Oye, tío, te cuento la historia de Rojito, el gatito que vivió tres inviernos en la calle de Lavapiés, Madrid, y que acabó con una muerte digna bajo la ventana de su amor.
Nació en una casa normal junto a su madre, una gata muy confiada que dejaba que los humanos la acariciaran. Todo cambió cuando los dueños, Carmen y su marido, murieron en un accidente. Su hijo, Roberto, que odiaba a los gatos y tenía un perro guardián de mirada fiera, decidió echar a los incómodos del tejado. Sin pensárselo mucho, sacó a toda la familia felina a la calle.
El primer invierno se lo llevó la hambre, la helada y los perros; sólo quedó Rojito, de pelaje rojizo. Lo encontró Paco, el conserje del edificio, aunque encontró es quedarnos con la palabra; él solo vio un bulto peludo, lo apartó de su madre, lo metió al trastero y lo dejó al calor de los radiadores. Allí le dio de comer cada día y Rojito sobrevivió.
Sin nombre, el gatito aprendió a escabullirse por la ventana rota del trastero, a evitar a los perros, a rebuscar en la basura y a engañar al hambre. El segundo invierno llegó solo; el viejo Paco fue despedido por una borrachera y le pusieron a un nuevo encargado, más estricto, que ya no le tiraba comida pero tampoco le cerró la puerta del trastero. Rojito volvió a pasar el frío allí, pero se hizo más combativo, aprendió a defenderse por comida y por vida.
El tercer invierno fue el más cruel. Todas las ventanas del trastero estaban tapadas con cristal y no había dónde refugiarse de las noches heladas. Tuvo que buscar otro escondite. Descubrió un agujero en el patio, una vieja zanja donde corría una tubería de calefacción. La zona estaba oculta entre arbustos y nadie la conocía. Rojito acumuló retazos de tela y ropa vieja para hacer un nido. Sobre él había balcones, la nieve caía menos, pero el vapor de la tubería derretía la nieve y el frío se colaba hasta los huesos.
Salió del invierno convertido en una sombra: huesos al descubierto, pelo deshilachado y mirada siempre alerta. En la calle, la vejez llega pronto, y ya lo consideraban un anciano. La comida se limitaba a sobras miserables.
Una mañana, alguien tapó la zanja antes de que llegara la primera lluvia de otoño. Rojito, como siempre, se acomodó sobre la tubería y vio la tierra recién removida. Allí, frente a una pequeña colina, comprendió que era su sentencia final: ese sitio ya no serviría para nada y estaba ocupado por otros gatos. Se acomodó en una húmeda pila de hojas caídas, temblando, pero siguió allí, sosteniéndose por un hilo. Y fue entonces cuando se enamoró.
Sí, tío, se enamoró de Luna, una gata preciosa que vivía en un piso del primer piso de la misma calle. Ella pasaba las tardes en el alféizar mirando la calle, y él, desde abajo, la observaba como si fuera la única luz en medio del invierno. Cada vez que ella bajaba al comedor a comer, Rojito tragaba saliva, no por celos, sino por un vacío animal que le llenaba el pecho.
Una noche se atrevió: trepó por un árbol, cruzó al amplio alero metálico bajo la ventana de Luna. Ese alero había servido antes para guardar provisiones en invierno y ahora estaba vacío. Desde entonces, se sentaba ahí, mirando a Luna a través del cristal, suspirando sin pedir nada.
Pensó que, si la muerte llegaba ese mismo invierno, la aceptaría allí, junto a su ventana. Se acurrucaría, la miraría y se iría sin miedo, con el calor de su amor acompañándolo. Se imaginaba a sí mismo, el flaco gatito rojizo, desapareciendo en un sueño tranquilo.
Un día, la dueña de Luna, Cayetana, lo vio y gritó asustada. Rojito corrió, volvió, y volvió otra vez. El propietario del piso, Juan, vio al gato y, en vez de echarlo, le acercó un trozo de carne, una salchicha, una croqueta. Rojito comía mientras Juan lo observaba. En un momento, el gato, tembloroso, levantó la pata, la apoyó contra el cristal y maulló. Luna miró primero al hombre, luego al gato, y su mirada quedó cargada de sorpresa.
Ya ves susurró Juan, ella no quiere otro gato. Yo le pedí que adoptara a un gatito, ella lo rechazó.
Rojito comprendió que su destino no era dentro de esas cuatro paredes; su sitio era fuera, entre la calle y el cristal.
Esa noche el frío era brutal. Rojito, empapado y helado, se dio cuenta de que ya no había razón para seguir. Decidió que su final sería allí, junto a la ventana de Luna, con una última mirada, un último maullido de cariño y una bendición de larga vida.
La nieve empezó a caer de golpe. Luna, desde su cálido alféizar, disfrutaba del espectáculo de los copos que se posaban sobre el pelaje del gato fuera, como si fuera una danza. No sabía que esa belleza la estaba matando, que el hielo del cristal era muerte para él.
Rojito, mientras tanto, se iba endureciendo. La salchicha que había comido hacía horas le daba un último resquicio de calor, que se fundía con su fuerza. El viento le quemaba la piel, el hielo se metía en sus huesos y apenas podía mantenerse erguido. Miraba a Luna, sabiendo que no podía durar mucho más.
Se preparó para el adiós como si fuera el evento más importante de su vida: quería irse con dignidad, darle a su amada una última mirada, decirle en su maullido algo bonito, desearle años de felicidad y calor, y luego desaparecer en un sueño del que no se vuelve.
La nieve cubría todo, y Luna seguía mirando, fascinada, los copos que caían sobre la espalda del gato. Sus ojos brillaban con el baile de la nieve, sin comprender que ese espectáculo la estaba matando.
De pronto, Juan, la mujer y la casa se convirtieron en un caos. Juan abrió la ventana, y el viento y la nieve entraron. La esposa, Ana, gritó: ¡Cierra eso ya!. Juan, sin oírla, buscó en el suelo un pequeño montón de nieve que había quedado atrapado. Lo tomó, lo llevó al baño, y empezó a lavar al gato congelado con agua tibia. Luna, temblorosa, se subió al borde y maulló con todas sus fuerzas.
Juan frotó al gato, intentó devolverle la vida, mientras Ana, paralizada, los observaba. De pronto, el gato abrió los ojos, y una voz le susurró al oído: ¿Por qué volverías allí? Ya estás en paz. Pero entonces escuchó la voz de Luna, la razón por la que había luchado.
Juan, con la cara roja de la emoción, gritó: ¡Hay comida!. Sacó al gato del baño y lo abrazó. Luna dio saltos de alegría, rodaba por el suelo y maullaba como nunca.
Al final, decidieron llamarlo Amado. Así, Amado vive ahora en el apartamento, con su pelaje brillante, su cola esponjosa y sus ojos tranquilos y agradecidos. Se sienta en el alféizar con Luna, mirando la calle. A veces sus recuerdos lo hacen suspirar, pero ella le acaricia el hombro y le dice: Ahora estás en casa, ahora eres nuestro.
Abajo, en la calle, siguen corriendo los gatos que no fueron admitidos, y todavía esperan sobrevivir a otro invierno.







