Una noche sin forma, flotando entre las brumas suavemente doradas del verano madrileño, la madre de mi marido nos ofreció su ayuda para cuidar a los niños durante las largas horas estivales. Ahora, con su pensión y tiempo de sobra, parecía un sueño lejano, y aceptamos entre susurros desconectados. En la casa, sentíamos la presión de los días: ambos trabajamos, tres criaturas siempre bailando a nuestro alrededor, pero nunca había hueco real para unas vacaciones que olieran a mar. Normalmente, bailamos la coreografía de las bajas laborales entre resfriados infantiles, eventos escolares, y los azares de la vida. De vez en cuando, la fortuna permite un breve salto en coche hasta la sierra, pero no mucho más.
Durante los últimos tres años, la sombra de una hipoteca de veinte años nos acompaña como si fuera un animal dormido. Cansados de cambiar de piso; alquilados aquí y allá, un día decidimos que poseer una casa propia en las afueras de Alcalá de Henares era avanzar, aunque la cuota mensual pareciera el estribillo de una canción antigua y algo triste. Todo el verano seguimos trabajando, y la idea de salir de vacaciones se disuelve en el aire caluroso debido al peso del préstamo: cada mes, apenas quedan euros para más. Además, con los colegios cerrados, nadie podía quedarse con los niños salvo nosotros o, a veces, la abuela. Al menos, pensaba yo en ese sueño, bajo el techo familiar estarían protegidos del sol que lo funde todo en la meseta, a salvo entre las paredes donde late su infancia.
Por eso, la abuela una mujer de pelo cano y voz que a veces se alarga como una calle antigua repitió su oferta salvadora. Con la confianza blanda de los sueños, acordamos que sería así. Cuando los días se volvieron pegajosos y fuimos al piso de Villalba donde vive ella, llevábamos siempre bolsas de fruta, arroz largo y sobres de jamón serrano. Además, le dejábamos unos billetes doblados para que hubiera “caprichos” dulces en la despensa. Siempre decía que su paga no era gran cosa y que no usaría sus propios euros para atender a los nietos. No nos importaba; al final, era mucho menos que pagar a alguien externo, y la calma de todos se derramaba por las estancias con esa solución.
Pero de repente, entre el vapor onírico, el hermano de mi marido Él, con su nombre de zepelín deshinchado, y con tres hijos propios casi etéreos decidió que también sus pequeños acudirían a la abuela catalana. Los suyos, más revoltosos y pequeños, requerían manos constantes, apenas contenidas por la gravedad de las tardes de Castilla. Sin embargo, no trajo pan, ni yogures, ni euros, ni palabras; así que nuestros hijos y los suyos se alimentaban de la misma nevera y de nuestras monedas, que se deslizaban con pereza en el tiempo.
Este tipo de sentimiento es normal, me susurraban rostros flotantes. Más de una vez pedí a mi marido, en voz de humo, que hablara con su hermano. Él, sin embargo, nunca lo hacía; evitaba el conflicto como se evitan los charcos en las aceras irregulares. ¿Por qué, entonces, debo trabajar tan duro para que otros padres vivan en su mundo sin lluvias? ¿Cómo hablar con él sin despertar la tormenta? Entre escaleras que cambiaban de sitio y relojes sin agujas, la pregunta me recorría mientras buscaba la respuesta bajo el cielo de Madrid, en ese extraño sueño donde todo era posible y todo se repetía.







