¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo bien cuando vivía en Madrid, hace ya tantos años, junto a Julián, mi pareja, que siempre fue cinco años mayor que yo. Julián ya había estado casado antes y tenía dos hijos que vivían con su exmujer, Rosalía, que por aquel entonces no trabajaba y dependía mucho de él, tanto en lo económico como en lo cotidiano.
Yo, en cambio, nunca había estado casada ni tenía hijos, algo que algunas amigas me decían no me permitía comprender del todo lo que era tener una familia propia. Pero claro que lo entendía, lo que no consideraba normal era compartir la vida con un hombre mientras él seguía atado continuamente a otra mujer.
La exesposa de Julián, Rosalía, parecía no querer soltarlo. A diario le llamaba con cualquier excusa, siempre ocurría algo: un problema con los niños, una avería en la casa, un trámite pendiente. Julián, pobre, acudía allí tras su jornada laboral y regresaba a nuestro hogar apenas entrada la noche. Ni en Navidad podíamos estar tranquilos y solos, pues invariablemente sonaba el teléfono y él salía de nuevo a resolver asuntos que, para mí, no parecían tan urgentes.
Lo curioso es que Rosalía tenía una familia grande ahí mismo en Chamberí, amigas que la rodeaban, vecinos dispuestos a echar una mano, pero, aun así, solo llamaba a Julián. Yo lo veía claro: lo quería recuperar y a mí me estaba minando la paciencia. ¿Cómo actuar ante aquello? ¿Debía dejarle? ¿Servía de algo hablar con él? Las veces que intenté diálogo, salían las mismas palabras y excusas de siempre, pero nunca ninguna solución concreta. Así, entre dudas y desvelos, pasaron aquellos años en los que aprendí que en la vida hay historias que se repiten, como las viejas canciones de la radio, llevándose consigo la tranquilidad y, a veces, la esperanza del futuro.







