Mira, te voy a contar lo que le pasó a Carmen, una profesora jubilada que conozco desde hace años. La pobre, cuando se retiró a los 55, decidió irse a vivir a casa de su hijo, en Madrid. Ella tenía su piso propio, pero lo dejó cerrado, ni lo alquiló ni nada, vete tú a saber… igual por miedo a desconocidos.
El caso es que con su nuera, Silvia, siempre se llevó bien. Nunca discutían, todo era bastante civilizado en casa. Y Carmen se tiró diez años viviendo con ellos, justo desde que el nieto, Pablo, cumplió un año.
Cuando Silvia volvió al trabajo, todo el peso de la casa cayó sobre Carmen. Apúntate la lista: cuidar del niño, cocinar, limpiar, hacer la compra, lavar la ropa como esas abuelas de antes. Y encima con un crío pequeño, que ya sabes la responsabilidad que es. No todo el mundo lo aguanta, vaya.
Desde las ocho de la mañana hasta bien entrada la tarde, Carmen era la niñera, la cocinera y la encargada de la casa. Los jóvenes volvían a las siete y, entonces sí, podía sentarse diez minutos. Pero al día siguiente, vuelta a empezar.
Cuando Pablo empezó el colegio, Carmen le llevaba y le recogía en autobús, y eso duró hasta quinto. Por supuesto, nadie le quitaba su trabajo de limpiar o hacer la cena. Ella me contaba que, por las noches, ni veía la televisión del cansancio: se quedaba dormida en el sofá.
Ni reuniones con amigas, ni un rato para ella, ni nada. En las fiestas, los jóvenes se iban con sus conocidos, pero ¿quién se quedaba con el niño? Claro, Carmen.
Pablo cumplió casi diez y seguro que Carmen habría seguido con todo eso, si no es por dos momentos clave. Un día escuchó a Silvia decirle al hijo: Tu madre le echa demasiado suavizante a la lavadora, por eso la ropa huele raro. Díselo, pero con cuidado. Diez años lavando la ropa y nunca nada… ¡En fin!
Carmen, como siempre, se calló y se tragó el comentario. Pero no pasó ni una semana cuando Silvia sugirió que Carmen le dejara la habitación al niño y que ella se fuese a vivir al salón. Ahí fue cuando le cayó la ficha y pensó: Se acabó.
Así que Carmen recogió sus cosas y regresó a su piso. Lo limpió, lo preparó y volvió a empezar. Claro, a su hijo y a la nuera les sentó fatal que se marchara, como si esperasen que la mujer viviera para siempre allí, con el delantal puesto hasta el final de sus días. Ya estaban demasiado acomodados.
Da pena, porque ni se molestaron en preguntarse si Carmen estaba cansada, o si necesitaba espacio, o simplemente podía hacer su vida propia. Como si fuera parte del mobiliario, siempre lista para fregar y preparar la cena, poner la mesa, guardar la ropa y cuidar al niño.
Dejaron de llamarla y ni se ven, vaya. Pero Carmen, que siempre ha sido muy positiva, cree que ya se les pasará. Mientras tanto, está feliz. Se ha redescubierto a sí misma, puede levantarse cuando quiere, hacer lo que le da la gana y tomarse la vida sin prisas ni responsabilidad ajena. Qué poco hace falta para estar bien, ¿verdad?
Así que, con 65 años, Carmen se siente como si le hubiera llegado una segunda juventud. Como dice la canción de Serrat: Volver a empezar, otra vez Este nuevo aire, esta libertad de saber que vive para sí misma Es algo tan auténtico, tan suyo. A veces, pienso que ni los hijos lo valoran; te acostumbras rápido a que alguien te cuide, te lave la ropa, te prepare la comida y se ocupe de los niños. Al final, es normal ¡pero madre mía lo que cuesta romper esa rutina!







