La mujer de Ignacio le ha tocado peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de melena larga, con los ojos negros como la noche, figura curvilínea, de piernas infinitas. Y en la cama, puro fuego. Al principio, todo fue pasión y ni tiempo le quedaba a uno de plantearse nada más. Luego vino el embarazo. Bueno, pues se casaron, como mandan los cánones.
Nació el hijo, rubio y de ojos negros igual que ella. Y todo parecía normal, como en cualquier familia de Madrid: pañales, biberones, primeros pasos, primeros balbuceos. Y Ana, la madre, dedicadísima, siempre encima del pequeño, arropándolo y besándolo como cualquier madre joven.
Pero todo empezó a cambiar cuando su hijo entró en la adolescencia. Ana se obsesionó de repente con la fotografía. Todo el día cámara en mano, apuntada a talleres, cursos, empecinada con su nuevo hobby.
Pero ¿qué te falta a ti? protestaba Ignacio. Trabajas de abogada, céntrate en eso.
Abogada, Ignacio. No de abogada repetía Ana cortante.
Pues eso, abogada. Presta más atención a la familia y deja de desaparecer no sé dónde.
Él mismo no entendía qué era exactamente lo que le molestaba tanto. Ana no desatendía la casa: la comida perfecta, todo limpio y el niño siempre con sus deberes hechos porque ella se ocupaba. Ignacio volvía cansado del trabajo, se tumbaba en el sofá a ver la tele, todo como en las casas de toda la vida. Pero le irritaba, le hacía hervir la sangre, esa sensación de que su mujer desaparecía y se dedicaba a un mundo donde él no podía siquiera asomar la cabeza. Ana estaba, pero era como si no estuviera. No charlaba nunca con él de nada interesante, ni veía la televisión a su lado. Le servía la cena, y se iba a meterse en su mundo.
¿Pero tú eres mujer de esposo o no? se enfadaba Ignacio, al verla otra vez delante del ordenador.
Ana no contestaba. Se cerraba en sí misma.
Además, le dio por viajar sola a países lejanos. Cogía las vacaciones y se iba sola con su cámara y su mochila. Ignacio no lo comprendía.
Vente un finde a la sierra con mis amigos. Han puesto una barbacoa, tenemos orujo casero, y va siendo hora de animarse con una parcelita para los findes.
Ana se negaba, pero le animaba a acompañarla en sus viajes. Una vez, él probó a ir. Pero nada: todo era extraño, la gente hablaba raro, la comida picante, las vistas le dejaban frío. Qué tenía de especial aquello
Así que Ana acabó viajando ya sin él. Al poco, dejó el trabajo.
¿Y la jubilación, Ana? protestó Ignacio. ¿Qué te crees tú, que te vas a hacer famosa por sacar fotos? ¿Tienes idea de la pasta que hay que tener para triunfar ahí?
Ana no respondía. Solo una vez confesó, tímida:
Voy a tener mi primera exposición. Mía. Solo mía.
Bah, todo el mundo tiene exposiciones gruñó Ignacio. Vaya logro
Sin embargo, Ignacio fue a la inauguración. No entendió nada. Unas caras extrañas, manos arrugadas, gaviotas sobre un estuario Todo muy raro, como ella.
Se rió de ella entonces. Pero Ana, sin decir nada, le regaló un coche. Nuevo. Somos familia, úsalo tú. Ni ella sacó el carné, lo compró con el dinero que iba ganando por encargos de fotografía.
Eso ya fue otro nivel. Le empezó a entrar miedo, una inquietud extraña. ¿Qué clase de ser era su mujer, de la que no entendía ya nada? ¿De dónde sacaba ese dinero? ¿Sería de otros hombres? ¿Cómo vas a ganar para un coche así con cuatro fotos? ¿Salía con alguien? Incluso si no, seguro que pronto lo haría.
Intentó enseñarle una lección: un día, de la rabia, le dio un tortazo. Ana agarró un cuchillo de cocina y le dio una cuchillada en la barriga, por pura reacción. Dos puntos de sutura. Para suerte de ambos, no supo apuñalar. Luego ella le pidió perdón, y él nunca volvió a levantar la mano.
Amaba a los gatos, Ana. Siempre recogía alguno de la calle, los llevaba a casa, los curaba, les buscaba familia. Ellos siempre tenían dos gatos en casa. Tiernos, simpáticos, pero ¡eran gatos! ¿Cómo alguien puede querer a unos bichos así más que al propio marido?
Un día, se le murió uno en brazos, no pudo salvarle en la clínica veterinaria. Ana se desmoronó. Lloró, bebió coñac, se culpaba, se encerraba en casa días. Ignacio no pudo aguantar más y le saltó:
¡Recuerda también a las cucarachas, ya de paso!
Ana le clavó una mirada tremenda, él se calló y salió de casa dando un portazo.
Los amigos le daban la razón a Ignacio, las amigas de Ana también. Todos decían que estaba cambiada, que se le iba la cabeza, que agradecida tendría que estar. Y fue entonces cuando Ignacio se refugió en los brazos de la vecina: Irene, casualmente amiga de la infancia de Ana. Irene era mucho más sencilla: trabajaba de cajera, no le iba el arte ni las excentricidades y estaba siempre dispuesta, tanto para la cama como para charlar. Bebía bastante, sí, pero bueno, Ignacio no pensaba casarse con ella
Esperaba a que Ana se diera cuenta, montara una escena de celos, tirara platos, así él podría decir: ¿Y tú? ¿Dónde desapareces? Después, se perdonarían mutuamente y todo volvería a la normalidad. Podría dejar a Irene sin problemas.
Pero Ana se callaba. Solo le miraba mal y, en la cama, todo iba fatal. Ella se encogía si Ignacio le tocaba. Al final, se marchó a dormir al cuarto de invitados.
El hijo terminó la carrera en la Universidad Complutense. Salió igual que la madre: rubio, de ojos negros, extraño.
¿Y los nietos, para cuándo? le preguntaba Ignacio.
Dani solo se reía y respondía que antes quería hacer algo importante en la vida y encontrar un amor de verdad. Entonces, llegaría el momento. Era ajeno, incomprensible. Sangre de su madre. Entre Dani y Ana siempre hubo armonía, se entendían con solo mirarse. Ignacio se sentía un extraño en su propia casa, casi le daban miedo aquellos ojos negros cuya expresión nunca lograba descifrar. Así que volvía una y otra vez con Irene.
Hasta que Ana se enteró, se lo dijo alguna vecina. Ignacio ni lo disimulaba. Llegó a casa y encontró a su mujer, fumando en la mesa, los ojos negros con ojeras marcadas. Le habló en un susurro, más duro que un grito:
¡Lárgate de aquí! ¡Fuera de casa!
El se fue a vivir con Irene. Esperaba a que Ana le llamase de vuelta. A la semana, recibió un WhatsApp de ella: que necesitaba hablar con él. Ignacio se puso hasta colonia. Pero Ana, apenas pisó la casa, le soltó:
Mañana vamos al juzgado de familia a firmar el divorcio.
Y luego todo fue como un sueño raro: divorcio, papeles, firmas, él renunciando a su parte del piso, que total era herencia de los padres de Ana
¿Qué vas a hacer ahora, vivir de divorciada? le preguntó Ignacio, enfadado, al salir del registro civil. Iba a añadir ¿quién te va a querer así? pero se contuvo.
Ana sonrió. Por primera vez en años, una sonrisa sincera, solo para él.
Me voy a Barcelona. Me han ofrecido un proyecto importante allí.
Al menos no vendas el piso le pidió, sin pensar. ¿Dónde vas a volver si no?
No voy a volver dijo tranquila Ana, ya su exmujer. Llevo mucho tiempo queriendo a otra persona. También fotógrafo, es de allí. Con él la vida me ilusiona. Pero creía que, siendo casada, era feo engañarte. Y total, tampoco había gran motivo para divorciarnos Solo que somos diferentes. ¿Eso es razón para separarse? ¿O no?
No, no lo es respondió Ignacio.
Pues ya ves, nos hemos divorciado se rió Ana. Primero me enfadé al enterarme de lo de Irene, pero después pensé Es lo mejor. Yo por fin voy a ser feliz, tú también lo serás. Cásate con ella y que os vaya bien.
Y se fue.
No me casaré dijo Ignacio a su espalda.
Pero Ana ya no le escuchó.
Desde entonces, no ha vuelto a saber mucho de ella. Solo, una vez al año, le llega a Ignacio un WhatsApp breve: ¡Feliz cumpleaños! Que tengas salud y alegría. Gracias por nuestro hijo.Y cada vez que aparece ese mensaje, Ignacio lo mira durante unos minutos largos, sin saber si responder o dejarlo en visto, como siempre. A veces escribe un “Gracias, igualmente”, pero nunca lo envía. Se queda pensando en qué fue todo ese tiempo juntos, en la memoria amable y distante de unos años que ahora le parecen de otra vida.
Irene, mientras tanto, sigue ahí, ocupando un lugar en su cama pero no en su corazón. Dani llama de vez en cuando, poco, pregunta por su salud y rápidamente habla de exposiciones que va a inaugurar con su madre y su tío catalán, con quien, según dice, las aventuras nunca paran. Ignacio cuelga el teléfono y pasea por el viejo piso alquilado, llenando el silencio con los goles de la radio o el murmullo de la televisión, pero nunca logra expulsar del todo esa sombra de Ana, guapa e indescifrable, la mujer que nunca fue de nadie, ni siquiera de él.
A veces, al dormir, sueña que vuelve a verla: Ana vestida de colores imposibles, su cámara colgada al cuello, riendo al sol en alguna playa extranjera. Al despertar, siente por primera vez en mucho tiempo una paz nueva, un reconocimiento callado. Quizá, piensa, la vida no va de entenderlo todo, sino de aceptar que algunas personas nacen para volar y otras para quedarse en tierra mirando cómo se alejan. Y en ese mirar, en ese dejar ir, también hay amor. Tal vez menos ruidoso y más sincero que todos los reproches, gritos o despedidas.
Con el primer mensaje de Feliz cumpleaños tras aquella reflexión, Ignacio sonríe levemente, teclea un Gracias, Ana. Cuídate mucho, de verdad y, esta vez, pulsa enviar. Observa el doble tick azul y siente, por fin, que la historia entre ellos, aunque jamás perfecta, ha encontrado el final que necesitaba. Y con eso, con la luz tenue entrando por la ventana del salón, se permite, por primera vez en años, respirar hondo y empezar de nuevo.







