Ponte el abrigo, fuera hace un frío de mil demonios. Vas a pillar una pulmonía.
Isabel me tendió el gorro de lana, ese azul con borla que elegí yo misma en El Corte Inglés hacía un mes.
¡No eres mi madre! ¿Entendido?
El grito rebotó en las paredes del recibidor. Tiré el gorro al suelo con tanta rabia que parecía que tenía veneno.
Paula, solo…
¡Y nunca lo serás! ¿Oyes? ¡Nunca!
La puerta de la entrada se cerró de golpe. Las ventanas temblaron y una ráfaga de aire helado de la escalera se coló por la casa.
Isabel se quedó allí plantada. El gorro caído a sus pies: ridículo, apretujado, fuera de lugar. Sentí el nudo en la garganta, hirviente de rabia y tristeza. Se mordió el labio, echó la cabeza hacia atrás mirando el techo. No llores. No ahora…
Hace medio año se imaginaba otra vida. Cenas cálidas en familia. Conversaciones íntimas. Quizá una excursión juntos a la Sierra de Madrid. Javier hablaba con cariño de su hija: lista, talentosa, solo algo cerrada desde la muerte de su madre. Necesita tiempo, decía él. Ya verás como se le pasa. Pero el tiempo pasaba y a Paula no se le pasaba nada.
Desde el primer día, cuando Isabel cruzó la puerta de aquella casa ya no como invitada sino como esposa, la niña levantó un muro. Cada intento de acercamiento topaba con un silencio helado. ¿Ayuda con los deberes? Ya puedo sola. ¿Un paseo juntas? Estoy ocupada. ¿Un piropo por su peinado? Ella lo respondía con una mirada larga, desdeñosa, y silencio.
Yo tengo madre anunció Paula el segundo día de convivencia. Estábamos desayunando, Javier con prisas por llegar al trabajo.
Tuve y tendré. Tú aquí no eres nadie.
A Javier casi se le va el café por el otro lado. Balbuceó alguna excusa conciliadora. Isabel sonrió una mueca tensa y no dijo nada.
A partir de ahí, todo fue en picado.
Paula ya nunca gritaba delante de su padre. Era más refinada. Pasaba a su lado sin saludar. Contestaba entre dientes, con monosílabos. Salía de la habitación en cuanto Isabel entraba.
Papá antes era otro soltó Paula una noche en la mesa. Antes de ti era normal. Hablábamos. Ahora…
No terminó la frase. Se sumió en su plato. Javier palideció, Isabel dejó el tenedor; no le entraba nada.
Javier hacía equilibrios imposibles entre las dos. Por las noches entraba en la habitación de Isabel la que aún no sentía suya y suplicaba paciencia.
Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo.
Luego iba con Paula y le pedía que fuera más cariñosa.
Isabel es buena. Lo está intentando. Intenta aceptarla.
Isabel oía estas conversaciones desde el otro lado de la pared. La voz cansada de Javier. Las respuestas de Paula, breves, rabiosas.
El hombre se deshacía por dentro. Lo veía en el ceño fruncido, cada vez más marcado, en el salto nervioso que le daba el cuerpo cuando se encontraba en la misma habitación con ambas. En las ojeras que no se quitaba ni con café.
Pero nunca escogía bando. O no podía.
Isabel recogió el gorro del suelo y lo colgó. Cruzó al salón. Se quedó quieta, como otras tantas veces…
Fotografías. Decenas de marcos en la estantería, colgados en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia, de expresión dulce. La misma con una Paula pequeñísima en brazos. Con Javier, joven y sonriente, otro hombre. Fotos de la boda. Vacaciones. Cumpleaños. Lucía. La primera esposa. La esposa fallecida.
Sus cosas seguían allí, guardadas en los armarios: vestidos, jerséis, bufandas, todo doblado, salpicado de lavanda. Su maquillaje ocupando una estantería en el baño. Sus zapatillas rosas, peluditas, aguardando al lado de la puerta. Como si la dueña hubiera bajado a por churros y fuera a volver.
Mamá cocinaba esto mejor decía Paula durante la comida.
Mamá nunca hacía eso.
A mamá no le gustaría.
Cada comparación era un puñal. Isabel tragaba y sonreía, haciendo de tripas corazón. Y por la noche, desvelada, pensaba: ¿Cómo competir con un fantasma? Un recuerdo que, año tras año, se volvía más intocable y perfecto.
Javier seguía amando a Lucía. Isabel lo intuía desde hacía tiempo. La tristeza con la que miraba las fotos. Cómo se aislaba cuando Paula hablaba de su madre.
¿Para él, Isabel qué era? ¿Un parche? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer que pasaba por ahí en el momento justo?
Por las noches, mientras Javier dormía, Isabel miraba el techo, ese techo ajeno en una casa que nunca fue suya. Tenía claro, con una claridad cruel, que aquello no tenía futuro. Que Javier se casó sin enterrar el pasado. Que Paula jamás la aceptaría.
Y que ella, quizás, acababa de cometer el mayor error de su vida.
El pensamiento cobraba fuerza cada madrugada, entre las tres y las cuatro, cuando Isabel permanecía en vela escuchando la respiración acompasada de Javier. Él caía en el sueño vuelta a la pared, en minutos. Ella seguía allí, con el techo, las sombras que formaban las farolas y la foto de Lucía en la cómoda, que él nunca retiró.
Basta.
La decisión llegó, sorprendentemente, serena. Una certeza helada: esta batalla no se puede ganar. Nadie puede vencer al pasado. No hay lugar en una familia donde el recuerdo de una mujer es santo y eterno.
Isabel se sentó en la cama. Javier ni se inmutó.
Tres días después presentó los papeles. Sola, sin abogado, sin avisar. Se plantó en el Registro Civil, DNI y libro de familia, y con letra firme rellenó la solicitud y firmó. La funcionaria le miró con esa lástima profesional de quien ve muchas Isabales cada día.
Isa…
Javier vio los papeles al llegar a casa. Se quedó quieto en la cocina, papel en mano, lívido, confuso.
¿Esto qué significa?
Lo dice bien claro Isabel seguía fregando los platos. He pedido el divorcio.
¿Por qué? ¿Cómo? Ni lo hemos hablado…
¿Qué queda por hablar, Javier?
Apagó el grifo. Se secó las manos y lo miró de frente.
Estoy cansada de vivir en un museo. De ser siempre la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija decirme que no soy nada.
Paula solo es una niña, no entiende…
Paula lo entiende todo. Y tú también. Solo que no te atreves a admitirlo.
Javier se acercó y le puso las manos en los hombros, como si fuera de cristal.
Isa, hablemos. Lo arreglamos, me encargo de Paula, quito las fotos, empezamos de cero…
La amas.
No era pregunta. Isabel lo miró a los ojos y encontró la respuesta antes de que pudiera abrir la boca.
Sigues amando a Lucía. Yo para ti, ¿qué soy? ¿Suplente? ¿Compañera de piso? ¿La que te hace la cena y te lava la ropa?
No es verdad…
Entonces dime que no la quieres. Dímelo. ¿Lo ves?
Silencio.
Javier le soltó los hombros. De un paso atrás. La cara, gris y envejecida, treinta años de golpe.
Isabel asintió. No esperaba otra cosa.
Paula estaba en su cuarto, la puerta entornada ¿coincidencia? pero cuando Isabel pasó, la niña levantó la vista del móvil y esbozó una sonrisa apenas visible, de triunfo. Había ganado.
Las siguientes horas fueron un mecanismo automático. Armario. Perchas. Maleta. El vestido que Javier regaló en el aniversario, tres meses antes, una vida. El perfume que eligió probando frascos en el Sephora. El libro que empezaron juntos y nunca terminaron.
Isabel lo fue metiendo todo sin prisa, doblando cada prenda. Sin pensar. Sin sentir. Sólo empaquetar.
La tarde se hizo eterna. Sentada junto a las maletas, dos únicas maletas, todo lo que quedaba de lo que intentó llamar familia.
Isabel se fue a las ocho.
Pidió un Cabify la noche anterior. Bajó las maletas ella sola; el ascensor no hizo ni ruido. Las llaves quedaron sobre la cómoda del recibidor.
El conductor ayudó con el equipaje, y el coche se puso en marcha. Isabel ni miró atrás.
Madrid anochecía, vacío y extraño. Las farolas encendidas, algún viandante apresurado hacia el metro. Atrás quedaba un piso lleno de fantasmas y fotos. Javier con su amor sin cerrar. Paula, fiel a una madre idealizada.
Isabel miraba por la ventanilla y respiraba. Por primera vez en seis meses, respiraba.
La soledad asustaba. Pero más miedo le daba seguir viviendo en la sombra de un fantasma.
Empezaba de nuevo. Sin marido, sin familia, sin fantasías. Pero al menos sin la comparación eterna con quien sólo vivía en el recuerdo.
Hoy, al acabar este día, lo veo claro: no se puede construir nada sin enterrar lo anterior. El pasado pesa, y hasta que no lo sueltas, no hay hueco para nada nuevo.







