Mi marido mantiene una correspondencia muy animada con una antigua compañera.
A veces, me veo de pie en medio de la Gran Vía madrileña mientras las farolas centellean como luciérnagas traviesas, y pienso que soy inmensamente afortunada por tener a mi lado a mi marido. Para mí, es casi el hombre perfecto, una suerte que baila como un duende caótico en mis sueños. Pero, claro está, la perfección absoluta es un espejismo que se disuelve bajo el sol de Castilla.
Pablo, mi marido, tiene un pequeño defecto casi simpático: es extraordinariamente sociable, abierto y siempre muestra la simpatía de quien ha crecido en la plaza mayor de cualquier pueblo manchego. A veces, este rasgo es como una brisa fresca. Pero otras no puedo evitar preguntarme.
Pablo tiene amistad con mujeres. No guarda secretos conmigo, ni su correspondencia esconde dobleces, y, sin embargo, su relación epistolar con su excompañera sigue acompañándonos como una sombra que nunca duerme. Laura, así se llama ella, se casó hace años y se marchó con su marido a otra tierra dicen que a algún rincón lejano de Europa, donde los días huelen a lluvia y nostalgia, pero su nombre no ha desaparecido de nuestra vida, ni de nuestra casa. Parece que vive entre nuestras sombras, como una melodía que nunca termina.
Cuando a Pablo le sucede algo insólito en la oficina o en sus viajes por Sevilla o Valencia, inmediatamente lo comparten dos mujeres: yo y esa amiga de antaño. Si debe tomar una decisión importante, la consulta con ambas. Todo lo que debería quedarse entre nosotros dos acaba flotando entre las palabras escritas con Laura. A veces hablan de cosas tan privadas que el viento de la noche parece traérmelas hasta la almohada silenciosa donde intento dormir.
No exagero si vuelvo a decir que Pablo es un marido magnífico. En casa, repartimos las tareas a partes iguales, como si fuéramos miembros de una antigua cofradía. Además, gana bien la vida los euros llegan puntualmente cada mes; disfrutamos juntos de paseos por el Retiro, cenas en tabernas con ruidos de cubiertos y risas, vamos al cine y al teatro. Yo debería estar tranquila, debería. Pero hay algo que no logro comprender: ¿por qué necesita él la compañía de otra mujer?
Quizá mis celos resulten absurdos, ingenuos como el canto de una cigarra en verano, pero han empezado a crecer en mi interior. No siento lo mismo por ninguna de las otras compañeras con las que trabaja Pablo. No me afecta. Solamente con Laura, esa figura etérea de letras y recuerdos.
No puedo entender qué le falta a Pablo. ¿Para qué necesita esa amistad que nos sobrevuela como una nube extraña?







