—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—murmuró Valera, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Febrero estaba siendo especialmente cruel aquel año: nieve mezclada con lluvia y un viento que cortaba hasta los huesos. Pelirrojo—un chucho callejero de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego—había aparecido en su vida un año atrás. Valera volvía entonces de su turno de noche en la fábrica y lo encontró rondando los contenedores: malherido, hambriento, con el ojo cubierto por una nube. Una voz le crispó los nervios. Valera reconoció al que hablaba: era el Tuerto Sergio, el típico macarra del barrio de unos veinticinco años. A su lado se amontonaban tres chavales—su «banda». —Paseando, —contestó Valera sin levantar la mirada. —¿Y tú, colega, pagas impuestos por sacar a pasear a ese bicho?—se rió uno de los chicos —¡Mira qué feo es, con ese ojo torcido! Una piedra voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de su dueño. —Lárgate—dijo Valera en voz baja, pero con dureza en el tono. —¡Uuuuh! ¡Don Manitas se ha puesto gallito! —Sergio se acercó—. ¡No olvides quién manda aquí! Si quieres que tu bicho siga vivo, pasea solo con mi permiso. Valera se tensó. En el Ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin titubear, pero de eso hacía treinta años. Ahora sólo era un chapuzas jubilado que no quería líos. —Vamos, Pelirrojo—se giró hacia casa. —¡Eso! —le gritó Sergio al marcharse—. La próxima vez a tu monstruo le hago un favor y lo remato. Esa noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente cayó aguanieve. Valera pospuso el paseo todo lo posible, pero Pelirrojo se sentó junto a la puerta y le miró con tanta devoción que acabó rindiéndose. —Bueno, vale, pero rapidito. Caminaron con cautela, evitando los rincones de siempre. Pero la banda de Sergio estaba desaparecida—seguramente escondiéndose del temporal. Valera ya se había relajado cuando Pelirrojo se paró en seco junto a la antigua caldera abandonada. Enderezó la oreja, olfateó tenso. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. Se oían extraños sonidos: mezcla de llantos y gemidos. —¡Eh! ¿Hay alguien?—gritó Valera. No hubo respuesta. Sólo el viento colándose entre las paredes. Pelirrojo insistía, tenso. En su ojo ciego brillaba la inquietud. —¿Qué ves?—Valera se agachó—. ¿Qué hay ahí? Entonces oyó la voz—infantil, quebrada: —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo hasta las ruinas. Entre los escombros, tirado en el suelo, yacía un chaval de unos doce años: rostro ensangrentado, labio partido, ropa desgarrada. —¡Dios!—se agachó Valera—. ¿Qué te ha pasado? —¿Señor Valera? —el niño entreabrió los ojos—. ¿Es usted? Valera miró bien y lo reconoció: Andrés Mínguez, el hijo de su vecina del quinto. Un chico callado, de aspecto frágil. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Sergio y su banda—gimoteó el niño—. Pedían dinero a mi madre. Yo dije que lo contaría a la poli. Y me cogieron… —¿Cuánto llevas aquí tirado? —Desde esta mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y cubrió al crío. Pelirrojo se tumbó junto a él para darle calor. —¿Puedes ponerte en pie? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera palpó con cuidado. Efectivamente: fractura. Y saber cómo estarían los órganos después de semejante paliza… —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. «La ambulancia llegará en media hora», prometieron. —Aguanta, que ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo?—el niño temblaba—. Dijo que si no, él… —No va a volver a tocarte, —afirmó Valera—. Nadie más lo hará. El chico le miró incrédulo: —Pero usted ayer también se marchó por ellos… —Eso fue diferente. Era cosa mía y de Pelirrojo. Ahora…—calló. ¿Para qué seguir? ¿Decirle que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca deja tirado a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron, mirando el frío, pensando. Esa tarde vino la madre de Andrés, doña Isabel. Lloraba, le daba las gracias, le juraba que nunca lo olvidaría. —Don Valeriano—sollozaba—, los médicos dicen que si hubiese tardado una hora más… ¡Usted le ha salvado la vida! —Quien le salvó fue Pelirrojo—Valera acarició al perro—. Él fue quien lo encontró. —¿Y ahora?—preguntó doña Isabel, mirando temerosa la puerta—. Sergio no parará. El guardia local dice que sin pruebas no puede hacer nada; el testimonio de un niño no vale… —Todo irá bien—prometió Valera, aunque él mismo no sabía cómo. Esa noche no pegó ojo. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás críos del barrio, que sufren los mismos abusos? A la mañana siguiente lo tuvo claro. Se puso su viejo uniforme del ejército—el de gala, con las medallas. Se miró al espejo: soldado veterano. Ni joven ni rápido, pero soldado. —Vamos, Pelirrojo. Tenemos faena. La banda de Sergio estaba como siempre, junto a la tienda. Al ver a Valera acercarse, se burlaron. —¡Mira, el abuelo de gala! —gritó uno—. ¡Qué héroe! Sergio se levantó del banco, sonriente: —Vete a casa, yayo. Tu tiempo ya pasó. —Mi tiempo empieza ahora, —repuso Valera acercándose. —¿Qué se te ha perdido aquí? —Servir a España. Proteger a los débiles de tipos como tú. Sergio se rió: —¿España? ¿Qué débiles? No digas tonterías, viejo. —¿Conoces a Andrés Mínguez? La sonrisa se esfumó de la cara de Sergio. —No me interesa ese pringao. —Debería. Es el último niño al que pones la mano encima en este barrio. —¿Me amenazas, viejo chiflado? —Te estoy avisando. Sergio dio un paso al frente, navaja en mano. —¡Ahora te enteras de quién manda! Valera no se movió. Los años pesaban, pero no el miedo. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley?—Sergio agitaba la navaja—¿Quién te ha dado vela en este entierro? —La conciencia, —respondió Valera. Entonces pasó algo inesperado. Pelirrojo, que hasta entonces había estado tranquilo, se puso rígido, erizó el lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho, gilipollas?—empezó Sergio. —Mi perro es veterano—le interrumpió Valera—. Desactivaba minas en Afganistán. Olfatea la basura como tú. Era mentira—Pelirrojo sólo era mestizo callejero. Pero lo dijo tan convencido que todos le creyeron. Incluso el propio Pelirrojo levantó cabeza, desafiante. —Ha pillado a veinte maleantes. Ninguno se le ha escapado, —añadió—. ¿Y tú crees que no va a poder con un camello de tercera? Sergio retrocedió, los chavales dudaron. —Oídme bien—Valera dio un paso más—. Desde hoy, este barrio es seguro. Lo patrullaré cada día. Y mi perro buscará a los canallas. No lo olvidéis. No terminó la frase, pero no hacía falta. —¿Me quieres asustar?—Sergio buscaba recuperar la chulería—. Yo con una llamada… —Llama—le cortó Valera—. Pero recuerda que tengo contactos mejores que los tuyos. La de gente que conozco en prisión. Y los favores que me deben… Mentía, pero su mirada era de hielo. Sergio se lo tragó. —A mí me llaman Valera el Afgano—dijo por último, —recuérdalo. No vuelvas a tocar a un niño. Se marchó. Pelirrojo le siguió, altivo. El silencio fue total. Tres días después, Sergio y los suyos no aparecían por el barrio. Valera cumplió: cada tarde patrullaba las calles. Pelirrojo a su lado—atento y serio. Andrés salió del hospital la semana siguiente. La pierna seguía dolándole, pero ya podía andar. Fue a ver a Valera. —Don Valera, ¿puedo ayudarle con las patrullas?—preguntó tímido. —Claro, —sonrió Valera—. Pero primero tienes que preguntarle a tu madre. Isabel no puso pegas. Estaba agradecida de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. En adelante, cada atardecer, el barrio veía un grupo curioso—un veterano de uniforme, un niño y una vieja perra rojiza. Pelirrojo caía bien a todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos le acariciaran, aunque fuese perro de la calle. Algo tenía—dignidad, temple. Valera contaba historias del ejército, de la amistad verdadera. Los chavales escuchaban embelesados. Una tarde, al volver de «ronda», Andrés le preguntó: —Don Valera, ¿usted ha tenido miedo alguna vez? —Muchas veces, —respondió Valera con honestidad—. Incluso ahora. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas. Andrés acarició a Pelirrojo: —Cuando crezca le ayudaré. Y tendré un perro igual de listo. —Lo tendrás—le sonrió. Pelirrojo solo movió el rabo. En el barrio todos le conocían ya: «Ese es el perro de Valera el Afgano. Sabe distinguir a un héroe de un canalla». Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era solo un chucho callejero. Ahora era un guardián.

Bueno, Chispa, ¿nos vamos ya o qué…? murmuró Valero, acomodando el collar improvisado que se había apañado con una cuerda vieja.

Se subió la cremallera de la chaqueta hasta el cuello y se encogió. Este febrero en Madrid estaba siendo criminal: nieve, lluvia y ese viento húmedo que calaba hasta los huesos.

Chispa era una perra mestiza, pelirroja y desvaída, con un solo ojo bueno, que apareció en su vida hacía un año. Valero volvía del turno de noche en la fábrica, y la vio acurrucada junto a unos contenedores en la calle mientras nevaba. Estaba hecha polvo, con el estómago vacío y el ojo izquierdo completamente nublado.

De repente, una voz le hizo saltar los nervios. Reconoció al que hablaba: Sergio El Tuerto, el típico matón del barrio, unos veinticinco años bien llevados. Con él iban tres chavales de su pandilla.

¿De paseo o qué? preguntó Sergio con sorna.

Eso respondió Valero a media voz, sin mirarle a la cara.

Oye, abuelo… ¿pagas el impuesto para sacar a ese bicho? se burló uno de los chicos, riéndose. Míralo, si le falta un ojo, qué asco.

Tiraron una piedra. Por mala suerte, le dio a Chispa en el costado. La perra gimió y se pegó a la pierna de Valero.

Déjalo ya dijo Valero sin subir la voz, pero con un tono que cortaba.

¡Uy, ya habla el manitas! se acercó Sergio. Que no se te olvide que este barrio es mío y aquí los perros pasean si yo quiero.

Valero tensó el cuerpo. En el ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin contemplaciones… pero eso fue hace treinta años. Ahora solo era un obrero jubilado, cansado, al que no le apetecían más líos.

Vamos, Chispa le dio la vuelta a la correa, volviendo a casa.

Así me gusta, abuelo. Y la próxima vez, a tu perra le va a ir peor gritó Sergio tras él.

Aquella noche, Valero no pegó ojo, dándole vueltas a la escena.

Al día siguiente, caía una nieve mojada. Retrasaba el paseo todo lo que podía, pero Chispa, sentada junto a la puerta, lo miraba con una lealtad tan seria, que acabó cediendo.

Vale, venga, pero rapidito.

Salieron evitando las calles de costumbre donde solían estar Sergio y su cuadrilla. Por la lluvia, no había ni rastro de ellos.

Ya estaba tranquilo cuando Chispa se paró de golpe junto a la antigua central térmica del barrio. Levantó la oreja, olisqueó el aire.

¿Qué pasa, vieja?

La perra gimió y tiró hacia las ruinas. Sonaban unos ruidos raros allí dentro, como de llanto o de alguien gimiendo.

¿Hola? ¿Quién hay? gritó Valero.

Silencio. Sólo se oía el viento colándose por los huecos.

Chispa seguía tirando, tensa. Había algo en su único ojo que inquietaba. Ansiedad, pura y dura.

¿Pero qué te pasa? Valero se agachó. ¿Qué hay ahí?

Fue entonces cuando lo escuchó: una voz infantil, bajita pero clara.

¡Ayuda!

A Valero se le agarrotó el corazón. Soltó la correa y se metió tras la perra en las ruinas.

Entre los cascotes, vio a un chaval de unos doce años, hecho un asco. La cara reventada, la boca abierta en sangre, la ropa destrozada.

¡Dios! se arrodilló. ¿Qué te ha pasado?

¿Tío Valero? el niño apenas levantó los ojos. ¿Es usted?

Miró bien y lo reconoció: Andrés Martín, el hijo pequeño de su vecina del quinto. Tímido, de los de siempre callados.

Anda, Andrés. ¿Qué te han hecho?

Sergio y los suyos sollozó el chico. Vinieron a pedirle dinero a mi madre otra vez. Les dije que se lo iba a decir a la policía. Me pillaron…

¿Desde cuándo llevas aquí?

Desde esta mañana. Hace mucho frío.

Valero se quitó la chaqueta y lo tapó. Chispa se acercó y, sin dudar, se tumbó pegada al chaval para darle calor.

¿Puedes levantarte?

Me duele la pierna. Creo que está rota.

Valero le palpó la pierna con cuidado. Sí, eso era una fractura, y vete tú a saber cómo estaría de por dentro.

¿Tienes móvil?

Me lo quitaron.

Valero rescató su viejo Nokia y marcó al 112. La ambulancia prometió llegar en media hora.

Aguanta, campeón. Ya vienen a por ti.

¿Y si Sergio se entera de que he sobrevivido? la voz de Andrés temblaba. Juró que me remataría.

Valero lo miró serio.

No lo va a hacer. Te lo prometo. No te vuelve a tocar.

El chaval lo miró incrédulo.

Pero… Tío Valero, si ayer usted mismo les dio esquinazo…

Eso era distinto, chico. Sólo estábamos Chispa y yo. Pero ahora…

Se calló. Qué iba a decirle. ¿Que juró defender a los débiles aquel día que salió de la Academia? ¿Que en Bosnia aprendió que no se abandona nunca a un niño herido?

La ambulancia llegó antes de lo previsto, y a Andrés se lo llevaron al hospital. Valero se quedó un rato allí, en medio de las ruinas, con la perra, dándole vueltas a la cabeza.

Aquella noche, la madre de Andrés María Cruz, siempre tan formal vino a casa, entre agradecimientos por salvarle la vida a su hijo y promesas de no olvidarlo nunca.

Don Valero, los médicos han dicho que si hubiese estado una hora más ahí fuera… Me lo ha salvado usted decía entre lágrimas.

No he sido yo Valero acarició a Chispa. Ha sido ella, la que ha encontrado a tu hijo.

María Cruz no podía dejar de temblar de miedo.

¿Y ahora qué? Sergio sigue suelto… El policía del barrio dice que sin testigos de peso no se puede hacer nada, y que lo de Andrés, al ser menor, no cuenta…

Ya lo veremos le prometió Valero, aunque él mismo no tenía ni idea de cómo.

Esa noche no pudo dormir. Toda la madrugada dándole vueltas a lo de cómo proteger no solo a Andrés, sino a los demás críos del barrio, los que sufrían las mismas amenazas.

A la mañana siguiente, casi sin pensarlo, supo lo que tenía que hacer.

Sacó del armario el uniforme de gala de su época militar. Se puso las medallas, esas que guardaba por respeto. Se miró al espejo: seguía pareciendo un soldado, más mayor, pero con la dignidad intacta.

Vamos, Chispa. Tenemos trabajo.

La pandilla de Sergio andaba, como siempre, apostados en la puerta del supermercado. Al verle acercarse vestido así, no tardaron en reírse.

¡Mira, el abuelo se va al desfile! chilló uno de los chicos. ¡Vaya héroe!

Sergio se puso en pie, sonriendo con burla:

A ver, comandante, tira para tu casa, tu época ya pasó.

Mi época empieza ahora le contestó Valero. Se acercó, tranquilo.

¿Qué pintas aquí vestido de feria?

A servir a mi gente. A proteger a los pequeños de tipos como tú.

Sergio se rio a carcajadas.

¿Que qué? ¿A quién crees que defiendes, viejo lunático?

¿Te suena Andrés Martín?

La sonrisa se borró. Sergio intentó hacerse el loco.

¿Ese pringao? ¿Por qué lo iba a recordar?

Porque es el último niño al que hacéis daño en este barrio, Sergio.

¿Me estás amenazando?

No, te estoy avisando.

Sergio dio un paso adelante. Sacó la navaja, relucía.

Te lo explico fácil, vejete. Aquí quien manda soy yo.

Valero se plantó, inamovible. Los años no habían borrado el temple ni el aprendizaje del ejército.

Aquí manda la ley.

¿Qué ley, chiflado? ¿Te crees que eres alguien?

Lo soy porque tengo conciencia. Porque estoy harto de ver cómo machacáis a los niños.

Entonces, ocurrió lo impensable.

Chispa, que había estado callada todo el rato, se levantó. Su lomo se erizó y empezó a gruñir como si guardara un león dentro.

¿Y esa mierdecilla? dijo uno de los chicos.

Mi perra estuvo en Bosnia, con la unidad de desminado interrumpió Valero con voz grave. Sabe distinguir a los buenos de los criminales.

Obviamente, no era verdad. Chispa era una perra callejera como tantas. Pero lo dijo tan serio que hasta los chavales se lo creyeron. Hasta la propia Chispa se sintió soldado y enseñó los colmillos.

Ha pillado a veinte terroristas en su vida, y a todos vivos. ¿Tú crees que no sabrá parar a un mindundi como tú?

Sergio reculó y sus amigos se removieron incómodos.

Escúchame bien Valero se acercó un paso. Desde hoy, este barrio es seguro. Voy a patrullar cada tarde. Y Chispa va a buscar a quien se pase de la raya. Y entonces…

No terminó la frase. Pero no hacía falta.

¿Qué? ¿Me amenazas a mí? intentó volver a chulear Sergio. Con una llamada te…

Hazla le cortó Valero. Recuerda que yo conozco a más gente de la que imaginas. Y los que se me deben favores en comisaría no acaban…

Tampoco era cierto. Pero sonó tan firme, que todos se lo tragaron.

Llámame Valero el Bosnio le dijo por último. Acuérdate. Y deja a los niños en paz.

Dio la vuelta y se fue, con Chispa orgullosa a su lado.

Tras ellos, sólo silencio.

En tres días, Sergio y su banda apenas se dejaron ver.

Y Valero, fiel a lo dicho, recorrió cada tarde los patios y calles del barrio, siempre con Chispa al lado, seria y atenta.

A la semana, dieron de alta a Andrés. La pierna le dolía, pero ya podía caminar. Ese mismo día, fue a casa de Valero.

Tío Valero, ¿puedo ayudarle con las rondas? dijo, tímido pero decidido.

Claro. Pero primero dile a tu madre.

María Cruz no puso pegas, al revés, le alegró que su hijo tuviese un referente así.

Así que desde entonces, cada tarde, ahí estaban: el hombre mayor con uniforme de gala, el niño cojeando y la perra vieja de mirada noble.

A Chispa la quería todo el mundo. Las madres ya ni le decían nada, aunque era mestiza y de la calle, porque veían algo especial en ella. Un orgullo, una dignidad.

Valero les contaba historias de la mili, de la verdadera amistad. Y los niños escuchaban fascinados.

Una noche, mientras volvían de su ronda, Andrés le preguntó:

¿Tú tienes miedo alguna vez?

Muchas veces le confesó Valero. Incluso ahora.

¿A qué?

A no llegar a tiempo. A no ser suficiente.

Andrés acarició a Chispa:

Cuando yo sea mayor quiero ayudarte. Y tener una perra como Chispa, igual de valiente.

Seguro que sí, chico. Claro que sí respondió Valero con una sonrisa.

Chispa solo movía la cola.

En el barrio, todos la conocían ya. Decían: Esa es la perra de Valero el Bosnio. Sabe diferenciar a los héroes de los sinvergüenzas.

Y Chispa continuó su misión, sabiendo, por primera vez, que era mucho más que una simple perra callejera. Era la guardiana del barrio.

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MagistrUm
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—murmuró Valera, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Febrero estaba siendo especialmente cruel aquel año: nieve mezclada con lluvia y un viento que cortaba hasta los huesos. Pelirrojo—un chucho callejero de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego—había aparecido en su vida un año atrás. Valera volvía entonces de su turno de noche en la fábrica y lo encontró rondando los contenedores: malherido, hambriento, con el ojo cubierto por una nube. Una voz le crispó los nervios. Valera reconoció al que hablaba: era el Tuerto Sergio, el típico macarra del barrio de unos veinticinco años. A su lado se amontonaban tres chavales—su «banda». —Paseando, —contestó Valera sin levantar la mirada. —¿Y tú, colega, pagas impuestos por sacar a pasear a ese bicho?—se rió uno de los chicos —¡Mira qué feo es, con ese ojo torcido! Una piedra voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de su dueño. —Lárgate—dijo Valera en voz baja, pero con dureza en el tono. —¡Uuuuh! ¡Don Manitas se ha puesto gallito! —Sergio se acercó—. ¡No olvides quién manda aquí! Si quieres que tu bicho siga vivo, pasea solo con mi permiso. Valera se tensó. En el Ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin titubear, pero de eso hacía treinta años. Ahora sólo era un chapuzas jubilado que no quería líos. —Vamos, Pelirrojo—se giró hacia casa. —¡Eso! —le gritó Sergio al marcharse—. La próxima vez a tu monstruo le hago un favor y lo remato. Esa noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente cayó aguanieve. Valera pospuso el paseo todo lo posible, pero Pelirrojo se sentó junto a la puerta y le miró con tanta devoción que acabó rindiéndose. —Bueno, vale, pero rapidito. Caminaron con cautela, evitando los rincones de siempre. Pero la banda de Sergio estaba desaparecida—seguramente escondiéndose del temporal. Valera ya se había relajado cuando Pelirrojo se paró en seco junto a la antigua caldera abandonada. Enderezó la oreja, olfateó tenso. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. Se oían extraños sonidos: mezcla de llantos y gemidos. —¡Eh! ¿Hay alguien?—gritó Valera. No hubo respuesta. Sólo el viento colándose entre las paredes. Pelirrojo insistía, tenso. En su ojo ciego brillaba la inquietud. —¿Qué ves?—Valera se agachó—. ¿Qué hay ahí? Entonces oyó la voz—infantil, quebrada: —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo hasta las ruinas. Entre los escombros, tirado en el suelo, yacía un chaval de unos doce años: rostro ensangrentado, labio partido, ropa desgarrada. —¡Dios!—se agachó Valera—. ¿Qué te ha pasado? —¿Señor Valera? —el niño entreabrió los ojos—. ¿Es usted? Valera miró bien y lo reconoció: Andrés Mínguez, el hijo de su vecina del quinto. Un chico callado, de aspecto frágil. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Sergio y su banda—gimoteó el niño—. Pedían dinero a mi madre. Yo dije que lo contaría a la poli. Y me cogieron… —¿Cuánto llevas aquí tirado? —Desde esta mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y cubrió al crío. Pelirrojo se tumbó junto a él para darle calor. —¿Puedes ponerte en pie? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera palpó con cuidado. Efectivamente: fractura. Y saber cómo estarían los órganos después de semejante paliza… —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. «La ambulancia llegará en media hora», prometieron. —Aguanta, que ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo?—el niño temblaba—. Dijo que si no, él… —No va a volver a tocarte, —afirmó Valera—. Nadie más lo hará. El chico le miró incrédulo: —Pero usted ayer también se marchó por ellos… —Eso fue diferente. Era cosa mía y de Pelirrojo. Ahora…—calló. ¿Para qué seguir? ¿Decirle que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca deja tirado a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron, mirando el frío, pensando. Esa tarde vino la madre de Andrés, doña Isabel. Lloraba, le daba las gracias, le juraba que nunca lo olvidaría. —Don Valeriano—sollozaba—, los médicos dicen que si hubiese tardado una hora más… ¡Usted le ha salvado la vida! —Quien le salvó fue Pelirrojo—Valera acarició al perro—. Él fue quien lo encontró. —¿Y ahora?—preguntó doña Isabel, mirando temerosa la puerta—. Sergio no parará. El guardia local dice que sin pruebas no puede hacer nada; el testimonio de un niño no vale… —Todo irá bien—prometió Valera, aunque él mismo no sabía cómo. Esa noche no pegó ojo. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás críos del barrio, que sufren los mismos abusos? A la mañana siguiente lo tuvo claro. Se puso su viejo uniforme del ejército—el de gala, con las medallas. Se miró al espejo: soldado veterano. Ni joven ni rápido, pero soldado. —Vamos, Pelirrojo. Tenemos faena. La banda de Sergio estaba como siempre, junto a la tienda. Al ver a Valera acercarse, se burlaron. —¡Mira, el abuelo de gala! —gritó uno—. ¡Qué héroe! Sergio se levantó del banco, sonriente: —Vete a casa, yayo. Tu tiempo ya pasó. —Mi tiempo empieza ahora, —repuso Valera acercándose. —¿Qué se te ha perdido aquí? —Servir a España. Proteger a los débiles de tipos como tú. Sergio se rió: —¿España? ¿Qué débiles? No digas tonterías, viejo. —¿Conoces a Andrés Mínguez? La sonrisa se esfumó de la cara de Sergio. —No me interesa ese pringao. —Debería. Es el último niño al que pones la mano encima en este barrio. —¿Me amenazas, viejo chiflado? —Te estoy avisando. Sergio dio un paso al frente, navaja en mano. —¡Ahora te enteras de quién manda! Valera no se movió. Los años pesaban, pero no el miedo. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley?—Sergio agitaba la navaja—¿Quién te ha dado vela en este entierro? —La conciencia, —respondió Valera. Entonces pasó algo inesperado. Pelirrojo, que hasta entonces había estado tranquilo, se puso rígido, erizó el lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho, gilipollas?—empezó Sergio. —Mi perro es veterano—le interrumpió Valera—. Desactivaba minas en Afganistán. Olfatea la basura como tú. Era mentira—Pelirrojo sólo era mestizo callejero. Pero lo dijo tan convencido que todos le creyeron. Incluso el propio Pelirrojo levantó cabeza, desafiante. —Ha pillado a veinte maleantes. Ninguno se le ha escapado, —añadió—. ¿Y tú crees que no va a poder con un camello de tercera? Sergio retrocedió, los chavales dudaron. —Oídme bien—Valera dio un paso más—. Desde hoy, este barrio es seguro. Lo patrullaré cada día. Y mi perro buscará a los canallas. No lo olvidéis. No terminó la frase, pero no hacía falta. —¿Me quieres asustar?—Sergio buscaba recuperar la chulería—. Yo con una llamada… —Llama—le cortó Valera—. Pero recuerda que tengo contactos mejores que los tuyos. La de gente que conozco en prisión. Y los favores que me deben… Mentía, pero su mirada era de hielo. Sergio se lo tragó. —A mí me llaman Valera el Afgano—dijo por último, —recuérdalo. No vuelvas a tocar a un niño. Se marchó. Pelirrojo le siguió, altivo. El silencio fue total. Tres días después, Sergio y los suyos no aparecían por el barrio. Valera cumplió: cada tarde patrullaba las calles. Pelirrojo a su lado—atento y serio. Andrés salió del hospital la semana siguiente. La pierna seguía dolándole, pero ya podía andar. Fue a ver a Valera. —Don Valera, ¿puedo ayudarle con las patrullas?—preguntó tímido. —Claro, —sonrió Valera—. Pero primero tienes que preguntarle a tu madre. Isabel no puso pegas. Estaba agradecida de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. En adelante, cada atardecer, el barrio veía un grupo curioso—un veterano de uniforme, un niño y una vieja perra rojiza. Pelirrojo caía bien a todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos le acariciaran, aunque fuese perro de la calle. Algo tenía—dignidad, temple. Valera contaba historias del ejército, de la amistad verdadera. Los chavales escuchaban embelesados. Una tarde, al volver de «ronda», Andrés le preguntó: —Don Valera, ¿usted ha tenido miedo alguna vez? —Muchas veces, —respondió Valera con honestidad—. Incluso ahora. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas. Andrés acarició a Pelirrojo: —Cuando crezca le ayudaré. Y tendré un perro igual de listo. —Lo tendrás—le sonrió. Pelirrojo solo movió el rabo. En el barrio todos le conocían ya: «Ese es el perro de Valera el Afgano. Sabe distinguir a un héroe de un canalla». Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era solo un chucho callejero. Ahora era un guardián.