La nieta.
Desde el instante en que nació, Carmencita nunca fue deseada por su madre, Eugenia. La trataba como a un mueble más de la casa, como si diera igual que estuviera o no. Siempre discutía con el padre de la niña, y cuando él finalmente la abandonó para volver con su esposa legítima, Eugenia perdió aún más el hilo de la compostura.
¿Se ha largado, eh? ¡Sabía yo que nunca iba a dejar a su fregona! ¡Me ha destrozado los nervios! ¡Mentirosos todos! gritaba al auricular del teléfono. ¿Y ahora me deja a mí tirada con su engendro? ¡Te la tiro por la ventana o la abandono en Atocha con los mendigos!
Carmencita se tapó los oídos y sollozó bajito. Absorbía la falta de amor materno como una esponja empapándose de agua amarga.
Me da exactamente igual lo que hagas con esa niña. Ni siquiera estoy seguro de que sea hija mía. Adiós respondió al otro lado del teléfono Fernando, el padre de la pequeña.
Eugenia, fuera de sí, metió la ropa de la niña en una bolsa, agarró también los documentos, y llevándose a la pequeña, que tenía sólo cinco años, pidió un taxi desde el barrio de Vallecas.
“Ahora vais a ver”, repetía para sí una y otra vez, mientras dictaba con tono altivo la dirección al taxista. Planeaba dejar a la niña con la madre de Fernando, doña Asunción, que vivía en un pueblo de la Sierra Norte.
El taxista se percató enseguida del desdén de aquella joven arrogante, especialmente cuando respondía bruscamente a las tímidas preguntas de la niña.
Mamá, quiero ir al baño susurró Carmencita, encogiéndose esperando un mal gesto.
Y así fue. Eugenia le soltó una bronca tan grande que el taxista tuvo que contener las ganas de intervenir.
Él también tenía una nieta de la misma edad, y su nuera la trataba con un cariño infinito. Ni pensarlo en elevarle la voz.
Aguanta. En casa de tu abuela culta podrás ir.
Eugenia se dio la vuelta y miró por la ventana, bufando de rabia.
Tranquilízate, señora, que si sigue así, te bajo inmediatamente y será la niña la que lleve a los servicios sociales advirtió el taxista, sin levantar el tono.
¿Cómo? ¡Tú cállate! Vaya protector, has salido tú. Mira que si te denuncio porque mirabas raro a mi hija o me decías cosas indecorosas, ¿a quién crees que van a creer? ¿A un taxista o a una madre angustiada? Mi hija es mía y la educo como quiero, así que cierra la boca.
El hombre apretó la mandíbula. Mejor no meterse con una loca así, aunque la niña le diera tanta pena.
Hora y media después, llegaron a su destino.
Espera que no tardo dijo Eugenia, pero escuchó el acelerón dle taxi y ni miró atrás.
¡Ve andando, víbora! gritó el taxista fugándose.
Eugenia escupió con rabia y maldijo antes de empujar a la niña de la mano y entrar en el patio de doña Asunción, abriendo de una patada la cancela.
Aquí tienes a tu tesoro. Haz lo que quieras con ella, que a mí no me interesa. Tu hijo dio permiso. ¡A mí me da igual! ladró Eugenia con voz áspera de tabaco antes de marcharse corriendo por la calle, sin mirar atrás.
Doña Asunción se quedó boquiabierta.
¡Mamá! ¡Mamá no te vayas! lloraba la pequeña, con tanto dolor que empapaba las mejillas con sus manitas sucias.
La niña salió corriendo, tras su madre, que ya se escapaba por el barrio.
¡Déjame en paz! ¡Vete con tu abuela! ¡Ahora te toca vivir con ella! gritó Eugenia, intentando sacudirse los deditos de su falda de cuadros.
Algunos vecinos asomaban la cabeza curiosos. Doña Asunción, alarmada, fue tras la nieta todo lo deprisa que pudo.
Ven, mi vida. Ven, mi fruta del bosque repetía entre lágrimas mientras la abrazaba. Nunca había sabido de su existencia, pues Fernando jamás le mencionó a esa otra hija.
No te haré daño, no tengas miedo. ¿Quieres unas tortitas? También tengo nata para echarle decía dulcemente mientras llevaban a la niña a casa.
Al llegar a la cancela, doña Asunción vio cómo Eugenia desaparecía en un coche, dejando apenas una nube de polvo.
Jamás volvieron a saber nada de ella. Pero a la nieta, doña Asunción la recibió como a un regalo caído del cielo. Nunca dudó de que fuera suya. ¡Si era igualita que el pequeño Fernando de niño! Él, sin embargo, apenas iba a visitarla al pueblo; era como si su propia madre ya no le importase.
Te voy a criar, Carmencita. Te sacaré adelante y te daré todo lo que pueda prometió la abuela.
Así lo hizo. La crió en amor, bondad y cuidados. La llevó a primero de primaria y, de pronto, el tiempo voló como un suspiro.
De pronto, Carmencita estaba en segundo de bachillerato, a punto de graduarse. Se había convertido en una joven preciosa, generosa y sensible, inteligente y con afán de aprender. Soñaba con estudiar Medicina, pero de momento tenía que conformarse con un ciclo de grado superior.
Es una lástima que papá no quiera reconocerme suspiraba la muchacha, abrazando a doña Asunción. Por las tardes, les encantaba sentarse en el porche a ver la puesta de sol.
Doña Asunción, temblando, le acariciaba el cabello. ¿Qué podía decir? Fernando, su hijo, no quería saber nada de su hija. Había recompuesto su familia y su hijo legítimo era ahora su adoración. A Carmencita la despreciaba y, en sus contadas visitas, aprovechaba para humillarla.
¡Despojo eres tú! saltó un día doña Asunción. Sólo vienes el día de mi pensión a pedir. Trabajas tú y tu mujer, pero no dudáis en sacarme hasta el último euro. ¡Vete, Fernando! ¡Y no vuelvas! Prefiero la soledad que tu mala compañía.
¿Así me hablas, mamá? Muy bien, cuando mueras ni me pasaré por tu entierro chilló Fernando, mientras su hijo Tomás, que siempre molestaba a Carmencita, se subió con él al coche y se largaron.
Que Dios le juzgue, Carmencita dijo la abuela al levantarse. Vamos a tomar un té y a dormir, que mañana te dan el diploma.
El verano pasó entre las labores de la huerta y llegó el momento de acompañar a la nieta a la ciudad para estudiar.
No puedo sola con la mudanza admitió Asunción. Le pediré a Víctor, el vecino, que nos lleve en la furgoneta hasta la residencia de estudiantes.
Frente a la residencia, Carmencita no paraba de abrazar a su abuela.
Eres mi alegría, sólo te pido que estudies, porque tendrás que valerte por ti misma en la vida. Yo ya soy mayor y me queda poco.
Carmencita se aguantó las lágrimas.
¡No digas eso, abuelita! ¿Pero cómo vas a ser vieja? Eres una mujer robusta, ¡en pleno apogeo!
Doña Asunción se sonrió, se despidió y le pidió a Víctor que la llevara a la notaría. Allí puso todos sus papeles en orden y regresó tranquila al pueblo.
Carmencita visitaba la casa cada fin de semana, preocupada por la salud de su abuela, estudiando con ahínco y soñando con llegar a médica para cuidar así a Asunción durante muchos años.
Después, las visitas fueron más espaciadas. Se enamoró de un compañero de clase, Alejandro. Un chico bueno, aplicado y con aspiraciones similares.
Doña Asunción se alegraba sinceramente por su nieta. Al acabar el ciclo superior con matrícula de honor, los jóvenes se casaron. Apenas tenían veinte años y celebraron una boda sencilla en una cafetería del centro. Por parte de la novia, sólo acudió la abuela.
No eres solo mi abuelita. Eres mi madre y mi padre, todo en una sola persona. Me diste tu alma, tu bondad, tu calor. Me cuidaste, me criaste y me diste un hogar. Te quiero, y te estaré siempre agradecida dijo Carmencita entre lágrimas, abrazándose a la abuela ante los ojos empañados de los presentes.
Anda, ponte en pie, Carmencita, que ya me vas a sonrojardecía la abuela.
¡Si no hay nada de qué avergonzarse! bramó Alejandro, sentando a la abuela a su lado. Ahora eres la matriarca de esta nueva familia. ¡Bienvenida! dijo señalando a todo su alegre clan.
No dejaron de sonar brindis por la felicidad de los jóvenes y la salud de la abuela, que había criado una nieta ejemplar.
Poco después, Asunción cayó enferma. Como si una vez cumplido su deber, el cuerpo se rindiera. Carmencita y Alejandro se turnaban para cuidarla, yendo y viniendo entre la ciudad y el pueblo, compatibilizándolo con los estudios de ambos en la universidad.
Un día, la anciana tomó la mano de su nieta y le dijo:
Cuando yo no esté, se presentarán las alimañasrefiriéndose a Fernando y su esposa. Pero tú dales la batalla. Hace años te hice una donación en la notaría. Todo está en regla y avalado por la ley.
Abuela
Déjalo, hija. No tuviste padres de verdad, solo me tuviste a mí. Y cuando me vaya quiero saber con certeza que tienes techo y hogar. Vendéis la casa y os compráis un piso en Madrid.
Carmencita lloraba impotente, sin saber qué decir.
Con los buenos cuidados de ambos, la abuela vivió año y medio más, falleciendo quietamente en su sueño, sin dolor.
Como ella predijo, a las pocas semanas llegaron Fernando, su esposa y Tomás.
Tenéis que largaros de la casa soltó Fernando sin miramientos. Mientras vivía mi madre, podíais estar aquí. Ahora que no está, fuera.
Carmencita quedó descolocada al ver esas caras desconocidas: la mujer de su padre, su hermano masticando chicle y recorriendo la casa con la mirada, pensando ya cómo convencer a sus padres para vender y que le comprasen un coche, aunque fuese de segunda mano.
Alejandro entró por la puerta tras una compra y se topó con el gentío.
¿Y ese quién es? ¿Ya traes maromos a casa? rugió Fernando.
Es mi esposo. ¿Y vosotros quiénes sois? No recuerdo haberos visto nunca contestó Alejandro con calma.
Fernando se puso rojo de rabia.
¡Fuera los dos! ordenó a gritos.
Perdone, pero ¿con qué derecho y ese tono? Carmencita es la propietaria legal. ¿Quiere ver la escritura de donación? dijo Alejandro sonriendo irónicamente.
¿Qué… qué donación? balbuceó Fernando.
Rápido, Fernando, denunciala. Seguro que engañó con algún brebaje a tu madre agitaba su esposa.
Esto no va a quedar así. ¡Demostraré que ni eres mi hija ni nieta de mi madre! gritaba Fernando, agitando el puño en el aire.
Haz las maletas, desarrapada. Te vamos a sacar de aquí le susurró Tomás, con rabia de perder la oportunidad de su coche.
Se marcharon dejando un vacío en la casa. Carmencita se echó a llorar en el suelo.
¿Por qué me hacen esto? ¿Qué les hice? Nunca estuvo para mí de niña, ni un caramelo, y ahora me quiere dejar en la calle ¿Tan mal viven? ¿No tienen dónde estar? ¡Este es el único recuerdo que me queda de mi abuela! decía entre sollozos.
Alejandro la levantó y la abrazó fuerte.
Mañana mismo pongo la casa en venta. No te van a dejar ni respirar si no les damos puerta. Ya lo dijo doña Asunción, que tarde o temprano la vendiéramos y nos fuésemos a Madrid.
Sí pero no pensé que sería tan pronto. Aquí ha pasado toda mi infancia
La casa se vendió rápido. Una familia adinerada, encantada de tener un caserón a las afueras, entre cerezos y un jardín frondoso junto a un robledal, la compró sin apenas regatear.
Carmencita y Alejandro adquirieron un pequeño pero acogedor piso cerca del centro, ilusionados por la llegada de su primer hijo. Era un bebé esperado y querido.
Por las noches, Carmencita pensaba en su abuela y le daba las gracias de todo corazón: “Gracias por todo, abuela, me diste la vida”.
La vida enseña que a veces la sangre no hace familia, sino el cariño, la entrega y el amor verdadero. Y aunque el destino pueda ser duro, los lazos creados con generosidad y ternura son para siempre el verdadero hogar.







