Mi esposo trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo. Me preguntáis cómo he llegado a este punto en mi vida y cómo pude aceptar una situación así, pero os responderé que todas las mujeres que aman están ciegas. Yo fui ciega. Toda mi vida he intentado y aprendido. Mi madre siempre me decía de pequeña que, si quería tener una buena vida, debía esforzarme mucho. También me decía que una mujer debía ser fuerte e independiente, para poder mantenerse por sí misma si fuese necesario. Parece que ese último consejo me jugó una mala pasada. Cuando salía con hombres, siempre mostraba mi independencia y a muy pocos les atraía salir conmigo. Por aquel entonces, la mayoría de los hombres querían una mujer frágil a la que cuidar y demostrar así su fortaleza y masculinidad. Yo me bastaba sola. Después me centré únicamente en el trabajo. Fui soltera hasta los 35 años, cuando conocí a David. Tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia. Es decir, nunca insistía en ayudarme con algo si yo decía que podía hacerlo sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras dulces y vacías que detestaba. A su lado era su pareja en igualdad de condiciones. Debería haber sospechado cuánto me costaría esa igualdad, que en realidad no era tan igual. Nos casamos y empezó a vivir en mi casa. David no tenía vivienda propia, vivía con su madre. Y yo no quería convivir con mi suegra. Ya había oído varias historias así y nada me agradaba. El primer mes David no me dio nada de su sueldo, diciendo que debía pagar una pequeña deuda por la operación de su madre. No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia, que salde la deuda y después trabajaremos juntos en todo. Pero pasaron siete meses y aún no la había pagado. Siempre decía que le pagaban poco, que le redujeron las horas o cualquier otra excusa. Todo el tiempo era yo quien pagaba la comida, el ocio y los gastos. Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para comprarnos una casita en el pueblo. Quizá para las vacaciones. Pero en cinco años nunca he visto el extracto de su cuenta. Somos familia. Después discutí con él. ¿Cómo puede ser que lleve cinco años manteniéndolo? No es normal. Se marchó a casa de su madre, así, sin más. Tres días después, incapaz de aguantar la situación, le pedí que volviera. Y otra vez la misma historia. No quiere contribuir con nada. Y yo estoy agotada. Me gustaría gastar en cosas de mujeres, pero no tengo ahorro – todo se va en la familia. ¿Qué hago? ¿Solicitar el divorcio? ¿Cambiará alguna vez él?

Mi marido trabaja, pero soy yo quien paga todo.

A veces me preguntan cómo llegué a esta situación y cómo pude aceptar algo así. Siempre respondo que todas las mujeres que aman están ciegas. Yo lo estuve. En mi vida, siempre me esforcé, tratando de aprender y mejorar. Mi madre, desde pequeña, me decía que si quería vivir bien, tenía que trabajar duro. También insistía en que una mujer debía ser fuerte e independiente, para poder mantenerse por sí misma si llegaba el caso.

Al parecer, ese último consejo acabó jugándome una mala pasada. Cuando salía con hombres, mostraba demasiada independencia, y pocos querían salir conmigo. En aquellos tiempos, muchos buscaban una mujer delicada, alguien a quien cuidar y mostrar su masculinidad. Yo era autosuficiente.

Más adelante, me centré sólo en el trabajo. No me casé hasta los 35 años, cuando conocí a Julio. Es de mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia. Nunca insistía en hacer algo por mí ni en ayudarme si yo decía que podía sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras dulces y vacías, que nunca soporté. A su lado, me sentía una igual. Debería haberme dado cuenta de cuánto iba a costarme esa supuesta igualdad, que en realidad no era igual.

Nos casamos y Julio se vino a vivir conmigo. Él no tenía piso propio, vivía con su madre en Valladolid. Yo no quería vivir con mi suegra. Ya conocía historias parecidas y ninguna me convencía. El primer mes, Julio no me dio ni un euro de su sueldo, diciendo que tenía que saldar una pequeña deuda de un préstamo que pidió para la operación de su madre.

No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia: que pague el préstamo y luego lo solucionamos juntos. Pero después de siete meses, seguía sin saldar la deuda. Siempre decía que le pagaban poco, que le habían reducido las horas o cualquier otra excusa. Todo ese tiempo, yo pagaba la comida, el ocio y los gastos del hogar. Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para comprarnos una casa en la sierra. Por ejemplo, para las vacaciones.

Pero en cinco años jamás vi un extracto bancario suyo. Somos familia. Luego discutí con él. ¿Cómo era posible que yo le mantuviera tanto tiempo? No era normal. Hizo las maletas y volvió con su madre. Así, sin más. Tres días después, incapaz de soportarlo, le traje de vuelta. Y otra vez, la misma historia. No quiere aportar ni un euro. Estoy agotada. Querría gastar dinero en mis caprichos de mujer, pero simplemente no tengo: todo lo destino a la familia. ¿Qué hago? ¿Me divorcio? ¿Cambiará algún día?

Al final he aprendido que amar, sí, pero nunca a costa de tu propia dignidad. La independencia que mi madre me enseñó debe seguir siendo parte de mí, pero nunca debe significar aceptar lo inaceptable.

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MagistrUm
Mi esposo trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo. Me preguntáis cómo he llegado a este punto en mi vida y cómo pude aceptar una situación así, pero os responderé que todas las mujeres que aman están ciegas. Yo fui ciega. Toda mi vida he intentado y aprendido. Mi madre siempre me decía de pequeña que, si quería tener una buena vida, debía esforzarme mucho. También me decía que una mujer debía ser fuerte e independiente, para poder mantenerse por sí misma si fuese necesario. Parece que ese último consejo me jugó una mala pasada. Cuando salía con hombres, siempre mostraba mi independencia y a muy pocos les atraía salir conmigo. Por aquel entonces, la mayoría de los hombres querían una mujer frágil a la que cuidar y demostrar así su fortaleza y masculinidad. Yo me bastaba sola. Después me centré únicamente en el trabajo. Fui soltera hasta los 35 años, cuando conocí a David. Tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia. Es decir, nunca insistía en ayudarme con algo si yo decía que podía hacerlo sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras dulces y vacías que detestaba. A su lado era su pareja en igualdad de condiciones. Debería haber sospechado cuánto me costaría esa igualdad, que en realidad no era tan igual. Nos casamos y empezó a vivir en mi casa. David no tenía vivienda propia, vivía con su madre. Y yo no quería convivir con mi suegra. Ya había oído varias historias así y nada me agradaba. El primer mes David no me dio nada de su sueldo, diciendo que debía pagar una pequeña deuda por la operación de su madre. No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia, que salde la deuda y después trabajaremos juntos en todo. Pero pasaron siete meses y aún no la había pagado. Siempre decía que le pagaban poco, que le redujeron las horas o cualquier otra excusa. Todo el tiempo era yo quien pagaba la comida, el ocio y los gastos. Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para comprarnos una casita en el pueblo. Quizá para las vacaciones. Pero en cinco años nunca he visto el extracto de su cuenta. Somos familia. Después discutí con él. ¿Cómo puede ser que lleve cinco años manteniéndolo? No es normal. Se marchó a casa de su madre, así, sin más. Tres días después, incapaz de aguantar la situación, le pedí que volviera. Y otra vez la misma historia. No quiere contribuir con nada. Y yo estoy agotada. Me gustaría gastar en cosas de mujeres, pero no tengo ahorro – todo se va en la familia. ¿Qué hago? ¿Solicitar el divorcio? ¿Cambiará alguna vez él?