igual, solo que ahora había volcado toda su energía en su hija recién casada. Él sentía pena por su hermana, pero ella parecía más tolerante a tanta atención. Ellos tenían su propia vida, y Sergio la suya, feliz con su familia. No podía pedir más, y así deseaba que fueran felices los demás.