Cada uno a lo suyo
Mamá, no te imaginas cómo está el mercado ahora Javier repasaba nervioso un montón de impresos, los apilaba y desparramaba una y otra vez sobre la mesa de la cocina. Los precios suben cada semana. Si no damos ya la entrada, nos quitan este piso de las manos.
Asunción le acercó una taza de té que ya se había quedado fría y se sentó frente a él. En las hojas se veían planos, cifras, gráficos de pagos. Piso nuevo, tres habitaciones; una para cada nieto, Lucas y Martina, por fin sus propios cuartos.
¿Cuánto falta?
Ochocientos veinte mil euros Javier se frotó el puente de la nariz. Sé que es mucho, mamá. Pero Clara ya está agobiada, los niños crecen y seguimos en un alquiler cutre…
Asunción miraba a su hijo y veía al chiquillo que de pequeño le regalaba ramos de margaritas. Treinta y dos años, dos hijos, y esa arruga entre las cejas seguía allí, igual que cuando se preocupaba por no hacer los deberes de niño.
Tengo ahorros. Están en la cuenta.
Mamá, te lo devolveré. En cuanto se tranquilicen las cosas empiezo a ahorrar para devolvértelo.
Ella le cubrió la mano con la suya, endurecida por años de guisos y limpieza.
Javier, que es para tus hijos sonrió. ¿Cómo vamos a hablar de devolverlo? La familia va antes que cualquier dinero.
En la sucursal bancaria, Asunción rellenaba los formularios con la letra pulcra de treinta años de contabilidad. Ochocientos veinte mil euros; casi todo lo ahorrado en los últimos años. Para un imprevisto, por si acaso, para el nunca se sabe.
Javier la abrazó fuerte en la caja, sin preocuparse por la cola.
Eres la mejor madre del mundo, de verdad. No lo olvidaré.
Asunción le dio unos golpecitos en la espalda.
Vamos, Clara te estará esperando.
Los primeros meses tras la mudanza fueron un torbellino de idas y venidas por la ciudad. Asunción llegaba con bolsas del supermercado pollo, arroz, aceite, yogur de vainilla para los niños. Ayudaba a Clara a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de obra de las ventanas.
¡Lucas, cuidado con la herramienta! gritaba, mientras colgaba cortinas y le explicaba a su nuera cómo preparar lentejas al estilo de su abuela.
Clara asentía, móvil en mano. Javier venía al anochecer, agotado de trabajar, cenaba deprisa lo que su madre preparaba y desaparecía en el dormitorio.
Gracias, mamá le decía al vuelo. ¿Qué haríamos sin ti?
A los seis meses, el mismo número en la pantalla.
Mamá, estoy fatal este mes… La letra de la hipoteca coincide con la avería del coche. Nos faltan treinta y cinco mil euros.
Asunción hizo la transferencia sin preguntas. Los jóvenes pasan apuros, es normal. Adaptarse, gastos nuevos, niños, trabajo estresante. Ya se pondrán al día, pensó. O no. ¿Qué más da, tratándose de los suyos?
Los años pasaron volando, como agua entre los dedos. Lucas cumplió siete, y Asunción le regaló ese set de construcciones que llevaba meses pidiendo. Martina bailaba en su vestido nuevo, rosa, con brillo, igualito al que había visto en una película de princesas.
¡Abu, eres la mejor! Martina le rodeó el cuello, oliendo a colonia infantil y a chuches.
Cada fin de semana Asunción recogía a los nietos: los llevaba al teatro, al parque, a la pista de hielo. Compraba helados, juguetes, cuentos. Sus bolsillos siempre abultados de caramelos y toallitas húmedas.
Cinco años así, de entrega generosa. Dinero para la hipoteca mamá, este mes no llegamos, bajas para cuidar a los nietos mamá, imposible escaparnos del trabajo, la compra mamá, ya que vas tú
Cada vez oía menos gracias
Aquella mañana contemplaba las manchas de humedad en el techo de su cocina. Cercos de óxido se extendían por la escayola. Un escape de agua le había arruinado el piso y vivir allí era inviable.
Marcó el número de su hijo.
Javier, necesito ayuda con el arreglo. Me han inundado, y a saber cuándo cobro la indemnización
Mamá la interrumpió. Ahora mismo tengo otras prioridades, de verdad. Los niños tienen actividades, Clara está en cursos…
Solo te pido que me ayudes a buscar un albañil, o al menos…
Ahora no puedo, mamá, y además, son tonterías repitió Javier, como si no oyera. Ya hablaremos. Hablamos, ¿vale?
Tono de llamada
Asunción dejó el móvil sobre la mesa. En la pantalla, una foto de Nochevieja: ella, Lucas y Martina, todos sonriendo. Aquellos billetes que prestaba, aquellos domingos entregados a los nietos, aquel tiempo, amor, paciencia. Todo eso era antes. Ahora, otras prioridades.
Una gota le cayó en la mano. Fría.
Al día siguiente fue Clara la que llamó. Raro; suficiente para ponerla en guardia antes de que su nuera abriese la boca.
Asunción, Javier me ha contado lo del piso su tono era seco. Usted comprenderá que cada uno debe arreglárselas con sus propios problemas. Nosotros tiramos de nuestro piso, pagamos la hipoteca…
A Asunción le dieron ganas de reír. ¿Hipoteca? Aquella que ella amortizaba cada rato. La entrada, casi toda de su dinero.
Claro, Clara respondió tranquila. Cada uno a lo suyo.
Así quedamos. No queremos que Javier piense que se ha disgustado con usted. ¿No está molesta?
No. En absoluto.
Tono de llamada
Asunción dejó el móvil sobre la mesa y lo contempló largo rato, como si fuera un insecto raro. Luego fue a la ventana, pero volvió enseguida; fuera, nada la reconfortaba.
Las noches se alargaban, insomnes, el techo encogía el ánimo y los recuerdos la desvelaban. Asunción repasaba los cinco últimos años como quien pasa cuentas de rosario.
Aquello, lo había creado ella sola. Había criado a un hijo creyendo que su madre era un recurso inagotable.
A la mañana siguiente, llamó a una inmobiliaria.
Quiero poner en venta mi casa de la sierra, la finca con su terreno. Seiscientos metros, en la Sierra de Madrid, con luz.
La casita que había construido con su marido veinte años atrás. Los manzanos que plantó embarazada de Javier. El porche, tantas noches de verano.
Al mes, llegó un comprador. Asunción firmó sin permitirse pensar en lo que vendía. Cuando el dinero llegó, lo distribuyó: obras en casa, nuevo depósito, una pequeña reserva para imprevistos.
La cuadrilla inició la reforma la semana siguiente. Por primera vez en años invertía en ella misma: eligió azulejos, papel pintado, grifería. No pensaba en guardar por si acaso, ni en quién podría necesitar ayuda en la familia.
Javier no llamaba desde hacía semanas. Asunción también mantenía el silencio.
El primer timbrazo llegó cuando la obra ya había terminado. Cocina reluciente, ventanas sin corrientes, tuberías nuevas.
Mamá, ¿cómo es que no vienes últimamente? Martina te echa de menos.
He estado ocupada.
¿Con qué?
Con vivir, Javier. Con mi vida.
Fue una semana después. Llevó libros a sus nietos detallito, pero nada de derroche. Dos horas de charla sobre el tiempo, las notas de Lucas. Rechazó la cena.
Mamá, ¿puedes quedarte con los niños este sábado? Clara y yo
No puedo. Tengo planes.
Vio el asombro en el rostro de su hijo. No entendía. Todavía. El tiempo haría su trabajo: la hipoteca, sin ayuda de mamá, se comía el sueldo. Sin abuela gratis, nadie cuidaba de los niños.
Mientras, Asunción abrió una cuenta de ahorro a buen interés. Se compró un abrigo nuevo bonito, nada de rebajas. Se fue dos semanas a un balneario. Se apuntó a senderismo con el grupo del barrio.
Recordaba cómo los padres de Clara siempre habían puesto distancia: saludos en fiestas, visitas obligadas cada par de meses, ni un euro, ni una ayuda, ningún sacrificio. Y tampoco la hija les exigía nada.
Tal vez siempre habían tenido razón.
Las raras reuniones con los nietos se convirtieron en trámite. Asunción iba, regalaba libros, charlaba de clase y amigos, y se marchaba tras un rato. Ya no pasaba la noche, ni llevaba niños al parque.
Un día Lucas preguntó:
Abu, ¿por qué ya no nos llevas a la feria?
Ahora la abuela tiene sus propias cosas, campeón.
El niño no entendió. Pero Javier, que escuchaba desde la puerta, empezaba a comprender.
Asunción volvía a su piso recién arreglado, que olía a pintura y a muebles nuevos. Se servía buen té, se sentaba en el sillón que compró con el dinero de la finca vendida.
¿Culpa? A veces, de noche. Pero menos. Porque por fin había aprendido una lección sencilla: el amor no es sacrificio perpetuo. Y menos, cuando nadie lo ve ni lo agradece.
Eligió cuidarse. Por primera vez en treinta y dos años de maternidad. Por fin supo que elegir tu propio bienestar no es egoísmo, sino una necesidad vital.







