Vete y no regreses — Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desenganchó la pesada cadena de hierro, llevó a Berta hacia la verja y, abriendo de par en par la cancela, trató de empujarla al camino. Pero ella no entendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. Enseguida va a volver él y… En ese mismo instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, en el porche, apareció un Vasili borracho con un hacha en la mano. ***** Si la gente pudiera imaginarse, aunque fuera solo por un momento, cuán dura puede ser a veces la vida de los perros que terminan en la calle sin haberlo buscado, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Como mínimo, los mirarían con compasión y ternura, y no con desprecio y enfado, como tantas veces ocurre. Pero ¿cómo van a saber las personas qué pruebas tienen que soportar nuestros amigos de cuatro patas y todo lo que les toca pasar? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Tampoco pueden quejarse de su destino. Toda su pena se la guardan para ellos. Pero yo, si me lo permitís, voy a contaros una historia. Una historia de amor, de traición y de lealtad… Y empezaré mi relato contando que Berta dejó de ser necesaria ya desde muy pequeña. ¿Qué hizo para disgustar tanto a su primer dueño? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Quizás simplemente fue por haber nacido. Y él no encontró mejor solución que llevar a la cachorrita de apenas dos meses hasta las afueras del pueblo más cercano y… …dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla allí. Ni siquiera tuvo la decencia de llevarla hasta el pueblo, donde seguro alguien la habría recogido. En vez de eso, abandonó a la pequeña junto a la carretera y se marchó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada, todos a gran velocidad. Un paso en falso, y la perrita podría haber terminado bajo las ruedas. Quizá hasta eso esperaba su dueño. Y aunque no la atropellara nadie, sin comida ni agua no habría sobrevivido mucho tiempo. Era una cachorra. Pero aquel día Berta tuvo mucha suerte. Aquel día, el que aún no tenía nombre, se encontró con Miguel. Y gracias a él, sobrevivió. Fue aquel DÍA en el que el padre de Miguel le regaló una bicicleta de estreno por su cumpleaños, y el chico, que justo cumplía catorce años, salió corriendo a probar su «caballo de hierro». —No te alejes del pueblo —le gritó Antonia mientras su hijo se subía a la bici y, moviendo las piernas con entusiasmo, salía por la calle—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel, feliz—. ¡Ya verás que todo va a salir bien! Pero finalmente, Miguel terminó alejándose del pueblo. Las calles del pueblo nunca se arreglaban —baches grandes, imposible circular ni siquiera a pie, peor aún en bici— y hacia la carretera del pueblo a la ciudad habían asfaltado hacía un mes, así que Miguel quería disfrutar del aire fresco y pedalear un poco. Además, casi no pasaban coches, y los domingos la gente estaba en casa. Y así, ya casi en la carretera, Miguel estuvo a punto de dar la vuelta cuando vio a la orilla un pequeño cachorro, que iba de un lado a otro como loco. Corría hacia los coches y, en el último segundo, se apartaba. Era difícil de ver, daba miedo. «¿Qué le pasará? ¿Qué hace ahí?», pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bici en la hierba y fue caminando hacia la perrita. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —sonrió Miguel, cuando entró en casa—. La han abandonado en la carretera. ¿La podemos quedar? Es buenísima. —¿Miguel, saliste del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, fue solo hasta la carretera, para volver enseguida —dijo el chico con la mirada baja—. Pero mira, de algo ha servido. Si no la hubiera recogido, habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No piensas en ti, hijo? Podrías haber tenido un accidente. Es peligroso para un niño estar solo en la carretera, y menos en bici. —No lo volveré a hacer, lo prometo. ¿Me puedo quedar a la perrita? Yo cuido de ella. Y además… hoy es mi cumpleaños. —¿Cumpleaños, dice? —antonia negaba con la cabeza—. Y aún tenemos que reprenderte por no obedecer. Miguel abrazó al cachorro, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no le regañes tanto como a un niño pequeño —intervino el padre, algo alegre por el vino—. Hoy cumple catorce años, ¡ya es mayor! Y el cachorro es precioso, de raza. Nos cuidará la casa. Quédate con ella, hijo, no tengo ningún problema. —Pues si papá está de acuerdo, yo también —rió Antonia. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba realmente feliz de poder quedarse a la perrita. Ese mismo día le puso nombre: Berta. Al principio, creyó que era un macho, pero al conocerla mejor comprobó que era una señorita. Una buena perra, cariñosa y dulce. Con Miguel enseguida se generó una relación estrecha. Y, casi olvidando la bici, Miguel pasó los días enteros con su amiga peluda. Todo parecía ir bien: la cachorrita salvada, Miguel conseguía por fin la mascota soñada, sus padres felices de verle feliz… ¿Final feliz? Por desgracia, el mal llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, triste, cayó en el alcohol. Gastó todos los ahorros en beber. Las palabras de Antonia, llorando y suplicando, no servían de nada. Al contrario, solo lo irritaban. Hasta su propia mujer empezó a sacarle de quicio, y Basilio se volvió otro hombre. O, más bien, la bebida le convirtió en un ser frío, cruel y enfadado con el mundo. Empezó a golpear a su mujer por cualquier motivo, incluso sin motivo. No había picoteo en la nevera, se había estropeado el tejado, el tabaco y el vino subían de precio… todo culpa de Antonia. Inútil explicarle que él era el responsable. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Basilio a su mujer. Pero él era el único culpable. Nadie lo obligó a beber. Podía haber buscado otro trabajo, en la ciudad, de conductor, de repartidor, de lo que fuera. Su hijo pronto iría a la universidad, y para eso hacían falta ahorros. Pero Basilio no quería trabajar fuera, y en el pueblo, después de que cerrara la cooperativa, no quedaba trabajo, por lo menos, bien remunerado. —¡Toñi! ¡Toñi, ¿dónde me has escondido la botella?! —gritaba Basilio nada más despertar. Antonia hacía todo lo posible por frenar a su marido, pero siempre acababa mal. Cualquier palabra de más acababa en bronca. Y si escondía la botella, normalmente acababa en golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia tenía prohibido dejar que Miguel interviniera, para que el padre no le pegara también. Con esa mano tan dura, era mejor no tentar a la suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, le acariciaba la cabeza y miraba en silencio hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre mojadas y saladas. Le apoyaba como podía. Y también miraba la casa preocupada. Un día, Miguel también pagó los platos rotos. Su madre se había ido a comprar, y él jugaba en el patio con Berta cuando Basilio lo llamó, lo agarró fuerte y le dio varios bofetones. Miguel aguantó al principio, pero luego gritó de dolor e intentó escaparse. Pero su padre le agarraba como una mordaza. Entonces, Berta, normalmente tranquila y cariñosa, empezó a ladrarle a Basilio de forma feroz, tan fuerte que su padre se desconcertó. Miguel aprovechó y logró soltarse. Luego… …luego, al oír el «¡Te mato!» de su padre, entendió que iría a por algo pesado. No era seguro quedarse. —Vete, ¿me oyes? —susurró Miguel, llorando—. Vete, ¡y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, la empujó al camino. Y ella no lo entendía. ¿La echaban? ¿Por qué? ¡Si no había hecho nada! —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes permanecer aquí. Mi padre volverá y… En ese instante, la puerta se abrió de golpe y Basilio, borracho, apareció en el porche, con un hacha. —¡Miguel! —gritó con furia—. ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no… —respondió Miguel, asustado, reculando. En ese momento, estuvo a punto de huir junto a la perra, pero… … Miguel no podía dejar sola a su madre con aquel hombre. —¿Que no qué? —rugió Basilio, mirando a Miguel y a la perra que el chico protegía. —No le hagas daño, papá. Vete a dormir, que ni pareces una persona… —¡Ah, sí! ¿No hay que tocarla? ¿No debía haber abierto la boca contra mí? Yo la alimenté y ahora me ladra… Ahora me ocupo de ella y luego de ti, para que aprendas a respetar a tus mayores. Basilio bajó tambaleándose los escalones. —¡Tráela aquí! —No, Basilio, no… Por favor. ¡Es solo una perrita! La vas a matar —gritó Antonia, regresando con la compra. —No me vengas con historias. Esa chucha va a aprender, ¡yo soy el que manda! ¡Miguel, que te digo que la traigas! No había tiempo que perder. Así que Miguel se volvió, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico y, empujándola fuerte hacia el camino, gritó: —¡Vete! ¡Corre! Y perdónanos… Perdónanos, Berta, no quería esto. —¡Maldito chaval! —gritó Basilio, al darse cuenta de lo que hacía su hijo. Y Berta, tras mirar por última vez a Miguel, corrió hacia el bosque. Era el único sitio donde podía esconderse. «Y no regreses, Berta, ¡porque te matará!», le gritó Miguel. Lo que pasó después, Berta ya no lo vio. Solo esperaba que a su humano querido y a Antonia no les pasara nada malo. ***** Han pasado desde ese instante… …no, no un mes ni siquiera un año. Han pasado siete años enteros desde aquel momento. Siete largos años esperando un milagro. Berta esperaba y soñaba con que algún día podría reencontrarse con Miguel. Pero con los años perdió la esperanza. Miguel y Antonia ya no vivían en el pueblo. Regresó solo una vez, medio año después, cautelosamente hasta la verja. Empujó suavemente la puerta, que estaba entreabierta, y entró. Solo encontró la casa quemada, deshabitada. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio, a quien no quería ver. Volvió tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, Berta sentía que no les había pasado nada malo; seguramente simplemente se marcharon. Pero nunca supo cuándo ni adónde. Y entendió que probablemente Miguel y Antonia nunca regresarían. No les quedaba a dónde volver. Ya no tenía familia. Ni casa. Así pasó cerca de un año, o quizá más, recorriendo aldeas, sin establecerse en ningún sitio. Hasta que un día, un anciano la recogió en la carretera, cerca de su antiguo pueblo. Como un déjà vu… —¿Te has perdido? —rió el hombre de barba blanca—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Berta fue con él. No tenía alternativa. El anciano, aunque era aficionado a la bebida, resultó buena persona. La cuidaba, le daba comida, huesos, calditos. Gastaba en ella sin escatimar. Incluso la llevaba consigo al trabajo. Trabajaba de sereno, y también era cuidador. Del cementerio. Al principio, a Berta le daba miedo andar entre las tumbas, pero luego se acostumbró. A Nicolás Fernández también se acostumbró. Era buen hombre, solamente muy solo. Y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Basilio, no se volvía fiera, sino que suspiraba apesadumbrado y le contaba a Berta sus penas, cómo su mujer lo dejó, cómo su hija no le reconocía, por considerarlo un fracasado. Berta se acostaba a su lado, la nariz tocando su pierna, escuchando, sabiendo cuán importante es para muchos poder desahogarse. Y cuando Nicolás Fernández se callaba, ella recordaba aquellos felices días con Miguel y Antonia. A Basilio prefería no recordarlo nunca. Hasta que en uno de sus paseos por el cementerio, Berta se topó con su tumba. Al principio no quería creerlo —el hombre ya está enterrado, pero ella… siente su olor—. Ese olor, impregnado de odio y alcohol. —¿Qué pasa, que te has parado ahí? —le preguntó el viejo Nicolás, al ver a la perra junto a la tumba—. Veamos quién es… Basilio… Debe ser ese que murió en su propia casa por un incendio. Berta lo miró sorprendida. —Sí, era un personaje conocido. Su mujer y su hijo, por suerte, se fueron a la ciudad, pero él estaba siempre borracho y acabó ardiendo. Muerte tonta. Aunque la gente dice que trataba muy mal a su familia. Así que, justicia poética, si fue cierto. Pero bueno… —Nicolás Fernández se quedó pensativo—. De los muertos, mejor hablar bien o no hablar. Venga, vámonos. Que la tierra le sea ligera. Casi cinco años vivió Berta con el sereno del cementerio. Hasta que él también murió y ella volvió a quedarse sola. ¿A dónde ir? Ya no era una cachorra. Nadie la acogería ahora. Así que decidió quedarse en el cementerio. Allí encontraba algo de comida de vez en cuando. Allí iba a esperar a la muerte. No quería otro amo; a Nicolás no lo consideraba amo, más bien compañero de desgracia. Hasta que un día de otoño, al caer la primera nieve, ocurrió algo que jamás habría imaginado. Como de costumbre, Berta recorría el cementerio en busca de algo para comer y, de pronto, oyó voces. La gente rara vez visitaba el cementerio un fin de semana. Pero escuchó dos voces —una de hombre y una de mujer— cerca de la tumba de Basilio. Eso le pareció extraño, así que se acercó movida por la curiosidad. —Te lo dije, Oksana, venir a la tumba de mi padre era mala idea. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber de ese hombre después de todo lo que hizo, ¿y dices que tengo que perdonarlo…? ¿Perdonarle el acabar con la vida de mi madre? —Tienes que hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarle ir en paz. Así dejarás de tener pesadillas. Seguro que en cuanto lo hagas, todo mejorará. Al fin y al cabo, ese hombre, aunque fuera un tirano y un borracho, era tu padre. Y si sueñas tanto con él, es que no descansa. —¿Y eso cómo lo sabes tú? —Me lo decía mi abuela. Perdónale, y todo irá mejor, para ti y para él. —Bueno… puede que tengas razón. Miguel miró la tumba de su padre, frunció el ceño, suspiró y dijo: —Te perdono, papá. Por mí, por mamá y por Berta… Lástima que por tu culpa perdí a mi mejor amiga. Espero que ella esté bien. En ese momento, Berta estaba de pie, callada, detrás de Miguel. Y… no podía creerlo. ¡Era él! Su humano. Habían pasado muchos años. Él había crecido, madurado. Pero ella lo reconoció desde el primer instante. ¿La reconocería él? Miguel, como si sintiera una mirada en la espalda, se dio la vuelta y se quedó helado. —Miguel, ¿qué pasa? —preguntó Oksana—. Pareces haber visto un fantasma. —No es un fantasma… Es una perra… —Y qué, aquí hay muchas. ¿Te has asustado? —Creo… creo que la conozco… Espera, es que… Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se paró a cinco metros, dudando. Luego volvió a avanzar. Cada paso, menos duda. Berta movió la cola. También avanzó unos pasos. En un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, de rodillas, abrazó a su perra después de siete años, mientras Berta le ponía las patas en los hombros y le lamía las mejillas, la nariz y la barbilla. Se cumplió su mayor sueño. Por fin se reencontró con su humano, al que esperó durante tantos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta a casa. Y enseguida se hizo amiga de su novia. Empezaron a vivir los tres juntos. Luego fueron cuatro (un día Berta rescató a un gatito callejero y decidieron adoptarlo), y más adelante cinco: por fin, en el piso de dos habitaciones nació un niño llamado Nicolás. Y algún tiempo después, Miguel reconstruyó la casa del pueblo y cada año iban todos juntos a pasar las vacaciones. Y, a pesar de todas las heridas y pruebas que tuvieron que vivir Miguel y Berta, finalmente fueron felices.

Vete y no vuelvas

Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos. Vete, y no vuelvas jamás. Nunca.
Con manos temblorosas, el muchacho soltó la pesada cadena de hierro y, tirando de Gala hacia la verja, abrió de par en par el portillo e intentó empujarla hacia el camino.
Ella no comprendía lo que ocurría.
¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo
Te lo ruego, vete repitió Miguel abrazando a la perra. No puedes quedarte aquí. Él volverá y
En ese mismo instante se abrió de golpe la puerta de la casa, y en el umbral apareció Don Tomás, tambaleante y con un hacha en la mano.
*****
Si la gente pudiera imaginar siquiera por un momento lo duro que puede llegar a ser el destino de algunos perros, que sin culpa acaban en la calle, seguro que cambiarían su manera de mirarles. Al menos les mirarían con compasión, no con desprecio, como tan a menudo sucede en los pueblos. Pero ¿cómo podrían saber por todo lo que pasan nuestros amigos de cuatro patas? Nadie se lo cuenta

Los perros no pueden relatar sus desgracias.
Ni quejarse. Todo ese sufrimiento lo guardan dentro.
Pero quizá yo sí pueda contaros una historia. Una de lealtad, amor y traición
Y comienzo desde el principio: Gala, que así se llamó la perra, no fue querida desde muy pequeña.
Nadie supo nunca qué le hizo a su primer amo para que la despreciara tanto; tal vez solo por nacer.
A aquel hombre no se le ocurrió nada mejor que abandonar a la cachorra, con apenas dos meses, junto a una carretera entre los campos de Castilla.
Así, sin más.
Ni siquiera fue capaz de dejarla en el pueblo, donde quizás algún vecino la hubiese recogido.
Prefirió dejarla allí tirada, cerca del asfalto, y regresar tranquilo a Valladolid.
Por aquel camino pasaban coches, camiones y tractores sin parar.
Un paso en falso y la perrita podría haber sido atropellada.
Tal vez en eso confiaba el hombre.
Y aunque no hubiera quedado bajo las ruedas, sin comida ni agua tampoco habría sobrevivido muchos días. Era muy pequeña.

Pero aquel día, la fortuna quiso protegerla.
Ese mismo día, la encontró Miguel.
Aquello ocurrió porque a Miguel su padre le regaló, por su catorce cumpleaños, una flamante bicicleta nueva, y salió a probarla por los caminos.
No te pases de los límites del pueblo le gritó Carmen, su madre, cuando le vio montar, con la emoción pintada en el rostro, sobre las ruedas nuevas. ¿Has oído, hijo?
Sí, mamá contestó entusiasmado Miguel, alejándose. Todo irá bieeen.
Pero Miguel no hizo caso y cruzó los surcos del pueblo, donde las carreteras parecían un queso viejo. Ni siquiera para andar era fácil, y menos en bicicleta. Pero desde el pueblo, hacia la carretera que llevaba a la capital, habían puesto hacía poco un asfalto liso, y Miguel no resistió las ganas de ir «a toda pastilla».
Además, un domingo como aquel casi no circulaban coches.

Al llegar casi al cruce, justo cuando iba a girar, la vio: una diminuta cachorra, corriendo nerviosa de un lado a otro en la cuneta. A veces se arrimaba a los coches, a punto de echarse bajo sus ruedas, y en el último momento retrocedía.
«¿Qué le pasa a este animalito?», pensó Miguel, bajando de la bici y acercándose con cuidado.
*****
¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! exclamó sonriente Miguel al entrar en casa. Alguien la ha abandonado en la carretera. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima.
Miguel, ¿has pasado del pueblo? replicó Carmen, indignada. Te lo dije bien claro
Mamá, solo llegué hasta la carretera; no pasó nada Y si no la hubiera recogido, seguro habría muerto.
¿Y tú? suspiró la madre. ¿No pensaste en ti? Podrías haber acabado bajo un coche. No es sitio para niños solos en bicicleta.
No volveré a hacerlo, te lo juro. Pero, ¿qué hacemos con la perra? ¿Podemos quedarnosla? Te prometo que la cuido yo. Además, llevo soñando con un perro mucho tiempo y hoy es mi cumpleaños.
¡Tu cumpleaños! negó la cabeza Carmen. Y casi te llevas un castigo por desobediente
Miguel apretó con fuerza a la cachorra, temeroso de que se la quitaran.
Anda, Carmen, no le regañes más terció su padre, Pablo, sonriente con más de una copa en el cuerpo. Hoy cumple catorce ya, está hecho un mozo. Y no ha traído un perro cualquiera: se ve que es buena. Servirá para el patio. Déjasela, hija, no pasa nada.
Bueno, si tu padre está de acuerdo, yo también lo estoy cedió Carmen al ver la felicidad en los ojos de Miguel.
¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo!
Miguel estaba feliz: por fin tenía una amiga, un perro de verdad.
Y ese mismo día la llamó Gala.

Al principio Miguel pensó que era macho, pero pronto vio que era hembra. Una perra noble, cariñosa y tranquila. Desde el primer momento, entre Miguel y Gala nació un lazo especial.
Olvidó la nueva bicicleta, y pasaba el día jugando o paseando con su peluda amiga.
Nada parecía poder estropear tanta felicidad.
La perra rescatada de la muerte, Miguel con su soñado animal, y los padres contentos con la alegría de su hijo.
¿Fin del cuento? Por desgracia, no fue así.

Todo se torció medio año después.
Todo empezó cuando Tomás, el padre, perdió su trabajo como tractorista y se refugió en la bebida.
Se gastó todos los ahorros familiares en vino y cañas.
Ninguna súplica de Carmen, ninguna lágrima ni grito, lograban detenerle. Al contrario, su carácter se volvió cada vez más seco y violento.
La tomaba con su esposa por cualquier motivo: si no había chorizo en la nevera o si subía el precio del vino, la culpa era de Carmen. Era inútil razonar con él.
¿Yo? ¿La culpa la tengo yo? gritaba Tomás, cada vez más fuera de sí.
Él solo era responsable de su ruina.
Podía haber buscado otro empleo, aunque fuera de mozo de almacén en Valladolid, antes que destrozar su casa.
Pero Tomás no quería dejar la aldea, y tras arruinarse la cooperativa para la que trabajó más de veinte años, ya no había buen sueldo.
¡Carmen! ¿Dónde me has escondido la bota de vino? vociferaba Tomás por la mañana.
Carmen lo intentaba todo, pero sólo conseguía desatar su ira, y pronto llegaron los golpes y portazos.
Miguel tenía totalmente prohibido intervenir.
La mano de Tomás era pesada. Mejor no tentar al diablo.
En esos momentos, Miguel solía irse a buscar a Gala, acariciarla en silencio, mientras en casa seguían los gritos.
Gala, como entendiendo el sufrimiento de su pequeño amigo, le lamía las lágrimas de las mejillas, acompañándole con su mirada triste al interior de la casa.

Un día fue el propio Miguel quien sintió la rabia de su padre. Carmen salió a por pan, y él jugaba con Gala en el patio.
Tomás lo llamó, le agarró fuerte del brazo y le propinó un par de bofetones. Miguel aguantó al principio, pero al final gimió de dolor y trató de desasirse. Tomás tenía una fuerza feroz.
Justo entonces, Gala, siempre tan buena, ladró furiosa; tan fieramente que incluso Tomás se sobresaltó.
Miguel aprovechó el instante para zafarse.
Pero Tomás, fuera de sí, entró bamboleante en casa, con un «¡Te mato!», dispuesto a buscar algún objeto pesado. Miguel lo supo en ese momento: su padre iba a hacer una locura. ¿Qué hacer?

Vete, ¿me oyes? susurró Miguel con lágrimas. Vete, y no vuelvas nunca.
Con manos temblorosas, soltó la cadena, arrastró a Gala al portillo y la empujó hacia el camino.
Ella no lo comprendía.
¿La expulsaban? ¿De verdad?
Te lo ruego Musitó Miguel, dándole un abrazo apretado. No puedes quedarte. Mi padre volverá y
Justo entonces, Tomás salió de casa, apestando a vino y empuñando un hacha.
¡Miguel! rugió su voz ronca. ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido?
Papá, no lo hagas, por favor murmuró Miguel, retrocediendo.
En ese instante, habría huido junto a Gala, pero
No podía dejar sola a su madre con el monstruo.
¿Qué no haga el qué? espetó Tomás, con ojos turbios, mirando de reojo a su hijo y a la perra, protegida tras él.
No le hagas nada, papá. Vete a dormir. Ni pareces ya persona
¿Ah sí? ¿No le hago nada a esa? ¿No tenía que haberme ladrado? Después de todo lo que le di Ahora lo vais a ver los dos.
Tomás bajó un escalón, titubeó, pero logró sujetarse a la baranda. Descendió furioso.
¡Tráela aquí!
Tómas, no, te lo suplico… Es solo una cachorra, la vas a matar gritó Carmen, que llegaba del mercado cargada con pan y leche.
¡No me supliques, Carmen! ¡Este animal va a enterarse de quien manda aquí!
Miguel entendió que no podía esperar más.
Sin pensarlo, se giró hacia Gala, la miró a los ojos, besó su hocico negro y empujándola con fuerza gritó:
¡Vete! ¡Corre, Gala! ¡Perdónanos, perdónanos por todo!
¡Maldito crío! aulló Tomás, comprendiendo que Miguel pretendía salvar a la perra.
Y así, Gala, miró una última vez a su amigo y se echó a correr hacia la arboleda, donde podía esconderse.
«No regreses, Gala, ¡te matará!», le gritó Miguel.
Gala no miró atrás.
Solo esperaba, allá donde el bosque la llevó, que Carmen y Miguel sobrevivieran.
*****
Desde aquel día han pasado
no, no un mes, ni un año.
Siete largos años pasaron desde aquella despedida.
Siete inviernos esperando un milagro.
Gala mantenía la esperanza de reencontrarse con Miguel… pero los años fueron apagando esa luz. Porque Miguel y Carmen ya no estaban en el pueblo.
Regresó una vez, medio año después de huir. Con cautela llegó hasta el portillo, lo empujó con la pata y descubrió el solar: la casa calcinada, el patio vacío. Nadie.
Ni Miguel, ni Carmen, ni Tomás, a quien tampoco quería ver.
Volvió otras veces, tres o cuatro, sin encontrarlos nunca.
Pero no sentía que algo malo les hubiese ocurrido. Solo sabría que se habían marchado. ¿Adónde? Eso no lo supo nunca.
Pero sí comprendió que probablemente nunca volverían.
Ya no tenían casa. Ni ella tampoco. Ni familia ni hogar
Así pasó de aldea en aldea, sin quedarse nunca mucho tiempo. Hasta que la recogió un anciano junto a la carretera de aquel mismo pueblo.
Era como un deja vu.

¿Te has perdido, eh? le dijo el viejo de barba blanca y mirada triste. ¿Te vendrás conmigo?
Y Gala lo siguió, pues no tenía otra opción.
Era don Raimundo, al que acabó por coger cariño. Era hombre de vinos, sí, pero de buen corazón.
Le daba de comer caldo, migas, huesos dulces No escatimaba pesetas en ella.
Incluso la llevaba con él a su faena.
Trabajaba de sereno, y también de cuidador en el cementerio.
Al principio a Gala le asustaban las tumbas, pero acabó acostumbrándose.
A don Raimundo lo llegó a querer. Era un hombre bueno, pero muy solo, muy triste. Como ella.
Cuando bebía, no se volvía violento como Tomás; al contrario, suspiraba y le contaba sus penas a Gala: cómo su mujer lo abandonó, que su hija no le reconocía que era un fracasado.
Gala se tumbaba junto a él, colocando el hocico en su rodilla, escuchando con atención. Sabía que a veces solo hace falta que te escuchen.
Y en esos silencios, Gala recordaba los días felices junto a Carmen y Miguel. A Tomás intentaba olvidarlo para siempre.

Y fue cosas del destino, que en uno de sus paseos en el cementerio, Gala olió una tumba con un hedor que no olvidó. Era la tumba de Tomás, aunque al principio no podía creerlo. El olor era el mismo: vino, rabia.
¿Qué haces aquí quieta? preguntó don Raimundo. Veamos Tomás… ¿Será el que murió en su propia casa quemado? Sí, ese. Su mujer y su hijo se marcharon, pero él, solo y borracho, murió como uno que ya no tiene remedio. Dicen que era mal hombre. Bueno, bendita tierra.
Casi cinco años vivió Gala con el sereno del cementerio. Luego, cuando el viejo murió, Gala quedó otra vez sola.
¿A dónde ir? Ya no era una cachorra. Nadie la acogería.
Así que decidió quedarse en el cementerio. A veces encontraba algo de comer. Se quedó allí, en la soledad de las tumbas, porque ya no esperaba otro compañero: solo aquel primer amigo de la infancia, Miguel.
*****
Y entonces, cuando cayó la primera nieve, sucedió lo inesperado.
Gala, paseando en busca de algo que llevarse al hocico, oyó voces.
No era habitual que visitaran el cementerio en fin de semana, pero aquella vez, sí: una voz de hombre y otra femenina, junto a la tumba de Tomás.
A Gala le llamó la atención y se acercó, curiosa.
Te lo dije, Lucía, que era mala idea. No quiero saber nada de ese hombre, ni muerto ni vivo, con todo lo que hizo. ¿Por qué tengo que perdonarlo? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo?
Tienes que hacerlo, Miguel Perdonar y dejarlo ir. Solo así podrás dormir sin pesadillas… Dicen las abuelas que, si el difunto aparece en sueños, es porque sufre. Por duro que fuera, sigue siendo tu padre.
¿Y tú cómo lo sabes?
Es lo que decía mi abuela. Si le perdonas, te liberarás.
Quizá tengas razón
Miguel miró la lápida de Tomás, frunció el ceño, y después, con la voz serena, exclamó:
Te perdono, padre. Por mí, por mamá y por Gala… Solo me duele haber perdido a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que al menos ella esté bien.
Durante ese tiempo, Gala estuvo quieta tras Miguel, sin pestañear.
Era él, su amado compañero.
Habían pasado muchos años, él ya era un hombre, pero ella lo reconoció enseguida.
¿Y él la reconocería?
Miguel, sintiendo una presencia a sus espaldas, se giró bruscamente y se quedó paralizado.
¿Qué pasa, Miguel? preguntó Lucía, inquieta. Pareces haber visto un fantasma.
No es un fantasma, es un perro respondió pensativo. Pero siento que ya la conozco… Espera, ¡es…!
Miguel avanzó unos pasos hacia Gala.
Dudó, pero poco a poco las dudas se disiparon.
Gala movió levemente la cola.
Dudosa, también dio un par de pasos hacia él, y de pronto se lanzaron el uno al otro.
Lucía ni pudo reaccionar: Miguel, acuclillado, ya abrazaba a su perra, a Gala, mientras ella le lamía la cara, el cuello, las lágrimas.
Su sueño canino se había hecho realidad: volver a ver a su amigo, a quien esperó tantos años.
*****
Miguel se la llevó, por supuesto. Gala pronto se hizo amiga de la chica de Miguel. Empezaron a vivir juntos, tres primero, luego cuatro cuando Gala recogió un minúsculo gatito de la calle, que todos decidieron adoptar y por último, cinco, cuando nació el hijo de Miguel, al que llamaron Mateo.
Tras un tiempo, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo y, cada verano, regresaban todos juntos.
A pesar de tanto sufrimiento, Miguel y Gala fueron felices, acompañados por su nueva familia en aquellos parajes de Castilla.

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MagistrUm
Vete y no regreses — Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desenganchó la pesada cadena de hierro, llevó a Berta hacia la verja y, abriendo de par en par la cancela, trató de empujarla al camino. Pero ella no entendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. Enseguida va a volver él y… En ese mismo instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, en el porche, apareció un Vasili borracho con un hacha en la mano. ***** Si la gente pudiera imaginarse, aunque fuera solo por un momento, cuán dura puede ser a veces la vida de los perros que terminan en la calle sin haberlo buscado, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Como mínimo, los mirarían con compasión y ternura, y no con desprecio y enfado, como tantas veces ocurre. Pero ¿cómo van a saber las personas qué pruebas tienen que soportar nuestros amigos de cuatro patas y todo lo que les toca pasar? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Tampoco pueden quejarse de su destino. Toda su pena se la guardan para ellos. Pero yo, si me lo permitís, voy a contaros una historia. Una historia de amor, de traición y de lealtad… Y empezaré mi relato contando que Berta dejó de ser necesaria ya desde muy pequeña. ¿Qué hizo para disgustar tanto a su primer dueño? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Quizás simplemente fue por haber nacido. Y él no encontró mejor solución que llevar a la cachorrita de apenas dos meses hasta las afueras del pueblo más cercano y… …dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla allí. Ni siquiera tuvo la decencia de llevarla hasta el pueblo, donde seguro alguien la habría recogido. En vez de eso, abandonó a la pequeña junto a la carretera y se marchó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada, todos a gran velocidad. Un paso en falso, y la perrita podría haber terminado bajo las ruedas. Quizá hasta eso esperaba su dueño. Y aunque no la atropellara nadie, sin comida ni agua no habría sobrevivido mucho tiempo. Era una cachorra. Pero aquel día Berta tuvo mucha suerte. Aquel día, el que aún no tenía nombre, se encontró con Miguel. Y gracias a él, sobrevivió. Fue aquel DÍA en el que el padre de Miguel le regaló una bicicleta de estreno por su cumpleaños, y el chico, que justo cumplía catorce años, salió corriendo a probar su «caballo de hierro». —No te alejes del pueblo —le gritó Antonia mientras su hijo se subía a la bici y, moviendo las piernas con entusiasmo, salía por la calle—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel, feliz—. ¡Ya verás que todo va a salir bien! Pero finalmente, Miguel terminó alejándose del pueblo. Las calles del pueblo nunca se arreglaban —baches grandes, imposible circular ni siquiera a pie, peor aún en bici— y hacia la carretera del pueblo a la ciudad habían asfaltado hacía un mes, así que Miguel quería disfrutar del aire fresco y pedalear un poco. Además, casi no pasaban coches, y los domingos la gente estaba en casa. Y así, ya casi en la carretera, Miguel estuvo a punto de dar la vuelta cuando vio a la orilla un pequeño cachorro, que iba de un lado a otro como loco. Corría hacia los coches y, en el último segundo, se apartaba. Era difícil de ver, daba miedo. «¿Qué le pasará? ¿Qué hace ahí?», pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bici en la hierba y fue caminando hacia la perrita. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —sonrió Miguel, cuando entró en casa—. La han abandonado en la carretera. ¿La podemos quedar? Es buenísima. —¿Miguel, saliste del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, fue solo hasta la carretera, para volver enseguida —dijo el chico con la mirada baja—. Pero mira, de algo ha servido. Si no la hubiera recogido, habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No piensas en ti, hijo? Podrías haber tenido un accidente. Es peligroso para un niño estar solo en la carretera, y menos en bici. —No lo volveré a hacer, lo prometo. ¿Me puedo quedar a la perrita? Yo cuido de ella. Y además… hoy es mi cumpleaños. —¿Cumpleaños, dice? —antonia negaba con la cabeza—. Y aún tenemos que reprenderte por no obedecer. Miguel abrazó al cachorro, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no le regañes tanto como a un niño pequeño —intervino el padre, algo alegre por el vino—. Hoy cumple catorce años, ¡ya es mayor! Y el cachorro es precioso, de raza. Nos cuidará la casa. Quédate con ella, hijo, no tengo ningún problema. —Pues si papá está de acuerdo, yo también —rió Antonia. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba realmente feliz de poder quedarse a la perrita. Ese mismo día le puso nombre: Berta. Al principio, creyó que era un macho, pero al conocerla mejor comprobó que era una señorita. Una buena perra, cariñosa y dulce. Con Miguel enseguida se generó una relación estrecha. Y, casi olvidando la bici, Miguel pasó los días enteros con su amiga peluda. Todo parecía ir bien: la cachorrita salvada, Miguel conseguía por fin la mascota soñada, sus padres felices de verle feliz… ¿Final feliz? Por desgracia, el mal llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, triste, cayó en el alcohol. Gastó todos los ahorros en beber. Las palabras de Antonia, llorando y suplicando, no servían de nada. Al contrario, solo lo irritaban. Hasta su propia mujer empezó a sacarle de quicio, y Basilio se volvió otro hombre. O, más bien, la bebida le convirtió en un ser frío, cruel y enfadado con el mundo. Empezó a golpear a su mujer por cualquier motivo, incluso sin motivo. No había picoteo en la nevera, se había estropeado el tejado, el tabaco y el vino subían de precio… todo culpa de Antonia. Inútil explicarle que él era el responsable. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Basilio a su mujer. Pero él era el único culpable. Nadie lo obligó a beber. Podía haber buscado otro trabajo, en la ciudad, de conductor, de repartidor, de lo que fuera. Su hijo pronto iría a la universidad, y para eso hacían falta ahorros. Pero Basilio no quería trabajar fuera, y en el pueblo, después de que cerrara la cooperativa, no quedaba trabajo, por lo menos, bien remunerado. —¡Toñi! ¡Toñi, ¿dónde me has escondido la botella?! —gritaba Basilio nada más despertar. Antonia hacía todo lo posible por frenar a su marido, pero siempre acababa mal. Cualquier palabra de más acababa en bronca. Y si escondía la botella, normalmente acababa en golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia tenía prohibido dejar que Miguel interviniera, para que el padre no le pegara también. Con esa mano tan dura, era mejor no tentar a la suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, le acariciaba la cabeza y miraba en silencio hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre mojadas y saladas. Le apoyaba como podía. Y también miraba la casa preocupada. Un día, Miguel también pagó los platos rotos. Su madre se había ido a comprar, y él jugaba en el patio con Berta cuando Basilio lo llamó, lo agarró fuerte y le dio varios bofetones. Miguel aguantó al principio, pero luego gritó de dolor e intentó escaparse. Pero su padre le agarraba como una mordaza. Entonces, Berta, normalmente tranquila y cariñosa, empezó a ladrarle a Basilio de forma feroz, tan fuerte que su padre se desconcertó. Miguel aprovechó y logró soltarse. Luego… …luego, al oír el «¡Te mato!» de su padre, entendió que iría a por algo pesado. No era seguro quedarse. —Vete, ¿me oyes? —susurró Miguel, llorando—. Vete, ¡y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, la empujó al camino. Y ella no lo entendía. ¿La echaban? ¿Por qué? ¡Si no había hecho nada! —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes permanecer aquí. Mi padre volverá y… En ese instante, la puerta se abrió de golpe y Basilio, borracho, apareció en el porche, con un hacha. —¡Miguel! —gritó con furia—. ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no… —respondió Miguel, asustado, reculando. En ese momento, estuvo a punto de huir junto a la perra, pero… … Miguel no podía dejar sola a su madre con aquel hombre. —¿Que no qué? —rugió Basilio, mirando a Miguel y a la perra que el chico protegía. —No le hagas daño, papá. Vete a dormir, que ni pareces una persona… —¡Ah, sí! ¿No hay que tocarla? ¿No debía haber abierto la boca contra mí? Yo la alimenté y ahora me ladra… Ahora me ocupo de ella y luego de ti, para que aprendas a respetar a tus mayores. Basilio bajó tambaleándose los escalones. —¡Tráela aquí! —No, Basilio, no… Por favor. ¡Es solo una perrita! La vas a matar —gritó Antonia, regresando con la compra. —No me vengas con historias. Esa chucha va a aprender, ¡yo soy el que manda! ¡Miguel, que te digo que la traigas! No había tiempo que perder. Así que Miguel se volvió, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico y, empujándola fuerte hacia el camino, gritó: —¡Vete! ¡Corre! Y perdónanos… Perdónanos, Berta, no quería esto. —¡Maldito chaval! —gritó Basilio, al darse cuenta de lo que hacía su hijo. Y Berta, tras mirar por última vez a Miguel, corrió hacia el bosque. Era el único sitio donde podía esconderse. «Y no regreses, Berta, ¡porque te matará!», le gritó Miguel. Lo que pasó después, Berta ya no lo vio. Solo esperaba que a su humano querido y a Antonia no les pasara nada malo. ***** Han pasado desde ese instante… …no, no un mes ni siquiera un año. Han pasado siete años enteros desde aquel momento. Siete largos años esperando un milagro. Berta esperaba y soñaba con que algún día podría reencontrarse con Miguel. Pero con los años perdió la esperanza. Miguel y Antonia ya no vivían en el pueblo. Regresó solo una vez, medio año después, cautelosamente hasta la verja. Empujó suavemente la puerta, que estaba entreabierta, y entró. Solo encontró la casa quemada, deshabitada. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio, a quien no quería ver. Volvió tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, Berta sentía que no les había pasado nada malo; seguramente simplemente se marcharon. Pero nunca supo cuándo ni adónde. Y entendió que probablemente Miguel y Antonia nunca regresarían. No les quedaba a dónde volver. Ya no tenía familia. Ni casa. Así pasó cerca de un año, o quizá más, recorriendo aldeas, sin establecerse en ningún sitio. Hasta que un día, un anciano la recogió en la carretera, cerca de su antiguo pueblo. Como un déjà vu… —¿Te has perdido? —rió el hombre de barba blanca—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Berta fue con él. No tenía alternativa. El anciano, aunque era aficionado a la bebida, resultó buena persona. La cuidaba, le daba comida, huesos, calditos. Gastaba en ella sin escatimar. Incluso la llevaba consigo al trabajo. Trabajaba de sereno, y también era cuidador. Del cementerio. Al principio, a Berta le daba miedo andar entre las tumbas, pero luego se acostumbró. A Nicolás Fernández también se acostumbró. Era buen hombre, solamente muy solo. Y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Basilio, no se volvía fiera, sino que suspiraba apesadumbrado y le contaba a Berta sus penas, cómo su mujer lo dejó, cómo su hija no le reconocía, por considerarlo un fracasado. Berta se acostaba a su lado, la nariz tocando su pierna, escuchando, sabiendo cuán importante es para muchos poder desahogarse. Y cuando Nicolás Fernández se callaba, ella recordaba aquellos felices días con Miguel y Antonia. A Basilio prefería no recordarlo nunca. Hasta que en uno de sus paseos por el cementerio, Berta se topó con su tumba. Al principio no quería creerlo —el hombre ya está enterrado, pero ella… siente su olor—. Ese olor, impregnado de odio y alcohol. —¿Qué pasa, que te has parado ahí? —le preguntó el viejo Nicolás, al ver a la perra junto a la tumba—. Veamos quién es… Basilio… Debe ser ese que murió en su propia casa por un incendio. Berta lo miró sorprendida. —Sí, era un personaje conocido. Su mujer y su hijo, por suerte, se fueron a la ciudad, pero él estaba siempre borracho y acabó ardiendo. Muerte tonta. Aunque la gente dice que trataba muy mal a su familia. Así que, justicia poética, si fue cierto. Pero bueno… —Nicolás Fernández se quedó pensativo—. De los muertos, mejor hablar bien o no hablar. Venga, vámonos. Que la tierra le sea ligera. Casi cinco años vivió Berta con el sereno del cementerio. Hasta que él también murió y ella volvió a quedarse sola. ¿A dónde ir? Ya no era una cachorra. Nadie la acogería ahora. Así que decidió quedarse en el cementerio. Allí encontraba algo de comida de vez en cuando. Allí iba a esperar a la muerte. No quería otro amo; a Nicolás no lo consideraba amo, más bien compañero de desgracia. Hasta que un día de otoño, al caer la primera nieve, ocurrió algo que jamás habría imaginado. Como de costumbre, Berta recorría el cementerio en busca de algo para comer y, de pronto, oyó voces. La gente rara vez visitaba el cementerio un fin de semana. Pero escuchó dos voces —una de hombre y una de mujer— cerca de la tumba de Basilio. Eso le pareció extraño, así que se acercó movida por la curiosidad. —Te lo dije, Oksana, venir a la tumba de mi padre era mala idea. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber de ese hombre después de todo lo que hizo, ¿y dices que tengo que perdonarlo…? ¿Perdonarle el acabar con la vida de mi madre? —Tienes que hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarle ir en paz. Así dejarás de tener pesadillas. Seguro que en cuanto lo hagas, todo mejorará. Al fin y al cabo, ese hombre, aunque fuera un tirano y un borracho, era tu padre. Y si sueñas tanto con él, es que no descansa. —¿Y eso cómo lo sabes tú? —Me lo decía mi abuela. Perdónale, y todo irá mejor, para ti y para él. —Bueno… puede que tengas razón. Miguel miró la tumba de su padre, frunció el ceño, suspiró y dijo: —Te perdono, papá. Por mí, por mamá y por Berta… Lástima que por tu culpa perdí a mi mejor amiga. Espero que ella esté bien. En ese momento, Berta estaba de pie, callada, detrás de Miguel. Y… no podía creerlo. ¡Era él! Su humano. Habían pasado muchos años. Él había crecido, madurado. Pero ella lo reconoció desde el primer instante. ¿La reconocería él? Miguel, como si sintiera una mirada en la espalda, se dio la vuelta y se quedó helado. —Miguel, ¿qué pasa? —preguntó Oksana—. Pareces haber visto un fantasma. —No es un fantasma… Es una perra… —Y qué, aquí hay muchas. ¿Te has asustado? —Creo… creo que la conozco… Espera, es que… Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se paró a cinco metros, dudando. Luego volvió a avanzar. Cada paso, menos duda. Berta movió la cola. También avanzó unos pasos. En un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, de rodillas, abrazó a su perra después de siete años, mientras Berta le ponía las patas en los hombros y le lamía las mejillas, la nariz y la barbilla. Se cumplió su mayor sueño. Por fin se reencontró con su humano, al que esperó durante tantos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta a casa. Y enseguida se hizo amiga de su novia. Empezaron a vivir los tres juntos. Luego fueron cuatro (un día Berta rescató a un gatito callejero y decidieron adoptarlo), y más adelante cinco: por fin, en el piso de dos habitaciones nació un niño llamado Nicolás. Y algún tiempo después, Miguel reconstruyó la casa del pueblo y cada año iban todos juntos a pasar las vacaciones. Y, a pesar de todas las heridas y pruebas que tuvieron que vivir Miguel y Berta, finalmente fueron felices.