Querido diario,
Han pasado ya cinco años desde que Julia se fue de mi vida, y ni siquiera sé si alguna vez le ha importado cómo sigo o qué ha sido de mí.
Julia y yo, Ignacio, convivimos durante más de cinco años en aquel piso modesto en Vallecas. Yo siempre fui un hombre sencillo, trabajaba de operario en una fábrica y mi sueldo apenas daba para cubrir los gastos; nunca llegué a tener una nómina abultada. Julia, en el fondo, siempre deseó una vida acomodada, con lujos y caprichos que yo nunca podía permitirme. No era raro que se le iluminara la mirada al conocer hombres con mucho más dinero y mejores contactos que yo.
Aquella tarde de abril la suerte le sonrió: un empresario adinerado, de esos que parece que nunca pisan el metro, se fijó en ella y le prometió el oro y el moro. Julia, seducida por sus palabras de terciopelo, se dejó llevar y me abandonó sin mirar atrás, deseando una vida de yates en la Costa del Sol y tardes de compras en la Milla de Oro madrileña.
Mi mundo se vino abajo. Me arrastré por ella, le supliqué que no me dejara, le prometí el cielo, la luna y el sol. Le juré que encontraría una mejor oportunidad, que trabajaría en dos sitios si era necesario, que jamás le faltaría de nada. Pero para Julia mis palabras cayeron en saco roto; tenía la cabeza llena de sueños de lujo y boutiques exclusivas de la Gran Vía. Yo jamás podría darle eso, y ella lo sabía.
Pasados cinco años, a sus treinta y dos, la fortuna de Julia se desmoronó: aquel hombre la desplazó en cuanto empezaron a rodearle mujeres más jóvenes y atractivas. Le soltó que era demasiado exigente y que sus peleas ya le aburrían. De repente Julia se vio sola, sin blanca, incapaz de encontrar trabajo en Madrid nunca se había manchado las manos y el esfuerzo no formaba parte de su vocabulario. Lo tuvo claro: volvería a mí. En su cabeza, mis promesas de amor eterno seguían siendo vigentes, y estaría esperándola con los brazos abiertos.
Recuerdo el día en que volvió. Llamó al timbre y, al abrir la puerta, fue recibida por una joven de ojos grandes que sostenía en brazos a una niña pequeña.
Cariño, te he dicho mil veces que no abras la puerta sola le dijo la mujer a la niña antes de girarse hacia Julia. ¿A quién buscas?
Julia se quedó muda, petrificada en el umbral.
Busco a Ignacio, ¿está en casa? dijo al fin, sin saber si entrar o dar media vuelta.
La desconocida llamó a mi nombre y volví desde la cocina.
Ignacio, hay alguien preguntando por ti. ¿Cómo te llamas? preguntó a Julia, mientras me miraba intrigada.
Cuando vi a Julia, sentí una extraña mezcla de sorpresa y lástima.
Julia susurré. Cariño, vuelve dentro; tengo que hablar a solas con ella.
Julia me miró con incredulidad.
¿Quién es ella? preguntó, observando cómo la mujer se alejaba con la pequeña.
Es mi esposa, Lucía. Y la niña en sus brazos es nuestra hija, Carmen le expliqué.
¿Cómo que te casaste? ¿Tienes una hija? ¿Pero tú no juraste que me amarías siempre? ¿Que nadie ocuparía mi lugar?
Han pasado muchos años, Julia. Al principio lo pasé fatal, pero al final entendí que la vida no se acaba porque alguien te abandona. Después conocí a Lucía y me ayudó a ser feliz; ella me dio una familia.
¿Y yo qué? me dijo, con la voz rota.
Julia, llevas cinco años sin dar señales de vida. Jamás te preocupaste por cómo estaba. Te fuiste tras los billetes, pensando que el dinero era todo. Nuestra vida quizás nunca fue de ricos, pero eso no te da derecho a marcharte así. Ahora vuelves, ¿y esperas que me haya quedado aquí esperando hasta hoy?
¡He sido una tonta! ¡Sigo enamorada de ti!
Julia, basta ya. No necesito que regreses ni quiero verte más. ¿Vienes porque tu amante te ha dejado y no tienes adónde ir? De verdad, no tengo fuerzas para esto. Por favor, vete.
Vi cómo Julia se alejaba llorando amargamente por el pasillo, pensando que ya nadie la necesitaba. Yo, al cerrar la puerta, sentí un peso menos en el pecho. Por fin pude dar gracias por haberla dejado atrás y dejar que la vida siguiera su curso.
Madrid, junio de 2024Esa noche, mientras cenábamos Lucía, Carmen y yo, un extraño sosiego llenó nuestro hogar. Carmen se reía torpemente con la sopa y Lucía me lanzó una mirada cómplice, de las que no necesitan palabras. Pensé en todo lo perdido y también en lo ganado; en la vida sencilla que una vez lamenté y que ahora agradecía de corazón.
Tomé consciencia de algo que Julia jamás supo ver: la felicidad no se compra ni se mendiga. Se cultiva, poco a poco, entre platos compartidos y risas pequeñas, entre manos enlazadas en la oscuridad de la noche y el calor de una familia que te espera en casa.
Quizá, en algún rincón de la ciudad, Julia vuelva a buscar su lugar. Yo, en cambio, por fin lo había encontradoy esta vez, no pensaba perderlo por nada del mundo.







