La inesperada enfermedad de Doña Nadia Leónida dejó su vida en manos de su nieta Natalia: ninguna de sus hijas fue a verla mientras yacía en cama, y sólo Natalia la cuidó. Las hijas solo reaparecieron cerca de Pascua, como siempre en busca de los manjares rurales que su madre solía preparar. Pero esta vez, Doña Nadia las recibió en la verja con frialdad: —¿A qué habéis venido? —preguntó secamente. Su hija mayor, Svetlana, apenas salió del asombro: —¡Mamá, qué te pasa! —exclamó. —¡Nada, hijas, nada! Pero os lo aviso: he vendido toda la hacienda… —¿Cómo? ¿Y nosotras? —sin entender, preguntaron las hijas, incapaces de asimilar la noticia. La vida en Olénivka solía ser gris y monótona, hasta la llegada de Natalia, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, que revolucionó el ambiente, despertando envidias y suspiros, como en el cuento de la Cenicienta. Nadie quedó indiferente: desde los músicos del club, como don Pablo, hasta las ancianas del lugar. El destino de Natalia estuvo marcado por esfuerzos y sacrificios desde niña, creciendo entre animales y faenas bajo el ojo severo de su abuela. Pero su talento para el canto cambió su suerte: la joven conquistó corazones en concursos y escenarios rurales, sin jamás perder la nobleza ni el respeto hacia su abuela, incluso cuando esta enfermó y todos desaparecieron, menos Natalia. Las hijas de Doña Nadia, llegadas solo por interés, se encontraron con la amarga sorpresa: —¡Id al supermercado si os falta algo! Natalia no es vuestra criada y yo también merezco una vejez tranquila. Dejad a la niña estudiar y perseguir su sueño de artista, que ya bastante ha trabajado en esta casa. Años después, Natalia, convertida en cantante y docente, volvió a Olénivka con su hijo para visitar a Doña Nadia y agradecerle todo lo vivido: —Si no hubieras estado tú y don Pablo, nunca habría dejado de ser Cenicienta. Pero yo mi destino me lo gané con estas manos. Entre lágrimas y abrazos, abuela y nieta sellaron el perdón y el cariño que ninguna ausencia o reproche pudo quebrar, convencidas de que la familia y el amor verdadero pesan más que cualquier herencia.

Nadiega León no se lo esperaba: cayó enferma de improviso. Ninguna de sus hijas fue a visitarla mientras estaba postrada en la cama. Sólo su nieta Natalia la cuidó con esmero. Las hijas hicieron acto de presencia cuando se acercaba la Semana Santa. Venían, como siempre, por los manjares que la madre había preparado. Nadiega salió a la cancela para recibirlas.

¿A qué habéis venido? preguntó, fría como nunca.

La mayor, Sofía, quedó perpleja.

¡Madre! ¿Pero por qué hablas así? exclamó.

¡Nada, hija! Escuchad, queridas: todo el campo y los animales, lo he vendido ya

¿Cómo? ¿Y nosotras, qué? las hijas no entendían nada.

La vida en Villabrava era, por lo general, apagada y repetitiva. Por eso, cualquier evento que alterase la monotonía se convertía en un verdadero acontecimiento.

Pero la llegada de Natalia, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, fue un auténtico suceso.

Se rumoreaba que las mujeres más sensibles suspiraban solo con verla pasar.

¡Ay, Natalia! decían las vecinas. ¡Qué lista es! ¡Cómo ha deslumbrado a todas! ¡Que se mueran de envidia!

Y efectivamente, la flor y nata del pueblo la miraba con cierta envidia contenida cuando pasaba en su reluciente todoterreno por las callejas de Villabrava.

Todo el pueblo salía a las veredas para no perderse tal momento.

Los mayores se limpiaban las lágrimas con el pañuelo de la emoción.

Mira que, de verdad, parece esto un cuento de la Cenicienta

¡Estaba claro que así sería! Desde pequeña todo el mundo le llamaba Cenicienta.

Ahora Natalia tenía motivos de sobra para mirar con cierta indulgencia a los que antes se burlaban de ella.

Vio a Pablo, el músico del pueblo, y le saludó desde la ventanilla abierta.

¡Don Pablo, qué alegría verle! ¿Cómo está usted?

Todo bien, Natalia. Pásate por el centro social, que ensayamos esta tarde.

¡Claro que sí!

El coche brilló unos segundos antes de aparecerse entre las casas; la gente empezó a dispersarse. Pablo, satisfecho, comentó:

La chica es una campeona. Ha conseguido lo que quería. A ver si se contagia alguno de los médicos del pueblo.

La vieja Eloísa preguntó, suspicaz:

¿Y eso qué tiene que ver?

Ya verá, Eloísa, hoy la envidia va a dar guerra. ¡Hay quien no soporta ver alegría ajena! ¿No me entiende?

Eloísa le hizo una mueca, se santiguó varias veces, y se fue veloz a su casucha.

Pablo no se lo tomaba a mal; la vieja siempre hablaba sin malicia.

Se sentó ante la puerta del centro cultural, suspirando: la visita de Natalia le removía recuerdos de otro tiempo

Para la vida de Natalia, el viejo músico del pueblo fue la figura central. Así, en toda la extensión de la palabra.

De niña, perdió a su madre muy pronto. El padre había desaparecido aún antes.

Los parientes nunca quisieron saber nada y la muchacha acabó dos años en un orfanato.

Hasta que un día, a Nadiega le pudo la conciencia y se llevó a su nieta de Madrid a Villabrava.

Aquello fue alabado en el pueblo. Nadiega aún trabajaba; su jefa lo puso de ejemplo delante del personal.

¡Ojalá todas fueran como Nadiega León!

Claro que no faltaba quien veía intereses ocultos detrás.

Le dan una ayuda del Estado, claro, y la buena abuela quiere aprovecharse. ¿Quién cree en la bondad de esa mujer? ¡Si tiene más genio que nadie!

Tampoco tenía fama del todo limpia, Nadiega, como dependienta. Tenía la costumbre de engañar a los clientes cuando podía, y los demás lo callaban.

Era también famosa por sus continuas riñas con los vecinos.

A quienes trataba bien era sólo a sus hijas que vivían en Madrid, y a su hijo, que era médico en la capital de la provincia.

Los tres venían regularmente a casa para llenar la despensa.

En ese aspecto, Nadiega no tenía rival; de su huerta y gallinero se hablaba en todo el valle.

Criaba decenas de patos y gallinas; en el corral gruñían los cerditos, cada uno peleando el pienso con las cabras.

Atender tanta vida requería faena; Nadiega, aunque dura, iba notando los años. Nada de contratar a nadie, era caro; pensó que la nieta sería la solución.

Lo comentaba con Zoila, su gran amiga desde la escuela.

Me llevo a Natalia conmigo. ¿Para qué la quiero por los orfanatos? Además, la gente me critica; dicen que hago mal en dejarla ahí.

Zoila, que trabajaba para Nadiega en la tienda, asentía siempre.

Bien hecho, Nadieguina. ¡Está bien que se quede contigo! Es mayorcita, te ayudará en todo.

Pues sí, Zoila, tú me has dado la idea. Mientras yo estoy en la tienda, ella cuida la casa y los animales.

¿Y la escuela? ¡Qué envidia tus nietos tienen los míos! Entre libros y clases extraescolares están de la mañana a la noche.

Olvídate de tanta actividad Con que coma bajo mi techo, basta.

La pequeña Natalia era feliz. Cumplía cuanto le encargaba su abuela. Pronto la gente la bautizó la Cenicienta del pueblo.

Muchas mujeres criticaban a Nadiega por ello. Acabaron por decírselo a la cara.

¡Por Dios, Nadiega! Da lástima ver a esa chiquilla, ¡más flaca que un junco! ¿Cómo puedes?

Pero Nadiega cortaba de raíz:

No es asunto vuestro, mirad lo que hacéis en vuestras casas. ¡Mi nieta es voluntariosa! Acabará la escuela y se me irá a la universidad para ser veterinaria.

Todo el futuro de la muchacha lo tenía calculado.

Lo cierto es que algo cambió el rumbo. En el centro social, una mañana de verano, apareció una nueva directora.

Marina acababa de licenciarse en Bellas Artes en Valladolid, y venía a dirigir la Casa de la Cultura.

En cuanto llegó, empezó a buscar talentos ocultos. A Pablo no hacía falta buscarlo, él se presentó enseguida.

Doña Marina, si tuviera un instrumento en condiciones, le montaba aquí un grupo de música de los de antes. Íbamos animando el campo, ¿se acuerda?

La joven no tardó en invitarle a probar.

Pruebe, Pablo; el instrumento es viejo, pero aún suena.

Pablo tocó una melodía animada. Pronto armó un grupo con las cantantes del pueblo, pero le faltaba lo esencialuna solista.

Se lo comentó a Marina.

Sin solista, esto es como una paella sin arroz, ¿me entiende? ¿Dónde hay una joven con voz?

Marina lo pensó y sonrió de pronto:

¡Ya sé dónde buscarla! ¡Vamos! Coja el acordeón.

En la escuela local montaron un pequeño casting. Las niñas, expectantes, hacían cola, y la profesora, doña Asunción, animó a Natalia a probar suerte.

¡Venga, Natalia, no me líes, sé que cantas bien!

Casi llorando, contestó la niña:

¡Doña Asunción, no puedo! Mi abuela se enfadará si no voy a casa.

Lo prometo, yo hablaré con tu abuela. Haz como si sacaras el premio gordo en la lotería, mujer.

Los ojos de Natalia mostraban miedo y deseo.

Vale ¡Pero que sea rápido!

Natalia cantó todo su repertorio; solía hacerlo para los cerditos y las cabras, o a los pajarillos del campo mientras trabajaba.

Tenía canciones populares, modernas, flamenco, de todo un poco. Y lo ponía todo el alma.

Marina exclamó:

¡Un diamante en bruto! ¡Ha cantado como los ángeles!

Fue un éxito. Tras mucha charla con los maestros, Nadiega accedió a dejarle menos tareas. Temía, eso sí, que la nieta se subiera a la parra. Así se lo confesó a Zoila.

¿Y ahora qué? ¿Tengo que mantener a Natalia por gusto? Entre conciertos y concursos… ¿Y mi pensión de 600 euros?

Pero te dan la ayuda por ella, Nadieguina le recordaba Zoila.

¡Bah! Lo que dan no alcanza. ¡Y la ropa? Pensé que aprovecharía el verano currelando; vaya con la afición artística

Zoila suspiraba soñadora.

Tú te quejas, Nadiega, pero ¿y si la niña se hace famosa? ¡La verás en la tele! Fotos en ¡Hola!, reportajes

¿Y eso qué me da a mí? Yo necesito ayuda en la casa.

Zoila la miró como si de pronto viera a otra persona.

Dicen del cuento de la Cenicienta… ¡No te envenenes, mujer! ¡Mira qué cara trae al final de la jornada!

La amistad se enfrió mucho tras aquello, y Nadiega perdió a su fiel confidente.

El éxito de Natalia creció. Con el grupo actuó por toda la comarca, en fiestas, para agricultores y lecheras.

En el concurso provincial arrasó. Pero la fama no le cambió. Seguía tratando a su abuela con respeto y ternura, y cuando ésta enfermó, no se apartó de su lado ni un solo día.

Ninguna de las hijas fue a verla. Ellas sólo aparecían, como cada año, en Semana Santa.

De nuevo, para recoger chorizos, dulces y huevos frescos que la madre tenía listos.

Nadiega salió a esperarlas.

¿A qué venís? dijo con frialdad.

La mayor, Sofía, se quedó helada.

¿Qué dices, madre?

Nada. Todo vendido, chicas. Ya no tengo campo ni animales.

Pero ¿y nosotras? no daban crédito.

Pasad por el súper, y comprad lo que necesitéis. ¡Yo ya no puedo con tanta carga!

¿Y Natalia entonces?

Esta vez, Nadiega estalló.

¡Natalia no es criada vuestra ni tiene que trabajar para nadie! Cuando enfermé, no aparecisteis; sólo sabéis venir cuando os conviene. ¡Basta, se acabó! ¡A ver si por fin disfruto de mi vejez!

Y Natalia que estudie, que igual sí acaba de artista.

Las hermanas se marcharon con las manos vacías. Nadiega fue a ver a Zoila.

Gracias, amiga, por abrirme los ojos. Mira que estuve a punto de fastidiarle la vida a mi nieta. Ahora ayúdame tú a vender la carne.

¿Qué carne, mujer?

Toda, menos la cabra, que esa me la quedo yo.

¡Bien hecho! Aguanta ¿Y tus hijas?

Nada, que las he despachado. Solo saben pedir, no puedo contar con ellas

Pasaron años y Natalia no volvió a Villabrava. Pero llamaba a su abuela y le mandaba dinero. Sus giras por toda España y las clases que daba le absorbían el tiempo, hasta que pudo sacar una semana para reunirse de nuevo con los suyos.

En el asiento trasero sonó la voz adormilada de su hijo, Javier.

Mamá, ¿cuánto falta para llegar a casa de la abuela?

Hijo, ya hemos llegado. ¡Mira, ahí está la abuela esperándonos!

A pesar de los años, Nadiega se mantenía fuerte. Abrazó al bisnieto, lo cubrió de besos.

¡Mi niño! ¡Pensé que no vería yo este día!

Con Natalia fue más comedida, temiendo despeinarla.

Vi tu concierto en la tele, y te digo que eras la más guapa.

Natalia abrazó a la abuela.

Exageras, abuela. Soy muy normalita, y sólo canto un poco.

Nada de normal. ¡Eres toda una artista!

Si no fuera por ti y por el tío Pablo, nada de esto. Habría seguido siendo solo la Cenicienta

En el cuento hubo hada madrina y calabaza; pero tú, mi niña, te lo curraste tú solita

Natalia, un poco avergonzada, escondió las manos de tanto trabajar que tenía de joven, pero Nadiega lo notó.

Se recostó en su hombro. La abuela lloró, pidiendo perdón, pero su nieta hacía tiempo que había olvidado los agravios.

Para Natalia lo más importante era tener aún a aquella persona a la que cuidar, a la que seguir llamando familia.

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MagistrUm
La inesperada enfermedad de Doña Nadia Leónida dejó su vida en manos de su nieta Natalia: ninguna de sus hijas fue a verla mientras yacía en cama, y sólo Natalia la cuidó. Las hijas solo reaparecieron cerca de Pascua, como siempre en busca de los manjares rurales que su madre solía preparar. Pero esta vez, Doña Nadia las recibió en la verja con frialdad: —¿A qué habéis venido? —preguntó secamente. Su hija mayor, Svetlana, apenas salió del asombro: —¡Mamá, qué te pasa! —exclamó. —¡Nada, hijas, nada! Pero os lo aviso: he vendido toda la hacienda… —¿Cómo? ¿Y nosotras? —sin entender, preguntaron las hijas, incapaces de asimilar la noticia. La vida en Olénivka solía ser gris y monótona, hasta la llegada de Natalia, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, que revolucionó el ambiente, despertando envidias y suspiros, como en el cuento de la Cenicienta. Nadie quedó indiferente: desde los músicos del club, como don Pablo, hasta las ancianas del lugar. El destino de Natalia estuvo marcado por esfuerzos y sacrificios desde niña, creciendo entre animales y faenas bajo el ojo severo de su abuela. Pero su talento para el canto cambió su suerte: la joven conquistó corazones en concursos y escenarios rurales, sin jamás perder la nobleza ni el respeto hacia su abuela, incluso cuando esta enfermó y todos desaparecieron, menos Natalia. Las hijas de Doña Nadia, llegadas solo por interés, se encontraron con la amarga sorpresa: —¡Id al supermercado si os falta algo! Natalia no es vuestra criada y yo también merezco una vejez tranquila. Dejad a la niña estudiar y perseguir su sueño de artista, que ya bastante ha trabajado en esta casa. Años después, Natalia, convertida en cantante y docente, volvió a Olénivka con su hijo para visitar a Doña Nadia y agradecerle todo lo vivido: —Si no hubieras estado tú y don Pablo, nunca habría dejado de ser Cenicienta. Pero yo mi destino me lo gané con estas manos. Entre lágrimas y abrazos, abuela y nieta sellaron el perdón y el cariño que ninguna ausencia o reproche pudo quebrar, convencidas de que la familia y el amor verdadero pesan más que cualquier herencia.