Sin enterrar el pasado —Ponte el gorro, que fuera hace diez grados bajo cero. Te vas a resfriar. María le tendió el gorro de lana —ese azul con borla, el que Valentina eligió el mes pasado en El Corte Inglés. —¡Tú no eres mi madre! ¿Está claro? El grito rompió el silencio del recibidor. Valentina lanzó el gorro al suelo con tal furia que parecía tóxico. —Valen, solo intento… —¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Nunca! La puerta pegó un portazo. Los cristales reclamaron temblorosos, y una ráfaga de aire frío barrió el piso madrileño desde el rellano de la escalera. María se quedó allí de pie. El gorro en el suelo, desmadejado, inútil. Las lágrimas asomaron en la garganta, calientes y rabiosas. Se mordió el labio, levantó la cabeza, con la vista perdida en el techo de estuco. No llorar. No ahora. Seis meses atrás, se imaginaba la vida de otra manera. Cenas familiares acogedoras. Charlas sinceras. Quizá alguna excursión alrededor de la sierra de Guadarrama. Sergio le hablaba de su hija con tanto cariño —inteligente, talentosa, sólo un poco encerrada tras perder a su madre— “Necesita tiempo”, decía él. “Se soltará”. Pero el tiempo pasó. Valentina no cambiaba. Desde el primer día que María cruzó el umbral de ese piso ya no como invitada, sino como esposa, la niña le plantó una muralla. Cualquier acercamiento se estrellaba contra un muro de hielo. Ofreces ayuda con los deberes: “Me apaño sola”. Propones dar un paseo: “No puedo”. Un cumplido sobre el flequillo nuevo: mirada larga y desdeñosa, sin respuesta. —Yo ya tengo madre —declaró Valentina al segundo día de convivir. Estaban desayunando, y Sergio apuraba el café antes de salir pitando al trabajo. —La tuve y la tendré. Tú aquí no pintas nada. Sergio se atragantó entonces. Musitó algo conciliador. María sonrió —una sonrisa tiesa, dolorida— y no dijo ni una palabra. Desde entonces, las cosas solo fueron a peor. Valentina ya no gritaba delante de su padre; era más sutil. Pasaba junto a María como si fuera invisible. Respondía entre dientes y nunca más de una palabra. Salía de la habitación en cuanto entraba su madrastra. —Papá antes era otro —comentó la niña un día, cenando—. Antes de ti, era normal. Nos hablábamos. Ahora… No terminó la frase. Bajó la vista al plato. Pero Sergio se quedó blanco, y María notó que el tenedor pesaba demasiado. Sergio saltaba entre ambas como un ciervo acorralado. Por las noches venía al dormitorio —su dormitorio, aunque nunca se sintió verdaderamente suyo— y le suplicaba paciencia a María. —Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo. Después iba a la habitación de Valentina a pedirle que fuera menos dura. —María es buena, hace lo que puede. Intenta aceptarla. María alcanzaba a oír aquellos diálogos a través de la pared. La voz de Sergio —cansada, al borde de quebrarse— y las respuestas de Valentina —breves, ásperas, hirientes. El hombre se consumía. Lo veías en la arruga entre las cejas, cada día más marcada. En el respingo cada vez que las dos coincidían en la misma estancia. En las ojeras, que se habían instalado bajo sus ojos. Pero escoger bando, no podía. O no quería. María recogió el gorro del suelo. Lo sacudió, lo colgó en el perchero. Entró al salón… y se quedó quieta en el umbral, igual que cada vez. Fotos. Decenas de fotografías enmarcadas: en las baldas, en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia de sonrisa suave. La misma mujer con Valentina de niña en brazos. Con Sergio —joven y feliz, irreconocible—. Fotos de boda, de vacaciones, de Navidad. Elena. La primera esposa. La difunta. Su ropa seguía en los armarios. Vestidos, jerséis y bufandas —bien doblados, perfumados con lavanda. Su maquillaje aguardaba en una baldita del baño. Sus zapatillas rosas y suaves, listas en la entrada. Como si su dueña hubiera bajado a por el pan y estuviera a punto de volver. —Mamá lo hacía mejor —observaba Valentina a la hora de comer. —Mamá jamás hacía eso. —A mamá no le gustaría. Cada comparación, un puñal. María sonreía, asentía, masticaba el enfado con la comida. Por las noches no dormía, pensando: ¿cómo se compite con un fantasma? Con una memoria idealizada de una mujer cada año más perfecta. Sergio seguía queriendo a Elena. María lo supo pronto. Miraba sus fotos con la melancolía apretada, el rostro se le transformaba cada vez que Valentina hablaba de su madre. ¿Para Sergio, qué era ella? ¿Un intento de avanzar? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer adecuada en el momento oportuno? Por las noches, cuando Sergio se dormía, María se quedaba mirando el techo —el techo de una casa ajena, donde ella era una inquilina prestada— y aceptaba, cruelmente lúcida, que el matrimonio hacía aguas. Sergio se había casado sin enterrar el pasado. Y Valentina nunca la aceptaría. Y entonces pensó, quizá por primera vez con toda claridad, que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Esa idea cristalizó en mitad de la noche, entre las tres y las cuatro, mientras escuchaba la respiración pareja de Sergio. Él dormía siempre sin problemas: se daba la vuelta y a los cinco minutos, caía rendido. Ella se quedaba varada junto al techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena en el sinfonier, que Sergio nunca quitó. Basta. La decisión vino de golpe, calmada. Una certeza fría: esa batalla no la iba a ganar. No se vence a los recuerdos. No puedes ocupar el sitio de una santa. María se sentó en la cama. Sergio no se movió. Tres días después presentó la solicitud. Sola, sin abogado ni avisos. Se plantó en el Registro Civil con su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario y firmó de mano firme. La funcionaria la miró con la compasión profesional de quien ve decenas como ella cada semana. —María… Sergio encontró los papeles por la noche. Se quedó clavado en la cocina, el folio en la mano, pálido y perdido. —¿Qué es esto? —Lo pone ahí. —María seguía fregando. —He pedido el divorcio. —¿Por qué? ¿Cómo? No lo hemos ni hablado… —¿Para qué, Sergio? Cerró el grifo. Se secó las manos, se giró. —Me he cansado de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija repetir que no soy nadie. —Valen solo es una niña, no entiende… —Valen entiende. Y tú también. El problema es que no quieres admitirlo. Sergio avanzó hacia ella. Le sujetó los hombros —con suavidad, como si fuera de porcelana. —María, por favor. Hablamos. Lo arreglo todo. Hablo con Valen, guardo las fotos, empezamos de cero… —Tú la quieres. No era pregunta, era certeza. María le sostuvo la mirada y vio la respuesta incluso antes de que intentara negarlo. —Aún quieres a Elena. ¿Y yo qué soy para ti? ¿Un reemplazo? ¿Una compañera? ¿La que hace la compra y plancha tus camisas? —Eso no es así… —Entonces dime que no la amas. Dilo. ¿A ver? Silencio. Sergio apartó las manos. Retrocedió un paso. El rostro —gris, desfondado— había envejecido diez años. María asintió. No esperaba otra cosa. Valentina estaba en su cuarto. La puerta entreabierta, tal vez a propósito. Cuando María pasó, la niña levantó la vista del móvil y sonrió. Muy levemente, apenas un gesto orgulloso. Había vencido. Las siguientes horas fueron un ritual mecánico. El armario. Las perchas. La maleta. El vestido que Sergio regaló por su aniversario —tres meses, toda una vida. El perfume que eligió en la perfumería del barrio, olisqueando probadores. El libro que no terminaron de leer. María hizo la maleta con cuidado, doblando bien cada prenda. Sin pensar. Sin recordar. Sólo recoger. La tarde fue eterna. María se sentó en la cama, junto a las dos maletas cerradas. Maletas: el saldo de su intento de hacer una familia. Se marchó a las ocho. Pidió un taxi con antelación, bajó sus maletas sola —el ascensor ni chirrió, ninguna puerta se abrió. Dejó las llaves en la mesa del recibidor. El conductor le ayudó con el equipaje; el coche arrancó. María no miró atrás. Madrid, al anochecer, era extraño y vacío. Farolas encendidas, pocos transeúntes corriendo al metro. Atrás quedaba el piso lleno de recuerdos. Sergio con su amor intacto; Valentina y su lealtad feroz. María miró por la ventanilla y respiró. Por primera vez en seis meses, libre. La soledad daba miedo. Pero más miedo daba vivir bajo la sombra de un fantasma. Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones. Pero al menos, sin la carga de medirse a la mujer perfecta —la que ya no vivía allí.

Ponte el abrigo, fuera hace un frío de mil demonios. Vas a pillar una pulmonía.

Isabel me tendió el gorro de lana, ese azul con borla que elegí yo misma en El Corte Inglés hacía un mes.

¡No eres mi madre! ¿Entendido?

El grito rebotó en las paredes del recibidor. Tiré el gorro al suelo con tanta rabia que parecía que tenía veneno.

Paula, solo…

¡Y nunca lo serás! ¿Oyes? ¡Nunca!

La puerta de la entrada se cerró de golpe. Las ventanas temblaron y una ráfaga de aire helado de la escalera se coló por la casa.

Isabel se quedó allí plantada. El gorro caído a sus pies: ridículo, apretujado, fuera de lugar. Sentí el nudo en la garganta, hirviente de rabia y tristeza. Se mordió el labio, echó la cabeza hacia atrás mirando el techo. No llores. No ahora…

Hace medio año se imaginaba otra vida. Cenas cálidas en familia. Conversaciones íntimas. Quizá una excursión juntos a la Sierra de Madrid. Javier hablaba con cariño de su hija: lista, talentosa, solo algo cerrada desde la muerte de su madre. Necesita tiempo, decía él. Ya verás como se le pasa. Pero el tiempo pasaba y a Paula no se le pasaba nada.

Desde el primer día, cuando Isabel cruzó la puerta de aquella casa ya no como invitada sino como esposa, la niña levantó un muro. Cada intento de acercamiento topaba con un silencio helado. ¿Ayuda con los deberes? Ya puedo sola. ¿Un paseo juntas? Estoy ocupada. ¿Un piropo por su peinado? Ella lo respondía con una mirada larga, desdeñosa, y silencio.

Yo tengo madre anunció Paula el segundo día de convivencia. Estábamos desayunando, Javier con prisas por llegar al trabajo.

Tuve y tendré. Tú aquí no eres nadie.

A Javier casi se le va el café por el otro lado. Balbuceó alguna excusa conciliadora. Isabel sonrió una mueca tensa y no dijo nada.

A partir de ahí, todo fue en picado.

Paula ya nunca gritaba delante de su padre. Era más refinada. Pasaba a su lado sin saludar. Contestaba entre dientes, con monosílabos. Salía de la habitación en cuanto Isabel entraba.

Papá antes era otro soltó Paula una noche en la mesa. Antes de ti era normal. Hablábamos. Ahora…

No terminó la frase. Se sumió en su plato. Javier palideció, Isabel dejó el tenedor; no le entraba nada.

Javier hacía equilibrios imposibles entre las dos. Por las noches entraba en la habitación de Isabel la que aún no sentía suya y suplicaba paciencia.

Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo.

Luego iba con Paula y le pedía que fuera más cariñosa.

Isabel es buena. Lo está intentando. Intenta aceptarla.

Isabel oía estas conversaciones desde el otro lado de la pared. La voz cansada de Javier. Las respuestas de Paula, breves, rabiosas.

El hombre se deshacía por dentro. Lo veía en el ceño fruncido, cada vez más marcado, en el salto nervioso que le daba el cuerpo cuando se encontraba en la misma habitación con ambas. En las ojeras que no se quitaba ni con café.

Pero nunca escogía bando. O no podía.

Isabel recogió el gorro del suelo y lo colgó. Cruzó al salón. Se quedó quieta, como otras tantas veces…

Fotografías. Decenas de marcos en la estantería, colgados en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia, de expresión dulce. La misma con una Paula pequeñísima en brazos. Con Javier, joven y sonriente, otro hombre. Fotos de la boda. Vacaciones. Cumpleaños. Lucía. La primera esposa. La esposa fallecida.

Sus cosas seguían allí, guardadas en los armarios: vestidos, jerséis, bufandas, todo doblado, salpicado de lavanda. Su maquillaje ocupando una estantería en el baño. Sus zapatillas rosas, peluditas, aguardando al lado de la puerta. Como si la dueña hubiera bajado a por churros y fuera a volver.

Mamá cocinaba esto mejor decía Paula durante la comida.
Mamá nunca hacía eso.
A mamá no le gustaría.

Cada comparación era un puñal. Isabel tragaba y sonreía, haciendo de tripas corazón. Y por la noche, desvelada, pensaba: ¿Cómo competir con un fantasma? Un recuerdo que, año tras año, se volvía más intocable y perfecto.

Javier seguía amando a Lucía. Isabel lo intuía desde hacía tiempo. La tristeza con la que miraba las fotos. Cómo se aislaba cuando Paula hablaba de su madre.

¿Para él, Isabel qué era? ¿Un parche? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer que pasaba por ahí en el momento justo?

Por las noches, mientras Javier dormía, Isabel miraba el techo, ese techo ajeno en una casa que nunca fue suya. Tenía claro, con una claridad cruel, que aquello no tenía futuro. Que Javier se casó sin enterrar el pasado. Que Paula jamás la aceptaría.

Y que ella, quizás, acababa de cometer el mayor error de su vida.

El pensamiento cobraba fuerza cada madrugada, entre las tres y las cuatro, cuando Isabel permanecía en vela escuchando la respiración acompasada de Javier. Él caía en el sueño vuelta a la pared, en minutos. Ella seguía allí, con el techo, las sombras que formaban las farolas y la foto de Lucía en la cómoda, que él nunca retiró.

Basta.

La decisión llegó, sorprendentemente, serena. Una certeza helada: esta batalla no se puede ganar. Nadie puede vencer al pasado. No hay lugar en una familia donde el recuerdo de una mujer es santo y eterno.

Isabel se sentó en la cama. Javier ni se inmutó.

Tres días después presentó los papeles. Sola, sin abogado, sin avisar. Se plantó en el Registro Civil, DNI y libro de familia, y con letra firme rellenó la solicitud y firmó. La funcionaria le miró con esa lástima profesional de quien ve muchas Isabales cada día.

Isa…

Javier vio los papeles al llegar a casa. Se quedó quieto en la cocina, papel en mano, lívido, confuso.

¿Esto qué significa?
Lo dice bien claro Isabel seguía fregando los platos. He pedido el divorcio.
¿Por qué? ¿Cómo? Ni lo hemos hablado…
¿Qué queda por hablar, Javier?

Apagó el grifo. Se secó las manos y lo miró de frente.

Estoy cansada de vivir en un museo. De ser siempre la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija decirme que no soy nada.
Paula solo es una niña, no entiende…
Paula lo entiende todo. Y tú también. Solo que no te atreves a admitirlo.

Javier se acercó y le puso las manos en los hombros, como si fuera de cristal.

Isa, hablemos. Lo arreglamos, me encargo de Paula, quito las fotos, empezamos de cero…
La amas.

No era pregunta. Isabel lo miró a los ojos y encontró la respuesta antes de que pudiera abrir la boca.

Sigues amando a Lucía. Yo para ti, ¿qué soy? ¿Suplente? ¿Compañera de piso? ¿La que te hace la cena y te lava la ropa?
No es verdad…
Entonces dime que no la quieres. Dímelo. ¿Lo ves?

Silencio.

Javier le soltó los hombros. De un paso atrás. La cara, gris y envejecida, treinta años de golpe.

Isabel asintió. No esperaba otra cosa.

Paula estaba en su cuarto, la puerta entornada ¿coincidencia? pero cuando Isabel pasó, la niña levantó la vista del móvil y esbozó una sonrisa apenas visible, de triunfo. Había ganado.

Las siguientes horas fueron un mecanismo automático. Armario. Perchas. Maleta. El vestido que Javier regaló en el aniversario, tres meses antes, una vida. El perfume que eligió probando frascos en el Sephora. El libro que empezaron juntos y nunca terminaron.

Isabel lo fue metiendo todo sin prisa, doblando cada prenda. Sin pensar. Sin sentir. Sólo empaquetar.

La tarde se hizo eterna. Sentada junto a las maletas, dos únicas maletas, todo lo que quedaba de lo que intentó llamar familia.

Isabel se fue a las ocho.

Pidió un Cabify la noche anterior. Bajó las maletas ella sola; el ascensor no hizo ni ruido. Las llaves quedaron sobre la cómoda del recibidor.

El conductor ayudó con el equipaje, y el coche se puso en marcha. Isabel ni miró atrás.

Madrid anochecía, vacío y extraño. Las farolas encendidas, algún viandante apresurado hacia el metro. Atrás quedaba un piso lleno de fantasmas y fotos. Javier con su amor sin cerrar. Paula, fiel a una madre idealizada.

Isabel miraba por la ventanilla y respiraba. Por primera vez en seis meses, respiraba.

La soledad asustaba. Pero más miedo le daba seguir viviendo en la sombra de un fantasma.

Empezaba de nuevo. Sin marido, sin familia, sin fantasías. Pero al menos sin la comparación eterna con quien sólo vivía en el recuerdo.

Hoy, al acabar este día, lo veo claro: no se puede construir nada sin enterrar lo anterior. El pasado pesa, y hasta que no lo sueltas, no hay hueco para nada nuevo.

Rate article
MagistrUm
Sin enterrar el pasado —Ponte el gorro, que fuera hace diez grados bajo cero. Te vas a resfriar. María le tendió el gorro de lana —ese azul con borla, el que Valentina eligió el mes pasado en El Corte Inglés. —¡Tú no eres mi madre! ¿Está claro? El grito rompió el silencio del recibidor. Valentina lanzó el gorro al suelo con tal furia que parecía tóxico. —Valen, solo intento… —¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Nunca! La puerta pegó un portazo. Los cristales reclamaron temblorosos, y una ráfaga de aire frío barrió el piso madrileño desde el rellano de la escalera. María se quedó allí de pie. El gorro en el suelo, desmadejado, inútil. Las lágrimas asomaron en la garganta, calientes y rabiosas. Se mordió el labio, levantó la cabeza, con la vista perdida en el techo de estuco. No llorar. No ahora. Seis meses atrás, se imaginaba la vida de otra manera. Cenas familiares acogedoras. Charlas sinceras. Quizá alguna excursión alrededor de la sierra de Guadarrama. Sergio le hablaba de su hija con tanto cariño —inteligente, talentosa, sólo un poco encerrada tras perder a su madre— “Necesita tiempo”, decía él. “Se soltará”. Pero el tiempo pasó. Valentina no cambiaba. Desde el primer día que María cruzó el umbral de ese piso ya no como invitada, sino como esposa, la niña le plantó una muralla. Cualquier acercamiento se estrellaba contra un muro de hielo. Ofreces ayuda con los deberes: “Me apaño sola”. Propones dar un paseo: “No puedo”. Un cumplido sobre el flequillo nuevo: mirada larga y desdeñosa, sin respuesta. —Yo ya tengo madre —declaró Valentina al segundo día de convivir. Estaban desayunando, y Sergio apuraba el café antes de salir pitando al trabajo. —La tuve y la tendré. Tú aquí no pintas nada. Sergio se atragantó entonces. Musitó algo conciliador. María sonrió —una sonrisa tiesa, dolorida— y no dijo ni una palabra. Desde entonces, las cosas solo fueron a peor. Valentina ya no gritaba delante de su padre; era más sutil. Pasaba junto a María como si fuera invisible. Respondía entre dientes y nunca más de una palabra. Salía de la habitación en cuanto entraba su madrastra. —Papá antes era otro —comentó la niña un día, cenando—. Antes de ti, era normal. Nos hablábamos. Ahora… No terminó la frase. Bajó la vista al plato. Pero Sergio se quedó blanco, y María notó que el tenedor pesaba demasiado. Sergio saltaba entre ambas como un ciervo acorralado. Por las noches venía al dormitorio —su dormitorio, aunque nunca se sintió verdaderamente suyo— y le suplicaba paciencia a María. —Es una cría, lo está pasando mal. Dale tiempo. Después iba a la habitación de Valentina a pedirle que fuera menos dura. —María es buena, hace lo que puede. Intenta aceptarla. María alcanzaba a oír aquellos diálogos a través de la pared. La voz de Sergio —cansada, al borde de quebrarse— y las respuestas de Valentina —breves, ásperas, hirientes. El hombre se consumía. Lo veías en la arruga entre las cejas, cada día más marcada. En el respingo cada vez que las dos coincidían en la misma estancia. En las ojeras, que se habían instalado bajo sus ojos. Pero escoger bando, no podía. O no quería. María recogió el gorro del suelo. Lo sacudió, lo colgó en el perchero. Entró al salón… y se quedó quieta en el umbral, igual que cada vez. Fotos. Decenas de fotografías enmarcadas: en las baldas, en la pared, en el alféizar. Una mujer rubia de sonrisa suave. La misma mujer con Valentina de niña en brazos. Con Sergio —joven y feliz, irreconocible—. Fotos de boda, de vacaciones, de Navidad. Elena. La primera esposa. La difunta. Su ropa seguía en los armarios. Vestidos, jerséis y bufandas —bien doblados, perfumados con lavanda. Su maquillaje aguardaba en una baldita del baño. Sus zapatillas rosas y suaves, listas en la entrada. Como si su dueña hubiera bajado a por el pan y estuviera a punto de volver. —Mamá lo hacía mejor —observaba Valentina a la hora de comer. —Mamá jamás hacía eso. —A mamá no le gustaría. Cada comparación, un puñal. María sonreía, asentía, masticaba el enfado con la comida. Por las noches no dormía, pensando: ¿cómo se compite con un fantasma? Con una memoria idealizada de una mujer cada año más perfecta. Sergio seguía queriendo a Elena. María lo supo pronto. Miraba sus fotos con la melancolía apretada, el rostro se le transformaba cada vez que Valentina hablaba de su madre. ¿Para Sergio, qué era ella? ¿Un intento de avanzar? ¿Un remedio contra la soledad? ¿O simplemente la mujer adecuada en el momento oportuno? Por las noches, cuando Sergio se dormía, María se quedaba mirando el techo —el techo de una casa ajena, donde ella era una inquilina prestada— y aceptaba, cruelmente lúcida, que el matrimonio hacía aguas. Sergio se había casado sin enterrar el pasado. Y Valentina nunca la aceptaría. Y entonces pensó, quizá por primera vez con toda claridad, que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Esa idea cristalizó en mitad de la noche, entre las tres y las cuatro, mientras escuchaba la respiración pareja de Sergio. Él dormía siempre sin problemas: se daba la vuelta y a los cinco minutos, caía rendido. Ella se quedaba varada junto al techo, las sombras de la calle, la fotografía de Elena en el sinfonier, que Sergio nunca quitó. Basta. La decisión vino de golpe, calmada. Una certeza fría: esa batalla no la iba a ganar. No se vence a los recuerdos. No puedes ocupar el sitio de una santa. María se sentó en la cama. Sergio no se movió. Tres días después presentó la solicitud. Sola, sin abogado ni avisos. Se plantó en el Registro Civil con su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario y firmó de mano firme. La funcionaria la miró con la compasión profesional de quien ve decenas como ella cada semana. —María… Sergio encontró los papeles por la noche. Se quedó clavado en la cocina, el folio en la mano, pálido y perdido. —¿Qué es esto? —Lo pone ahí. —María seguía fregando. —He pedido el divorcio. —¿Por qué? ¿Cómo? No lo hemos ni hablado… —¿Para qué, Sergio? Cerró el grifo. Se secó las manos, se giró. —Me he cansado de vivir en un museo. De ser la segunda. De ver cómo miras sus fotos. De escuchar a tu hija repetir que no soy nadie. —Valen solo es una niña, no entiende… —Valen entiende. Y tú también. El problema es que no quieres admitirlo. Sergio avanzó hacia ella. Le sujetó los hombros —con suavidad, como si fuera de porcelana. —María, por favor. Hablamos. Lo arreglo todo. Hablo con Valen, guardo las fotos, empezamos de cero… —Tú la quieres. No era pregunta, era certeza. María le sostuvo la mirada y vio la respuesta incluso antes de que intentara negarlo. —Aún quieres a Elena. ¿Y yo qué soy para ti? ¿Un reemplazo? ¿Una compañera? ¿La que hace la compra y plancha tus camisas? —Eso no es así… —Entonces dime que no la amas. Dilo. ¿A ver? Silencio. Sergio apartó las manos. Retrocedió un paso. El rostro —gris, desfondado— había envejecido diez años. María asintió. No esperaba otra cosa. Valentina estaba en su cuarto. La puerta entreabierta, tal vez a propósito. Cuando María pasó, la niña levantó la vista del móvil y sonrió. Muy levemente, apenas un gesto orgulloso. Había vencido. Las siguientes horas fueron un ritual mecánico. El armario. Las perchas. La maleta. El vestido que Sergio regaló por su aniversario —tres meses, toda una vida. El perfume que eligió en la perfumería del barrio, olisqueando probadores. El libro que no terminaron de leer. María hizo la maleta con cuidado, doblando bien cada prenda. Sin pensar. Sin recordar. Sólo recoger. La tarde fue eterna. María se sentó en la cama, junto a las dos maletas cerradas. Maletas: el saldo de su intento de hacer una familia. Se marchó a las ocho. Pidió un taxi con antelación, bajó sus maletas sola —el ascensor ni chirrió, ninguna puerta se abrió. Dejó las llaves en la mesa del recibidor. El conductor le ayudó con el equipaje; el coche arrancó. María no miró atrás. Madrid, al anochecer, era extraño y vacío. Farolas encendidas, pocos transeúntes corriendo al metro. Atrás quedaba el piso lleno de recuerdos. Sergio con su amor intacto; Valentina y su lealtad feroz. María miró por la ventanilla y respiró. Por primera vez en seis meses, libre. La soledad daba miedo. Pero más miedo daba vivir bajo la sombra de un fantasma. Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones. Pero al menos, sin la carga de medirse a la mujer perfecta —la que ya no vivía allí.