Tía, tienes que escuchar lo que le pasó a mi amiga Carmen el otro día, porque de estas cosas que pasan en las familias españolas me quedé flipando. Resulta que su madre le dio un anillo que pertenecía a su abuela Matilde. El anillo no era nada especial, ni tenía ese aire clásico que suelen tener las joyas antiguas de nuestras abuelas, sino que además era bastante feucho y enorme, vamos, que ni a Carmen ni a ninguna chica de aquí le habría gustado lucirlo.
Carmen pensó que, al fin y al cabo, el anillo era suyo, así que tenía derecho a hacer lo que quisiera con él. Se lo llevó a una joyería en Madrid y ahí, pagando un poco más, lo cambió por otro anillo moderno que realmente le gustaba y que sí se veía genial en su mano.
Feliz con su compra, llamó a su madre para contarle lo contenta que estaba y, madre mía, qué escenita le montó. Le empezó a echar la bronca: ¿Pero cómo se te ocurre hacer eso? ¿Has vendido el anillo de tu abuela sin consultarme? Ese anillo no era solo una joya, era un recuerdo de familia.
Carmen intentó explicarle que ahora el anillo era suyo y podía decidir lo que hacer con él, pero su madre estaba tan indignada que ni la escuchaba. Al final, terminaron la llamada bastante tensas. Al rato, la madre volvió a llamarla, pero Carmen, aún enfadada, no quiso contestar. Más tarde recibió un mensaje: resultó que el anillo no era un regalo como Carmen pensaba, sino que era para que lo guardara y lo cuidara, como si fuera un depósito. ¿Para qué quería entonces ese trasto? Menudo lío familiar. Es que no entiende por qué su madre actúa así O regalas algo o no lo regalas, ¿no? Sobre todo cuando la abuela Matilde sigue viva y las relaciones entre todas están bastante tensas.
Leí esta historia ayer en mi muro de Facebook y la verdad, me atrapó tanto que aquí estoy contándotela. Personalmente, yo nunca me desharía de una reliquia familiar así, aunque sea uno de esos anillos del montón sin encanto que nuestras abuelas guardan como si fueran tesoros. Al final, son parte de la historia familiar; da igual si el diseño es hortera, sigue teniendo valor sentimental. Nadie sabe qué joyas gustarán a la siguiente generación, aquí en España todo vuelve y lo que ahora nos parece pasado de moda, dentro de unos años puede ser lo más trending. Además, cuando falte la madre o la abuela, ese anillo será un recuerdo, una forma de sentirlas cerca.
Pero mira, Carmen lo cambió por uno contemporáneo. Que tampoco voy a entrar en la calidad del oro de ahora, pero incluso con las joyas viejas se puede hacer algo chulo: llevas el anillo al joyero del barrio y lo rehace a tu gusto, así mantienes la historia, la memoria y ni se queda olvidado en una caja ni se pierde el recuerdo. Así sigue estando presente en tu vida y en la de quienes vengan después.
O también puedes comprarte otro anillo, pero dejar el de la abuela tranquilo, sin tocarlo.
La verdad es que entiendo perfectamente el mosqueo de la madre. Si es que ni se le pasó por la cabeza que la hija no entendiera que el anillo era un símbolo, un recuerdo. Aunque sea un regalo, si encima es de la abuela, no es lo mismo que vender un jersey o regalar unos pendientes cualquiera.
Por otro lado, también entiendo a Carmen. Ella es de las que no se apegan a las cosas materiales, lo que quiere es aprovechar lo que tiene y no acumular reliquias por acumular. Aquí, en El Rastro, hay mil objetos familiares a los que nadie da importancia y acaban vendiéndose por dos duros. Tal vez lo mejor sea disfrutar del presente sin cargar con historias familiares que no te dicen nada. Si a Carmen no le importa la memoria, ¿deberíamos criticarla por ello? Quizá es cosa de su madre, que nunca le transmitió esas tradiciones y valores.
En fin, cosas de familias españolas, como siempre, ¡menuda novela!







